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lunes, 14 de diciembre de 2015

Ludwig von Mises (1956) «La mentalidad anticapitalista» (I-3 Sociedad estamental y sociedad capitalista).



Antes de contestar a estas preguntas es necesario poner de relieve los rasgos distintivos del capitalismo frente a los de una sociedad de tipo feudal o estamental.

La gente suele asimilar a empresarios y capitalistas con los nobles señorones de la sociedad esencialmente clasista de los siglos medievales y de la edad moderna. La comparación se basa en la semejanza patrimonial de unos y otros. Sin embargo tal paralelo pasa por alto la diferencia existente entre la riqueza de un aristócrata de tipo feudal y la del “burgués” capitalista.

Aquella no constituía fenómeno de mercado, no derivaba de haber producido bienes o servicios voluntariamente adquiridos por los consumidores; en el enriquecimiento y el empobrecimiento de los grandes los consumidores nada tenían que decir, ni entraban ni salían. Las fortunas de los aristócratas procedían de bélico botín o de la liberalidad de otro expoliador y se desvanecían por revocación del donante o por ajeno asalto armado (también cabía que el prodigo las malbaratara). Aquellos ricos no se hallaban al servicio de los consumidores; el pueblo llano no contaba para ellos.

Empresarios y capitalistas, en cambio, se enriquecen gracias al cliente que patrocina sus negocios. Si no son agiles y saben adaptarse a la nueva situación quiebran tan pronto como otro fabricante accede al mercado con cosas mejores o más baratas.

No vamos, desde luego, a entrar en los antecedentes históricos de castas y clases, de categorías hereditarias, de derechos exclusivos, de privilegios e incapacidades personales. Importa aquí señalar tan solo que tales instituciones repugnan al mercado; resultan incompatibles con el sistema capitalista libre de entorpecimientos. Solo cuando tales discriminaciones fueron abolidas, implantándose el principio de la igualdad de todos ante la ley, pudo gozar la humanidad de los beneficios que lleva aparejados la propiedad privada de los medios de producción.

En una sociedad basada en jerarquías, castas y estamentos, la posición de cada uno está de antemano prefijada. Se nace adscrito a una categoría social específica. Tal posición viene regulada rígidamente por leyes y costumbres que confieren concretos privilegios e imponen precisos deberes al interesado. La buena o la mala fortuna personal puede elevar o rebajar de categoría al sujeto en muy raras ocasiones; por lo general las condiciones de los distintos miembros de una clase solo mejoran o empeoran al cambiar las condiciones de todo el grupo social correspondiente. El individuo, no forma parte de la nación personalmente; es mero componente de un estamento y, como tal, sólo indirectamente se integra en el cuerpo nacional. No experimenta ningún sentimiento de comunidad ante el compatriota perteneciente a distinta clase social; percibe el abismo que le separa del rango ajeno, diferencia que ayer reflejaban incluso el habla y el vestido. Los aristócratas conversaban preferentemente en francés; el tercer estado empleaba la lengua vernácula mientras las clases humildes se aferraban a dialectos, jergas y argots incomprensibles fuera de estrechos círculos. El atavío de las distintas clases también era diferente; el mero aspecto exterior bastaba para delatar la condición estamental del paseante.

Lo curioso es que esa abolición de privilegios clasistas constituya precisamente la esencial objeción que los sensibleros admiradores de los “felices tiempos pasados” esgrimen contra el capitalismo. Se ha “atomizado” la sociedad; las antiguas agrupaciones “orgánicas” quedaron sustituidas por masas “amorfas”. El pueblo es soberano, sí, pero un “malsano materialismo” ha arrumbado las nobles normas que antes regían. Poderoso caballero es Don Dinero. Personas carentes de valía son ricas y nadan en la abundancia, mientras que otras más meritorias y dignas vagan por las calles sin blanca en el bolsillo.

Tal crítica presupone implícitamente altas virtudes en los aristócratas del ancien régime. Si gozaban de superior categoría y de mayores rentas ello sería debido a su preeminente cultura y calidad moral. No vamos a valorar conductas, pero el historiador nos hace notar que la alta nobleza estaba compuesta por los descendientes de soldados, cortesanos y “cortesanas”, quienes, con ocasión de las luchas políticas y religiosas de los siglos XVI y XVII, fueron lo bastante listos o afortunados como para sumarse al partido que, respectivamente, resulto vencedor en cada país.

Aunque los enemigos del mercado, ya sean conservadores o “progresistas”, discrepan entre sí al ponderar aquellas aristocráticas normas de vida, se muestran por el contrario concordes cuando condenan los principios básicos de la sociedad capitalista. No son los hombres de verdadero mérito quienes adquieren riqueza y prestigio; en cambio gentes indignas y frívolas lo consiguen todo mediante engaños y trapacerías. Ambos grupos, los conservadores y los “progres”, persiguen como objetivo cardinal la sustitución del evidentemente injusto sistema distributivo capitalista, por otras normas de distribución “más equitativas”.

Nadie ha dicho jamás, desde luego, que empresarios y capitalistas sean dechado de seraáficas virtudes. La democracia del mercado se desentiende del “verdadero” mérito, de la “íntima” santidad, de la “personal” moralidad, de la justicia “absoluta”.

Prosperan en la palestra mercantil, libre de trabas administrativas, quienes se preocupan y consiguen proporcionar a sus semejantes lo que estos desean con mayor apremio en cada momento. Los consumidores, por su parte, se atienen exclusivamente a sus propias necesidades, apetencias o caprichos. Esa es la ley de la democracia capitalista. Los consumidores son soberanos y exigen ser complacidos.

A millones de personas les gusta la Pinka-Pinka, bebida preparada por la multinacional Pinka-Pinka Internacional Co. No menor es el número de quienes disfrutan con las novelas policiacas, las películas “de miedo”, los periódicos sensacionalistas, las corridas de toros, el boxeo, el whisky, los cigarrillos, el chicle. Los votantes apoyan abrumadoramente a políticos armamentistas, belicosos y provocadores. Dadas tales realidades notorias, se enriquecen en el mercado quienes del modo más cumplido y más barato satisfacen dichas voluntades. No son teóricas valoraciones lo que cuenta, sino efectivas apreciaciones expresadas por las gentes, comprando o absteniéndose de comprar. Cabría decirle, a modo de consejo, al despechado que critica la mecánica mercantil: “Si lo que Vd. desea es hacerse rico, procure complacer al público, ofreciéndole algo o más barato o más apetecible que aquello que ahora se le está brindando; intente superar a la Pinka-Pinka elaborando otra bebida; gracias a la igualdad ante la ley está usted facultado para competir con los mas engreídos millonarios  en un mercado libre; superar al rey del chocolate, a la estrella de cine o al campeón de boxeo; finalmente tenga presente que en modo alguno se cercena su personal derecho a despreciar todas las riquezas, que posiblemente alcanzara en la industria textil o en el boxeo profesional, a cambio de componer poético soneto o filosófico ensayo. Ganará usted entonces menos dinero, pero eso es todo.” Tal es la ley de la democracia económica del mercado, según indicábamos. Los que satisfacen las apetencias de grupos minoritarios obtienen menos votos (dólares) que quienes se pliegan a los deseos de círculos más amplios. Cuando se trata de ganar dinero, la estrella de cine supera al filósofo y el fabricante de Pinka-Pinka al maestro sinfónico.


Los grandes ingresos y los más altos cargos, están, en principio, a disposición de todos bajo la consustancial sistemática del mercado. Pero luego viene la cicatera realidad y ella sí discrimina entre los mortales. Hay circunstancias personales, congénitas o adquiridas, que hacen que el área de actuación propia tenga rigurosa delimitación. Un abismo separa al necio del perspicaz; a quien sabe pensar por su cuenta de quien solo repite ajenas y mal interpretadas sandeces.

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