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martes, 15 de diciembre de 2015

Ludwig von Mises (1956) «La mentalidad anticapitalista» (I-4 El resentimiento de la ambición frustrada)

http://www.libertadyresponsabilidad.org/wp-content/uploads/2012/11/la-mentalidad-anticapitalista-von-mises.pdf


Consignado lo anterior, vamos a intentar comprender por qué la gente odia al capitalismo.

Puede el sujeto, en una sociedad estamental, atribuir la adversidad de su destino a circunstancias ajenas a sí mismo. Le hicieron de condición servil y por eso es esclavo. La culpa no es suya; de nada tiene por qué avergonzarse. La mujer, que no se queje, pues si le preguntara: “¿Por qué no eres duque? Si tú fueras duque yo sería duquesa”, el marido le contestaría: “Si mi padre hubiera sido duque, no me habría casado contigo, tan villana como yo, sino con una linda duquesita, ¿por qué no conseguiste mejores padres?”

La cosa ya no pinta del mismo modo bajo el capitalismo. La posición de cada uno depende de su respectiva aportación. Quien no alcanza lo ambicionado, dejando pasar oportunidades, sabe que sus semejantes le juzgaron y postergaron. Ahora sí, cuando su esposa le reprocha: ¿Por qué no ganas más que ochenta dólares a la semana? Si fueras tan hábil como tu antiguo amigo Pablo serias encargado y viviríamos mejor”, se percata de la propia humillante inferioridad.

La tan comentada deshumana dureza del capitalismo estriba precisamente en eso; en que de momento se trata a cada uno según haya contribuido al bienestar de sus semejantes. El grito marxista “a cada uno según sus merecimientos” se cumple rigurosamente en el mercado, donde no se admiten excusas ni personales lamentaciones. Cada cual advierte que fracasó donde otros triunfaron, otros que arrancaron en gran numero del mismo punto de donde partió el interesado. Y lo que es peor, tales realidades constan a los demás. En la mirada familiar lee tácito reproche: “¿por qué no fuiste mejor?” La gente admira a que triunfa, contemplando al fracasado con menosprecio y pena.

Precisamente se reconviene al capitalismo el otorgar a todos la oportunidad de alcanzar las posiciones más envidiables, posiciones que, naturalmente, solo pocos alcanzaran. Cuanto en la vida consigamos nunca será más que fracción mínima de lo ambicionado originariamente.

Tratamos con gentes que lograron lo que nosotros no pudimos alcanzar. Hay quienes nos aventajaron y alimentamos subconscientes complejos de inferioridad a su respecto. Tal sucede al vagabundo que mira al trabajador estable; al obrero ante el capataz; al empleado frente al director; al director para con el presidente; a quien tiene trescientos mil dólares cuando contempla al millonario. La confianza en sí mismo, el equilibrio moral se quebranta al ver pasar a otros de mayor habilidad y superior capacidad para contentar a los demás. La propia ineficacia queda de manifiesto.

Justus Moser inicia la larga serie de autores alemanes opuestos a las ideas occidentales de la ilustración, del racionalismo, del utilitarismo y del laissez faire. Le irritaban los nuevos modos de pensar que hacían depender los ascensos en la milicia y en la administración pública del merito, de la capacidad, haciendo caso omiso de la cuna y el linaje, de la edad biológica y de los años de servicio. Insoportable seria, decía Moser, la vida en una sociedad donde todo dependiera exclusivamente de la valía individual. Somos proclives a sobreestimar nuestra capacidad y nuestros merecimientos; de ahí que, cuando la posición social viene condicionada por factores ajenos, quienes ocupan lugares inferiores toleran la situación (las cosas son así) conservando intacta la dignidad y la propia estima, convencidos de que valen tanto o más que los otros. En cambio varía el planteamiento si solo decide el merito personal; el fracasado se siente humillado; rezuma odio y animosidad contra quienes le superan.

Pues bien, esa sociedad en la que el merito y la propia ejecutoria determinan el éxito o el hundimiento es la que el capitalismo, apelando a la mecánica del mercado y de los precios se extendió por donde pudo.

Moser, coincidamos o no con sus ideas, no era desde luego tonto; predijo las reacciones psicológicas que el nuevo sistema iba a desencadenar; adivinó la revuelta de quienes flaquearían puestos a prueba.

Y efectivamente, tales personas buscan siempre socorredor chivo expiatorio para consolarse y recuperar la confianza propia. El fracaso, piensan, no les es imputable; ellos son tan brillantes, eficientes y diligentes como quienes les eclipsan. Es el prevalente orden social la causa de su desgracia; no premia a los mejores; en cambio galardona a los malvados carentes de escrúpulos, a los estafadores, a los explotadores, a los “individualistas sin entrañas”. La honradez propia perdió al interesado; era el demasiado honesto; no quería recurrir a las bajas tretas con que los otros se encumbraron. Bajo el capitalismo hay que optar entre la pobreza honrada o la turbia riqueza; él prefirió la primera.

Esa ansiosa búsqueda de víctima propiciatoria constituye reacción propia de quienes viven bajo un orden social que premia a cada uno con arreglo a su propio merecimiento, es decir, según haya podido contribuir al bienestar ajeno. Bajo tal orden social quien no ve sus ambiciones plenamente satisfechas se convierte en rebelde resentido. Los zafios se lanzan por la vía de la calumnia y la difamación; los más hábiles, en cambio, procuran enmascarar el odio tras filosóficas lucubraciones anticapitalistas. Tanto aquellos como estos lo que desean en definitiva es ahogar denunciadora voz interior; la conciencia íntima de la falsedad de la propia crítica alimenta su fanatismo anticapitalista.


Según veíamos tal frustración surge bajo cualquier orden social basado en la igualdad de todos ante la ley. Sin embargo sólo es ésta culpable indirectamente del resentimiento, pues tal igualdad lo único que hace es poner de manifiesto la innata desigualdad de los mortales por lo que se refiere al respectivo vigor físico e intelectual, fuerza de voluntad y capacidad de trabajo. Resalta, eso sí, despiadadamente el abismo existente entre lo que, en verdad, cada uno realiza y la valoración que el propio sujeto concede a su ejecutoria. Sueña despierto quien exagera la propia valía, gustando de refugiarse en un mundo onírico “mejor”, donde cada uno sería recompensado con arreglo a su “verdadero” mérito.

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