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martes, 23 de junio de 2015

George Kennan: "Los origenes del comportamiento sovietico" II, julio de 1947.




Veamos a día de hoy cómo se refleja este contexto histórico en el carácter político del régimen soviético tal y como es hoy. Nada se ha rechazado oficialmente de la ideología original: la creencia en la naturaleza fundamentalmente malvada del capitalismo, en la inevitabilidad de su destrucción, la obligación, del proletariado, de luchar por esa destrucción y tomar para sí mismo el poder. Pero veamos sobre todo lo más específicamente relacionado con la idea que el régimen soviético tiene de sí mismo: su posición como único régimen genuinamente socialista en un mundo oscuro y perdido y sus relaciones de poder con ese mundo. La primera de esas ideas es la del antagonismo innato entre capitalismo y socialismo. Nos dimos cuenta de cómo esta idea se ha integrado en los fundamentos del poder soviético. Esto tiene graves consecuencias para la conducta de Rusia como miembro de la sociedad internacional. El hecho de que Moscú no puede en ningún caso suponer una sincera comunidad de objetivos entre la Unión Soviética y las potencias consideradas capitalistas. Moscú ha asumido siempre que los objetivos del mundo capitalista se oponen a los del régimen soviético y, por lo tanto, a los intereses de la población de la URSS. Si el gobierno soviético, en ocasiones, firma documentos que parecen indicar lo contrario, hay que verlo como una maniobra táctica admisible cuando se trata con el enemigo (que carece de honor) y que debe ser aceptada como caveat emptor. Básicamente el antagonismo permanece. De esta hostilidad, que se da por supuesta, se derivan numerosos fenómenos que nos inquietan en la política extranjera del Kremlin: el aire de misterio, la falta de franqueza, la duplicidad, las sospechas y el antagonismo fundamental de los objetivos. Estos rasgos son los únicos que se pueden esperar en un futuro próximo; sin embargo pueden variar en intensidad dependiendo de lo que los rusos quieran obtener de nosotros; una u otra de estas características de su política puede desaparecer momentáneamente; en tal caso siempre habrá estadounidenses que anunciarán saltando de alegría: ¡"los rusos han cambiado"! E incluso habrá otros que intentarán atribuirse el mérito de estos "cambios". Pero no debemos dejarnos engañar por las maniobras tácticas. Estas características de la política soviética, así como el postulado del cual derivan, pertenecen esencialmente a la naturaleza interna del régimen soviético y persistirán, visibles u ocultas, hasta que cambie la naturaleza interna del régimen soviético. Esto significa que las negociaciones con los rusos seguirán siendo difíciles durante largo tiempo. No es que creamos que que están inquebrantablemente comprometidos con el derrocamiento nuestro régimen en una fecha determinada. La teoría de la inevitabilidad de la caída del capitalismo sugiere que, por suerte, no tienen una urgencia apremiante. Las fuerzas del progreso pueden tomarse su tiempo para asentar el golpe. Mientras tanto, lo que importa es que la "patria del socialismo" -este oasis ya ganado para el socialismo en la persona de la Unión Soviética- sea amada y defendida por todos los buenos comunistas en Rusia y en el extranjero, que sus intereses sean favorecidos y sus enemigos acosados y confundidos. Porque una revolución "aventurera" y prematura en el extranjero, que pueda obstaculizar de alguna forma la política del régimen soviético, sería un acto imperdonable e, incluso, contra-revolucionario. El fin del socialismo es el apoyo y el establecimiento del régimen soviético tal que determine en Moscú. Esto nos lleva a la segunda idea importante para la comprensión de la perspectiva soviética contemporánea: la idea de la infalibilidad del Kremlin. La concepción del poder soviético, que no permite ningún foco organización fuera del Partido, exige que la dirección del Partido sigua siendo, en teoría, la única poseedora de la verdad. Porque si uno pudiera encontrar la verdad en otros lugares, su expresión en la vida política organizada estaría justificada. Y esto es precisamente lo que el Kremlin no puede y no quiere tolerar. La dirección del Partido Comunista, por tanto, siempre tiene la razón, y siempre ha tenido la razón, desde que en 1929 Stalin le dio una forma precisa a su poder personal al anunciar que las decisiones del Politburó se adoptaban por unanimidad. La férrea disciplina del Partido se basa en el principio de infalibilidad; de hecho estos dos conceptos se apoyan mutuamente: una perfecta disciplina requiere el reconocimiento de la infalibilidad y la infalibilidad requiere la observancia de la disciplina. Y los dos juntos determinan en gran medida el comportamiento de todo el gobierno soviético. Pero para entender los efectos es esencial tener en cuenta un tercer factor: el hecho de que los líderes tienen libertad para apoyar cualquier tesis que, por razones tácticas, encuentren útil para los fines que persiguen en un momento dado y que, además, pueden exigir una aceptación ciega y exacta de esta tesis por los miembros del movimiento en su conjunto. El resultado es que la verdad no es una constante sino que, en realidad, es creada virtualmente por los líderes soviéticos mismos en la búsqueda de sus objetivos. Puede variar de semana en semana o de mes a mes. No tiene nada de absoluta e inmutable, nada que tenga que ver con una realidad objetiva. Es sólo, en cada momento, la última manifestación de la sabiduría de aquellos en los que se considera que reside la sabiduría absoluta, ya que representan la lógica de la historia. Estos factores acumulados tienen el efecto de orientar todo el aparato subordinado del gobierno soviético con un empecinamiento y perseverancia inquebrantables. Tal orientación se puede cambiar a voluntad por el Kremlin, pero sólo por él. Una vez que el Partido ha decidido sobre la línea política acerca de cualquier asunto de la política actual, toda la maquinaria del gobierno, incluyendo los mecanismos de la diplomacia, se mueve inexorablemente en la forma prescrita, como un juguete al que se le da cuerda y se lanza en cierta dirección, que sólo se detiene cuando choca con un obstáculo infranqueable. Las personas que se integran en esta maquinaria so refractarias a todo razonamiento procedente de una fuente externa. Se les ha enseñado a desconfiar de la fuerza de la persuasión engañosa del mundo exterior. De la misma forma que el perro blanco junto al fonógrafo, son gente que no escuchan  más que "la voz de su amo". Y si se ha de cambiar algo en la misión que se les ha encomendado, sólo el amo puede hacerlo. Así el representante extranjero no puede esperar que sus palabras produzcan la menor impresión en ellos; lo único que podemos esperar es que la transmitan a sus líderes, que son los únicos que pueden cambiar la línea del partido. Pero hay pocas posibilidades de que estos se dejen influenciar por la lógica normal de las palabras del representante burgués. Como no se pueden invocar metas comunes, no podemos apelar a los procesos mentales comunes. Por esta razón los hechos dicen más que las palabras a los oídos del Kremlin; y las palabras tienen tanto más peso cuando reflejan hechos de autenticidad incuestionable y que ellos pueden confirmar. Pero hemos visto que la ideología no obliga al Kremlin a darse prisa. Al igual que la Iglesia, el Kremlin sólo se ocupa de ideas que son justas a largo plazo y puede darse el lujo de ser paciente. No tiene derecho a poner en peligro el éxito de la revolución por cosas que en el futuro serán vanas baratijas. Los preceptos del mismo Lenin deben usarse con mucha cautela y flexibilidad en la búsqueda de los objetivos comunistas y, de nuevo, las lecciones de la historia de Rusia fortalecen los principios: son siglos de oscuras batallas entre ejércitos nómadas, en grandes extensiones de llanuras desprovistas de fortalezas. La circunspección, la flexibilidad y el engaño son, en tal guerra, las cualidades más valiosas, y naturalmente son muy apreciadas por el espíritu ruso u oriental. El Kremlin no vacila, pues, en retirarse ante una fuerza superior; sin calendario que lo urja, la necesidad de retiradas parciales no lo asustan. Su acción política es una corriente fluida en movimiento constante hacia un propósito específico, avanzando dondequiera que pueda. En especial se preocupa de llenar todos los rincones y grietas del poder global disponibles; pero si encuentra obstáculos insuperables en su camino, lo acepta y se acomoda a ellos filosóficamente. Lo importante es que haya una presión continua, una presión constantemente incrementada en dirección al objetivo perseguido. Nada en la psicología soviética sugiere que este objetivo deba ser alcanzado en un momento preciso. Estas consideraciones hacen las relaciones con la diplomacia soviética a la vez más fáciles y más difíciles que con dictadores agresivos como Napoleón o Hitler. En primer lugar la diplomacia soviética es más sensible a la fuerza que se le opone, más dispuesta a ceder en sectores aislados del frente diplomático cuando se percibe una fuerza demasiado poderosa, y es, por eso, más racional en la lógica y la retórica del poder. Por otro lado no se siete derrotada o desanimada por una sola victoria de sus opositores. Y la paciente persistencia que la impulsa indica que no puede ser combatida eficazmente por los actos esporádicos que representan los caprichos momentáneos de la opinión pública democrática, sino sólo por políticas inteligentes, de largo alcance, de sus oponentes políticos, no menos persistentes en sus intenciones y no menos variadas e ingeniosas en su aplicación que la propia política de la Unión Soviética. En estas circunstancias es evidente que el elemento principal de cualquier política de Estados Unidos hacia la Rusia Soviética debe ser contenerla con paciencia, firmeza y vigilancia de su tendencia a la expansión. Sin embargo, es importante tener en cuenta que esta política no implica amenazas, bravuconería o gestos superfluos de aparente dureza. Aunque básicamente flexible en su reacción a las realidades políticas, el Kremlin de ninguna manera es inmune a consideraciones de prestigio. Al igual que cualquier otro gobierno, puede llegar a sentirse, a causa de gestos amenazantes o falta de tacto, en una posición tal que no pueda ceder, incluso si su sentido de la realidad le dicta hacerlo. Los líderes rusos son excelentes jueces de la psicología humana y, como tales, se dan cuenta claramente de que la pérdida de prestigio erosiona la fuerza en la política. Están prontos para explotar esas debilidades. Por tanto, un requisito previo para una negociación exitosa con Rusia es que el gobierno extranjero en cuestión permanezca siempre tranquilo y con sangre fría y que sus necesidades se expresen de modo que el acuerdo tampoco dañe demasiado el prestigio Rusia.

 


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