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miércoles, 10 de junio de 2015

Antonio Escohotado en la Feria del Libro de Bogotá, con Elkín Rubiano, de la “Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano”.


Elkín Rubiano: ¿Cómo diferenciaría los conceptos de“legalización de las drogas” y “derogación del prohibicionismo de las drogas”?

Antonio Escohotado: Legalizar las drogas sería como legalizar el turismo, legalizar la pintura, legalizar la lectura. Sería un cataclismo en términos de los derechos civiles. Ha habido un experimento, que comenzó en 1914, en Estados Unidos, y ese experimento, como otros remedios ensayados, en vez de aliviar el mal, lo agrava. Lo que tenemos que hacer no es legalizar las drogas, sino restablecer el estado de cosas que había antes del experimento. Es muy sencillo. Tenemos que modificar unos artículos del Código Penal y otro artículo de la reglamentación administrativa. Eso, con un poco de buena voluntad, es suficiente. En cambio legalizar las drogas no es tan sencillo. Supondría reescribir las constituciones.

E. R.: Su toma de posición recuerda al libro de Thomas Szasz“Nuestro derecho a las drogas”…

A. E.: El libro lo traduje…

E. R.: Usted habla de la “sobria ebriedad”…

A. E.: Los términos “sobria ebrietas” están ya en Platón y luego, desarrollado, en Filón de Alejandría, uno de sus discípulos. Quieren decir “sobria ebriedad”. Que uno no se abstiene de ciertos productos de la naturaleza que permiten ver las cosas de manera distinta, pero que tampoco abusa de ellos, igual que sucede con todo el resto de las actividades humanas. Por ejemplo, piense en la masturbación sin ir más lejos. Durante muchos años yo, que estudié en España, en colegios de curas…, se suponía que la masturbación iba, como mínimo, a destruir toda la materia cerebral. No es cierto, pero tampoco sería razonable pasarse la vida masturbándose como un mono.

E. R.: Usted ha dicho que se considera un psiconauta…

A. E.: Sí, la psiconáutica es un arte y es el arte de la sobria ebriedad, precisamente.

E. R.: Sin embargo quizá esa sobria ebriedad necesita un suelo propicio para que pueda desarrollarse…

A. E.: Lo mismo que el alcohol. Hay personas, millones de personas que toman alcohol de una forma más o menos razonable y hay unos pocos desgraciados que son unos alcohólicos.

E. R.: Sus últimas publicaciones tienen que ver con una historia del comunismo tituladas “Enemigos del comercio”…

A. E.: “Los enemigos del comercio”, y el subtítulo es “Una historia moral de la propiedad”.

E. R.: ¿Qué perspectivas está utilizando usted en esas reflexiones?

A. E.: La misma perspectiva que para las drogas. Abordo el fenómeno desde la perspectiva de su nacimiento y desarrollo. Creo que es evidente a todas luces que cuando de una cosa nos dan una definición, la que fuere, aprendemos algo, pero cuando vemos la cosa nacer, desarrollarse y morir sabemos mucho más que con cualquier definición. La vida de la cosa es su mejor definición. Yo he hecho igual que con lo de las drogas, queriendo saber y no sabiendo al principio… Igual he abordado la historia del comunismo. Queriendo saber y no sabiendo. Entonces, por ejemplo, me di cuenta de que el origen del comunismo es el sermón de la montaña, es decir, la secta esenia, que era uno de los elementos que había en la gran guerra civil crónica que padeció Israel desde el fin de los reyes de Israel, últimos descendientes de David.

E. R.: ¿Y el título, “Los enemigos del comercio”, hacia dónde apunta y que conexión hay con el comunismo?

A. E.: El comunismo, tanto el evangélico como el de Carlos Marx, piensa que la propiedad es un robo y el comercio es su instrumento. Esta proposición se ha mantenido intacta durante más de dos mil años.

E. R.: ¿Y cuáles han sido las consecuencias de ese credo en la historia contemporánea?

A. E.: Bueno, se intentaba que las personas tuvieran una vida más segura, más libre y más igualitaria y se consiguieron las más espantosas dictaduras, las más espantosas hambrunas que recuerda la especie humana. Es otro experimento y salió muy mal, como el de la prohibición.
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