Páginas vistas en el último mes

viernes, 18 de diciembre de 2015

Ludwig von Mises (1956) «La mentalidad anticapitalista» (I-6 El prejuicio anticapitalista de los intelectuales americanos)



El prejuicio anticapitalista de los intelectuales no es fenómeno exclusivo de este ni de aquel país. Pero en los Estados Unidos se manifiesta con carácter más general y agrio. Para explicar este hecho, en apariencia sorprendente, es preciso detenerse en el examen de esa institución llamada la sociedad; “le monde”, en francés.

Tal sociedad abarca, en Europa, a cuantos destacan. Los estadistas y líderes parlamentarios, los ministros y subsecretarios, los propietarios y directores de los principales diarios y revistas, los escritores famosos, hombres de ciencia, artistas, actores, músicos, ingenieros, abogados y médicos de fama forman, junto con distinguidos hombres de negocios y descendientes de familias patricias, la buena sociedad. Todos ellos se relacionan en cocktails y comidas, fiestas de caridad, presentaciones en sociedad y salones de arte; frecuentan los mismos restaurantes, hoteles y lugares de esparcimiento. Se complacen conversando de asuntos intelectuales, moda que, nacida en la Italia del Renacimiento, fue perfeccionada al calor de los salones de París, siendo después exportada a las principales ciudades de la Europa central y occidental. Las nuevas ideas encontraban allí un primer eco, antes de influir en círculos más amplios. No se puede estudiar la historia de las bellas artes y la literatura del siglo XIX sin percatarse del papel desempeñado por la sociedad, al estimular o desanimar a artistas, músicos y escritores.

Quien quiera gozaba de acceso a la repetida sociedad europea, cualquiera que fuese la actividad en que hubiese sobresalido. El ingreso resultaba tal vez facilitado a los ricos o a los de sangre distinguida. Pero ni el dinero ni el linaje otorgaban a nadie prestigio particular frente a quienes habían triunfado en el área intelectual. Los astros de los salones parisienses no eran los millonarios, sino los miembros de la Académie française. Los intelectuales ocupaban el primer plano; los demás procuraban al menos aparentar vivo interés por los problemas  del intelecto.

Esta sociedad resulta, en cambio, desconocida en USA. La society yanqui prácticamente queda limitada a las familias más ricas. Abismo insalvable separa a los triunfantes hombres de negocios de los escritores, artistas y científicos de fama; entre ambos grupos apenas si existen contactos personales. Quienes figuran en el Social Register no se relacionan con quienes modelan la opinión pública, con los precursores de ideas que determinaran el futuro. La mayor parte de la buena sociedad americana ni se interesa por los libros ni por el pensamiento. Se reúne para jugar a las cartas, cotillear o hablar de deportes antes que de temas culturales. Pero incluso la jet society que lee y se cultiva, raramente comunica con científicos y artistas.

Cabe hallar explicación histórica a tal realidad. Sin embargo ello no restaña la herida de la intelectualidad. Los escritores, los estudiosos y los artistas americanos tienden a considerar al opulento hombre de negocios como un bárbaro, preocupado tan solo por ganar dinero. El catedrático desprecia a aquellos de sus alumnos a quienes inquieta mas el éxito del equipo universitario que el triunfo científico, considerándose vejado al advertir que un posible entrenador de fútbol gane más que un eminente filosofo. Los investigadores, que continuamente mejoran los métodos de producción, odian a los empresarios, a los que acusan de atender solo las consecuencias monetarias de su labor estudiosa. Es significativo que haya tantos socialistas y comunistas entre los físicos actuales. Para agravar aun más las cosas resulta, de un lado, que tales científicos se oponen terminantemente a estudiar doctrina económica alguna y, de otro, que todos los profesores a quienes abordan les aseguran de la intima malignidad de un sistema económico basado en el lucro y en el beneficio personal.

Siempre que una clase social se aísla del resto de la nación y, sobre todo, de los mentores intelectuales, como hace la sociedad americana, deviene blanco de crítica. El aislacionismo de los americanos ricos, en cierta manera, les condena al ostracismo. Ellos se precian de constituir una casta distinguida, pero la verdad es que los demás no lo entienden así. Su buscada segregación les separa, encendiendo animosidades que impelen a la intelectualidad a abrazar tendencias anticapitalistas.

No hay comentarios: