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sábado, 26 de diciembre de 2015

Ludwig von Mises (1956) «La mentalidad anticapitalista» I - LAS CARACTERÍSTICAS SOCIALES DEL CAPITALISMO Y LAS CAUSAS PSICOLÓGICAS DE SU VILIPENDIO (8 El resentimiento de los parientes)

http://www.libertadyresponsabilidad.org/wp-content/uploads/2012/11/la-mentalidad-anticapitalista-von-mises.pdf


El incesante proceso del mercado tiende a encomendar la administración de los factores de producción a los más eficientes.

Las grandes fortunas, reunidas a base de haber sabido sus poseedores proveer, de la mejor manera posible, las necesidades más urgentemente sentidas por el público, se diluyen y desaparecen tan pronto como el empresario se desvía de esa esencial misión suya. No es insólito que el creador de un importante acervo mercantil vea como su imperio comienza a desmoronarse al decrecer su la energía y vitalidad personal; cuando la edad disminuye la agilidad propia para adaptarse a las estructuras del mercado siempre cambiantes. Sin embargo más frecuentemente son los sucesores quienes, con su indolencia y vanidad, dilapidan las riquezas acumuladas; si pese a su evidente incapacidad perviven y no se arruinan, es porque instituciones y medidas políticas de signo anticapitalista les protegen. En el mercado, para mantener las fortunas hay que volverlas a ganar diariamente, en dura competencia con todo el mundo; no solo con las empresas consagradas sino, sobre todo, con nuevos y audaces contrincantes, siempre renovados, ansiosos de asaltar posiciones ajenas. Los desmedrados causahabientes de anteriores capitanes de la industria, que desean rehuir la palestra mercantil, prefieren adquirir valores públicos, buscando la protección del Estado ante los peligros de los eventos mercantiles.

Hay en cambio familias donde las excepcionales condiciones requeridas para el éxito empresarial se han transmitido a lo largo de generaciones. Algunos de los hijos, nietos o incluso bisnietos igualan y aun superan al fundador. La riqueza no se disipa; se acrecienta. Estos casos, naturalmente, no son frecuentes y llaman la atención, no solo por su rareza, sino además por cuanto quienes saben ampliar y mejorar el negocio heredado gozan de doble prestigio: el que sus antecesores merecieron y el que ellos mismos consiguieron. Denominando con intención peyorativa patricios a tales personas, quienes no saben distinguir entre una sociedad estamental y jerarquizada y una sociedad capitalista olvidan que se trata de gentes de esmerada educación, gusto refinado y elegancia personal, pericia y laboriosidad. Individuos acaudalados en el país e incluso en el mundo.

Conviene que nos detengamos un momento en el análisis de este fenómeno, a cuyo amparo se urden muchas maquinaciones y propagandas anticapitalistas.

Las cualidades empresariales, incluso en esas familias cuya opulencia perdura, no son heredadas por todos los descendientes. Uno o a lo sumo un par de personas de cada generación gozan de las virtudes necesarias y es a ellos a quienes conviene confiar la gestión de las operaciones familiares, si se desea que la casa progrese. Los demás parientes se limitan a cobrar dividendos. El dispositivo formal varía según sean las normas legales de cada país, pero el resultado final permanece siempre el mismo: separar a la familia en dos categorías: la de los dirigentes y la de los dirigidos.

Por lo general el segundo grupo lo integran personas estrechamente emparentadas con los que podríamos denominar jefes, es decir hermanos, primos, sobrinos y, aun más a menudo, hermanas, viudas y esposas en general. Esta segunda categoría de parientes se lucra con la rentabilidad de la empresa, si bien sus integrantes desconocen la vida del negocio y no saben de los problemas que resuelve a diario el pariente empresario. Fueron educados en colegios e internados de lujo, cuya atmosfera estaba saturada de altanero desprecio contra los filisteos preocupados solo por ganar dinero. Algunos de ellos no piensan más que en diversiones; apuestan y juegan; van de fiesta en fiesta, en costoso libertinaje. Otros se dedican, como meros aficionados, a la pintura, la literatura y otras artes. La mayor parte lleva, pues, una vida ociosa e inútil.

Pero seamos justos; siempre hubo excepciones. La fecunda ejecutoria de algunos de ellos compensa ampliamente la conducta escandalosa de juerguistas y derrochadores. Muchos eminentes estadistas, escritores y eruditos fueron distinguidos caballeros sin ocupación. Libres de la necesidad de ganarse la vida, emancipados de coacciones sociales, desarrollaron fecundos y nuevos idearios; otros se convirtieron en mecenas, sin cuyo concurso financiero y moral renombrados artistas no hubieran podido realizar su labor creadora. Los hombres de dinero desempeñaron un gran papel en la evolución intelectual y política de la Gran Bretaña, a lo largo de los últimos doscientos años, como todo el mundo sabe, mientras en Francia fue “le monde”, la “buena sociedad”, el ambiente que permitió vivir y prosperar a los escritores y artistas del siglo XIX.

Pero ahora no nos interesa ni la frivolidad de unos ni las meritorias actuaciones de otros. Lo que conviene aquí destacar es el papel que ciertos parientes desempeñan en la difusión de doctrinas tendentes a destruir la economía de mercado.

Muchos de ellos parten de la base psicológica de haber sido estafados por los dirigentes. Reciben siempre poco en la distribución y los jefes demasiado, tanto si las correspondientes normas derivan de disposiciones testamentarias como si fueron libremente pactadas entre los interesados.

Desconocedores de la mecánica de los negocios y del mercado, se hallan convencidos (como Marx) de que el capital “engendra beneficio” automaticamente. No saben leer un balance ni una cuenta de pérdidas y ganancias; ignoran por qué han de ganar más quienes ordenan y dirigen la firma. Torpes en exceso, malician siempre aviesas intenciones por parte del jefe, quien no pensaría más que en privarles de sus posiciones heredadas. Por eso se quejan y reclaman continuamente.

Los regentes pierden los estribos fácilmente ante tal actitud. Están orgullosos de los éxitos conseguidos sorteando todas las dificultades y cortapisas que a las grandes empresas oponen el gobierno y las organizaciones sindicales; se hallan convencidos de que la fortuna familiar se habría derrumbado, a no ser por su eficiencia y celo. Piensan que los parientes deberían proclamar tales méritos, reputando aquellas quejas injustas y ultrajantes.


Las disputas domesticas entre jefes y parientes afectan sólo a los miembros del clan, pero cobran trascendencia general cuando los segundos, para molestar a los primeros, se pasan al campo anticapitalista, financiando toda clase de aventuras izquierdistas. Aplauden las huelgas, incluso cuando afectan a las fábricas de las que proceden sus propias rentas. Las revistas progresistas y los periódicos de izquierdas se financian en gran parte mediante generosas aportaciones de esos parientes, quienes dotan a universidades, colegios e instituciones para que lleven a cabo estudios sociales, patrocinando actividades de signo comunista. Como socialistas o bolcheviques de salón desempeñan un papel importante en el ejército proletario que lucha contra el funesto régimen capitalista.

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