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lunes, 26 de enero de 2015

Gustave Le Bon, La Revolución Francesa y la psicología de las revoluciones (1912) PARTE 1 LIBRO 2 CAPÍTULO 4


Primera parte: Los elementos psicológicos de los movimientos revolucionarios

 Libro II: Las formas predominantes mentalidad durante revoluciones

 Capítulo IV Psicología de las multitudes revolucionarias
 § 1. - Características generales de las multitudes.
 Sea cual sea su origen, las revoluciones no llegan a producir todos sus efectos sino después de haber penetrado en el alma de las multitudes. Por lo tanto, son una consecuencia de la psicología de las masas. Aunque he estudiado en profundidad psicología de las masas en otro trabajo, me veo obligado aquí a recordar las principales leyes que la rigen. El hombre que forma parte de una multitud, es muy diferente del mismo hombre cuando está aislado. Su individualidad consciente se desvanece en la personalidad inconsciente de la multitud. El contacto físico no es absolutamente necesario para proporcionar al individuo la mentalidad de una masa. Las pasiones y limitados sentimientos comunes provocados por ciertos eventos, son a menudo suficientes para crearla. El alma colectiva formada temporalmente es un agregado muy especial. Su característica principal es la de estar totalmente dominada por elementos inconscientes y sujeta a una lógica especial: la lógica colectiva. Entre otras características de las multitudes que hay que mencionar también su credulidad infinita, su sensibilidad exagerada, la imprevisión y la imposibilidad de ser influenciadas por el razonamiento. La afirmación, el contagio, la repetición y el prestigio son casi los únicos medios de persuadirlas. Realidades y experiencias no tienen ningún efecto sobre ellas. El posible hacerle creer cualquier cosa a una masa. Nada es imposible a sus ojos. Debido a la extrema sensibilidad de las multitudes, sus sentimientos, buenos o malos, siempre son exagerados. Esta exageración se incrementa aún más en tiempos de revolución. La menor excitación conduce las multitudes a comportamiento furiosamente agresivos. La credulidad, ya tan grande en su estado normal, también aumenta; se aceptan las historias más inverosímiles. Dijo Arthur Young que, visitando las fuentes cerca de Clermont, en los tiempos de la Revolución, su guía fue detenido por personas que estaban persuadidas de que llevaba órdenes de la reina de minar la ciudad para hacerla explotar. Las historias más horribles circulaban acerca de la familia real, considerada una reunión necrófagos y vampiros. Estos diversos rasgos muestran que el hombre englobado en una multitud desciende mucho en la escala de la civilización. Se convierte en un bárbaro, con todos los defectos y cualidades correspondientes: violencia instantánea, pero también entusiasmo y heroísmo. En el campo intelectual una multitud es siempre inferior que el hombre aislado. En el área moral y sentimental puede situarse por encima. A una multitud le son mucho más fáciles tanto los crímenes como los actos de abnegación. Los caracteres personales desaparecen en la multitud, aunque su acción sea considerable sobre las personas que la integran. El avaro se vuelve pródigo, el, hombre criminal se vuelve honesto, el creyente será escéptico y héroe el cobarde. Ejemplos de tales cambios abundan durante nuestra Revolución. Parte de un jurado o parlamento, el hombre colectivo hace veredictos o aprueba las leyes que en el estado aislado ciertamente nunca habría soñado. Una de las consecuencias más importantes de la influencia de una comunidad sobre los individuos que la componen es la unificación de sus sentimientos y deseos. Esta unidad psicológica da a la multitud una gran fortaleza. La formación de una unidad mental de este tipo es sobre todo el resultado de que, en una multitud, sentimientos, gestos y acciones son extremadamente contagiosos. Exclamaciones de odio, de ira o de amor son aprobadas inmediatamente y coreadas. ¿Cómo nacen esta voluntad y estos sentimientos comunes? Se propagan por contagio, pero se necesita un punto de partida para crear este contagio. El líder, cuya acción en los movimientos revolucionarios vamos a examinar enseguida, cumple esta función. Sin liderazgo la multitud es un ser amorfo, incapaz de actuar. El conocimiento de las leyes que rigen la psicología de las masas es esencial para interpretar los acontecimientos de nuestra Revolución, entender la conducta de las asambleas revolucionarias y las singulares transformaciones de los hombres que formaban parte de ellas. Impulsados por las fuerzas inconscientes del alma colectiva, dijeron con frecuencia lo que no habrían querido decir y votaban lo que no habrían querido votar. Si las leyes de la psicología colectiva a veces han sido adivinadas instintivamente por algunos hombres de estado extraordinarios, hay que señalar que la mayoría de los gobiernos han hecho caso omiso de ellas y las ignoran todavía. Es por haber hecho caso omiso de esas leyes por lo que muchos de ellos cayeron tan fácilmente. Cuando se ve con qué facilidad fueron derribados algunos regímenes por un pequeño motín (el de Luis Felipe en particular) aparecen claramente los peligros de la ignorancia de la psicología colectiva. El mariscal que mandaba las tropas en 1848, tropas que eran más que suficientes para defender al rey, sin duda ignoraba que tan pronto como uno deja que se mezclen la multitud y las tropas, estas últimas, paralizadas por la sugestión y el contagio dejan de cumplir su función. Tampoco sabía que la multitud es muy sensible al prestigio y que se necesita para actuar sobre esa sensibilidad un gran despliegue de fuerzas, que por sí mismo elimina las manifestaciones hostiles inmediatamente. También ignoraba que las aglomeraciones deben ser dispersadas inmediatamente. Todas estas cosas las hemos aprendido por la experiencia, pero en aquel tiempo no habían entendido sus lecciones. En los tiempos de la gran Revolución la psicología de masas todavía era más desconocida.
 § 2. - Cómo la estabilidad del alma del pueblo limita las oscilaciones del alma de las masas.
 
Un pueblo realmente puede compararse a una multitud. Posee ciertos rasgos, pero las oscilaciones de estos rasgos están limitadas por el “alma del pueblo”. Conserva una permanencia que no se da en el alma transitoria de una multitud. Cuando un pueblo tiene un alma ancestral estabilizada por un largo pasado, el alma de la masa está en parte dominada por ella. Un pueblo también se diferencia de una masa en que se compone de una colección de grupos, cada uno con diferentes intereses y pasiones. En una masa propiamente dicha, una reunión popular, por ejemplo, se encuentran por el contrario unidades que pueden pertenecer a diferentes categorías sociales. Un pueblo parece en ocasiones tan móvil como una masa, pero no hay que olvidar que detrás de su movilidad, detrás de sus entusiasmos, su violencia y destrucción, permanecen instintos conservadores muy obstinados mantenidos por el “alma del pueblo”. La historia de la Revolución y del siglo siguiente muestra cómo el espíritu conservador acaba por dominar al espíritu de destrucción. Más de un régimen derribado por el pueblo fue al poco restaurado por él. No es tan fácil en actuar sobre el “alma de un pueblo” que sobre la de las masas. Los medios que influyen son indirectos y más lentos (periódicos, conferencias, discursos, libros, etc.). Los elementos de persuasión se parecen, por lo demás, a los ya mencionados: afirmación, repetición, prestigio y contagio. El contagio mental puede ganar al instante a todo un pueblo, pero más a menudo opera lentamente, de un grupo a otro. Así se propagó en Francia la Reforma. Un pueblo es mucho menos excitable que una masa. Sin embargo algunos eventos (insulto nacional, amenaza de invasión, etc.) pueden sublevarlo en un instante. Este fenómeno se observó en varias ocasiones durante la Revolución, sobre todo en la época de insolente manifiesto emitido por el duque de Brunswick. Este último tenía una comprensión muy mala de la psicología de nuestro pueblo cuando se decidió a proferir sus amenazas. No sólo perjudicó significativamente la causa de Luis XVI, sino también la suya propia, puesto que su intervención hizo surgir del suelo un ejército para combatirlo. Esta repentina explosión de sentimientos de un pueblo también se observa en todos los otros pueblos. Napoleón no entendió su poder cuando invadió España y Rusia. Uno puede romper fácilmente el alma transitoria de una multitud, pero es impotente contra el alma permanente de un pueblo. Ciertamente el campesino ruso era un ser muy indiferente, muy grosero, muy limitado, sin embargo al primer anuncio de una invasión se transformó. Podrá juzgarse leyendo este fragmento de una carta de Elizabeth, esposa del emperador Alejandro I. "Desde que Napoleón cruzó nuestras fronteras fue como una chispa eléctrica que se extendiera por toda Rusia y la vastedad de su extensión permitiera, sin embargo  que el grito se oyera en todos los rincones del imperio, un grito de indignación tan terrible que creo que habría resonado hasta el final del universo. A medida que Napoleón avanzaba el sentimiento se elevaba más. Los ancianos que habían perdido todas sus pertenencias decían: “ya encontraremos la manera de vivir”; cualquier cosa es preferible a una paz vergonzosa”. Las mujeres que tienen a todos los suyos en el ejército no miran el peligro que corren y sólo temen la paz. Esta paz que sería la sentencia de muerte para Rusia no es posible, por suerte. El emperador no concibe la idea e incluso si quisiera, no podría. Esta es el gran heroísmo de nuestra posición." La emperatriz cita a su madre las dos características siguientes, que dan una idea del grado de resistencia del alma rusa: "Los franceses habían capturado a algunos desgraciados campesinos en Moscú a los que tenían la intención de obligar a servir en sus filas, y que no pudieron escapar; les marcaron en la mano como marcamos a los caballos en los establos. Uno de ellos le preguntó a los franceses qué quería decir aquella marca; le contestaron que significaba que era soldado francés. "¡Qué! ¡Soy un soldado del emperador francés!" Dijo. Y en el acto tomó su hacha, se cortó la mano y la lanzó a los pies de los asistentes diciendo: "¡Mira, aquí está su marca!" "También en Moscú los franceses habían atrapado a veinte campesinos con los que querían dar un ejemplo para asustar a los guerrilleros que habían atacado a los exploradores franceses y guerreaban tan eficazmente como las tropas regulares. Los alinearon contra un muro y les leyeron la sentencia en ruso. Se esperaba que iban a pedir perdón; en lugar de eso se despidieron los unos de los otros e hicieron la señal de la cruz. Fusilaron al primero; se suponía que los otros, asustados, pedirían gracia y prometerían cambiar el comportamiento. Se fusiló al segundo y al tercero y así sucesivamente los veinte, sin que ninguno intentara implorar la misericordia del enemigo. Napoleón no tuvo ni una sola vez el placer de escuchar esta palabra en Rusia." Entre las características de la mente popular también hay que mencionar que ha estado saturada de misticismo en todas las naciones y en todos los tiempos. Los pueblos siempre creerán que seres divinos superiores, gobiernos u hombres poderosos tienen el poder de cambiar las cosas a su antojo. Este lado místico provoca su intensa necesidad de adorar a algo o a alguien. Necesitan un fetiche, ya sea personaje o doctrina. Es por eso que sintiéndose amenazado por la anarquía reclama un Mesías salvador. Como las masas, pero más lentamente, los pueblos pasan de la adoración al odio. Héroe en cierto momento, el mismo personaje puede terminar entre maldiciones. Estas variaciones de la opinión popular sobre las figuras políticas se encuentran en todos los países. La historia de Cromwell ofrece un ejemplo muy curioso.
 
§ 3. - El papel de los líderes de los movimientos revolucionarios.
 
 Todas las variedades de masas homogéneas o heterogéneas, asambleas, pueblos, clubes, etc. son como ya hemos dicho agregados incapaces de unidad y de acción, siempre y cuando no hayan encontrado un cabecilla para dirigirlos. He mostrado en otro lugar, valiéndome de ciertos experimentos fisiológicos, que el alma colectiva inconsciente de la masa parece ligada al alma del agitador. Esto le proporciona una voluntad única e impone una obediencia absoluta. El líder actúa principalmente sobre la masa por la sugestión. Su éxito depende de la forma como consigue provocarla. Muchos experimentos muestran lo fácil que sugestionar a un grupo. Según cuales sean las sugestiones de sus dirigentes la masa será tranquila, furiosa, criminal o heroica. Estas diversas sugestiones pueden a veces aparentar un aspecto racional, pero sólo tendrán de la razón la apariencia. Una multitud es en realidad inaccesible a cualquier razón; las únicas ideas capaces de influirla serán siempre sentimientos evocados bajo la forma de imágenes. La historia de la Revolución muestra en cada una de sus páginas la facilidad con que las masas siguen los impulsos más contradictorios de sus diversos cabecillas. Se las vio aplaudiendo tanto el triunfo de los girondinos, hebertistas, dantonistas y terroristas como sus sucesivas caídas. Por lo demás se puede asegurar que las masas no comprendieron nunca ninguno de estos acontecimientos. A distancia, sólo se perciben vagamente los papeles de los líderes, porque por lo general actúan en la sombra. Para entenderlos claramente es necesario estudiarlos en los acontecimientos contemporáneos. Se observa entonces la facilidad con que los líderes provocan movimientos populares violentos. No pensemos ahora en las huelgas de los trabajadores de correos o de los ferrocarriles, por lo que podrían implicar de insatisfacción de los empleados, sino en hechos de los que la masa estaba completamente desinteresada. Como por ejemplo tenemos el levantamiento popular provocado por algunos dirigentes socialistas entre la población parisina, tras la ejecución del anarquista Ferrer en España. Jamás el público francés había oído hablar de él. En España, su ejecución pasó sin pena ni gloria. En París el entusiasmo de unos pocos líderes fue suficiente para poner en marcha un verdadero ejército popular contra la embajada de España con el fin de quemarla. Parte de la guarnición tuvo que ser utilizada para su protección. Rechazados enérgicamente los atacantes se limitaron a destruir comercios y a construir algunas barricadas. Los cabecillas dieron una prueba más de su influencia sin que cambiaran las circunstancias. Acabaron por entender que el incendio de una embajada extranjera podría ser muy peligroso y ordenaron para el día siguiente una protesta pacífica; fueron obedecidos tan fielmente como cuando ordenaron un motín violento. Ningún ejemplo ilustra mejor el papel de los líderes y la sumisión de las masas. Los historiadores que, de Michelet Sr. a M. Aulard, representaron a las multitudes revolucionarias actuado solas y sin líderes no tenían idea de su psicología.

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