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lunes, 13 de julio de 2015

Antonio Escohotado en la Cadena SER el 16 de octubre de 2013.



Javier Gallego: Es usted un intelectual complejo. Le leen profesores de universidad, jóvenes fiesteros, estudiantes de filosofía o punkis. ¿Orgulloso o sorprendido?
Antonio Escohotado: Pues no sé. Creo que ambas cosas.
J. G.: ¿Por qué cree que es tan transversal su obra y su discurso?
A. E.: Por el compromiso con la libertad, que adquirí desde joven. Pues yo me había criado en Río de Janeiro y, de repente, caí aquí, en este mundo ñoño, policial. Me repugnó todo mucho. Acabé pensando meter batracios en el sagrario, como una primera manifestación de protesta y, bueno, pues hasta ahora.
J. G.: ¿Notó mucho el cambio de Río de Janeiro a España?
A. E.: ¡Pues tanto, el catolicismo nacional mesetario!, ¡caramba! Luego la mili fue para mí un infierno, fui el único alférez degradado, me mandaron de cabo primero a un batallón de castigo y mejor olvidar todo aquello.
J. G.: Se peleó usted con militares, policía, curas…
A. E.: Quise matar a un brigada. Como yo era sargento de guardia, me habían ascendido y tenía un buen naranjero con todo su cargador. Dije“¡que enorme beneficio haría yo a este país si le metiera el cargador al brigada… Luego no lo hice.
J. G.: ¿Le hubiese gustado ser guitarrista?
A. E.: También, también. Quise ser la resurrección de Jimi»Hendrix, pero vamos, me di cuenta a tiempo de que me faltaban varias cosas y, sobre todo, una banda que tuviera compasión por mis debilidades. Yo creo que, en aquella época, era un guitarrista bastante por encima de la media, pero siempre he tenido problemas con el tempo. Es decir, al cabo de cinco o seis copases a lo mejor me adelanto, me retraso y entonces, en vez de tener piedad de mí, el resto de la la banda, aprovechaba que, como eran inferiores luego en ejecución o en imaginación, ahí metían el dedo en la herida y mi herida no sanaba.
J. G.: Pero ha tocado con Andrés Calamaro…
A. E.: He tocado mucho con Andrés.
J. G.: ¿Ha tocado mucho con Calamaro?
A. E.: Bueno, quiero decir un par de “jam sessions”, cada cual por su lado. Andrés es bastante mejor que yo aunque, como sabes, lo que mejor hace es las teclas. Es donde está en su elemento.
J. G.: ¿sigue cogiendo la guitarra?
A. E.: Yo la cojo. Lo que pasa es que cada día tengo, que con la edad, más débil…, me hace polvo las yemas de la mano izquierda. Se me quedan unos surcos ahí, que digo “¡maldición!” Sigo tocando como antes, pero claro, es un dolor…
J. G.: ¿Qué cosas toca cuando la coge?
A. E.: Pues últimamente estoy intentando hacerme una versión roquera del canon de Pachelbel.
J. G.: ¿Tiene debilidad por el barroco y por esa música?
A. E.: No, por esa en particular.
J. G.: ¿Ha probado a tocarla ya?
A. E.: Sí, sí, sí que la he tocado. Tengo variedades… Estoy en dudas si hacerla en clave de Re o en clave de Mi. Es más cómodo en clave de Re, pero luego consigo unas armonías más simpáticas en clave de Mi.
J. G.: Estudió usted derecho y trabajó en un banco durante muchos años.
A. E.: Yo hice filosofía, lo que pasa es que los que enseñaban filosofía, pues me fui a los tres años de empezarla, eran gente incompetente… Y de hecho, al fin y al cabo, daba para encontrar una salida. Y, efectivamente, terminé derecho e hice unas oposiciones al bando de España y me metí en el ICO.
J. G.: Usted era mucho de estudiar. Su padre se admiraba de su capacidad de leer…
A. E.: Sí, sí, cuando llegué a España…, a poco de llegar a España, publicó Azcona su “Repelente niño Vicente”, y ahí me quedé absolutamente identificado y dije “¡qué caramba!”
J. G.: ¿Por qué le gustaba tanto leer y estudiar?
A. E.: Pues porque era la forma más directa que yo encontré de asombrar a mis padres, que, como soy hijo único, que me quisieron tanto y yo tenía tanta deuda con ellos, había que devolvérselo. Y entonces el que mis padres empezaran a decir “este se lo sabe todo, este coge los libros más aburridos y se los devora. Y por ahí me metí.
J. G.: ¿Y cómo es que acabó siendo tan lector en un banco?
A. E.: ¡Uh! Y allí tuve mi último ataque epiléptico, intentando devorar cien palabras nuevas de alemán, en un esfuerzo de aprender a toda prisa. Se ve que no me dio la cabeza para eso y me quedé ahí tumbado… El último ataque, fue el cuarto que tuve y ya no he vuelto a tener más. Vamos, pero yo tampoco era lo que se llama el “gran mal” al epiléptico. O sea, no acababa de pegar esas pataletas, arrancarme la lengua a mordiscos o hacerme las cosas encima, que es lo que suele pasar en los ataques de “gran mal”.
J. G.: ¿Y cómo dejó el gran mal de los bancos?
A. E.: Pues porque quería aventurarme. Yo vendría a ganar, entre pitos y flautas… Tenía dos o tres empleos más…, unos diez mil euros actuales. Pero mi mujer era como yo y le dije “mira, tenemos que vivir aventuras, en el fondo no sabemos nada ¿qué te parece si pido excedencia en todo y nos vamos para Ibiza? Y así nos fuimos.
J. G.: ¿Cómo funda la discoteca “Amnesia”?
A. E.: Bueno, me quedó un dinerito al morir mamá…, el año anterior había muerto papá… No sabía qué hacer con él y como la mitad de ese dinerito se puso para convertir una casa de campo muy bonita en, digamos, un café cantante. Y como había músicos notables entonces en la isla, no españoles pero sí de todo el mundo… bueno, pues aquel tuvo un gran éxito durante un cierto tiempo. No sé, quizá fueron nueve, diez meses que lo gestionamos. Pero entre que teníamos muchos amigos gorrones, que generalmente se llevaban botellas de whisky y muchos más que no pagaban sus consumiciones, pues claro, nuestro problema de fin de mes era con …, que era la empresa de Matutes, distribuidora, mayorista, pues eso, de Coca-Cola, cerveza, etc. Y claro, íbamos muy mal, cada vez peor.
J. G.: La tuvo que dejar…
A. E.: Bueno, podía haberla conservado perfectamente, o sea, soy un imbécil. La actual “Amnesia” está facturando trescientos millones al mes.
J. G.: Pues sí, una gran estupidez…
A. E.: Sí, pero bueno, da igual. Seguía buscándome e mí mismo, seguía buscando la aventura… como no perdí dinero y me quedé además con un par de guitarras. Una SG de 1960, como la de Frank Zappa, y nada…
J. G.: ¿Qué hacía en Ibiza?
A. E.: Pues me buscaba saber quién era. Y también buscaba, aparte de saber quién era, qué tipo de cosa podía hacer de forma más magistral y, por tanto, más útil para terceros. No sabía si la literatura, si la música, si la política, si la investigación. Luego acabé diciendo que yo para lo que daba era para ser un historiador y, entonces, me fui consolidando como historiador.
J. G.: Historiador de las drogas, en un principio…
A. E.: De todo.
J. G.: Ha hablado de sexo, de religión…
A. E.: Presocráticos.
J. G.: ¿Cómo descubre esa necesidad de conocer el mundo de la droga?

A. E.: Las drogas representaban en aquel momento un menú alternativo y como, en general, la juventud, incluso alguna persona de la generación siguiente, proponía un cambio sistémico en el mundo, mantener un suministro regular de las drogas alternativas era lo mismo que alimentar la tribu y el que tenía el más alto nivel, la jerarquía máxima, era el “dealer”, en la medida en que él daba ese abastecimiento nuclear, mucho más básico que la harina de centeno, que los huevos o que las manzanas. Yo llegué a Ibiza convencido de que lo mejor que podía pasarme era llegar a ser un gran “dealer”,es decir, un gran distribuidor que cuidase los precios, la calidad…, y que repartiese generosamente. Naturalmente no era justo lo que deseaba la sociedad española o el cuerpo de policía o la iglesia, en ese momento. Pero esta tendencia, así como subversiva, siempre ha sido superior a mis fuerzas.

J. G.: ¿Pudo probar muchas cosas en Ibiza?

A. E.: Ya había probado bastantes en Madrid, pero en Ibiza probé muchas más.

J. G.: ¿Había de todo a disposición de todos?

A. E.: Bueno, ha más todavía ahora en Ibiza y como se ha convertido en el núcleo mundial de la superpasta, pues claro, hay de todo.

J. G.: ¿Sigue yendo usted a Ibiza?

A. E.: Si, sí voy.

J. G.: ¿Y le gusta menos que le gustaba aquella Ibiza de entonces?

A. E.: Pues no sé qué te diría… Aquella Ibiza de entonces era de vida o muerte para mí, porque yo me estaba formando. Ahora ya estoy formado, de forma que ahora voy como observador y entonces iba como protagonista.

J. G.: Usted participó en debates televisivos sobre las drogas ¿Qué le aportaron esas experiencias?

A. E.: Dinero. Nunca iba sin cobrar y siempre se lo decía a mis contrincantes, dándoles su principal arma. Decían “usted sólo lo hace por dinero”, y yo decía “sí, sí, estoy ciego por la pasta, en cambio a usted no le importa nada”.

J. G.: ¿Se ha conseguido contar bien a la sociedad española lo que las drogas pueden ser?

A. E.: A mí me parece que el granito de arena que puse yo con los tres tomos, ahora editados en uno solo, de mil seiscientas páginas, es, salvo error, la aportación máxima que se ha hecho en este país.

J. G.: ¿Pero lo entiende la sociedad lo entiende bien?

A. E.: Sí, sí. La droga es una entelequia, como el demonio, por ejemplo. Pero yo nunca he propuesto legalizar ¿eh? Yo siempre he propuesto recordar que la prohibición fue un experimento. Como el experimento ha producido resultados distintos de los previstos, hay que derogar el experimento, pero no legalizar las drogas. Hay que tener la misma relación con las drogas que tenían antes del experimento proteccionista, que unas estaban en la farmacia, otras en el herbolario y otras, pues yo qué sé, se las inventaba cada cual o las manufacturaba a su gusto, pasando por controles de calidad. Eso es lo que dije. Pero lo de las drogas es un rollo. Quiero decir, ya hice mi trabajo. Hice más trabajo que todos los españoles juntos en esa materia, de modo que tengo derecho a que sea agua pasada.

J. G.: Tuvo usted muchos problemas con la iglesia, con los policías…¿Qué le pasó?

A. E.: Y con los mafiosos. Es una larga historia. No nos daría para la entrevista.

J. G.: Bueno, pero creo que ha estado en la cárcel porque le puso una trampa la policía…

A. E.: Bueno, eso sería también una manera de esquematizarlo, quizá demasiado grande. Yo me peleé con un par de mafias que intentaban surgir allí, en contra de la nuestra, que era la “fraternidad del amor eterno”, es decir, la “mafia hippie”, que así la llamaba la DEA. Y me peleé, naturalmente, con un corrupto teniente de la Guardia Civil, de los rarísimos mandos de la Guardia Civil corruptos, quizá el único en cincuenta años…, corruptos es mucho más habitual en los mandos de la policía municipal y nacional. Y claro, cuando te peleas con adversarios tan fuertes lo normal es que te suelten una buena. A mí no me cayó más que un año. Pero fueron unas vacaciones pagadas, a pesar de ser humildes, donde aproveché para redactar la “Historia General de las Drogas”.

J. G.: ¿Ahí empezó, en la cárcel?

A. E.: Claro. Yo pedí una celda de castigo, incomunicación. No me daba nadie la lata. Me hacía mis flexiones. Me hacía mi redacción. Fui muy dichoso. Ahora lo sigo siendo ¿eh?

J. G.: ¿Sigue siendo hippie?

A. E.: Bueno, a mí siempre me dio un poco de vergüenza lo de hippie. Primero porque es una palabra inglesa y, segundo, porque los ingleses…Por ejemplo, tú le dices a Bob Dylan o a Mick Jagger ¿es usted hippie? “No, yo soy un freak, yo soy un engendro de la naturaleza”. Los hippies son adocenados, que van por ahí con macrobiótico, meditación trascendental…

J. G.: ¿A usted eso no le interesa?

A. E.: No.

J. G.: Le interesa más la historia y la filosofía, de la que vamos a hablar en los siguientes minutos con “Escota”, como le llaman sus amigos…

A. E.: No, el término es policial. Así está en las actas del juicio. O sea, ese es el nombre técnico que me daba la pasma. Criminal frío y calculador.

J. G.: Aquí estamos con este criminal frío y calculador conocido con “Escota” (le pone la canción Santos Mártires Yonkis, de Rafael Berrio).

J. G.: ¿Qué le ha parecido, Antonio?

A. E.: Bueno…, bien… Me ha gustado la música y la interpretación. El fondo del asunto, que los yonkis sean mártires, eso, por supuesto, no puedo estar de acuerdo. Yo siempre les he llamado farsantes. El yonki es un farsante. Empiezan con Burroughs y con Billie Holiday y Charlie Parker y son todos una pandilla de farsantes, que van por ahí diciendo “esto es tan bueno que no lo pruebes”. El tema este de no saber controlar la fuente de placer, morir de placer, el flash es un orgasmo… Todo eso son pamplinas de cobardes…

J. G.: Pero quizá es que no nos enseñan a controlar el placer y aquello que más amamos nos destruye.

A. E.: No, no. Es que no vamos a ser enseñados toda la vida. El señor Burroughs y el señor Parker eran mayores de edad cuando empezaron a coquetear con esto. Yo sólo le recuerdo que, por ejemplo, Wagner, Goya, Goethe, Bismark se inyectaban morfina o tomaban láudano, que es lo mismo pero más fuerte y más eufórico, pero no para declararse piltrafas, sino para trabajar mejor y, efectivamente, fíjate la obra que ha dejado Goya o Wagner o el trabajo político que hizo Bismark.

J. G.: ¿A usted la droga le ha ayudado a trabajar?

A. E.: Fundamentalmente. El noventa y cinco por ciento de mi uso farmacológico es para sostener el trabajo y un nivel de atención decente?

J. G.: ¿Y nunca ha sido yonqui?

A. E.: Nunca. Ser yonqui no quiere decir no hacer un uso regular de sustancias. Yo soy yonqui de tabaco en la medida en que llevo sesenta años fumando tres paquetes diarios. Y también tomo opiáceos regularmente, pero no soy yonqui, en el sentido de que no voy engañando a los demás, no voy perdiendo la voluntad, me busco mis propios suministros. Es decir, eso no ocupa la vida ajena.

J. G.: ¿Los primeros capitalistas norteamericanos eran comunistas?

A. E.: Sí. Pero no lo eran al salir para Estados Unidos, pero viendo aquellas sectas (fueron seis) las dificultades que el medio presentaba, decidieron que la única manera de sobrevivir era poner todo en común, y lo hicieron, y se mantuvieron, y de esas sectas parten algunas de las más importantes multinacionales del mundo hoy. Es francamente gracioso, porque, en el mismo territorio donde, por ejemplos los rappitas, que se hicieron comunistas allí y crearon la ciudad de Armonía, en ese mismo territorio vino el comunista inglés y sindicalista y filántropo, Robert Owen, y fundó su Nueva Armonía. La de Gorge Rapp y los rappitas llevaba veinte años pues manteniéndose perfectamente e incluso subvencionando el primer tramo de ferrocarril que se hizo en Norteamérica. Cuando llegó Owen, con sus dos mil y pico colonos, les regaló la mejor maquinaria agrícola, industrial, que había en el momento, ¿cuál fue el resultado? Que como en vez de ser comunistas instrumentalmente eran comunistas…, digamos sustancialmente, sucumbieron a las rencillas, a la desidia, al 2trabaja tú, que yo vigilo” o “tú no eres nadie para mandarme”. Bueno, que se arruinó Owen y que se arruinaron ellos y acabaron en desbandada. Y el pobre Rapp, que había fundado la ciudad Armonía, cuando fue a cobrar el segundo pago dijo “¿pero qué es esto?, aquí reina la desidia, el rencor, la furia; unos quieren matar de hambre a otros ¿y a estos llamáis experiencia comunista?”

J. G.: ¿Y quiere decir que esos males son inherentes al comunismo y que por eso ninguno de los sistemas comunistas ha terminado de triunfar en el planeta?

A. E.: La gracia, sólo referida a Norteamérica, es que este asunto de Armonía, bajo Rapp y bajo Owen, la misma ciudad en el mismo lugar, en el mismo momento temporal, tiene cinco ejemplos más, que se dan el libro y son convergentes. Sucede prácticamente lo mismo y por eso no podemos perder el tiempo con ellos. Pero creo que de esa inferencia no se puede generar por sí sólo que el experimento comunista va a fracasar en cualquier otro tiempo y en cualquier otro lugar. Lo que pasa es que mi libro, en el cual llevo enfrascado catorce años… Mi libro demuestra que también en otros lugares sucede eso. Lo importante, a mi juicio, y más en la época de Internet, es que los historiadores no pueden ir con ideas preestablecidas. No pueden decir “yo, más o menos, voy a justificar mi patriotismo, o voy a justificar mi civilización, no, o yo creo que todo es cíclico, o yo creo que todo va para arriba o yo creo que todo va para abajo”. No debe llevar ninguna idea el historiador. Tiene que ser sorprendido en el acto de ir investigando. Con que haya paciencia investigadora, yo creo que no hace falta ni siquiera inspiración. O sea, la inspiración puede suplirse por el rigor.

J. G.: ¿Y qué sorpresas se ha encontrado en estos catorce años, en los que, yo creo que es imposible entrar en el comunismo sin llevar unos prejuicios?

A. E.: Claro, yo llevaba muchos prejuicios. Desde ser un comunista aferrado, como fui de muy joven, hasta ir alejándome más y más…Claro, la respuesta es muy sencilla. No hay una sola línea de este libro que no refleje un descubrimiento. Todo lo que no es eso y fui aprendiendo pues, simplemente, no está en esos dos tochazos, en esos dos tomazos, ni va estar en el tercero.

J. G.: Debajo de un monumento a Marx y Engel alguien escribió “nosotros somos inocentes”. ¿Qué leyenda hubiera escrito usted debajo de estos dos personajes?

A. E.: Pues es una historia de amistad, quizá la más bonita desde tiempos de Epaminondas, que no me acuerdo cuál era el amigo de Epaminondas. Pero el equivalente del más fiel amigo de Epaminondas era el equivalente de Engel. En gel se portó muy, muy bien con marx, muy, muy bien.

J. G.: ¿Y lo que crearon juntos?

A. E.: Bueno, mirado retrospectivamente, con serenidad, reconsiderándolo, es un conjunto de disparates e incoherencias.

J. G.: Justifique la respuesta.

A. E.: Disparates… Pues porque se basa en falsedades. Por ejemplo, Marx die que Smith, en “La riqueza de las naciones” dice que “jamás ha habido un sueldo que no fuera el de subsistencia”. Lee mal; Smith está diciendo en esa precisa página que cita que Inglaterra está subiendo continuamente el sueldo. En otra parte de su obra, en la alocución inaugural de la Internacional, dice “Gladstone acaba de lanzar el discurso al país diciendo que lamenta mucho que el crecimiento económico de Inglaterra se limite sólo a las clases pudientes”. Pues da la casualidad que las actas del congreso del Parlamento inglés y lo que ha salido en los periódicos ingleses, Gladstone no dice eso sino lo contrario. Esto, los dos primeros te los doy como modelos, muestras del disparate, lo que yo llamo disparate de este señor. ¿Incoherencia? Pues la más sencilla es que en “Manifiesto Comunista” empieza diciendo que “la situación histórica ha llegado a dividir al mundo en dos grandes clases antagónicas, la burguesía y el proletariado”. Cuando está a punto de morirse, el día que se muere, puesto que lo había dejado hasta entonces, coge unos de sus cuadernos en blanco, le pone encima “Las clases sociales” y redacta un breve texto de dieciséis líneas sobre las clases sociales que, por cierto, luego se colaciona como capítulo cincuenta y dos, al final del volumen tercero de “El capital”. Ese es el texto que termina “El capital”. ¿Qué dice en esas dieciséis líneas? “Si el origen de las clases es sus fuentes de ingreso, tendremos que convenir que hay una miríada de clases sociales y que es imposible siquiera intentar clasificarlas”. Luego ya no me acuerdo de las líneas siguientes…¿Verdad que es bastante incoherente, si ha empezado diciendo en “El manifiesto, treinta y ocho años antes, que sólo había dos clases opuestas, luego terminar diciendo que hay una miriada.


J. G.: Pero usted empezó siendo comunista y ahora no lo es…

A. E.: Claro, pero es muy diferente la adscripción política de la definición conceptual.

J. G.: Pero, a pesar de que tenga incoherencias ¿eso refuta por completo el sistema que propone o…?

A. E.: Me temo que sí. Yo pensaba que no. Yo pensaba que era un hombre inteligente, simplemente ofuscado por el odio. Ahora me temo que no, que el único con un par de dedos de frente era Engels. Qué él tenía una capacidad hipnagógica, es decir, de fascinar, para empezar al propio Engels. Pero esto viene de tres años de análisis exclusivo de la obra de Marx, o sea, me la he leído y releído diecisiete veces para encontrar algo.

J. G.: ¿Y el comunismo, como modelo de reparto igualitario de la riqueza, qué le parece?

A. E.: Bueno, eso… Igual que con las drogas. La gente dice ¿y qué pasará si…? Yo contesto ¿qué pasó cuando…?Igual que con las drogas vemos qué pasó con la heroína antes y después de la prohibición, podemos saber qué pasó con Rusia antes y después del comunismo, con Cuba antes y después del comunismo, con Albania antes y después del comunismo. Mi método, como no es moralina, es simplemente ver qué pasó. O sea, a mí lo único que me interesa como historiador es establecer qué pasó. Que ese “qué pasó” luego resulta que te ilumina y te dice, bueno, “pasó esto por esto y por lo otro”… en ese terreno mis tochos no entran. Sólo entrarán al final, porque haré unas conclusiones y espero que en diez o quince páginas me ventile el tema.

J. G.: Por un lado todos los sistemas no están aislados…

A. E.: Por supuesto.

J. G.: No sé si los resultados que ha dado el capitalismo a usted también le satisfacen.

A. E.: Bueno, es que el capitalismo es un orden de cooperación que no se había descubierto hasta entonces. Fue el primero que consiguió vincular seriamente la inversión y la producción. Solo bajo el sistema capitalista y cuando se inventó el papel moneda… Fue bastante tarde, estamos hablando de mediados del siglo diecisiete… Se consiguió que las personas ahorrasen y lo invirtiesen pensando que eso iba a darles dividendos. Eso transformó la sociedad civil por completo. Hasta entonces había un anillo de producción y consumo, donde prácticamente no se salía de unos márgenes muy pequeños. Con el capitalismo industrial y con el papel moneda surgió una espiral potente donde el riesgo se convertía en lo fundamental. Navegar el riesgo se convertía en lo esencial del sistema. Y entonces se empezó a producir eso, que el PIB de todos los países donde se aplicó eso empezó a subir a una mediana de dos por ciento y claro, lo que había habido históricamente era o lo mismo o menos. Establecer una dinámica ascendente se pagaba con la incertidumbre y con lo que conocemos como ciclos. La riqueza es la generadora y la causa de las crisis económicas. Por eso dice “ah, es que la crisis viene porque no tenemos…”¡No! La crisis viene siempre desde que tenemos demasiado y, entonces, al tener demasiado los precios suben, se disparan, y ya las cosas no se pueden intercambiar. La crisis significa desplome de precios para que puedan otra vez volver a intercambiarse. El capitalismo sentó un sistema basado en el riesgo y en la maestría y, sobre todo, en el profesionalismo, que el mundo no conocía hasta entonces, porque el mundo era una sociedad clerical-militar. Es decir, estaban los salvadores espirituales y estaban luego los que llevaban la cachiporra militar y el cañón. Con el capitalismo apareció la sociedad comercial, que tiene mucho de ladronzuelo, pero desborda la picaresca. La picaresca es lo que hay cuando un país no se ha industrializado.

J. G.: Pero también ese capitalismo que lleva a que tengamos demasiado, no todo el mundo tiene demasiado y además producir en exceso ahoga al propio sistema.

A. E.: Claro, el primer tema que crea la revolución industrial es que, envés de crisis por tener demasiado poco, tenemos almacenes inmensos de productos que no podemos vender.

J. G.: Y la gente que se muere de hambre…

A. E.: Si, no… Es que la gente que se muere… Esto también es importante. Es una función que debemos de mantener en todo momento, el relativismo histórico. ¿Cuánta gente se muere de hambre por siglo? Porque claro, ahora estamos diciendo “¡se muere la gente de hambre en África!” (No podemos decir que se muera la gente de hambre en Suiza o en España, porque eso es irreal). Pero podemos decirlo en África. Muy bien, pero es que hace tres siglos, igual que lo decimos ahora en África lo decíamos en España. No se pueden olvidar las magnitudes relativas. El morirse de hambre ha desaparecido prácticamente del mundo en relación con lo que pasaba. Vamos a ver concretamente, desde que Lenin llega al poder en el año dieciocho hasta el año veintitrés ¿cuántos rusos mueren de hambre? Treinta y ocho millones de un país que tenía ciento sesenta. No sé si os hacéis una idea. Esto es unos trece mil diarios, más del sesenta por ciento niños. ¿Os imagináis? Esa es la situación más penosa que ha padecido la especie humana desde que hay memoria histórica. ¿A que no sabíais el dato?

J. G.: No, lo desconocíamos.

A. E.: Bueno, pues yo lo tengo y los confirmo por varias fuentes distintas. ¿Por qué no se ha repartido ese dato? ¿Será el deseo de imparcialidad que tiene la conciencia roja?

J. G.: Veo que se ha convertido en el mayor enemigo del comunismo.

A. E.: Qué va, qué va. ¿Por decir un dato me convertido en un enemigo?

J. G.: No, no. Lo digo por el comentario de la conciencia roja.

A. E.: No, no. Es que la forma mejor de comprender al comunista es saber que es una forma de conciencia. No es una doctrina política. Es mucho más una fe religiosa. Pero dentro de la fe religiosa (que el mismo Marx habla de la religión política, “nosotros como religión política”), además de fe religiosa es un espíritu. Es el espíritu del sermón de la montaña. “Benditos sean los pobres de espíritu porque de ellos es el reino”. En segundo lugar también pone Jesús ahí a los pobres materiales, pero lo primero es el pobre de espíritu. El primer apologeta, Tertuliano, que es un romano, no es un judío, dice “¡qué alegría tendré viendo cómo Homero, Platón, Aristóteles y Euclides se tuestan en el infierno esos ricos de espíritu; al fin serán exterminados!” A mí no me gusta ese tipo de rollo.

J. G.: ha dado usted un dato contundente del comunismo, pero tampoco relativicemos lo que está sucediendo en Europa o en este país en este momento, que la gente quizá no se muere de hambre, pero está pasando auténticas penurias. A ellos su dolor no se les puede relativizar y eso proviene de un sistema profundamente injusto.

A. E.: Bueno, un sistema profundamente injusto se puede considerar un reflejo de la imperfección natural de todos y cada uno de nosotros, que somos muy poca cosa. La sociedad civil es…, como la llamaba Adam Smith, la gran sociedad…, es un aglomerado de grupos, subgrupos, tendencias generales, particulares, unas centrípetas, otras centrífugas...
J. G.: Bueno, pero no podemos obviar que los grandes poderes capitalistas son los que están manejando el tinglado…

A. E.: Claro, se podía esperar mejor que lo maneje Fidel Castro o, por ejemplo, Lenin.

J. G.: No, no, es que comparar uno con otro es entrar en una falacia argumentativa. Que uno sea peor que otro o que ambos no nos gusten no quiere decir que sea la mejor… ¿Estamos diciendo entonces que el capitalismo sea el mejor de los peores mundos posibles, no?

A. E.: El capitalismo no es un mal menor, como la democracia podría considerarse. El capitalismo es ciertamente un invento que ha permitido salir del estado salvaje y clerical-militar y entrar en unas sociedades… Pues claro, primeros hicieron una revolución industrial, ahora estamos en medio de una revolución tecnológica… Es impensable el futuro de la humanidad desde que se produjo ese acuerdo entre inversores y productores, mediado por el descubrimiento del papel moneda, allá por finales del XVII. Desde ese instante la gente dejó de tener el dinero escondido debajo del colchón y, al dejar de tenerlo escondido debajo del colchón, empezaron a surgir personajes y donde estaban el guerrero y el clérigo, el uno rezando todo el día y el otro pegando espadazos todo el día, apareció el empresario fabricante, que no sólo tenía ideas y las ponía en práctica, sino que contaba con la propiedad intelectual, el derecho de propiedad intelectual, la patente, como una reserva para no ser copiado. Y así se fue defendiendo la humanidad y sus salvadores, que son sus verdaderos peligros de siempre: salvador moral, el salvador material. Nos queda mucho, pero yo creo que el capitalismo privado ha sido un factor positivo. No puedo pensar lo mismo del capitalismo estatal que, digamos, el que aplica el Imperio Romano, el que aplicó Lenin, eso, o el que tienen ahora en Corea del Norte. Eso me parece que es una falacia retrógrada.

J. G.: Usted es un liberal auténtico…

A. E.: Bueno, estoy asombrado de que la palabra libertad…

J. G.: No, no, no…

A. E.: … no evoque un respeto reverencial en todo el mundo.

J. G.: Yo no lo he dicho insulto…

A. E.: No, tú no lo dices como insulto pero, por ejemplo, cuando este “de los Ríos”, el sobrino, que era el diputado y el jefe del PSOE español, en aquel momento, fue a Rusia, con Lenin, para ver si España, el PSOE particularmente, entraba en la Cominter, o sea, en la Internacional Comunista, y habló con Lenin (esto está en un libro muy bonito editado por Alianza Editorial) y le dijo “¿pero y de la libertad qué?” Y dice Lenin “de libertad no hemos hablado nunca, libertad ¿para qué?”, dijo Lenin. Lo que necesitamos es depurar a este país. De rañas, renacuajos y parásitos. Sin embargo, claro, evidentemente como por la mejor voluntad que puso, ser él el que iba a sustituir a los millones de agentes mercantiles por uno sólo o una sola finalidad, lo que izo es una pérdida brutal de información. Lo que el mercado hace es procesar mejor la información, que Fidel Castro, por ejemplo. O sea, el mercado es imperfecto y ya veremos…

J. G.: Muy imperfecto ¿eh, Antonio?

A. E.: Bueno, eso creo que ya es apostillar. Es un procesador de información. Yo traduje el mercado por “autonomía de la voluntad”.Me parece más aproximado. Si no hay mercado no hay autonomía de la voluntad.

J. G.: Él siempre ha defendido la autonomía de la libertad. ¿Y qué nos dice usted de los neoliberales que nos aterran?




A. E.: Pues no sé que me diferenciará. La verdad es que a quien me pregunta por los neoliberales les suelo preguntar yo ¿a quién se refiere?, con nombres y apellidos… Y la verdad, creo que lo he preguntado en torno a las cien veces y todavía estoy esperando respuesta.



J. G.: ¿Por qué ha llamado a su libro “Los enemigos del comercio”?




A. E.: Porque en la base incambiable del comunismo, desde que lo formula Juan Bautista, el primo de Jesús, hasta el mismo día de hoy, es que propiedad es un robo y el comercio es su instrumento. Los enemigos de la propiedad son enemigos del comercio y ¿por qué no llamarles por ese nombre? También pensé llamarlo “Crítica de la conciencia roja” y también pensé llamarlo“Historia de la restitución”, porque la palabra restitución es el término mágico que agrupa a los pobristas desde el año sesenta antes de Cristo hasta nuestros días. Restituir al pueblo, restituir a las personas.







J. G.: Usted no cree en la restitución ni en la distribución más igualitaria de la riqueza ni en la justicia social…



A. E.: No, la distribución más igualitaria de la riqueza se ha producido hace mucho tiempo. El contraste entre lo que tenía un emperador romano y lo que tenía un carpintero y lo que tiene el presidente del gobierno de cualquier país europeo y un carpintero, es una magnitud que se ha reducido, por lo menos, en el seis mil por ciento. Vivimos en un mundo igualitarista. La única forma de alcanzar la igualdad es aumentar la renta nacional. No expoliando a los ricos, sino multiplicándolos.




J. G.: Pero también a veces se expolia el planeta…



A. E.: Muchas veces. El comercio tiene ese lado creativo, honrado…




J. G.: Creativo o destructivo…


A. E.: y tiene el lado penal, estafatorio, tramposo…

J. G.: Brutal además…

A. E.: de tonto el último… si un negocio, que en realidad va bien pero sé que no va a ir bien…, entonces, una vez que ha subido mucho, voy, se lo vendo… Claro, lo que pasa es eso, pero es que no somos niños de primaria. Tenemos que darnos cuenta de que todo es blanco o negro y gris y el resto de los colores. Lo que se pide al espíritu humano es ecuanimidad y templanza, moderación y, por supuesto, estar informado de aquello de lo que se dice.

J. G.: Antonio Escohotado, que ha publicado “Los enemigos del comercio” que tienes seiscientas páginas…

A. E.: Setecientas.




J. G.: Vamos a acabar esta charla con Escota de su historia particular. Le voy a pedir brevedad en las respuestas. Una droga para sentirse invencible.

A. E.: Gimnasia todos los días.

J. G.: ¿Sigue siendo consumidor habitual?

A. E.: Sí.

J. G.: ¿Con qué droga ha aprendido más de sí mismo?

A. E.: Con la 2C-B en.wikipedia.org. También se llama “nexus” o “afro”.

J. G.: ¿Qué efectos produce?

A. E.: Bueno, eso hay que verlo en mis libros, pues es un poco larguito de decir. Tiene un enorme poder introspectivo, dura sólo dos horas y es, quizá, el primer afrodisiaco genital descubierto.

Alguien: Es la que descubrió el inventor del MDMA…

A. E.: Sí, Shulgin la inventó. Tiene además una cosa divina en sí misma, que quizá explique que no se haya difundido tanto, que es que el margen de dosis entre cinco miligramos a veinte, excelente. Todo, puedes tomar y, además, pequeñas, dos, tres miligramos añades y se nota. A partir de treinta miligramos, mal; cuarenta migramos, muy mal. Desde cincuenta miligramos, la experiencia de pánico mayor de tu vida. Nadie ha llegado a los cien miligramos, porque uno que estuvo en noventa y dos se tiró por la ventana. Se te hace insufrible la vida. Eso es justicia poética. Eso es una droga maravillosa. Pero hay tanta piltrafa por ahí circulando y tomando drogas con tanto desprecio respecto de sí y con tantas ganas de chantajear a los demás que la 2C-B, ya lo ves, todavía no ha prosperado

J. G.: ¿Alguna droga le ha dado miedo?

A. E.: Sí, sí. Cuando hice los experimentos con cloroformo, con datura, con neurolépticos, me encontré mal y me dio miedo.

Alguien: ¿Y cuál es a su juicio la droga más creativa?

A. E.: Uh, no, no hay ninguna droga, a mi juicio, más creativa, no. Las que más sostienen el esfuerzo intelectual son los opiáceos, tomados regularmente.

J. G.: ¿Qué diferencia una droga de conformidad de una revolucionaria?

A. E.: Es estado de opinión pública.

Alguien: ¿Y su droga de conformidad favorita?

A. E.: Las maravillosas benzodiacepinas, gracias a las cuales dos terceras partes de la humanidad, con más de cincuenta años, duerme tranquilamente todas las noches.

J. G.: ¿Y su droga revolucionaria favorita?

A. E.: No creo que la haya. Me imagino que la ideología.

Alguien: ¿Y una droga que no le convenza?

A. E.: El Prozac. Tarda mucho en producirse la impregnación y luego tiene demasiados efectos secundarios. No puedes tomar esto, no puedes tomar lo otro.

J. G.: Pues, para terminar, un viaje que recuerde especialmente gracias a las drogas.

A. E.: Eso sí que tengo muchos. El más duro fue el segundo, con ácido, y se me apareció una pistola delante de las narices diciendo “prepárate, porque cualquier instante a partir de ahora te vas a quedar sin memoria”. Entonces yo le dije a aquel agujero negro: “vale, intentaré pensar rápido, rápido, de manera que pueda seguir viviendo sin memoria”.

J. G.: Ha sido un placer hablar con Escota.

A. E.: Vale, gracias. Gracias, gente.
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