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miércoles, 24 de junio de 2015

Intervención de Antonio Escohotado en la tercera y última conferencia del ciclo “Mayo 1968-2008. La revolución revisada”, organizado conjuntamente por el Museo Patio Herreriano y la Universidad Europea Miguel de Cervantes, que tuvo lugar en la sala de actos del Museo Patio Herreriano, de Valladolid - compartía la mesa con Fernando Savater.


Muchísimas gracias, amigos y amigas. Para mí es una enorme satisfacción porque, después de conocer a Fernando, como él ha dicho muy bien, hará ahora unos cuarenta años (él es bastante más joven que yo), pues, claro, no habíamos tenido, que yo recuerde, la oportunidad, nunca, de estar sentados en la mesa, hablando del mismo tema. ¡Helo aquí! Yo me vuelvo a sorprender, como siempre, de su capacidad de improvisar. Les confieso que de los españoles vivos, Fernando es la persona a quien más admiro. Luego, respecto del tema, pues claro, Fernando y yo estamos, como quien dice, enfangados, o sea, de los pies a la cabeza, no exactamente porque seamos crédulos. No estoy muy de acuerdo con la presentación que ha hecho de mí Miguel Ángel, en la medida en que, a mí, lo único que me ha apasionado siempre es el curso del conocimiento. Dentro del conocimiento prefiero, digamos, los que se interesan por la expansión farmacológica de la conciencia, y prefiero los que se dedican a la libertad sexual, pero primero el conocimiento, y luego lo otro. La pasión de mi vida ha sido acumular información que yo pudiera considerar no arbitraria y, entonces, al reflexionar sobre estos temas y, en particular, sobre éste..., el del sesenta y ocho... Hará veinte años yo pensaba que aquello fue una patochada, un ataque de auto-importancia... (le cambian el micrófono) Me parecía una patochada, un ataque de auto-importancia. Cuando Napoleón dijo que la Revolución Francesa, que había sido un loco ejercicio de..., un loco ejercicio de vanidad, yo dije..., bueno, pero en este caso es aún peor, porque los Saint-Just, Marat..., consiguieron asesinar a muchísima gente y aquí, aunque Fernando no lo ha mencionado, yo sí creo que había unos cuantos..., por ejemplo, los partidarios “albanistas”, de Enver Hoxha, ¿eh?, y los del Che Guevara, que eran posiblemente los más numerosos..., se lo tomaban muy en serio. Tanto es así que, diez años después, hacia el setenta y ocho, la desilusión por no haber conseguido montar la guillotina en la plaza, que hoy se llama de la “Concorde”, pero que antes se llamó la “Place de la Revolution”,creó las Brigadas Rojas, creó la Baader-Meinhof, estimuló poderosamente la ETA española... en definitiva, lanzó la gran oleada de terrorismo, y fue nada más que la decepción de haberse quedado en palabras, de no haber logrado contagiar a las personas de ese ataque de auto-importancia. Anoche, pensando que iba a venir aquí, dije ¿qué puedo ver, qué puedo tocar, sentir, oír..., que me recuerde aquello, que me ponga allí? Se encendió “eureka” en mi cabeza..., una luz, y dije: “El último vals”, de Martín Scorsese. La puse y me la vi. Hora y media, la película. No sé si ustedes la habrán visto. Es la despedida del grupo“The Band”, que acompañó muchos años a Bob Dylan, y que decidieron que si seguían viviendo la vida de la carretera morirían todos. Luego me he ido enterando de que de los cinco de los “Band” han muerto tres. Eran bastante excesivos, con las drogas, con el sexo y con el “rock and roll”, como en aquella época. Al ver la película me di cuenta de que todo era..., todo era limpio en aquellos cinco hombres. ¿Más guapos?, puede ser imposible. Robbie Robertson, el cantante, compositor y guitarra solista, pues no no sé..., parecido al David de Miguel Ángel. A los otros cuatro de la banda..., a las preguntas de Scorsese de por qué tocaban y hacían sus giras..., pues porque había unas chicas monísimas siempre alrededor y porque el espíritu de la música les mandaban investigar. Dos de ellos, ya muy mayores, en el noventa y ocho, hiceron los coros de Sinead O’Connor, la canción “Mother”, de Pink Floyd, cuando al caer el muro, hicieron esa celebración diez años después y montaron un enorme muro de polyspan, o de algún plástico de estos, y luego, después de montarlo, lo tiraron, pues..., lo tiraron. Ellos tenían un sentido de las segundas voces prodigioso, que seguro que no hubieran entendido ni Mozart ni Monteverdi. Unas segundas voces casi iguales, pero levemente diferentes. Sin embargo no me voy a enrollar con esto, porque yo también quise ser guitarrista; lo que pasa es que me di cuenta a tiempo de que no tenía el talento debido para eso. Empapado en la película de Scorsese dije ¡ay, caray!, no era sólo vanidad; no era sólo desilusión por la falta de poder; no era sólo una formación deficiente, una..., un pensar que, de alguna manera, el pensamiento nos puede ayudar a establecer proposiciones fijas incambiables, no era eso. También era, como ha dicho Fernando, la limpieza, la belleza, la audacia, un sentido de benevolencia, en general... No tanto de querer salvarle la vida (tan odioso ha sido esto de querer salvarle la vida al prójimo, a lo largo de la historia humana, tan espantoso...). No. Era algo así como aplicar directamente la elementalidad que se le ocurrió a Herbert Marcuse, un profesor de la universidad americana, que luego, rápidamente, se difundió en todo el mundo. ¿Cuál es la simplicidad que se le ocurrió a Herbert Marcuse? Primera premisa, evidentemente cierta: la ciencia, en general, y la educación de las personas ha conseguido que, por una parte, la laboriosidad, y por otra parte, la eficiencia, conviertan en absurda la pobreza. No hace falta la pobreza. Sobra la pobreza. Con los medios técnicos de que disponemos y la educación que tenemos, en el sentido de ser industriosos y ahorrativos, no hace falta la pobreza. Aceptemos la primera premisa. Segunda premisa de Marcuse, a mi juicio totalmente inaceptable, disparatad y, sin embargo, la única que entendíamos entonces: esto nos lo impiden las grandes compañías, la concentración de poder, el capital, el mal. Cualquier idea que se aproxime a lo que decía el profeta Manes, es decir, a que hay un principio bueno, completamente bueno, y hay otro principio malo, completamente malo, y nunca va a poder haber un tercero, nunca va a haber un mediador... Por eso en las grandes cosmogonías maniqueas empiezan estando separados, se tiran siete creaciones con una especie de seudo-mezclas y vuelven a estar separados en la octava cosmogonía. Marcuse tenía como segunda premisa aquella, la de que, el mundo..., no había razón para que hubiera nadie pobre. Ya no había ninguna razón, pero había unas gentes empeñadas en que fuesen pobres. Conclusión: ¡hay que hacer una revolución!, pero una revolución no autoritaria. Evidentemente no se puede hacer un silogismo correcto si la segunda premisa es incorrecta; sobre todo si el término medio se utiliza unas veces como plural y otras veces como singular, unas veces como positivo y otras veces como negativo. La inferencia tiene sus límites. En el caso de Marcuse la inferencia tenía unos límites tremendos, pero a nosotros no nos lo parecía. Total, que yo me traduje un libro de Marcuse..., no, dos libros de Marcuse me traduje. Publiqué mi primer libro sobre Marcuse, si no recuerdo mal, en el sesenta y ocho, y estaba tan convencido. ¿Qué hay de desagradable, aparte de este..., de esta segunda premisa, tan disparatada, es decir, tan maniquea, de Marcuse? ... ... ... un personaje que, a mi juicio, ha ido despareciendo, para bien de todos, y es el intelectual. ¿Qué entendemos por intelectual? Pues ¿una persona dedicada al cultivo del conocimiento? No. Un intelectual es un guía laico. Para gentes que están buscando algún tipo de redentor, salvador, el intelectual es perfecto, porque prácticamente no sabe de nada, pero habla de todo con una inmensa autoridad, la autoridad que le confiere estar en lo cierto. En aquella época los curas se habían venido abajo y se habían alzado los médicos y los intelectuales. Los intelectuales se han venido abajo y ahora, fíjense ustedes, por ejemplo con lo del tabaco, los que siguen en la cúspide son los médicos. Han cambiado la sotana negra por una bata blanca y tan frescos. La humanidad sigue siendo, pues, lógicamente ... Mayo estaba minado, de principio a fin, por los intelectuales, y por el intelectual más ridículo de todos, al que, por lo demás, no le podemos negar una capacidad literaria impresionante y una capacidad de trabajo excepcional. Me refiero a Jean Paul Sartre. Es como la médula de nuestros huesos, por lo menos la de Fernando y la mía. Yo creo que me llegué a saber de memoria párrafos de libros de Sartre, de “El ser y la nada”y, sobre todo, de “La nausea”. Luego, pensándolo un poco mejor..., los detalles de su vida práctica..., imaginándolo con aquella señora con moño, laSimone de Beauvoir, ligando a una jovencita, un poco demasiado delgadita, un poco demasiado gordita..., él en calzoncillos, en un apartamento, eh..., pues, es mejor pensar en The Band y, digamos, en la vertiente Woodstock-Monterrey que en la vertiente Quartier Latin ... de su propia falta de materia. Es como si fuéramos por el cosmos y, de repente, mirásemos por la aeronave en cualquiera de las direcciones: todo es infinito, la profundidad es ilimitada. Nos vamos acercando a ese estado donde las cosas que realmente son, son noticia, es decir, información, paquetes discretos con datos precisos. Hasta entonces los seres humanos preferíamos entregarnos a algún tipo de pasión: que nos gusta esto, que nos disgusta aquello, que vamos a quemar a este, que vamos a subir a los altares al otro..., ¿eh? Este tipo, entre el melodrama y la farsa, en lo que ha vivido una humanidad necesariamente analfabeta y, por eso mismo, justificable. Yo creo que en el sesenta y ocho había dos líneas muy claras. Y yo opté por una. Cuando me fui a Ibiza, prácticamente solo..., allí estuve quince años y... Pero empezaba a llegar más gente... Digamos..., la rama ibicenca era la rama de sexo y rock and roll y mucha droga. La rama francesa era más intelectual, más Jean Paul Sartre, más Simone de Beauvoir, más académica, más política. La política del sesenta y ocho en América era: iros a tomar por saco, yo me voy a mi campo, allá donde me da la gana y tengo con muy poco y os voy a demostrar que puedo aprovechar la fuente que me ha dado el mundo para tener una vida, no diría de buen salvaje, sino de refinado jabalí, por ejemplo, o de refinado... De modo que entre Monterrey y Nanterre, pues ... diferencia. Salvo que tanto en Monterrey como en Nanterre la gente joven y la gente guapa parecía haberse reunido como por un esfuerzo magnético, como le pasa a unas limaduras de hierro si por allí anda una piedra imán. Ya llevo diecisiete minutos. Vamos a terminar. ¿Qué es lo que a mí me parece..., llamaría, conocimiento objetivo, o información..., hubo en el sesenta y ocho? Tardé mucho en comprenderlo. Cuando me puse a estudiar la crisis de la ciencia dura contemporánea, en un libro que luego publiqué, “Caos y orden”, que me tomó bastantes años, porque yo, en principio, soy un lego en todas estas cuestiones, me di cuenta de que las ciencias se habían metido en un cierto atolladero de infalibilismo dogmático y auto-importancia, a partir del último estallido teórico importante, que fue el de Niels Bohr, Heisenberg y la física cuántica. A partir de ahí la ciencia padeció, desde el año treinta o cuarenta, un progresivo ataque de infatuación. Por una parte demasiado peso público... que había conseguido la bomba atómica y tenía todos los ministerios del interior a su disposición, dándole lo que quisiera, con tal de que hiciera, por ejemplo, tanques movidos por arena o cualquier tipo de virguería de este estilo... Igual que habían conseguido la bomba, conseguirían también otra cosa... Pues, en el sesenta y ocho, mientras que por un lado tocaba Jimi Hendrix y por otro Cohn-Bendit lanzaba sus soflamas, lo que se estaba haciendo es la verdadera ciencia. Lo que se llama ciencia del caos. Concretamente la geometría fractal, que es la geometría del mundo real. No la geometría de un mundo idealizado, de Euclides, sino una representación de la infinitud concreta, que representa los riachuelos, las nubes, los riñones, el pelo, las pasiones... Eso, digamos, como forma de organizar el espacio, pero, como forma de entender el tiempo, la disipación, el desorden y el orden, a mi juicio el más poderoso pensador del siglo XX, Ilya Prigogine, el químico; es uno de esos raros casos de un hombre que merece el premio Nóbel y se lo dan. Esos, Prigogine y Mandelbrot, todos los teóricos de lo que se llama caos, hicieron su obra, precisamente, en esa época y, si nos fijamos, es lo congruente. ¿Qué se entiende por ciencia del caos? Yo creo que en dos proposiciones se puede resumir. Una, no confunda usted con caos aquello que no consigue medir o predecir con sus aparatos actuales de medida. Dos, si la naturaleza no fuese autónoma en alguna medida, si la naturaleza estuviese realmente sometida al principio inercial, no estaríamos hablando. Bueno, la verdad es que me parece que lo he dicho todo. Vamos a ver si en el coloquio sale algo más ingenioso.

PÚBLICO: al que niega la relación entre mayo del sesenta y ocho y el terrorismo de los setenta.

ANTONIO ESCOHOTADO: Yo pensaba otra cosa, hasta que leí el libro de Rossana Rossanda sobre este…, no Curcio, el otro, este…, Mario Moretti, el jefazo de Brigadas Rojas y el que le pegó, casualmente, once tiros en la nuca al primer ministro Aldo Moro… Le preguntaron ¿por qué once?, y dijo,“no, pues no sé…, tenía que desacargarme…” en el libro de la Rossanda, tanto Moretti, como la señora Meinhof y Andreas Baader, explican que se acabaron metiendo en sus respectivos movimientos después de la esperanza defraudada que les produjo mayo del sesenta y ocho. Yo doy el dato, simplemente, porque no sabía que Moretti y la Ulrike Meinhof habían declarado…, lo que yo antes dije.

PÚBLICO: al que pide opinión sobre el papel de Guy Debord y los situacionistas en mayo del sesenta y ocho.

ANTONIO ESCOHOTADO: Como estoy metido desde hace muchos años en una historia del comunismo, he tenido, hace tres años o así, que estudiar otra vez a Debord y a Vaneigem…, volverlos a leer y, la verdad…, Fernado, tú ¿cuándo es la última vez que los has leído? (FERNANDO SAVATER: “en el sesenta y ocho”) Me temo que la relectura te puede producir un auténtico shock. Se trata de un personaje…, por cierto, en el caso de Debord con un final digno, porque se pegó un tiro con una escopeta de caza, que no es tan fácil (con una pistola es más sencillo, con una escopeta hay que estirar mucho la pata para darle al gatillo), alcoholizado en los últimos años, completamente alcoholizado…,Fernando y yo hemos tenido un íntimo…, queridísimo amigo, con una profundidad intelectual parecida…, que también se suicidó, era alcohólico…, pero que no escribió las, a mi juicio, tontería inenarrables que este…, escribió Debord. Pero, cuando salieron, la internacional situacionista, nos parecieron los únicos no completamente sectarios, dentro de una película de sectarios, porque el líder albanés, el líder chino, Che Guevara, pero hombre…, el Stalin, que no había forma… Luego había la alternativa trotskista, pero era lo mismo, una forma de sectarismo muy aguda. Nos parecieron que los situacionistas no eran…No, el señor Debord empezó con una película de cuatro horas donde no pasaba nada, la pantalla ahí estaba en negro, y salía, no sé, antes o después, ceo que antes, a dar unas explicaciones sobre que el capitalismo había acabado con el arte… Luego, lo que él ha escrito, los textos son, a mi juicio, la estética marxista. Si Marx tenía una economía o seudo-economía, una sociología o seudo-sociología, pues le faltaba una estética. Yo creo que esto es lo que quiso poner Guy Debord a Marx. Lo que pasa es que los resultados fueron asombrosos. En el fondo coincidía punto por punto (y además era uno de los pocos que lo había leído) con Marcuse. Se entiende decir ¿pero cómo las personas pueden entregar su vida a cosas tan absurdas, a tener un BMW, o un televisor nuevo o una joya a la señora, o el señor, yo qué sé…, un viaje a Tailandia para pasarlo bien en los burdeles de Chiang Mai…, cómo es posible que…? La palabra…, hacía mucho que no se dice, les va a sonar a ustedes mucho: alienación, ¿a que hace tiempo que no se decía alienación?, enajenación… Poner el corazón en una cosa que no es. Si leemos a Debord, y yo tuve, digamos, la oportunidad hace tres años, con toda atención, con lápiz en la mano, yo creo que nos quedaríamos atónitos ante la simplicidad conceptual del personaje, porque lo único que, a mi juicio, tiene peso en su escritura, es lo que podríamos llamar el componente yoico. Yo, yo, yo…, esto me gusta, esto no me gusta… Pero, oiga usted, ¿ha estudiado algo?, ¿ha sacado en claro algo?, ¿ha sacado en claro algo después de estudiar, o es que en el fondo usted lo sabe, como por ejemplo Adán y Eva, sabían las cosas por ciencia infusa, sin necesidad de estudiar previamente? A mí lo que me pone de los nervios, y por eso empecé con los intelectuales, son personas precisamente como Debord. La enorme influencia que tuvieron. Yo creo que de milagro me libré de ser un terrorista, en aquellos tiempos. Lo agradeceré siempre. Sin embargo, si hubiese hecho caso de Debord o de los demás intelectuales del momento lo hubiera tomado como un deber. Ahora, pues claro, digo: maldita sea…, pero, sobre todo, malditos seáis vosotros, que queréis simplificar la vida de esta manera, como para que realmente haya buenos y malos de película.

PRESENTADOR: la pregunta que se me ocurre es ¿de qué manera mayo del 68 ha proyectado sobre nuestros días la incertidumbre de la física, las teorías del caos, las teorías de sistemas? ¿En qué medida ha quedado como hilo conductor…? ¿Existía en mayo del 68 incertidumbre o, después de todo lo que hemos dicho, verdaderamente la ciencia tenía principios y los quería llevar hasta el final?

ATONIO ESCOHOTADO: Si leemos las letras de las canciones de Bob Dylan, por ejemplo, nos damos cuenta de que allí está actuando, operando, a toda velocidad una enorme complejidad. Entonces el problema de Leonard Cohen es la enorme densidad de contenido, es decir, el hecho de que hay dos palabras pero realmente cada una de esas dos palabras es un mundo propio, son sustantivos… No es meramente una aliteración de adjetivos, como por ejemplo en Víctor Hugo o el melodrama, no. Sin embargo toda la parte intelectual revolucionaria… Sí, revolucionaria, por otra parte, y yo sigo creyendo que la revolución, y eso es lo único en lo que coincido con Debord, es una revolución de puertas adentro, de la vida cotidiana, la medida que tiene cada cual de acercarse a sí mismo, de buscarse a sí mismo, de aceptarse a sí mismo, no esto de salvarle la vida al prójimo, que me parece una hediondez, aunque sea un asunto repetido en los últimos tres mil años… Y la complejidad lleva consigo incertidumbre. La incertidumbre puede quedar ahí como un fermento de interés para nosotros, que intenta disolverse mediante profecías, tanto científicas como teológico-políticas, o somos capaces de aceptar la incertidumbre en lo que es la medida de libertad que abre. Nacimos cualquiera de nosotros..., aunque nos digan que nos van a dar cinco premios nobeles, que vamos a vivir ciento treinta años y además en perfecto estado de salud, como diría Campanella en la República de los Solarios… Si sabemos que no vamos a tener ningún problema, pero sabemos que vamos a morir el trece de abril del año tal, a tal hora, nadie puede vivir desde ahora. La esencia de la vida es la incertidumbre. Toda clarificación, toda certeza, que por lo demás es lo que piden las pobres almas religiosas, sin darse cuenta de lo que piden, es un despropósito. En mayo del 68, pero también antes y también después, dentro de lo que es la evolución del mundo, y por eso recordaba a Prigogine y Mandelbrot, que son los gigantes de la ciencia dura del periodo, los seres humanos nos fuimos dando cuenta de que la libertad para nosotros es tan esencial como…, y no hay libertad sin incertidumbre y, en esa medida, yo no separaría, no puedo separar mayo del 68 de lo que fue la gran década de los sesenta, que se prolongó un poquito más, hasta los setenta y claro, como un éxito infinito desde el punto de vista de gustos del consumidor, modas artísticas, ropas, etcétera. Toda la gente que se preciaba un poco más o menos imitaba. Yo recuerdo todavía… Yo creo que Fernando lo evitó, pero yo me dejé llevar: pantalones de esos de elefante, botas de vaquero o sombrero de cazador blanco… Yo era muy coqueto, yo estaba loco por las señoras. Afortunadamente ya me he tranquilizado… Hay uno al que le va a dar un ataque, que soy yo.
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