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martes, 2 de junio de 2015

Antonio Escohotado entrevistado por Elia Rodríguez, el 6 de octubre de 2013, para el programa “Es la Mañana de Fin de Semana”, de esRadio.


Elia Rodríguez: Esta obra está dedicada al nacimiento del socialismo, marxismo…

Antonio Escohotado: El siglo XIX. Se dedica al siglo XIX prácticamente, en forma monográfica.

E. R.: El siglo XIX ha sido convulso en España, porque tenemos una historia revuelta ¿no?

A. E.: ¡Caramba! Aquí tenemos la revolución cantonal.

E. R.: Hablar de Antonio Escohotado es hablar de drogas también…

A. E.: Ay, qué pesadez, señorita. Escribe uno cuarenta libros y resulta que por uno de ellos… Es verdad, el que más se ha vendido, el de “Historia general de las drogas”, ya siempre es “el de las drogas”.

E. R.: Es verdad, “el de las drogas”. Y eso le molesta profundamente, supongo.

A. E.: Bueno, no sé si profundamente, pero yo soy un historiador y filósofo.

E. R.: Bueno, quien da primero da dos veces. Se ha escrito mucho… Hay mucha literatura…

A. E.: Seguro que no hay ninguno en la literatura mundial tan extenso, pero tampoco hay ninguna historia del comunismo tan extensa como “Los enemigos del comercio”.

E. R.: Tengo aquí el libro, son como unas setecientas páginas…

A. E.: Son un poco más, pero es el tomo dos y hay que esperar el tomo tres.

E. R.: Amenaza con un tercero, que está muy bien.

A. E.: Un tercero que llega hasta las tonterías de Chavez, el subcomandante Marcos. Ya la cosa se va poniendo como más “light”. Aunque fíjense que yo pronostico que vaya a haber una fusión de la conciencia roja con la conciencia integrista.

E. R.: Bueno, pues ahora que ha hablado de conciencia, me viene a la cabeza por ejemplo Hegel…

A. E.: Hegel es mi maestro.

E. R.: Esa conciencia de libertad que a lo largo de este libro vemos que somos un poco lo que queremos.

A. E.: Tenemos la ventaja, gracias a Internet, de poder reproducir el pasado no por siglos, sino por horas y, a veces, por minutos si hace falta. Nuestra información ahora es vastísima, por supuesto con uve.


E. R.: condensar la historia es difícil por la cantidad de información que tenemos…

A. E.: Antes había que irse por cuarenta bibliotecas, conseguir el permiso de cada bibliotecario, esperar… Y ahora, gracias a la función “search” de Google, Brin y Page, los descubridores de Google, con ese algoritmo ya toda la información, de alguna manera, se agrupa, se canaliza y, entonces, lo que nos hace falta es simplemente paciencia. Si tenemos la paciencia y la ilusión de dejar que vayan llegando los datos poco a poco ellos mismos hablarán, nos mostrarán la realidad. Fíjese que el problema del comunismo, igual que el de las drogas, es que son dos temas tabús, dos temas tan enormemente dominados por la pasión, el apasionamiento, el prejuicio. Como las drogas… En verdad es que las personas se dicen del miedo que se tienen a sí mismas, es decir “¡voy a enloquecer si me da mucho gusto una droga!” Y en el comunismo es “ay, tengo razones o no para temer a mi vecino”. En un caso es el miedo del hombre a sí mismo y en el otro el miedo del hombre a los demás.

E. R.: La historia del hombre es la historia del miedo…

A. E.: En buena medida. Y también de la valentía que supera al miedo.

E. R.: Hemos hablado de Hegel, pero podríamos hablar de Sartre también…

A. E.: Bueno, Sartre es justo el término contrario. Es el hombre que dice que Marx y marxismo es la verdad objetiva, absoluta y que no hay discusión. Es justo lo contrario. El propio Marx tiene una relación muy curiosa con su maestro Hegel, porque siempre dijo que él veía el mundo cabeza abajo, que era idealista… Luego yo creo que en el libro hago un análisis suficiente para probar que, lejos de ser un idealista, Hegel era realista. El idealista era Marx. El romántico, digamos, si lo queremos decir en esos términos.

E. R.: Sí...

A. E.: No, la historia del comunismo, entre otras cosas, nos revela que para algún tipo de personas la única garantía que puede haber de seguridad, de no pasarlo demasiado mal, es que reine la libertad y, para otros, en cambio dicen “¡no, no, si usted renuncia a la libertad yo le garantizo la seguridad!” Esto segundo, que es la base de todas las dictaduras desde que el mundo existe, pues es muy falso. En cuanto perdemos la libertad perdemos todas las seguridades. La libertad es la primera de las seguridades. Pero en la práctica el victimismo está muy extendido y es más fácil echar la culpa a los demás que mirar hacia dentro y corregirse.

E. R.: Esa actitud pobrista que usted menciona, de negar el sistema económico actual…

A. E.: Acuérdese, “benditos sean los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino”.

E. R.: Hace en el libro unas similitudes…

A. E.: En el libro lo que hago… el cristianismo primitivo comunista es exactamente lo mismo que el comunismo científico de finales del XIX. Lo que pasa es que ni a los cristianos ni a los comunistas les gusta conectarse a unos con otros y esa es la razón por la cual pasó en silencio el tomo I.

E. R.: Son tanto demagogos como mesiánicos, a la vez ¿no?

A. E.: Claro. El gran descubrimiento del cristianismo primitivo es que el chivo expiatorio, es decir, ese objeto, animal o persona que se sacrifica para alejar los males, al convertirse en mesías, además de alejar los males, es un instrumento de venganza, es decir es una ametralladora o es una bomba. Entonces ese uso proyectivo y paranoico del chivo expiatorio, eso es el mesías en todas sus variantes. Me da igual que sea el mesías del Nuevo Testamento que sea Che Guevara.

E. R.: Es una moral de esclavos, que diría Nietzsche…

A. E.: De esclavos contentos de ser esclavos. De esclavos satisfechos de ser esclavos. Tertuliano, el primer apologeta, decía “cómo me alegraré de ver que los ricos de espíritu, como Homero y Arquímedes y Aristóteles, se tuestan en el infierno por no reconocer al Dios verdadero”. Este tipo de resentimiento que es tan marcado, tan dominante… Va a ser difícil que la especie humana supere esto.

E. R.: Alienados o cosificados sí podríamos estar en otra esfera…

A. E.: Es que lo estamos. Nos cosificamos siempre que el fluir del tiempo, en vez de captarlo en forma de fluir lo vamos cortando en lonchas y analizando separado, como si fueran fotos. La diferencia entre una foto y una película ¿no?

E. R.: El propio Marx era contradictorio entre sus pensamientos y su vida familiar…

A. E.: Por favor, es que las palabras que ha empleado son demasiado suaves. Es un hombre que dejó morir de frío y de hambre a cuatro hijos, que su mujer murió de agotamiento y de tristeza de todo eso y fue el único de una familia de ocho que llegó a los sesenta años, porque sus dos hijas luego se suicidaron. La verdad es nunca trabajó por su gente, vivió siempre de dar sablazos y ¡caramba!, sí que podía darlos porque, por ejemplo, su mujer era sobrina de Philips, el creador de la multinacional ¿eh?, uno de los hombres más ricos de Holanda. Él era de una familia judía bastante rica y también su mujer, por parte de padre, una noble alemana también con una gran fortuna. Se pasó la vida diciendo que sus compañeros eran unos canallas porque no le prestaban más dinero del que le prestaban.

E. R.: Un genio…

A. E.: Un genio, sí, sí. Pero tampoco sabía escribir físicamente. Tenía unos problemas enormes con la mano…

E. R.: Era ella ¿no?

A. E.: Julie von Westphalen y también le ayudaba Engels básicamente. Ese es el principal amanuense que ha tenido Marx. Se conservan en el folio alemán apaisado como escribía los dos los libros que escribieron juntos y se ve que Engels escribe el noventa por ciento. Y el otro, en el margen izquierdo, va poniendo con esa letrita minúscula que tenía unos comentarios que normalmente son chistes o expresiones despectivas.

E. R.: De todas maneras más de una manifestación abría creado en nuestros días el amigo Marx ¿no?

A. E.: Debía tener unos poderes hipnagógicos… Debía fascinar. Su voz o su gesto. Yo creo que el primer fascinado fue el propio Engels.

E. R.: Un enamoramiento un tanto…

A. E.: Sí, un enamoramiento… Una de las historias de amistad más bonitas que se recuerden, sobre todo desde el lado de Engels, porque Marx nunca correspondió con la misma generosidad.

E. R.: Porque era egoísta…

A. E.: Es que era incapaz de decir “bueno, mire usted, lo del marxismo lo ha descubierto Engels, no yo”. Engels en cambio, que sí que lo había descubierto porque sí que había pensado por primera vez la conexión entre clases sociales y dinámica económica, pues ese siempre dijo “no, yo no he hecho nada, no he hecho más que seguir al gran maestro, al Newton de las ciencias humanas, al Aristóteles de los tiempos modernos”. Pues eso yo creo que no hay, nunca, una sola amistad registrada en la historia universal donde, además de portarte superbién con tu amigo, le atribuyes en exclusiva una teoría donde gran parte la has puesto tú.

E. R.: ¿Cuál sería el fin de la historia de España?

A. E.: Pues va a ser bastante difícil. Desde Isabel la Católica, cuando expulsa a los judíos y a los moriscos, se empieza a crear la catástrofe de un país donde afluye gran cantidad de especias y metales preciosos, pero no hay industria ni comercio que los procesen. Entonces la consecuencia es una hiperinflación. La gente se tiene que ir porque se muere de hambre, como sucedió en tiempos de Cervantes. Emigrantes en masa. Luego se le ocurre al hijo de Isabel la Católica pelear contra la única forma racional de vida que había, que eran los protestantes y hale a pelear, a gastarse los pocos duros que quedan y, además, a perder las batallas y, bueno, todo iba bastante mal hasta que vino la locura aquella de Napoleón, Pepe Botella, bueno, es cierto que nos lo impusieron… Pues España prefirió un canalla estúpido como Fernando VII, con el nombre de “¡vivan las cadenas!” Después, cuando llegó la Primera República, se les ocurrió a los anarquistas dar su primera prueba de acción con la revolución cantonalista, que fulmina la Primera República.

E. R.: Sí habla en el libro de ese cainismo ibérico…

A. E.: Es el país peor venido de Europa y uno de los peores avenidos del mundo. Sólo Rusia puede comparársele. Rusia tiene también cada veinticinco años aproximadamente una guerra civil. Como España, porque las tres guerras carlistas fueron guerras civiles.

E. R.: Me gustaría que siguiera con ese análisis que está haciendo de manera muy interesante…

A. E.: Bueno, pero… ¿Tenemos tiempo?

E. R.: Sí, todo el que usted quiera.

A. E.: Pues fíjese que el problema fundamental que, a mi juicio, esta historia, la historia de los comunistas, que es al mismo tiempo la historia de los liberales, es la cantidad de lagunas y malos entendidos y sesgos que la presiden. Por ejemplo en la Primera Guerra Mundial decimos, nos cuentan en el colegio… bueno, en el colegio no nos cuentan nada por mucho que esto tuviera importancia. Pero volvamos a lo de la Primera Guerra Mundial ¿qué nos cuentan en los colegios? Que la creó el militarismo prusiano. ¡Vaya por Dios! Y entonces nos ponemos a leer a un contemporáneo, como Keynes… Keynes dice lo contrario. Keynes dice “Alemania en 1913 tenía una potencia industrial y comercial que era la envidia del mundo entero; nadie podía competir con ella, ni siquiera los norteamericanos”. Entonces ¿cómo un país que va tan bien quiere la guerra? No la quiere. Lejos de quererla intenta defenderse de una conjura secreta que están trazando Inglaterra, Francia y Rusia contra ella, llamada la Triple Entente. Bueno, finalmente seguimos en el colegio escuchando que la Primera Guerra estuvo hecha por los alemanes, pues es mentira. Fueron, acuérdese, mataron al archiduque en Sarajevo, que Alemania tenía un pacto de protección con Austria, porque había un conato de guerras civiles en Serbia, apoyados secretamente por los rusos y, como no bastaba eso, había un gran diputado socialista, Jaurès, francés, que se opuso hasta el final y a este le pegaron también un tiro para que se callase… Pues todavía ahora la gente piensa en la Primera Guerra Mundial y no se da cuenta de que fue un amaño, básicamente anglo-francés, en el que colaboraron los rusos para exportar su malestar y conseguirse así una supuesta victoria que les daría prestigio y acallaría la rabia acumulada del pueblo ruso… Pues nada, seguimos con esa película… De manera que estoy empezando con el tomo III y de estoy dando cuenta de que Lenin se fulmina a un tercio de la población en siete años.

E. R.: Habla de una sucesión de mesías revolucionarios…

A. E.: Es “tanto peor, tanto mejor”. Ese es el principal lema del personal. Y claro, por ejemplo, Lenin no quiere participar en las medidas que se toman para paliar la gran hambruna del 91, de 1891, alegando que cuanta más gente muera y más descontento, más cerca estará la revolución. Cuando luego le toca mandar el país y durante los siete años que lo manda, porque luego le da el telele este de la parálisis general progresiva, el ictus este o la sucesión de ictus, ya no hay la escusa de que acelere la revolución, porque ya está la revolución, pero entonces escribe sus últimos textos, que se llaman “mejor pocos, pero mejores”. Este personal son todos ingenieros sociales. Están haciendo experimentos de eugenesia y uno de ellos calcula que un veinte por ciento debe ser eliminado. Todo esto de los campos de concentración, el gas letal… Todo esto se lo inventan los rusos. Concretamente Lenin, para pelear contra la rebelión que empieza en la cuenca del Don y se prolonga por toda Rusia en el año 18 y 19 y hasta el 1921, es el ejército ruso el que utiliza en masa gas mostaza para desalojar de los bosques al personal. Todas estas cosas no se saben, aunque incluso esta que le estoy diciendo, no ha hecho falta que se abriesen los archivos oficiales del KGB; se sabían. Pero como es una cuestión que toca tanto el corazoncito...

E. R.: Se silencia…

A. E.: Es políticamente incorrecto recordarle al mundo que el utópico no sólo es un memo, sino un inmoral. Porque es memo en la medida en que prefiere el sueño a la realidad, prefiere la fantasía a lo actual. Aunque la fantasía siempre es una cosa borrosa y lo actual siempre es una cosa infinitamente densa.

E. R.: en las utopías siempre hay alguien que le paga el sueño a los demás…

A. E.: Pero además de una tontería, en el sentido de que son ganas de ver sin acabar de dibujar un cuadro que se puede terminar de dibujar…No es eso. Es que además es inmoral, porque querer lo imposible lo que hace es sabotear lo posible. Y entonces tenemos que hay organizarse en una situación en la que necesariamente hay que apretarse el cinturón y, cuando viene el utópico, lo que hace es, nada, soltarnos el cinturón y entrar en situaciones realmente catastróficas, realmente terminales, como esto, por ejemplo, de perder un tercio de la población de un país, que es un fenómeno que no tiene paralelo en la historia de la cultura occidental. Simplemente no lo tiene.
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