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domingo, 20 de diciembre de 2015

Ludwig von Mises (1956) «La mentalidad anticapitalista» (I-7 El resentimiento de los empleados de oficina)

http://www.libertadyresponsabilidad.org/wp-content/uploads/2012/11/la-mentalidad-anticapitalista-von-mises.pdf


El trabajador de corbata, además de la común animadversión contra el capitalismo, padece de dos espejismos peculiares a su categoría laboral.

Tras una mesa de trabajo, escribiendo y anotando cifras, tiende, por un lado, a sobrevalorar la propia trascendencia. Él redacta notas y estudia escritos ajenos, al igual que su jefe; mantiene conversaciones con unos y con otros; celebra conferencias telefónicas. Engreído, equipara su actividad con la actividad empresarial y está convencido de que forma parte de la élite rectora. Desprecia al tiznado operario de mano callosa; él es un “trabajador intelectual”. Por eso se enfurece cuando comprueba que muchos obreros manuales ganan más que él y que se les tiene en mayor aprecio. El capitalismo, evidentemente, no reconoce el “verdadero” valor del trabajo “cerebral”, sobreestimando, en cambio, la faena meramente muscular de seres “ineducados”.

El oficinista se desorienta y vuelve la espalda a la realidad, por aquella distinción ya trasnochada entre el trabajo de papel y pluma y la labor física. No advierte que su administrativa actividad se reduce a cometidos rutinarios, que exigen escasa preparación, mientras aquellos otros obreros menospreciados, a quienes envidia, son los mecánicos y técnicos altamente especializados, que manejan las complicadas maquinas y útiles de la industria moderna. La incapacidad y falta de perspicacia del interesado queda así de manifiesto.

Por otro lado, al igual que a los titulados, también mortifica a nuestro administrativo la visión de quienes sobresalieron dentro de su mismo grupo. Comprueba que compañeros de oficina, iguales cuando empezaron todos a trabajar, han ascendido, mientras él se retrasaba relativamente. Tan solo ayer Pablo era de su misma categoría; hoy, en cambio, tiene un cargo mejor, generosamente retribuido, pese a valer menos que él. Pablo, evidentemente, debe su ascenso a torpes maquinaciones, única manera de prosperar bajo el injusto sistema capitalista, raíz de todos los males y miserias, según proclaman libros y revistas y repiten políticos e intelectuales.

La descripción que hace Lenin en su ensayo más popular, del “control de la producción y la distribución”, refleja exactamente la petulancia de los empleados y su errónea creencia de que los trabajos subalternos pueden equipararse a la actividad empresarial. Ni Lenin ni la mayoría de sus camaradas revolucionarios quisieron nunca analizar cómo funciona la economía de mercado en realidad. Del capitalismo solo sabían que Marx lo había calificado como el peor de todos los males; ellos eran revolucionarios profesionales; la subversión constituía su meta; lo demás no les interesaba. No conocían otras rentas que las de los fondos del partido, fondos que se nutrían de voluntarias aportaciones en una mínima parte, mientras el grueso provenía de coacciones, chantajes y “expropiaciones violentas”.

Hubo, desde luego, compañeros revolucionarios que, exiliados en Europa central y occidental antes de 1917, desempeñaron ocasionalmente rutinarios empleos mercantiles. Pero lo único que Lenin sabía de la actividad empresarial derivaba de esta experiencia de simples empleados, rellenando impresos, copiando cartas, anotando cuentas y archivando papeles.

Sin embargo Lenin sí veía que la función empresarial era diferente de la labor realizada por “los ingenieros, peritos y demás personal técnico preparado”; estos especialistas, bajo el capitalismo, se limitan a cumplir las órdenes recibidas de los poseedores; bajo el socialismo (seguía pensando Lenin) se atendrán a lo que los “trabajadores armados” les manden. La función de capitalistas y empresarios quedaba reducida a “controlar el trabajo y la producción y distribución de las mercancías”. Aquí es donde quedaba corto el razonamiento porque hay más; bajo la égida del mercado la actividad empresarial exige determinar cuál sea la manera mejor de combinar los diversos factores de producción disponibles, de suerte que, en cada momento, resulten atendidas, en la mayor medida posible, las necesidades de los consumidores, o sea, resolver qué debe producirse, en qué cuantía y de qué calidad.

Desde luego Lenin no empleaba en este sentido el término “controlar”. No percibía, como autentico marxista que era, los problemas de la actividad productora bajo cualquier sistema social imaginable; olvidaba la escasez de los factores de producción disponibles; la incertidumbre de las futuras apetencias de los consumidores; la necesidad de decidir, entre la fantástica multiplicidad de procedimientos mecánicos que permiten producir una mercancía, aquel que menos oneroso resulte, para así no perturbar, en lo posible, la obtención de otros bienes también apetecidos.

En los escritos de Marx y Engels no se encuentra la menor referencia a tales cuestiones y, por eso, lo único que Lenin dedujo de los relatos parciales que le hacían aquellos camaradas ocasionalmente ocupados en despachos y oficinas acerca del funcionamiento de la empresa mercantil era que su mecánica exigía muchos papeles, fichas y números. Por ello, afirmaba que “la contabilidad y el control” son esenciales para la organización y el correcto funcionamiento de la sociedad. Pero “la contabilidad y el control” habían sido compendiados por el capitalismo hasta el máximo, convirtiéndose en operaciones extraordinariamente simples, fáciles, sencillas, consistentes en vigilar, registrar y documentar, (cosas al alcance de quien quiera supiera las cuatro reglas, leer y escribir.


La filosofía del empleado de oficina es esa misma.

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