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miércoles, 21 de enero de 2015

Gustave Le Bon, La Revolución Francesa y la psicología de las revoluciones (1912) PARTE 1 LIBRO 2 CAPÍTULO 1


 
§ 1. — Las transformaciones de la personalidad.
 
He estudiado minuciosamente, en otra obra, la teoría de los caracteres, sin la cual es imposible entender realmente las transformaciones de la conducta en ciertos momentos, especialmente en épocas revolucionarias. Estos son los puntos principales. Cada individuo tiene, además de su mentalidad habitual, más o menos constante cuando el entorno no cambia, variados rasgos caracteriales que los acontecimientos hacen pasar a primer plano. Los seres que nos rodean son seres de ciertas circunstancias, pero no todas las circunstancias. Nuestro yo está formado por la combinación de un sinnúmero de yos “celulares”, residuos de personalidades ancestrales. Su combinación da lugar a estados de equilibrio bastante estables mientras el entorno social no cambia. Una vez que este entorno ha cambiado considerablemente, como en las épocas revolucionarias, tales equilibrios se rompen y los elementos disociados constituyen, reordenándose, una nueva personalidad que se manifiesta por ideas, sentimientos, y conductas muy diferentes a los observados anteriormente en el mismo individuo. Así, durante el Terror, vimos a honestos burgueses, a pacíficos magistrados conocidos por su clemencia, convertirse en fanáticos sedientos de sangre. Bajo la influencia del ambiente la antigua personalidad puede, por tanto, hacer sitio a otra totalmente nueva. Los actores de las grandes crisis políticas y religiosas parecen a veces, por esta razón, ser de una naturaleza diferente de la nuestra. No eran diferentes de nosotros, sin embargo. La repetición de los mismos acontecimientos haría reaparecer a los mismos hombres. Napoleón había comprendido plenamente estas posibilidades de carácter cuando dijo en Santa Helena: "Es porque sé qué parte tiene el azar en nuestras actitudes políticas por lo que siempre he sido muy indulgente y sin prejuicios acerca del lugar que cada uno había ocupado en nuestras convulsiones... En la revolución no podemos dar por cierto más que lo que se ha hecho; no sería prudente decir que no podíamos hacer otra cosa... Los hombres son difíciles de entender cuando queremos ser justos. ¿Acaso se conocen ellos mismos, se explican bien? Se trata de vicios y virtudes de circunstancia." Cuando la personalidad normal se rompe bajo la influencia de ciertos eventos, ¿cómo se forma una nueva personalidad? De varias maneras, entre las cuales la más decisiva será la adquisición de una creencia fuerte. Ella dirige todos los elementos del entendimiento como el imán dispone en curvas regulares el polvo de un metal magnético. Así se forman las personalidades observadas en los momentos de las grandes crisis: las Cruzadas, la Reforma, la Revolución…, particularmente. En periodos normales, mientras las condiciones cambian poco, no se observa más que una sola personalidad en las personas que nos rodean. Ocurre a veces, sin embargo, que tienen varias, pudiendo sustituir una a la otra en ciertas circunstancias. Estas personalidades pueden ser contradictorias e incluso opuestas. Este fenómeno, excepcional en circunstancias normales, se acentúa considerablemente en ciertos estados patológicos. La psicopatología ha observado varios ejemplos de estas personalidades en un solo sujeto, como en los casos citados por Morton Prince y Pierre Janet. En todos estos cambios de personalidad no es la inteligencia la que cambia, sino los sentimientos, cuya combinación constituye el carácter.


§ 2. — Elementos del carácter predominante en las época revolucuinarias.

Durante las revoluciones vemos desarrollarse diversos sentimientos, reprimidos por lo general, pero a los que la destrucción de los frenos sociales deja libres. Estos frenos, constituidos por los códigos, la moral y la tradición, no quedan siempre completamente rotos. Algunos sobreviven a las conmociones y en cierta medida contienen la explosión de los sentimientos peligrosos. El más poderoso de estos frenos es el carácter del pueblo. Determina la forma de ver, sentir y querer común a la mayoría de los individuos de un mismo pueblo, es una costumbre hereditaria y nada es más fuerte que el vínculo de la costumbre. La influencia del carácter del pueblo limita sus variaciones y canaliza su destino a pesar de todos los cambios superficiales. Si no se toman en consideración más que los relatos de la historia parecería que la mentalidad francesa ha cambiado enormemente a lo largo del último siglo (habla del siglo XIX). En unos pocos años se pasó de la Revolución de cesarismo, volvimos a la monarquía, luego otra revolución y a continuación a un nuevo César. En realidad, sólo la fachada de las cosas cambió. Incapaz de poner más énfasis en los límites de la variabilidad de un pueblo, ahora vamos a estudiar la influencia de ciertos elementos afectivos, cuyo desarrollo durante las revoluciones contribuye a la evolución de las personalidades individuales y colectivas. Me refiero sobre todo al odio, el miedo, la ambición, los celos, la vanidad y el entusiasmo. Su influencia se ve en los diversos trastornos de la historia, sobre todo en nuestra gran Revolución. Es esta, por encima de todo, la que nos proporcionará los ejemplos.
El odio. - El odio del que estuvieron henchidos los hombres de la Revolución Francesa, odio contra las personas, las instituciones y las cosas, es una de las manifestaciones afectivas que más impresiona cuando se estudia su psicología. No sólo odiaban a sus enemigos, sino a los miembros de su propio partido. "Si se aceptaran sin reservas", dijo recientemente un escritor, "los juicios que expresaron los unos de los otros, no habría habido entre ellos sino traidores, incapaces, fanfarrones, vendidos, asesinos y tiranos." Se conoce con qué odio, apenas aplacado por la muerte de sus adversarios, se persiguieron los girondinos, los dantonistas, los hebertistas, los robespierristas, etc. Una de las principales causas de este sentimiento es que estos sectarios furiosos, siendo apóstoles poseedores de la verdad pura, no podían, al igual que todos los creyentes, tolerar la visión de los infieles.  Una certeza mística o sentimental, acompañada siempre de la necesidad de imponerse, ajena a cualquier duda, no se detendrá ante la carnicería, cuando tenga el poder. Si el odio entre los hombres de la Revolución hubiera tenido un origen racional, habría durado poco tiempo, pero como procedía de factores místicos y emocionales era incapaz de perdonar.  Sus fuentes fueron las mismas en todos los partidos y se manifestaron en todos con la misma violencia. Se demostró mediante documentos específico que los girondinos eran no menos sanguinario de los montañeses. Fueron los primeros en declarar, con Petion, que los vencidos debían perecer. Intentaron también, según M. Aulard, justificar las masacres de septiembre. El terror no debe ser considerado como una simple defensa, sino como el método general de destrucción del que siempre han hecho uso los creyentes triunfantes contra sus odiados enemigos. Los hombres que mejor soportan las diferencias de opinión no pueden tolerar las diferencias de creencias. En las luchas políticas y religiosas el perdedor no puede esperar cuartel. Desde Sylla degollando a doscientos senadores y cinco o seis mil romanos, a los vencedores de la Comuna que fusilaron o ametrallaron a más de veinte mil prisioneros después de su victoria, esta sanguinaria ley siempre se ha cumplido. Constatada en el pasado, así será probablemente también en el futuro. Los odios de la Revolución no tuvieron su origen único en las diferencias de creencias. Otros sentimientos de celos, ambición y orgullo los engendraron también. Ayudaron a exagerar el odio entre las personas de diferentes partidos. La rivalidad de las personas que aspiran a la dominación llevó sucesivamente al patíbulo a los jefes de los distintos grupos. Debe tenerse en cuenta también que la tendencia a la constitución de sectas y el odio resultante parecen ser componentes del alma latina.  Fue eso lo que costó la independencia a nuestros antepasados galos y llamó la atención de César en su momento: "No hay ciudad”, dijo, “que no se divida en dos facciones; ningún distrito, aldea o casa, donde no sople el espíritu partidista; era raro que pasara un años sin una ciudad se alzara en armas para para atacar o rechazar a sus vecinos." El hombre ha penetrado desde hace muy poco tiempo en la era del conocimiento y siempre está guiado por los sentimientos y creencias, de donde el enorme papel que el odio ha jugado en su historia. El comandante Colin, profesor de la Escuela Superior de Guerra, señaló en los siguientes términos la importancia de este sentimiento durante ciertas guerras: “En la guerra, más que en todo lo demás, no hay mejor inspiración que el odio; es el odio lo que hizo triunfar a Blücher  sobre Napoleón. Analicemos las más hábiles maniobras, las más decisivas operaciones y, si no son obra de un hombre excepcional, Federico o Napoleón, nos daremos cuenta de que estaban inspiradas más por la pasión que por cálculo.” ¿Cómo habría sido la guerra de 1870 sin odio que nos tenían los alemanes? El autor podría haber añadido que el intenso odio de los japoneses contra los rusos, que lo habían humillado en tantas ocasiones, puede ser mencionado entre las causas de su éxito. Los soldados rusos, que incluso ignoraban la existencia de los japoneses, no tenían ninguna animosidad contra ellos, y esa fue una de las razones por su debilidad. Sin duda hay mucho que hablar acerca de la fraternidad en el momento de la Revolución, aún más se habla hoy de ello. El humanitarismo, el pacifismo, la solidaridad se convirtieron en lemas de los partidos extremistas, pero sabemos cuánto de profundo es el odio que se oculta detrás de estas palabras y de qué amenazas la sociedad actual es objeto.


El miedo. - El miedo juega un papel casi tan importante como el odio en las revoluciones. En la nuestra (la gran Revolución Francesa), ha habido un grandes muestras de coraje individual y muchas de miedo colectivo. Frente al cadalso los convencionales eran siempre muy valientes, pero ante las amenazas de los manifestantes que invadían la asamblea, mostraron siempre una gran pusilanimidad, satisfaciendo las exigencias más absurdas, como veremos al resumir la historia de las asambleas revolucionarias. Todas las formas dl miedo pudieron observarse en aquella época. Una de las más difundidas fue el miedo a parecer moderado. Miembros de las asambleas, fiscales, representantes en misión, jueces de los tribunales revolucionarios, etc., todos rivalizaban con sus rivales por parecer más extremistas. El miedo fue uno de los principales elementos de los crímenes cometidos en aquella época. Si por algún milagro se hubiera podido eliminar el miedo de las asambleas revolucionarias, su conducta habría sido diferente y la Revolución, por lo tanto, se habría orientado de muy otra manera.
La ambición, la envidia, la vanidad, etc. – En tiempos normales la influencia de estos elementos afectivos es reprimida más o menos eficazmente por las mismas exigencias de la estabilidad social. La ambición, por ejemplo, necesariamente está limitada en una sociedad jerárquica. Si el soldado a veces se convierte en general, ello sólo será después de periodo largo. En tiempos de revolución, por el contrario, no hay necesidad de esperar. Cada uno puede casi instantáneamente llegar a los primeros lugares; todas las ambiciones son violentamente excitadas. Los más humildes se estiman aptos para ocupar los más altos cargos y, por eso mismo, su vanidad se exagera desmesuradamente. Como todas las pasiones se potencian las unas a las otras, junto a la ambición y la vanidad también se desarrollan la envidia contra de aquellos que han tenido éxito más rápidamente. Este papel de la envidia, que siempre es importante durante los períodos revolucionarios, lo fue especialmente durante nuestra gran Revolución. La envidia contra la nobleza constituye uno de los factores más importantes. La burguesía poseía capacidad y de riqueza al punto de superar a la nobleza. Aunque se mezclaban cada vez más, la burguesía se sentía, sin embargo, mantenida aparte y sentía un vivo resentimiento. Este estado de ánimo había transformado inconscientemente a los burgueses en partidarios ardientes de las doctrinas filosóficas que predicaban la igualdad. El orgullo herido y la envidia fueron pues las causas del odio que hoy en día nos cuesta entender, ya que la influencia social de la nobleza en nuestros tiempos es nula. Numerosos convencionales, Carrier, Marat, etc., recordaban con irritación haber ocupado posiciones subordinadas entre los nobles. Mme. Roland nunca pudo olvidar que habiendo sido invitada con su madre en casa de una gran dama, bajo el antiguo régimen, fueron enviadas a cenar de cocina. El filósofo Rivarol señaló muy bien, en el siguiente pasaje citado por Taine, la influencia de orgullo herido y la envidia en los odios revolucionarios: "no fueron ni los impuestos ni las órdenes reservadas ni cualquier otro abuso de autoridad", escribió, "sino que fueron mucho más las vejaciones de los intendentes y la ruinosa duración de los procesos judiciales lo que más irritó a la nación; fueron los prejuicios de la nobleza lo que suscitó el odio más violento; lo que por supuesto lo prueba es que fue la clase media, los hombres de letras, la gente de las finanzas y, finalmente, todos los que envidiaban a la nobleza, los que levantaron contra ella a la gente común de las ciudades y a los campesinos del campo." Estas consideraciones tan exacta justifican en parte la frase de Napoleón "La vanidad hizo la Revolución, la libertad fue el pretexto."
El entusiasmo. - El entusiasmo de los fundadores de la Revolución igualó la de los propagadores de la fe de Mahoma. De hecho y por encima de todo fue una religión lo que los ciudadanos de la Primera Asamblea creían estar fundando. Se imaginaban destruyendo un viejo mundo y construyendo sobre sus ruinas una civilización diferente. Nunca ilusión tan seductora inflamó los corazones de los hombres. La igualdad y la fraternidad proclamada por los nuevos dogmas daría lugar a la felicidad eterna entre todos los pueblos. Se había roto para siempre con una historia de la barbarie y oscuridad. El mundo regenerado sería iluminado en el futuro por las luces radiantes de la pura razón. Las más brillantes fórmulas oratorias saludaron por todas partes el amanecer entrevisto. Si este entusiasmo fue de súbito reemplazado por la violencia fue porque el despertar llegó de forma rápida y terrible. Se concibe fácilmente la furia indignada con que los apóstoles de la revolución se alzaron contra los obstáculos diarios que se oponían a la realización de sus sueños. Habían querido rechazar el pasado, olvidar las tradiciones, construir nuevos hombres. Pero el pasado reaparecía constantemente y los hombres se negaron a cambiar. Los reformadores detenidos en su marcha se negaron a ceder. Trataron de imponer por la fuerza una dictadura que rápidamente muy pronto hizo echar de menos al régimen derrocado y finalmente lo trajo de vuelta. Cabe señalar que aunque el entusiasmo de los primeros días no duró en las asambleas revolucionarias, se perpetuó mucho más tiempo en el ejército e fue su principal fortaleza. De hecho los ejércitos de la Revolución fueron republicanos mucho antes que lo fuera Francia y permaneció republicano mucho después de que dejara de serlo.

Las variaciones del carácter examinadas en este capítulo, al estar condicionadas por ciertas aspiraciones comunes y cambios idénticos en el entorno, se materializaron con el tiempo en un pequeño número de mentalidades bastante homogéneas. Considerando sólo las más características las clasificaremos en cuatro tipos: mentalidad jacobina, mentalidad mística, mentalidad revolucionaria y mentalidad criminal.


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