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miércoles, 9 de diciembre de 2015

Ludwig von Mises (1956) «La mentalidad anticapitalista» (I-1 El consumidor soberano)

http://www.libertadyresponsabilidad.org/wp-content/uploads/2012/11/la-mentalidad-anticapitalista-von-mises.pdf



Lo característico del capitalismo es producir bienes en masa para el consumo de la masa, provocando, de esta suerte, una tendencia a la elevación del nivel de vida en general y al progresivo enriquecimiento de los grupos mayoritarios. El capitalismo «desproletariza» a los trabajadores, «aburguesándolos» a base de bienes y servicios.

El hombre de la calle, en régimen de mercado, es el soberano consumidor que, comprando o absteniéndose de comprar, decide, en última instancia, lo que debe producirse, en qué cantidad y de qué calidad. Los comercios y los establecimientos que suministran exclusiva o preferentemente a las clases acomodadas aquellos artículos, suntuarios y lujosos, que éstas apetecen, desempeñan un papel secundario; son elegantes, pero modestos, de escaso peso. Las empresas de verdadero volumen, las fábricas y explotaciones están siempre, directa o indirectamente, al servicio de las masas.

La revolución industrial, desde su inicio, continuamente benefició a las multitudes. Aquellos desgraciados que, a lo largo de la historia, formaron siempre el rebaño de esclavos y siervos, de marginados y mendigos, se transformaron, de pronto, en los compradores cortejados por el hombre de negocios, en los clientes «que siempre tienen razón», pues pueden hacer ricos a los proveedores ayer pobres y pobres a los proveedores hoy ricos.

La economía de mercado, cuando no se halla saboteada por la arbitrariedad de gobernantes y políticos, resulta incompatible con aquellos grandes señores feudales y poderosos caballeros que, otrora, mantenían sometido al pueblo, imponiéndole tributos y gabelas mientras celebraban alegres banquetes con cuyas migajas y mendrugos los villanos malamente sobrevivían. La economía basada en el lucro hace prosperar a quienes, en cada momento, por una razón u otra, logran satisfacer las necesidades de las gentes del modo mejor y más barato posible. Quien está complaciendo a los consumidores progresa. Los capitalistas se arruinan tan pronto como dejan de invertir allí donde, con mayor diligencia, se atiende la siempre caprichosa demanda. Es un plebiscito donde cada unidad monetaria confiere derecho a votar. Los consumidores, mediante tal sufragio, a diario deciden quiénes deben poseer las factorías, los centros comerciales y las explotaciones agrícolas. Controlar los factores de producción constituye una función social sujeta siempre a la confirmación o revocación de los consumidores soberanos. Esto es lo que el moderno concepto de libertad social significa. Cada uno puede moldear su vida de acuerdo con los propios planes. No ha de someterse a ajenos programas, elaborados por supremas autoridades que imponen las normas correspondientes mediante el mecanismo coercitivo de la fuerza pública. La libertad -digámoslo claro desde un principio- no es nunca absoluta. Queda limitada, en el caso del mercado, pese a la ausencia de toda amenaza y violencia, por la propia fisiología humana de un lado y, de otro, por la natural escasez de los bienes económicos. La realidad restringe, en este planeta, las posibilidades de sus habitantes.

No pretendemos justificar la libertad desde un punto de vista metafísico ni absoluto. No entramos en el típico argumento totalitario -tanto de derechas como de izquierdas- según el cual, las masas son demasiado estúpidas e ignorantes para conocer sus «verdaderas» necesidades, por lo que necesitan de una tutela, la del buen gobernante, para no dañarse a sí mismas.
Menos aún nos interesa dilucidar si, en verdad, existen esos superhombres que, como míticos demiurgos, serían los únicos capaces de desempeñar tal tutoría.


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