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sábado, 27 de junio de 2015

George Kennan: "Los origenes del comportamiento sovietico" IV, julio de 1947.



IV

Está claro que, en un futuro próximo, los Estados Unidos no mantendrán afinidad política con el régimen soviético. Deberán seguir considerando a la Unión Soviética como a un rival y no un socio en la arena política. También habrá que esperar que la política soviética no refleje, en conjunto, un compromiso con la paz y la estabilidad ni una fe genuina en la posibilidad de una convivencia confortable del mundo socialista y el capitalista. La coexistencia habrá de tomar la forma de una presión cautelosa pero continua para debilitar y detener toda intrusión e influencia. Para contrarrestar la amenaza es necesario decir que Rusia, al contrario que el mundo occidental en general, sigue siendo, con mucho, más débil; que la política soviética es muy flexible y que podría ser portadora de debilidades que socaven su propio poder. De este modo los Estados Unidos verían fortalecida su idea de emprender con confianza una política mesurada de firme contención, para oponer a los rusos un firme contrapoder en cada punto en cada punto en el intenten atacar las bases necesarias para un mundo en paz y estable. Las opciones de la política de Estados Unidos no se limitan, en realidad, a mantener la situación actual y a cruzar los dedos esperando lo mejor. Nuestro país es muy capaz de influir con sus acciones en el desarrollo interno tanto de Rusia como del movimiento comunista internacional, que tanto peso tiene en la política rusa. No se trata sólo aquí de la modesta actividad de información que nuestro gobierno puede llevar adelante en la Unión Soviética y en otros lugares, aunque esta tarea no sea despreciable. Se trata más bien de saber hasta qué punto los EE.UU. puede dar a la gente, en el mundo en general, la impresión de un país que sabe lo que quiere, que se enfrenta con brío a sus problemas internos y a sus responsabilidades como gran potencia mundial y que tiene, en términos ideológicos, una vitalidad tal que le permite imponer su propia concepción de las cosas entre las principales corrientes ideológicas del momento. En la medida en que sea posible crear y preservar tal estado de ánimo, los objetivos del comunismo ruso aparecerán estériles e incluso quiméricos, las esperanzas y el entusiasmo de los partidarios de Moscú decaerán y se impondrá una presión adicional sobre la política exterior del Kremlin. Porque la inestabilidad y la decadencia del mundo capitalista es la piedra angular de la filosofía comunista. Así, si los EE.UU. no llegáramos a padecer esa depresión económica que los cuervos de la Plaza Roja predicen con tanta complacencia, desde el fin de las hostilidades, profundas repercusiones podrían sentirse a lo largo de todo el mundo comunista. Del mismo modo los síntomas de indecisión, desunión o disensión interna en Estados Unidos tienen un efecto estimulante sobre todo el movimiento comunista. Cada manifestación de cualquiera de estos síntomas agita el mundo comunista con esperanzas y entusiasmos; Moscú se alza con nuevos bríos; nuevos grupos de partidarios extranjeros se unen a un movimiento, que sólo pueden contemplar como el líder de la escena internacional, de tal modo que la presión soviética se intensifica en todos los escenarios del globo. Sería una exageración decir que solos y sin ayuda los estadounidenses serían capaces de eliminar el movimiento comunista y poner fin rápidamente al poder soviético en Rusia. Sin embargo tienen la capacidad de incrementar significativamente los problemas que afectan al funcionamiento de la política soviética, de tal modo que pueden obligar al Kremlin a conducirse con más moderación y circunspección que la que ha demostrado en los últimos años y, de esta manera, promover un desarrollo que, eventualmente, daría lugar bien a la implosión del régimen soviético, bien a su gradual transformación. Porque ningún movimiento místico o mesiánico, y especialmente el del Kremlin, puede soportar indefinidamente la frustración sin reconsiderar finalmente su posición en una u otra dirección frente al estado de cosas. Por lo tanto la decisión dependerá, en gran medida, de los mismos Estados Unidos. El tema de las relaciones americano-soviéticas es en sí mismo una prueba del valor de los Estados Unidos como una nación entre las naciones. Para evitar el derramamiento de sangre sólo tenemos que estar a la altura de nuestras mejores tradiciones y demostrar que merecemos seguir siendo una gran nación. Ciertamente, nunca se ha diseñado una prueba más difícil para mostrar la valía de un país. Dadas estas circunstancias, el observador atento de las relaciones entre los dos países no tendrá nada que objetar al desafío lanzado por el Kremlin a la sociedad americana. Por el contrario, agradecerá al destino haber proporcionado al pueblo estadounidense este reto, que es un desafío a ejercer su papel como una nación que depende de su propia capacidad para aceptar las responsabilidades impuestas por su liderazgo político y moral, un papel que la historia, pura y simplemente, le ha confiado.

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