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viernes, 30 de enero de 2015

Gustave Le Bon, La Revolución Francesa y la psicología de las revoluciones (1912) PARTE 1 LIBRO 1 CAPÍTULO 1


Primera parte: Los elementos psicológicos de los movimientos revolucionarios

Libro I: Características generales de las revoluciones

Capítulo I Las revoluciones científicas y revoluciones políticas
 
 § 1. - Clasificación de las revoluciones.
 
 Generalmente se denomina revoluciones a los cambios políticos repentinos, pero esta expresión debe aplicarse también a todas las transformaciones repentinas, o que aparecen tales, de creencias, ideas y doctrinas. Hemos estudiado en otro lugar el papel de los elementos emocionales, racionales y místicos en la génesis de las opiniones y las creencias que determinan el comportamiento. No tendría sentido volver sobre ello. Una revolución puede terminar en una creencia, pero a menudo comienza bajo la acción de móviles perfectamente racionales como eliminar abusos clamorosos, un régimen despótico odiado o un gobernante impopular, etc. Si el origen de una revolución a veces es racional, se debe recordar que las razones invocadas para provocarla sólo actúan sobre las multitudes después de haber sido transformadas en sentimientos. Con la lógica racional podemos mostrar los abusos a eliminar, pero para mover a las multitudes es necesario provocar sus esperanzas. No se consigue tal cosa más que poniendo en juegos elementos afectivos y místicos, dando de esta manera al hombre la capacidad de ponerse en acción. En el momento de la Revolución Francesa, por ejemplo, la lógica racional, esgrimida por los filósofos, puso de manifiesto los inconvenientes del antiguo régimen y provocó el deseo de cambiarlo. La lógica mística inspiró la creencia en las virtudes de una sociedad creada a partir de cero de acuerdo con ciertos principios. La lógica afectiva desató las pasiones contenidas por frenos seculares y condujo a los peores excesos. La lógica colectiva dominó los clubes y las asambleas y empujó a sus miembros a cometer actos que nunca habrían cometido si hubieran actuado simplemente siguiendo la lógica racional, la lógica emocional o la lógica mística. Sea cual sea su origen, una revolución sólo produce efectos más que después de haberse introducido en el alma de la multitud. Los acontecimientos adquieren entonces formas especiales que son el resultado de la particular psicología de las masas. Los movimientos populares tienen, por esta razón, rasgos muy característicos, tales que la descripción de una revolución es suficiente para entender las demás. La masa es pues la culminación de una revolución, pero no constituye el punto de partida. La masa es un ser amorfo que no puede nada y no desea nada sin una cabeza para conducirla. Rápidamente va más allá del impulso recibido, pero nunca lo crea. Las repentinas revoluciones políticas, que impresionan a la mayoría de los historiadores, son a veces las menos importantes. Las grandes revoluciones son las de las costumbres y y las ideas. No es cambiando el nombre de un gobierno como se transforma la mentalidad de un pueblo. Trastornar las instituciones de una nación no es renovar su alma. Las verdaderas revoluciones, aquellas que cambiaron el destino de las naciones, se producen en su mayoría de una manera tan lenta que los historiadores tienen dificultades para encontrar el comienzo. El término evolución es mucho más aplicable que el de revolución. Los diversos elementos que hemos enumerado entran en la génesis de la mayoría de las revoluciones y no se pueden utilizar para clasificarlas. Considerando sólo los fines que se proponen vamos a dividirlas en revoluciones científicas, revoluciones políticas y revoluciones religiosas.

§ 2. - las revoluciones científicas.

 Las revoluciones científicas son, con mucho, las más importantes. Aunque atraen menos atención, a menudo son las responsables de las consecuencias finales que no llegan a generar las revoluciones políticas. Las ponemos por tanto al principio de nuestra lista, aunque no podemos estudiarlas aquí. Si, por ejemplo, nuestras concepciones del universo han cambiado tanto desde el Renacimiento, es porque los descubrimientos astronómicos y la aplicación de métodos experimentales han revolucionado nuestras ideas al demostrar que los fenómenos, en lugar de ser condicionados por los caprichos de los dioses, se rigen por leyes fijas. Para ser esas revoluciones, debido a su lentitud, les conviene más bien el nombre de evoluciones. Pero hay otras que, aunque del mismo orden, merecen por su velocidad el nombre de la revoluciones. Las teorías de Darwin han trastornado en unos años toda la biología; los descubrimientos de Pasteur han transformado la medicina aún en vida de su autor; así también la teoría de la disociación de la materia al probar que el átomo, hasta ahora supuesto inmutable, no escapa tampoco a las leyes que condenan a todos los elementos del universo a declinar y perecer. Estas revoluciones científicas que tienen lugar en las ideas son puramente intelectuales. Nuestros sentimientos, nuestras creencias no tienen control sobre ellas. Se las sufre sin discutirlas. Sus resultados son verificables por la experiencia, y escapan a todas las críticas.

 
§ 3. - Las revoluciones políticas.

 
A continuación y muy lejos de estas revoluciones científicas que generan el progreso de la civilización, se sitúan las revoluciones religiosas y políticas sin parangón con las primeras. Mientras que las revoluciones científicas se derivan exclusivamente de elementos racionales, las creencias políticas y religiosas se apoyan casi exclusivamente en factores emocionales y místicos. La razón desempeña sólo un pequeño papel en su génesis. Me he detenido con detalle en mi libro “Las opiniones y las creencias” en el origen afectivo y místico de las creencias y he demostrado como las creencias políticas o religiosas son un acto de fe desarrollado en el inconsciente y que, a pesar de todas las apariencias, la razón no tiene control alguno. También he demostrado que las creencias adquieren a veces un grado de intensidad tal que nada puede oponerse a ellas. El hombre hipnotizado por su fe se convierte en un apóstol, dispuesto a sacrificar sus intereses, su felicidad, su propia vida por el triunfo de esa fe. Poco importa lo absurdo de su creencia, que es para él una verdad evidente. Las certezas de origen místicos tienen el maravilloso poder de dominar por completo los pensamientos y de no sufrir las influencias de la época. Por el mero hecho de ser considerada verdad absoluta la creencia se vuelve necesariamente intolerante. Esto explica la violencia, el odio, las persecuciones, cortejo habitual de las grandes revoluciones políticas y religiosas, la Reforma y la Revolución Francesa particularmente. Algunos períodos de nuestra historia siguen siendo incomprensibles si olvidamos el origen emocional y místico de las creencias, su inevitable intolerancia, la imposibilidad de conciliarlas cuando se dan juntas y, finalmente, el poder conferido por las creencias místicas a los sentimientos que se ponen a su servicio. Las ideas anteriores son todavía demasiado nuevas para haber tenido tiempo de modificar la mentalidad de los historiadores. Durante mucho tiempo seguirán queriendo explicar por la lógica racional una multitud de fenómenos sin ninguna relación con ella. Eventos como la Reforma, que sacudieron Francia durante cincuenta años, no estaban determinados por influencias racionales. Sin embargo son las que se invocan incluso en los libros más recientes. Así, por ejemplo, en la Historia General de los señores Lavisse y Rambaud leemos la siguiente explicación de la Reforma: "Fue un movimiento espontáneo, nacido aquí y allá, entre la gente del pueblo, a partir de la lectura del Evangelio y de libres reflexiones individuales, que hizo surgir entre las gentes sencillas una conciencia muy piadosa y una razón audaz." Contrariamente a las afirmaciones de estos historiadores podemos decir con certeza, en primer lugar, que tales movimientos nunca son espontáneos y además que la razón no está involucrado de ninguna manera en su desarrollo. La fuerza de las creencias políticas y religiosas que han movido el mundo reside precisamente que surgidas a partir de elementos emocionales y místicos, la razón ni las crea ni las transforma. Creencias políticas o religiosas tienen un origen común y obedecen a las mismas leyes. No fue gracias a la razón sino, más a menudo, fue contra toda razón como se formaron. El budismo, el Islam, la Reforma, el jacobinismo, el socialismo, etc., parecen formas de pensar muy diferentes. Sin embargo, tienen bases afectivas y místicas idénticas y obedecen lógicas no relacionadas en absoluto con la lógica racional. Las revoluciones políticas pueden ser el resultado de las creencias establecidas en las almas, pero muchas otras causas entran en su génesis. El término insatisfacción representa la síntesis de esas otras causas. Una vez que este descontento es generalizado se forma un partido que a menudo se vuelve lo suficientemente fuerte como para luchar contra el gobierno. El descontento generalmente debe ser acumulado bastante tiempo para surtir efecto, y es por eso que una revolución no es siempre un fenómeno que termina seguido de otro comienza, sino un fenómeno de cierta duración que precipita su evolución. Todas las revoluciones modernas han sido, sin embargo, movimientos bruscos que resultan en la destrucción instantánea de los gobiernos. Tales son, por ejemplo, las revoluciones brasileña, portuguesa, turca, china, etc. Contrariamente a lo que pudiera pensarse, los pueblos muy conservadores están avocados a las revoluciones más violentas. Al ser conservadores que no han sido capaces de evolucionar lentamente para adaptarse a los cambios del entorno, cuando la brecha se hace demasiado grande se ven obligados a adaptarse abruptamente. Este cambio repentino es una revolución. Pueblos que se adaptan progresivamente no siempre escapan siempre a las revoluciones. Sólo mediante una revolución los ingleses lograron en 1688 poner fin a la prolongada lucha de un siglo entre la realeza que quería ser absoluta y la nación que pretendía gobernar a través de sus delegados. Las grandes revoluciones suelen comenzar desde arriba, no desde abajo, pero cuando los pueblos se desatan son ellos los que les aportan su fuerza. Es obvio que todas las revoluciones han sido llevadas adelante, y en ningún caso puede ser de otro modo, con la ayuda de una gran fracción del ejército. La monarquía no desapareció en Francia el día en que Luis XVI fue guillotinado, sino en el instante en que las tropas amotinadas se negaron a defenderla. Sobre todo es por contagio mental como los ejércitos se amotinan, ya que son bastante indiferentes en el fondo al orden de cosas establecido. Una vez que un grupo de oficiales había logrado derrocar al gobierno turco, los oficiales griegos pensaron imitarlos y cambiar el gobierno, aunque no existía analogía entre los dos regímenes. Un movimiento militar puede derrocar a un gobierno -y en las repúblicas hispanoamericanas no lo hacen de otra manera- pero para que la revolución resultante produzca grandes efectos debe tener siempre en su base una insatisfacción general y grandes esperanzas. A menos que se convierte en universal y excesivo, el descontento no es suficiente para producir revoluciones. Un puñado de hombres puede ser fácilmente conducido a saquear, destruir o matar, pero para levantar a todo un pueblo, o al menos una gran parte de la gente, se necesita la acción reiterada de los líderes. Ellos exageran el descontento, persuaden a los descontentos de que el gobierno es la única causa de todos los lamentables acontecimientos que se producen, entre ellos la escasez de bienes, y aseguran que el nuevo sistema propuesto por ellos traerá una era de felicidad. Estas ideas germinan, se propagan por sugestión y contagio y llega el momento en que las condiciones de la revolución están maduras. De esta manera se prepararon la revolución cristiana y la Revolución Francesa. Si esta última se hizo en unos pocos años en unos pocos años y la primera necesitó muchos fue porque nuestra Revolución tuvo rápidamente una fuerza armada a su favor, mientras que el cristianismo sólo obtuvo el poder de las armas muy tarde. En los primeros tiempos sus únicos seguidores eran los pequeños, los humildes, los esclavos, excitados por la promesa de ver su vida miserable transformada en una eternidad de delicias. Por un fenómeno de contagio de abajo hacia arriba, del que la historia ofrece más de un ejemplo, la doctrina acabó por contaminar a las capas superiores de la nación, pero llevó un largo tiempo antes de un emperador creyera que la nueva fe estaba lo suficientemente generalizada como para adoptarla como religión oficial.

§ 4. - Los resultados de las revoluciones políticas

 Cuando un partido triunfa, intenta naturalmente organizar la sociedad de acuerdo con sus intereses. Por ello, la organización será diferente dependiendo de si la revolución se ha hecho por los militares, los radicales, los conservadores, etc. Las leyes y las instituciones nuevas dependerán de los intereses del partido triunfante y de las clase que los hayan ayudado: a los clérigos, por ejemplo. Si el triunfo se produce después de luchas violentas, como en la época de la Revolución, los ganadores rechazar de plano todo el conjunto de las antiguas leyes. Los partidarios del régimen depuesto serán perseguidos, expulsados o exterminados. La máxima violencia en las persecuciones se alcanza cuando el partido triunfante defiende, además de sus intereses materiales, una creencia. El perdedor no puede entonces esperar misericordia. Esto explica la expulsión de los moriscos por los españoles, las hogueras de la Inquisición, las ejecuciones de la Convención y las recientes leyes contra las congregaciones religiosas. Este poder absoluto que el ganador se atribuye conduce a veces a medidas extremas: decreto por ejemplo, como en los días de la Convención, que el oro será reemplazado por papel, que las mercancías se venderán al precio fijado por el gobierno, etc. Pronto se enfrenta, sin embargo, al muro de las necesidades ineluctables que ponen a la opinión pública en contra de su tiranía y finalmente lo deja desarmado antes de los ataques, como ocurrió al final de nuestra Revolución. Esto es lo que recientemente le ocurrió a un ministerio socialista australiano compuesto casi exclusivamente de obreros. Promulgó leyes tan absurdas, concedió privilegios a los miembros de los sindicatos al punto de que la opinión se puso por unanimidad en su contra y en tres meses fue derrocado. Pero los casos que acabamos de describir son excepcionales. La mayoría de las revoluciones han concluido por llevar al poder a un nuevo soberano. Ahora bien, este soberano sabe que la primera condición de su duración es no alentar demasiado a una sola clase, sino tratar de reconciliar a todas. Para lograr esto se buscará una especie de equilibrio entre ellas, de forma que ninguna de ellas pueda dominarlo. Permitir que una clase se vuelva dominante es condenarse a ser pronto dominado por ella. Esta ley es una de las más seguras de la psicología política. Los reyes de Francia lo entendieron bien cuando lucharon vigorosamente contra las usurpaciones de la nobleza primero y del clero a continuación. Si no lo hubieran hecho, su destino habría sido la de los emperadores alemanes de la Edad Media, que excomulgados por los papas se se vieron reducidos, como Enrique IV en Canossa, a peregrinar humildemente para pedir perdón. La misma ley se ha comprobado siempre a lo largo de la historia. Cuando a finales del Imperio Romano la casta militar se volvió preponderante, los emperadores dependían totalmente de sus soldados que los elevaban y les derribaban a voluntad. Así fue una gran ventaja para Francia haber sido siempre gobernada por un monarca casi absoluto, supuestamente investido de poder por la divinidad y, por tanto, rodeado de un gran prestigio. Sin esa autoridad no podría haber contenido a la nobleza feudal, ni el clero ni a los parlamentos. Si Polonia hacia el final del siglo XVI, hubiera llegado también a poseer una monarquía absoluta respetada, no habría transitado por ese pendiente de decadencia que la condujo a su desaparición del mapa de Europa. Hemos visto en este capítulo que las revoluciones políticas pueden ir acompañados de transformaciones sociales importantes. Pronto veremos qué insignificantes son estos cambios en comparación con los originados por las revoluciones religiosas.
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