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jueves, 17 de diciembre de 2015

Ludwig von Mises (1956) «La mentalidad anticapitalista» (I-5 El resentimiento de los intelectuales)

http://www.libertadyresponsabilidad.org/wp-content/uploads/2012/11/la-mentalidad-anticapitalista-von-mises.pdf


Generalmente tal hombre medio no trata con quienes lograron triunfar en mayor proporción que él. Se mueve en el círculo de otros hombres vulgares y alterna poco con los superiores. No puede, pues, advertir directamente aquellas prendas que permiten al empresario servir con éxito a los consumidores. En su caso el resentimiento y la envidia no se dirigen por tanto, contra seres de carne y hueso, sino contra pálidas abstracciones, tales como el capital, la dirección, Wall Street. Es difícil odiar a tales desdibujados fantasmas con aquella amarga virulencia que suscita el adversario con quien se pugna a diario.

De ahí que el caso resulte diferente para aquellos que, por particulares circunstancias laborales o por vinculaciones familiares, mantienen contacto personal con quienes cosecharon unas recompensas que (entienden) les sustrajeron a ellos. El resentimiento en estos supuestos es mayor, más doloroso, pues lo engendra el contacto directo con seres corporales. Condenan al capitalismo porque prefirió a otros para los cargos que ellos ambicionaban.

Tal es el caso de los intelectuales. Veamos a los médicos por ejemplo. Su ocupación y habitual contacto les recuerda a diario que pertenecen a una profesión que clasifica y ordena con extraordinario rigor según la respectiva capacidad. Los más eminentes, aquellos que investigan y descubren, cuyas enseñanzas los demás han de aprender y practicar si quieren mantenerse al día, fueron amigos no ha mucho, compañeros de facultad y trabajaron juntos como internos. Se siguen viendo en congresos y asambleas, a la cabecera de pacientes y en fiestas de sociedad. Algunos son amigos personales del resentido, manteniendo con él relación frecuente; le tratan con la mayor cortesía; siempre “querido colega”. Pero descuellan en la estimación publica y en la cuantía de sus honorarios; le superaron y ahora pertenecen a distinta categoría; al compararse con ellos se siente humillado, si bien ha de vigilarse, cuidando de no dejar traslucir ni rencor ni envidia. Disimula por tanto, desviando la ira hacia diferente blanco; prefiere denunciar la organización económica de la sociedad, el nefando sistema capitalista. Bajo otro orden más justo su capacidad y talento, su celo y logros, le hubieran sido debidamente premiados.

Lo mismo ocurre con abogados y profesores, artistas y actores, escritores y periodistas, arquitectos y científicos, ingenieros y químicos. Muchos de ellos también se sienten frustrados, vejados por la elevación del colega, antiguo camarada y compañero. Las normas éticas y de conducta profesional encubren la competencia tras un velo de amistosa fraternidad, lo que hace aun más amargo el resquemor.

Como decíamos el intelectual odia al capitalismo por cuanto encarna en viejos amigos cuyo éxito le duele; inculpa al sistema de la frustración de unas ambiciones que su personal vanidad hizo desmedidas.


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