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domingo, 25 de enero de 2015

Gustave Le Bon, La Revolución Francesa y la psicología de las revoluciones (1912) PARTE 1 LIBRO 2 CAPÍTULO 3


Primera parte: Los elementos psicológicos de los movimientos revolucionarios

Libro II: Las formas predominantes de mentalidad durante las revoluciones

Capítulo III La mentalidad revolucionaria y la mentalidad criminal

§ 1. - La mentalidad revolucionaria.

 Acabamos de ver que los elementos místicos son un componente del alma jacobina. Los veremos aún en otra forma de mentalidad claramente definida, la mentalidad revolucionaria. Las sociedades de todos los tiempos siempre han contenido una serie de espíritus inquietos, inestables e infelices, dispuestos a rebelarse contra cualquier orden establecido. Actúan por simple gusto la algarada y si un poder mágico les concediera sus deseos sin restricciones, se seguirían rebelando ahora mismo. Esta mentalidad especial a menudo resulta de un desajuste entre el individuo y su medio ambiente o de un exceso de misticismo, pero también puede ser una cuestión de temperamento o surgir de trastornos patológicos La necesidad de algarada presenta muy diversos grados de intensidad, desde simple descontento expresado con palabras contra los hombres y las cosas hasta la necesidad de destruirlos. A veces, la persona vuelve contra sí misma la furia revolucionaria que no puede ejercer de otra manera. Rusia está llena de estos locos que no contentos con los incendios y las bombas arrojadas al azar contra la multitud, terminan como los skopzis y otros miembros de sectas similares, mutilándose a sí mismos. Estos perpetuos rebeldes suelen ser seres sugestionables, cuya alma mística está obsesionada con ideas fijas. A pesar de la energía aparente que sugiere sus acciones, tienen un carácter débil y permanecen incapaces de controlarse a sí mismos lo suficiente como para resistir los impulsos que los gobiernan. El espíritu místico del cual están animados proporciona pretextos para su violencia y hace que se vean como grandes reformadores. En tiempos normales los rebeldes que toda sociedad contiene son mantenidos a raya por la legislación, el medio ambiente y, en definitiva, por todas las restricciones sociales y quedan sin influencia. Desde el momento en que se inicia un periodo revolucionario estas limitaciones se debilitan y los rebeldes pueden dar rienda suelta a sus instintos. Se convierten en los líderes naturales de los movimientos. Poco les importa el motivo de la revolución; ellos se dedican a matar indiscriminadamente por la bandera roja, la bandera blanca o la liberación de países de los que ni vagamente ha oído hablar. El espíritu revolucionario no siempre se alcanza los extremos que lo hacen peligroso. Cuando en lugar de derivar impulsos emocionales o místicos tiene un origen intelectual, puede convertirse en una fuente de progreso. Es gracias a espíritus lo suficientemente independientes como para ser intelectualmente revolucionarios que una civilización consigue vencer el yugo de la tradición y de la costumbre, cuando llega a ser demasiado pesado. Las ciencias, las artes, la industria se desarrollaron principalmente por ellos. Galileo Lavoisier, Darwin, Pasteur eran revolucionarios. Si no es necesario para un pueblo poseer muchas mentes similares, es esencial contar con algunas. Sin ellas el hombre todavía habitaría en las primitivas cuevas. La audacia revolucionaria que pone en el camino de los descubrimientos implica facultades muy raras. Requiere sobre todo la suficiente independencia de espíritu para escapar de la influencia de las opiniones corrientes y un juicio que permita distinguir, bajo analogías superficiales, las realidades que ocultan. Esta forma de espíritu revolucionario es creativa, mientras que la examinada anteriormente es destructiva. La mentalidad revolucionaria podría compararse con algunos estados fisiológicos útiles en la vida del individuo, pero que, exagerados, tomar una forma patológica siempre perjudicial.

 § 2. - mentalidad criminal.

 Todas las sociedades civilizadas arrastran inevitablemente tras ellas un residuo degenerado de inadaptados que sufren taras diversas. Vagabundos, mendigos, convictos, ladrones, asesinos, indigentes que viven al día, forman la población penal de las grandes ciudades. En tiempos normales los residuos de la civilización están más o menos mantenidos a raya por la policía y gendarmes. Durante las revoluciones ya nada los detiene y pueden ejercer fácilmente sus instintos de asesinato y la rapiña. En este conjunto los revolucionarios de todas las edades están seguros de encontrar a sus soldados. Ansioso sólo de saquear y masacrar poco les importa qué causa se supone que deben defender. Si las posibilidades de asesinato y saqueo son más abundantes en el partido contra el que combaten cambiarán muy rápidamente de bandera. A estos mismos criminales, plaga incurable de todas las sociedades, hay que sumar la categoría de casi-criminales. Delincuentes de ocasión, nunca se alzan cuando el miedo al orden establecido se mantiene pero se enrolarán en bandas revolucionarias en cuanto el orden vacila. Ambos categorías, delincuentes habituales y delincuentes ocasionales,  forman un ejército del desorden capacitado sólo para el desorden. Todos los revolucionarios, todos los fundadores de movimientos religiosos o políticos se han apoyado en dichos grupos. Ya hemos dicho que esta población con mentalidad criminal tuvo una influencia considerable durante la Revolución Francesa. Siempre estaba en primera línea en los disturbios que tenían lugar casi a diario. Algunos historiadores se refieren a ellos con una especie de emocionado respeto hacia la voluntad que el pueblo soberano llevaba a la Convención, invadiendo la sala armados con picas, que llevaban a veces algunas cabezas recién cortadas adornando el extremo. Si analizamos los elementos de los que en aquel tiempo se formaban estas supuestas delegaciones del pueblo soberano, encontraríamos al lado de un pequeño número de almas simples sometidas al dominio de los cabecillas, una masa compuesta sobre todo de bandidos como los anteriormente referidos. A ellos deben los innumerables asesinatos, de los que son típicos ejemplos los de septiembre y la princesa de Lamballe. Aterrorizaron a todas las grandes asambleas desde la Asamblea Constituyente a la Convención y durante diez años contribuyeron a devastar Francia. Si por algún milagro el ejército de criminales hubiera podido ser eliminado el desarrollo de la revolución habría sido muy diferente. La ensangrentaron desde el principio hasta el final. La razón no puede hacer nada contra ellos y ellos puede hacer mucho en contra de la razón.
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