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miércoles, 28 de enero de 2015

Gustave Le Bon, La Revolución Francesa y la psicología de las revoluciones (1912) PARTE 1 LIBRO 2 CAPÍTULO 5


Primera parte: Los elementos psicológicos de los movimientos revolucionarios

Libro II: Las formas predominantes de mentalidad durante revoluciones

Capítulo V Psicología de las asambleas revolucionarias

§ 1. - Caracteres psicológicos de las grandes asambleas revolucionarias.

 Una gran asamblea política, un parlamento, por ejemplo, es una masa, pero a veces es una masa poco activa debido a los sentimientos contrarios de los grupos hostiles de los que está compuesta. La presencia de estos grupos animados de intereses diferentes, nos lleva a considerar una asamblea como un conjunto compuesto por masas heterogéneas superpuestas que obedecen a líderes diferentes. La ley de la unidad mental de las masas se manifiesta en el interior de cada grupo, y sólo como resultado de circunstancias excepcionales los distintos grupos llegan a fusionar su voluntad. Cada grupo de una asamblea representa una entidad única. Las personas que participan en la formación de esta entidad dejan de ser ellos mismos y vota sin dudarlo contra de sus creencias y deseos. El día anterior a ser condenado Luis XVI Vergniaud aseguró indignado que nunca votaría a favor de su muerte y, sin embargo, al día siguiente lo hizo. La acción de un grupo consiste principalmente en fortalecer las opiniones vacilante. Cualquier débil convicción individual se consolida al convertirse en colectiva. Líderes violentos y con suficiente prestigio a veces tienen éxito, actuando sobre todos los grupos de una asamblea como una sola masa. La mayoría de los miembros de la Convención promulgaron medidas muy contrarias a sus opiniones bajo la influencia de un número muy pequeño de estos cabecillas. Las masas se han doblegado siempre ante sectarios enérgicos. La historia de las asambleas revolucionarias muestra cómo, a pesar de la audacia de su lenguaje ante los reyes, eran tímidas frente a los agitadores que encabezaron los disturbios. La invasión de una banda ruidosa dirigida por un cabecilla imperioso era suficiente para hacerlas votar, en una misma sesión, las medidas más contradictorias y absurdas. Una asamblea con los caracteres de una masa será extremada en sus sentimientos. Extremista en la violencia y en la pusilanimidad. En general se mostrará insolente con el débil y servil ante los fuertes. Conocemos la temerosa humildad del Parlamento cuando el joven Luis XIV entró con la fusta en la mano y pronunció su breve discurso. También sabemos con qué creciente impertinencia trató la Asamblea Constituyente a Luis XVI a medida que lo percibía más inerme. Por último sabemos el terror de los convencionales durante el reinado de Robespierre. Esta característica de las asambleas es una ley general y hay que considerar como un gran fallo de la psicología de un soberano que convoque una reunión cuando su poder se debilita. La reunión de los Estados Generales costó la vida de Luis XVI. Casi costó su trono a Enrique III cuando, obligado a abandonar París, tuvo la desafortunada idea de reunir a los Estados Generales en Blois. Sintiendo la debilidad del rey, de inmediato se expresaron como los amos, modificando los impuestos, despidiendo funcionarios y que afirman que sus decisiones habían de convertirse en leyes. La exageración progresiva de los sentimientos se observa claramente en todas las asambleas revolucionarias. La Asamblea Constituyente, muy respetuosa de todas las prerrogativas y de la autoridad real absorbió poco a poco todos los poderes y se proclamó finalmente asamblea soberana tratando a Luis XVI como a un simple sirviente. La Convención, después de unos comienzos relativamente moderados desembocó en una primera forma de terror donde los juicios fueron rodeados de algunas garantías legales, pero pronto extremó su poder y promulgó una ley que privaba al acusado de cualquier derecho de defensa y permitía condenar por la mera sospecha. Cediendo más y más a su furia sanguinaria finalmente se diezmó a sí misma. Girondinos, hebertistas, dantonistas, robespierristas vieron sucesivamente terminar sus carreras en las manos del verdugo. Esta aceleración de los sentimientos de las asambleas explica por qué siempre fueron tan escasamente dueñas de su destino y llegaron tan a menudo a resultados exactamente opuestos a los fines que se habían propuesto. Católica y monárquica la Asamblea Constituyente, en lugar de la monarquía constitucional que quería establecer y y de la religión que quería defender, llevó rápidamente a Francia a una república violenta y a la persecución del clero. Las asambleas políticas están compuestas, como hemos visto, de grupos heterogéneos, pero hay otros tipos de grupos, estos homogéneos, tal como algunos clubes, que jugaron un papel muy importante durante la Revolución y cuya psicología merece una consideración especial.

§ 2. - Psicología de los clubes revolucionarios.

 Pequeños grupos de hombres con las mismas opiniones, las mismas creencias, los mismos intereses y habiendo eliminado a todos los disidentes se diferencian de las grandes asambleas por la unidad de sus sentimientos y por lo tanto de sus voluntades. Tales fueron antiguamente los ayuntamientos, las congregaciones religiosas, las corporaciones y los clubes durante la Revolución, las sociedades secretas en la primera mitad del siglo XIX y, finalmente, los masones y los sindicatos hoy en día. Esta diferencia entre una asamblea heterogénea y un club homogéneo debe ser bien estudiada para captar el desarrollo de la Revolución Francesa. Hasta el Directorio y especialmente durante la Convención, la Revolución fue dominada por los clubes. A pesar de la unidad de su voluntad debida a la ausencia de partes diferenciadas, los clubes obedecen las leyes de la psicología de las masas. Por consiguiente están sometidos a los cabecillas. Se vio esto sobre todo en el Club de los Jacobinos, dirigido por Robespierre. El papel de líder de un club, masa homogénea, es mucho más difícil que el de líder de una masa heterogénea. Esta última es manejada fácilmente haciendo vibrar un pequeño número de cuerdas. En un grupo homogéneo, como un club, donde los sentimientos e intereses son idénticos, hay que saber dirigirlos y el líder, a menudo, es arrastrado por la masa. Una gran fuerza de las masas homogéneas es su anonimato. Sabemos que durante la Comuna de 1871 algunas órdenes anónimas bastaron para quemar los más bellos monumentos de París: el Ayuntamiento, las Tullerías, el Tribunal de Cuentas, la Legión de Honor, etc. Una breve orden de comités anónimos "Quemad las Tullerías, quemad el Ministerio de Finanzas, etc." se ejecutaba inmediatamente. Sólo un inesperado azar salvó el Louvre y sus colecciones. Sabemos también con qué religioso respeto son seguidas en nuestros días las más absurdas instrucciones de los anónimos cabecillas de los sindicatos obreros. Los clubes de París y la Comuna insurreccional no fueron menos obedecidos en tiempos de la Revolución. Una orden que emanara de ellos era suficiente para lanzar contra la Asamblea al populacho armado que dictaba su voluntad a los diputados. Resumiendo la historia de la Convención en otro capítulo, veremos con qué frecuencia tales irrupciones y el servilismo de esta asamblea, considerada mucho tiempo por la leyenda como muy enérgica, condujeron a la sumisión de los asambleístas ante las exigencias más imperativas de un puñado de alborotadores. Aprendiendo de la experiencia, el Directorio cerró los clubes y puso fin a las intromisiones del populacho haciéndolo ametrallar sin miramientos. La Convención también entendió con bastante rapidez la superioridad de los grupos homogéneos sobre las asambleas heterogéneas para gobernar, y por eso se subdividió en comités, cada uno con un pequeño número de individuos. Estos comités: Salud pública, Finanzas, etc., formaban pequeñas asambleas soberanas en el seno de la mayor. Su poder no fue mantenido a raya más que por los clubes. Las consideraciones anteriores muestran el poder de los grupos sobre la voluntad de los miembros que los componen. Si el grupo es homogéneo este poder es considerable; si es heterogéneo la acción será más débil pero puede llegar a ser importante, ya porque las facciones enérgicas de una asamblea dominen a las menos enérgicas, ya porque ciertos sentimientos contagiosos se propaguen a menudo a todos los miembros de la asamblea. Un ejemplo memorable de la influencia de las facciones se dio durante nuestra Revolución, cuando en la noche del 4 de agosto la nobleza votó la propuesta de uno de sus miembros de abandonar los privilegios feudales. Sin embargo se sabe que la Revolución fue el resultado, en parte, de la negativa del clero y la nobleza de renunciar a sus privilegios. ¿Por qué esta renuncia se negó en un primer momento? Simplemente porque los hombres en masa no actúan como los hombres aislados. Individualmente ningún miembro de la nobleza habría abandonado nunca sus derechos. De esta influencia de las asambleas sobre sus miembros cita Napoleón en Santa Helena ejemplos curiosos: "Nada, dijo, era más común que encontrar hombres de aquella época con carácter totalmente contrario con el que cabría esperar de su reputación por sus palabras y acciones anteriores. Uno podría creer que Monge, por ejemplo, era un hombre terrible; cuando se decidió la guerra se subió a la tribuna de los jacobinos y declaró que daría sus dos hijas a los dos primeros soldados que resultaran heridos por el enemigo..., quería matar todos los nobles, etc. Sin embargo Monge era el más dulce y débil de los hombres y no habría matado un pollo si hubiera tenido que hacerlo él mismo, o simplemente no lo habría permitido si hubiera tenido que hacerse en su presencia."

§ 3. - Interpretación de la exageración progresiva de los sentimientos en las asambleas.

 Si los sentimientos colectivos pudieran medirse con exactitud se los podría representar por una curva que, después de primer ascenso bastante lento y luego muy rápido, descendería por último casi verticalmente. La ecuación de la curva podría llamarse ecuación de la variación de los sentimientos colectivos a excitación constante. No siempre es fácil de explicar la aceleración de ciertos sentimientos bajo la influencia de una causa constante. Tal vez, sin embargo, se podría señalar que si las leyes de la psicología fueran comparables a las de la mecánica, una fuerza de valor constante, actuando de forma continua, debería incrementar rápidamente la intensidad de los sentimientos. Sabemos, por ejemplo, que una fuerza constante en magnitud y dirección, tal como la de la gravedad actuando sobre un cuerpo, le imprime un movimiento acelerado. La velocidad de un móvil que cae en el espacio bajo la influencia de la gravedad será de unos 10 metros en el primer segundo, 20 metros en el siguiente, 80 metros para el tercero, etc. Sería fácil imprimirle la velocidad necesaria para permitirle perforar una plancha de acero, haciéndolo caer desde un punto suficientemente alto. Pero si esta explicación se aplicase a la aceleración de un sentimiento bajo un estímulo constante, no nos permitiría comprender por qué los efectos de la aceleración, finalmente, se detienen abruptamente. Este fenómeno sólo se puede comprender cuando hacemos una interpretación fisiológica, es decir, al recordando que tanto el placer como el dolor no pueden exceder ciertos límites y que toda excitación demasiado violenta causa la parálisis de la sensación. Nuestros cuerpos sólo pueden soportar un cierto máximo de alegría, dolor o esfuerzo, y ni siquiera pueden soportarlo mucho tiempo. La mano que aprieta un dinamómetro pronto alcanza el punto de agotamiento de su esfuerzo y se ve obligada a abrirse abruptamente. El estudio de las causas de la rápida desaparición de ciertos de sentimientos en las asambleas ha de tener en cuenta el hecho de que, junto con el partido dominante por su poder o prestigio, hay otros cuyos sentimientos, mantenidos a raya por la fuerza o el prestigio, no han podido alcanzar su pleno desarrollo. Cualquier circunstancia que debilita un poco al partido dominante puede dar lugar a que los sentimientos reprimidos de los otros partidos lleguen a dominar a su vez. Los “montagnards” pudieron experimentarlo después de Thermidor. Todas las analogías que se han intentado establecer entre las leyes que obedecen los fenómenos materiales y las que rigen la evolución de los elementos afectivos y místicos son obviamente muy groseras. Y necesariamente será así hasta el día en que los mecanismos de las funciones cerebrales lleguen a ser menos ignorados que en el día de hoy.
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