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domingo, 27 de diciembre de 2015

Ludwig von Mises (1956) «La mentalidad anticapitalista» I - LAS CARACTERÍSTICAS SOCIALES DEL CAPITALISMO Y LAS CAUSAS PSICOLÓGICAS DE SU VILIPENDIO (I-9 El comunismo de Broadway y Hollywood)

http://www.libertadyresponsabilidad.org/wp-content/uploads/2012/11/la-mentalidad-anticapitalista-von-mises.pdf


Las masas, cuyo nivel de vida ha elevado el capitalismo, abriéndoles las puertas al ocio, quieren distraerse. La multitud abarrota teatros y cines. El negocio del espectáculo es rentable. Los artistas y autores que gozan de mayor popularidad perciben ingresos excepcionales. Viven en palacios, con piscinas y mayordomos; no son prisioneros del hambre, desde luego. Sin embargo Hollywood y Broadway, los centros mundiales de la industria del espectáculo, son viveros de comunistas. Artistas y guionistas forman la vanguardia de lodo lo pro soviético.

Han sido formuladas varias explicaciones para explicar el fenómeno. Casi todas ellas contienen una parte de verdad. No obstante se olvida por lo general la razón principal que impulsa a tan destacadas figuras de la escena y la pantalla hacia las filas revolucionarias.

Bajo el capitalismo, como tantas veces se ha dicho, el éxito económico es función del aprecio que el consumidor soberano concede a la actuación del sujeto. En este orden de ideas no hay diferencia entre la retribución que percibe por sus servicios el fabricante y las que obtienen por los suyos productores, artistas o guionistas. Pese a tal similitud, la apuntada realidad inquieta mucho más a quienes forman el mundo de las tablas que a quienes producen bienes tangibles. Los fabricantes saben que sus cosas se venden en razón a ciertas propiedades físicas. Confían en que el público continuará solicitando tales mercancías mientras no aparezcan otras mejores o más baratas, ya que no parece probable que varíen las necesidades que se satisfacen con estos artículos. El empresario inteligente puede prever, hasta cierto punto, la demanda posible de tales bienes y le cabe contemplar el futuro con algún grado de seguridad. Pero no sucede lo mismo ya en el terreno del espectáculo. La gente busca diversiones porque se aburre; pero nada hastía tanto al espectador como lo reiterativo; cambios y variedades resultan imprescindibles; se aplaude lo novedoso, lo inesperado, lo sorprendente. El público, caprichoso y versátil, desdeña hoy lo que adoraba ayer. Por eso, a la escena y a la pantalla le atemoriza tanto la volubilidad de quienes pagan en taquilla. La gran figura amanece un día rica y famosa; mañana, en cambio, puede hallarse relegada al olvido; le atribula la ansiedad de que su futuro depende enteramente de los caprichos y antojos de una muchedumbre ansiosa solo de diversiones. Teme siempre, como el célebre constructor de Ibsen, a los nuevos competidores; a la vigorosa juventud que, por desgracia, le arrumbara un día inexorable.

Desde luego resulta difícil acallar tamaña inquietud. Quienes la padecen se agarran a cualquier ilusión, por fantástica que sea. Llegan incluso a creer que el comunismo les liberará de tanta tribulación. ¿No dicen, acaso, que el colectivismo hará a todo el mundo feliz? ¿No proclaman a diario escritores eminentes que el capitalismo constituye la causa de todos los males y que el laborismo, en cambio, remediará cuantas desgracias abruman hoy al trabajador? Si actores y artistas dan cuanto tienen con tanto ahínco ¿por qué no debe considerárseles a ellos trabajadores también?

Cabe afirmar, sin temor a caer en falsedad, que ninguno de los comunistas de Hollywood y Broadway examinó jamás los textos teóricos del socialismo; y menos aún se preocupó de echar siquiera ni un vistazo a los tratados de economía de mercado. Precisamente por esto todas esas glamour girls, bailarinas y canzonetistas, todos esos guionistas y directores, que tanto pululan, se ilusionan pensando que sus cuitas particulares quedarán remediadas tan pronto como los expropiadores sean expropiados.

Hay quienes responsabilizan al capitalismo de la estupidez y zafiedad de la industria del espectáculo. No discutamos ahora el fondo del tema. En cambio conviene resaltar aquí que ningún otro sector apoyó al comunismo con mayor entusiasmo que quienes intervienen precisamente en tan necias exhibiciones. Cuando el futuro historiador de nuestra época pondere aquellos significativos detalles, a los que Taine concedía tanto valor, no dejará de notar el decisivo impulso que el izquierdismo americano recibió, por ejemplo, de la mundialmente famosa cabaretera[1] popularizadora del striptease, la que iba desnudándose ante el público prenda a prenda.


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