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domingo, 21 de junio de 2015

George Kennan: "Los origenes del comportamiento sovietico" I, julio de 1947.



 
I

La naturaleza política del régimen soviético, tal y como lo conocemos hoy en día, es el producto de la concurrencia de la ideología y las circunstancias: la ideología heredada del movimiento revolucionario del que se deriva el régimen político actual y las circunstancias en las que ese poder se desarrolló en Rusia durante casi treinta años. Hay pocas tareas más difíciles que el análisis psicológico del impacto mutuo de estas dos fuerzas y del papel de cada una en la determinación de la conducta de los dirigentes soviéticos. Pero tal análisis es esencial si queremos entender esa conducta y combatirla de manera eficaz. Es difícil resumir todos los elementos de la ideología con la que los líderes soviéticos llegaron al poder. La ideología marxista en su versión ruso-comunista, siempre ha estado sometida a sutiles cambios. Los principios en los que se basa son numerosos y complejos. Pero las características más importantes del pensamiento comunista, tal y como existía en 1916, pueden resumirse de la siguiente manera: a) el factor central de la vida humana, el hecho que determina el carácter de la vida pública y la "fisonomía de la sociedad" es la forma en la que son producidos e intercambiados los bienes económicos; b) el sistema de producción capitalista es un mal que conduce inevitablemente a la explotación de la clase obrera por la clase propietaria e impide el desarrollo adecuado de los recursos económicos de la sociedad y la distribución equitativa de los productos del trabajo; c) el capitalismo contiene las semillas de su propia destrucción y debe, a causa de la incapacidad de la clase propietaria para adaptarse a los cambios económicos, conducir inevitablemente a la transferencia revolucionaria del poder a la clase obrera; d) el imperialismo, fase final del capitalismo, conduce directamente a la guerra y la revolución. El resto se puede exponer brevemente usando las palabras de Lenin: "El desarrollo económico y político desigual es una ley absoluta del capitalismo. De ello se desprende que la victoria del socialismo es posible, en un primer momento, en unos cuantos países capitalistas o, incluso, en un país capitalista aislado. El proletariado triunfante de este país, después de expropiar a los capitalistas y de organizar la producción socialista en él, se levantará contra el resto del mundo capitalista, atrayendo a su lado a las clases oprimidas de los demás países capitalistas, empujándolos a la rebelión contra los propietarios, empleando incluso, si es necesario, la fuerza militar contra las clases explotadoras y sus Estados". Téngase en cuenta que no se supone la posibilidad de que el capitalismo se derrumbará sin una revolución del proletariado. Es necesario un impulso definitivo de un movimiento revolucionario del proletariado para derrocar la estructura tambaleante. Pero se considera inevitable que se produzca este movimiento tarde o temprano. Durante los cincuenta años anteriores al estallido de la Revolución este pensamiento ejerció una gran atracción sobre los miembros del movimiento revolucionario ruso. Decepcionados, tristes, desesperados -o demasiado impacientes- para expresarse dentro de los límites del sistema político zarista, pero careciendo del apoyo popular requerido para la sangrienta revolución que creían paso imprescindible para el progreso social, éstos revolucionarios encontraron en la teoría marxista una confirmación muy adecuada a sus deseos instintivos. Ella aportaba una justificación pseudocientífica a su impaciencia, a su negativa a asignar cualquier valor al régimen zarista, a sus deseos de poder y venganza y a su tendencia a tomar atajos para lograr su objetivo. Así no sorprende que llegaran a creer en la verdad y la fuerza de las enseñanzas marxistas-leninistas, tan adaptadas a sus propios impulsos y emociones. No hay ninguna duda de su sinceridad; es un fenómeno tan antiguo como la humanidad misma y ​​nunca se ha descrito mejor que por Edward Gibbon en "La decadencia y caída del Imperio Romano": "El paso del entusiasmo a la impostura es peligroso y resbaladizo; el demonio de Sócrates ofrece un ejemplo memorable de cómo un hombre sabio puede equivocarse; de cómo un solo hombre puede engañar a los demás; de cómo la conciencia puede dormitar en un estado intermedio entre la ilusión del yo y el engaño deliberado." Fue con esta serie de ideas que los miembros del Partido Bolchevique tomaron el poder. Durante el tiempo anterior a la Revolución la atención de estos hombres, como la del propio Marx, había estado menos atenta a la futura forma de socialismo que a la forma que tomaría el derrocamiento del régimen enemigo, que precedería necesariamente al establecimiento del socialismo. Sus ideas sobre el programa que efectivamente se aplicaría, una vez el poder en sus manos, eran, en su mayor parte, nebulosas, fantasiosas y poco prácticas. Fuera de la nacionalización de la industria y la expropiación de las grandes propiedades privadas no había un programa se claro. El tratamiento de los campesinos que, según Marx, no pertenecía al proletariado, todavía permaneció vago en el pensamiento comunista, y este tema siguió siendo asunto de controversia y duda durante los diez primeros años del régimen comunista. Las circunstancias del período inmediatamente posterior a la revolución -la guerra civil y la intervención extranjera en Rusia, a las que se añadió el hecho de que los comunistas representaban sólo una pequeña minoría de la población rusa- hizo del establecimiento del poder dictatorial una necesidad. La experiencia del "comunismo de guerra" y el intento brusco de eliminar la producción privada y el comercio dieron lugar a consecuencias económicas desastrosas y despertaron más resistencia al nuevo régimen revolucionario. En la medida en que fue una pausa temporal en el intento de colectivizar Rusia, la Nueva Política Económica (NEP), no sólo mitigó un tanto esta catástrofe económica, tal y como era su objetivo, sino que también puso de manifiesto que el "sector capitalista de la sociedad" siempre estaría dispuesto a aprovechar de inmediato la menor relajación de la presión gubernamental y, si se le permitía seguir existiendo, aun sería un poderoso elemento de oposición al régimen soviético y un serio rival en la influencia sobre el país. Una situación similar se impuso con respecto al campesino aislado que, a su humilde manera, era también un productor privado. Lenin, de haber vivido, podría, quizá, haber sido capaz de mostrarse un hombre lo suficientemente grande como para reconciliar estas fuerzas que se oponían a una salida satisfactoria para la sociedad rusa, aunque esto es dudoso. De todos modos Stalin y los dirigentes que se le unieron en su lucha por tomar el relevo de Lenin no eran hombres para tolerar fuerzas políticas rivales en la esfera del poder que codiciaban. Su sentimiento de inseguridad era demasiado grande. Su fanatismo, ajeno a cualesquiera tradiciones moderadas de compromiso, al modo anglosajón, era demasiado violento, demasiado celoso para pensar en un reparto permanente de poder. El mundo ruso-asiático del proceden estos hombres es escéptico respecto a la posibilidad de coexistencia pacífica de fuerzas rivales. Totalmente convencidos de la "rectitud" de su doctrina, exigieron la sumisión o la destrucción de todo posible competidor. Fuera del Partido Comunista, en Rusia no existirían ningún grupo o asociación como no fueran dominados por él. Sólo al Partido se le permitiría la existencia y actividad. Sólo el Partido Comunista podría tener una estructura; todo lo demás sería una masa amorfa. Y dentro del Partido se aplicaría el mismo principio. La masa de los miembros del partido podría votar, la deliberar, decidir y actuar; pero estas acciones no deben ser impulsadas ​​por su voluntad individual y sólo la aterradora inspiración de la dirección del Partido podría sugerirlas. Subjetivamente estos hombres probablemente no deseaban el absolutismo para sí mismos. Ellos creían sin duda, y eran fácilmente reforzados en esa opinión, que sólo ellos conocían lo que produciría la felicidad de la sociedad y que lo llevarían a cabo una vez asegurado su poder absoluto. Pero a fin de alcanzar ese poder absoluto inexpugnable estaban dispuestos a no reconocer ninguna restricción humana ni divina, por lo que se refiere al carácter de sus métodos.Y hasta el momento en que esa inexpugnabilidad estuviera asegurada los comunistas darían prioridad a alcanzarla sobre cualquier bienestar o felicidad de los pueblos sometidos a su poder. Ahora la circunstancia excepcional para el régimen soviético es que hasta hoy este proceso de consolidación política nunca lo ha dado por terminado y los hombres del Kremlin continuan entregados principalmente a la lucha para garantizar y hacer absoluto el poder que conquistaron en noviembre de 1917. Sus esfuerzos para garantizar ese poder se han dirigido sobre todo contra la población de la propia sociedad soviética. Pero también trataron de defenderse contra el mundo exterior. Porque la ideología, como hemos visto, les ha enseñado que el mundo exterior es hostil y que es su tarea derrocar finalmente a las fuerzas políticas más allá de sus fronteras. La fuerte influencia de la historia y la tradición rusas les ha fortalecido en este sentimiento. Por último, su propia intransigencia agresiva contra el mundo exterior llegó a encontrar la inevitable reacción y pronto se vieron obligados, usando otra frase Gibbon, "a castigar la resistencia", que ellos mismos provocaron. Este es el indiscutible privilegio de todos los hombres que intentan demostrarse a sí mismos que es real la tesis según la cual el mundo entero es su enemigo, porque si se repite muy a menudo, utilizándola como regla de conducta, es seguro que finalmente se tendrá razón. Está en la naturaleza de la atmósfera intelectual de los dirigentes soviéticos y en el carácter de su ideología no poder reconocer oficialmente ningún mérito o justificación a ninguna oposición, sea la que sea. En teoría tal oposición sólo puede provenir de fuerzas hostiles y incorregibles del capitalismo agonizante. En tanto que fuera reconocida la existencia en Rusia de restos del capitalismo se los podría usar como pretexto para el mantenimiento de una forma dictatorial de gobierno. Pero a medida que estos elementos fueran liquidados tal justificación empezaría a faltar y cuando llegó el momento en que hubo que dictaminar oficialmente que habían sido absolutamente destruidos laexcusa desapareció por completo. Tal hecho creó una de las determinaciones fundamentales que pesaban sobre el régimen soviético: desde el momento en que el capitalismo dejó de existir en Rusia y cuando ya no pudo admitir que una oposición seria o generalizada al Kremlin podía surgir, de forma espontánea, de las masas sometidas a su poder, se hizo necesario señalar la amenaza del capitalismo extranjero para justificar la conservación de la dictadura. En 1924 Stalin defendió expresamente el mantenimiento de la "órganos de represión", es decir, entre otros, el ejército y la policía secreta, en razón de que "en tanto que estemos rodeados por el capitalismo persistirá el peligro de intervención, con todas las consecuencias que resultan de ese peligro". A partir de ese momento y de acuerdo con esa teoría todas las fuerzas de oposición interna, en Rusia, han sido siempre retratadas como agentes de fuerzas extranjeras hostiles al poder soviético. Por otra parte se ha insistido mucho en la tesis comunista original de un antagonismo esencial entre el mundo capitalista y el mundo socialista. Aunque hay muchos indicios de que esta afirmación no se basa en la realidad. Los hechos relacionados con ella se relacionan con la existencia, en el extranjero, del resentimiento provocado por la filosofía y la táctica soviética, y en ocasiones por la existencia de importantes centros de poder militar, incluidos la Alemania nazi y el gobierno japonés de finales de los años 1930 que tenían, en efecto, intenciones agresivas contra la Unión Soviética. Pero abundan las pruebas de que la importancia dada por Moscú a las amenazas del mundo exterior no se basa en la realidad de antagonismo extranjero, sino en la necesidad de justificar el mantenimiento del régimen dictatorial en Rusia. El mantenimiento de esta peculiaridad del poder soviético, especialmente la búsqueda de un poder absoluto dentro de las fronteras del Estado, cultivando el mito de una hostilidad extranjera implacable, ha influido mucho en la forma del aparato de gobierno soviético tal y como lo conocemos hoy. Se dejó que desaparecieran los organismos administrativos que no servían a ese propósito y los que servían tuvieron un crecimiento enorme. La seguridad del poder soviético ha llegado a descansar en una disciplina férrea del Partido, la severidad y ubicuidad de la policía secreta y el monopolio sin concesiones del Estado. Los "óganos de represión", a los cuales los líderes soviéticos habían tratado de proteger contra fuerzas rivales, se convirtieron, en gran medida, en los amos de aquellos a los que estaban destinados a servir. Hoy en día la mayor parte de la estructura del poder soviético se dedica a perfeccionar la dictadura y a la perpetuación de la idea de una Rusia en estado de sitio por un enemigo amenazante que la cerca. Y los millones de personas que conforman esta parte de la estructura gubernamental tienen que defender a toda costa esta idea de la situación de Rusia, ya que sin ella serían superfluos. En el contexto actual los líderes ya no pueden soñar con eliminar tales órganos de represión. La búsqueda del poder absoluto, que persiguen continuamente desde hace treinta años, con una crueldad sin precedentes (al menos por lo que se refiere a su extensión) en los tiempos modernos, ha provocado de nuevo su propia reacción en el interior, tal como lo hizo en el exterior. Los excesos cometidos por el aparato policial han avivado la potencial oposición al régimen con sentimientos mucho más fuertes y más peligrosos que los que pudo haber antes del inicio de estos excesos. Pero sería aún más difícil para los líderes prescindir de la ficción a través de la cual se pretende justificar el mantenimiento del poder dictatorial. Porque esta ficción, canonizada en la filosofía soviética por los excesos ya cometidos en su nombre, está ahora arraigada en el pensamiento de los soviéticos por lazos mucho más fuertes que los de una mera ideología.

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