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jueves, 31 de diciembre de 2015

Ludwig von Mises (1956) «La mentalidad anticapitalista» II - LA FILOSOFIA SOCIAL DEL HOMBRE CORRIENTE (II-1 El capitalismo como es y como lo ve el hombre de la calle)



La aparición de la economía, ciencia nueva, independiente y dispar de todas las demás disciplinas hasta entonces cultivadas, constituyó uno de los acontecimientos más importantes de la historia de la humanidad. La flamante ciencia económica, en el transcurso de escasas generaciones, provocando el advenimiento del orden capitalista, transformó los asuntos humanos en grado mayor que ningún otro cambio acaecido durante los diez mil años anteriores. Los ciudadanos de un país capitalista, desde que nacen hasta que mueren, disfrutan de portentosas ventajas, producto exclusivo de esa manera de pensar y actuar inherente a dicho ordenamiento social.

Lo más asombroso de esta singular mutación estriba en que fue llevada a cabo por un muy corto número de escritores e investigadores y unos cuantos estadistas que habían asimilado las enseñanzas de los primeros. No sólo las indolentes multitudes, sino incluso la mayor parte de aquellos empresarios que llevaron a la práctica los principios del laissez faire, jamás comprendieron la mecánica interna del sistema. Aun en el apogeo del liberalismo pocos se percataron de cómo operaba en realidad la economía de mercado. La civilización occidental adoptó el capitalismo por el exclusivo influjo de una reducida élite.

Durante las primeras décadas del siglo XIX hubo personas que, comprendiendo la inferioridad que para ellos suponía el no conocer a fondo los temas económicos, procuraron remediarla. En los años comprendidos entre Waterloo y Sebastopol, los libros más solicitados en la Gran Bretaña fueron los tratados de economía. Pero la moda pasó de pronto. El tema resultaba poco ameno para el público lector.

Ello se comprende por cuanto la economía, de un lado, se diferencia absolutamente de las ciencias naturales y de la investigación técnica y, de otro, guarda tan poca similitud con la historia y el derecho que repugna al principiante por su extrañeza. Quienes se hallan habituados a recurrir, para la investigación científica, a laboratorios, bibliotecas y archivos se inquietan al tropezarse con la singularidad heurística de la economía, singularidad que, desde luego, sobrecoge a la fanática estrechez de miras del positivista.

Desearían todos estos, evidentemente, hallar en los libros de economía razonamientos coincidentes con su preconcebida imagen epistemológica de la ciencia; quisieran creer que los temas económicos pueden abordarse por las vías de investigación de la física o la biología. Cuando advierten que, en economía, por ahí no es posible progreso alguno, quedan desconcertados y desisten de abordar seriamente unos problemas cuyo análisis requiere tratamiento mental singular.

A consecuencia de tal ignorancia epistemológica, el progreso económico lo atribuyen normalmente a los adelantos de la técnica y de las ciencias físicas. Creen en la existencia de un impulso automático que haría progresar a la humanidad. Tal tendencia —piensan— es irresistible, consustancial al destino del hombre, y opera continuamente, cualquiera que sea el sistema político y económico prevalente. Para ellos no existe relación de causalidad alguna entre el pensamiento económico que prevaleció en Occidente a lo largo de las dos últimas centurias y los enormes progresos conseguidos al tiempo por la técnica. Tal progreso no sería, pues, consecuencia del liberalismo, el librecambismo, el laissez faire o el capitalismo; se habría producido inexorablemente bajo cualquier organización social imaginable.

Las doctrinas marxistas sumaron partidarios precisamente porque prohijaron esta popular creencia, vistiéndola con un velo pseudofilosófico grato tanto al espiritualismo hegeliano como al crudo materialismo. Según Marx, las fuerzas productivas materiales constituyen entidad sobrehumana, independiente de la voluntad y la acción del hombre; siguen el curso que les marcan leyes inescrutables e insoslayables, emanadas de ignoto poder superior; mudan de orientación misteriosamente, obligando a la humanidad a readaptar el orden social a tales cambios, rebelándose cuando cualquier poder humano pretende encadenarlas. La historia no es otra cosa esencialmente que la pugna de las fuerzas productivas por liberarse de trabas sociales opresoras.

En épocas pasadas —arguye Marx— las fuerzas de producción se centraban en el molino a brazo, entronizándose el feudalismo como sistema social. Cuando más adelante las insondables leyes fatales que determinan la evolución de las fuerzas productivas sustituyeron el molino a brazo por el molino a vapor, el feudalismo tuvo que dar paso al capitalismo. Desde entonces las fuerzas productivas han continuado evolucionando y su forma actual exige imperativamente la sustitución del capitalismo por el socialismo. Los que intentan detener la revolución socialista están condenados al fracaso. Es imposible contener el proceso histórico.

Las ideas de los llamados partidos izquierdistas difieren unas de otras en muchos aspectos, pero coinciden en un punto: en considerar que el constante progreso material constituye un proceso automático. El sindicalista americano considera natural el nivel de vida que disfruta. El destino le ha proporcionado comodidades negadas a los más ricos de anteriores generaciones e inalcanzables aún para quienes quedan fuera de la órbita americana. Pero, ello no obstante, jamás se pregunta el yanqui medio si el rudo individualismo del mundo capitalista pudo tener algo que ver con el nacimiento de lo que él denomina el sistema americano de vida, the american way of life. Por el contrario considera que en los patronos encarnan las injustas pretensiones de los explotadores  deseosos siempre de despojarle de lo que por legitimo derecho le corresponde. La evolución histórica —piensa— provoca de modo fatal un aumento continuo de la productividad del trabajo. Es evidente que, en justicia, solo él tiene derecho a beneficiarse de los frutos resultantes. Gracias a su actividad se incrementa la cuota de bienes producidos, comparativamente al número de obreros empleados, lo cual es cierto, si bien ello acontece solo por cuanto opera bajo un régimen capitalista.

Porque esa alza en la llamada productividad del trabajo se debe a las mejores maquinas y herramientas disponibles. Un centenar de trabajadores produce en una fabrica moderna, por unidad de tiempo, mucho más de lo que el mismo número de obreros solía elaborar en los artesanales talleres pre-capitalistas. Tal mejora no se debe, desde luego, a la mayor destreza, competencia o esmero del trabajador (la pericia del obrero medieval, por ejemplo, era muy superior a la de muchos productores modernos), sino al empleo de maquinas y herramientas más eficaces, instaladas gracias a nuevos capitales acumulados e invertidos correctamente.

Marx utilizó en sentido peyorativo las palabras capitalismo, capital y capitalistas, como lo hace todavía hoy la mayoría, incluso los órganos oficiales de propaganda del gobierno de los Estados Unidos. Tal despectiva terminología refleja, no obstante, con entera justeza el factor principal que engendró las maravillas de las dos últimas centurias, es decir, la elevación sin precedentes del nivel de vida de una población en continuo crecimiento. La única diferencia existente entre las condiciones de trabajo que hoy prevalecen en los países capitalistas, con respecto a las que allí regían en la era pre-capitalista y aún imperan fuera del área occidental, consiste en la distinta capitalización. Porque cabe implantar ningún adelanto técnico si no ha sido ahorrado previamente el correspondiente capital. Tan solo el ahorro, la acumulación de nuevos medios productivos, ha permitido sustituir paulatinamente la penosa búsqueda de alimentos a que se hallaba obligado el primitivo hombre de las cavernas por los modernos métodos de producción. Tan trascendental mutación fue posible gracias al triunfo de aquellas ideas que, basadas en la propiedad privada de los medios de producción, proporcionaron garantía y seguridad a la acumulación de capitales. Todo avance por el camino de la prosperidad es fruto del ahorro. Los más ingeniosos inventos resultarían inútiles, en la práctica, si los factores de capital precisos para su explotación no hubieran sido previamente acumulados mediante el ahorro.

Los empresarios invierten el capital ahorrado por terceros, con miras a satisfacer del mejor modo las necesidades más urgentes y todavía no atendidas de los consumidores. Al lado de los técnicos, dedicados a perfeccionar los métodos de producción, desempeñan un papel decisivo en el progreso económico, después de quienes supieron ahorrar. El resto de los hombres no hace más que beneficiarse de la actuación de estos tres tipos de adelantados. Cualquiera que sea su actividad, el hombre de la calle no pasa de ser simple beneficiario de un progreso al que en nada contribuyera.

La nota característica de la economía de mercado consiste en beneficiar a la inmensa mayoría, integrada por hombres comunes, con una participación máxima en las mejoras derivadas del actuar de las tres clases rectoras, integradas por los que ahorran, los que invierten y los que inventan métodos nuevos para la mejor utilización del capital. El incremento de este último, individualmente considerado, eleva la utilidad marginal del trabajo (los salarios) , de un lado, y abarata las mercancías, de otro. El mecanismo del mercado permite al consumidor disfrutar de ajenas realizaciones, obligando a los tres aludidos círculos dirigentes de la sociedad a servir a la inerte mayoría de la mejor manera posible.

Cualquiera puede formar parte de aquellos tres grupos impulsores del progreso total. No constituyen clases ni, menos aún, castas cerradas. El acceso es libre; ni exige autoritaria patente ni discrecional privilegio. Nadie puede vetar a nadie la entrada. Lo único que se precisa para convertirse en capitalista, empresario o descubridor de nuevos métodos de producción es inteligencia y voluntad. El descendiente del rico disfruta a veces de ciertas ventajas, por partir de puesto más conspicuo. Sin embargo su posición en la pugna mercantil no le resulta siempre mejor por eso; antes al contrario, frecuentemente tiene que enfrentarse con situaciones enojosas y menos lucrativas que las de quienes saltan a la palestra sin lastre ni tradición alguna. Ha de reorganizar aquel, una y otra vez, los negocios heredados para ajustarlos a los cambios del mercado; así los problemas que se plantearon en las últimas décadas a los herederos de los imperios ferroviarios, problemas ciertamente más espinosos que los que había de resolver el nuevo empresario cuando iniciaba el transporte automóvil o el tráfico aéreo.

La filosofía popular del hombre corriente deforma estas realidades del modo más lamentable. Juan Pérez se halla convencido de que las nuevas industrias, gracias a las cuales disfruta de una vida cómoda que sus padres ni sospechaban, son obra de un ente mítico llamado progreso. La acumulación de capital, el espíritu empresarial y el ingenio técnico nada tienen que ver con una prosperidad que, en su opinión, surge por generación espontanea. El incremento y mejora de la producción —sigue pensando— tan solo corresponde al elemento laboral. Ahora bien, por desgracia en este valle de lagrimas el hombre tiende a explotar a sus semejantes; los empresarios se llevan la parte del león y al obrero manual, al creador de todas las cosas buenas —como dice el Manifiesto comunista—, no le dejan mas que “lo indispensable para que sobreviva y se reproduzca”. Por consiguiente “el obrero moderno, lejos de prosperar gracias al progreso de la industria, se hunde cada vez más en la miseria... Se transforma en mendigo y el pauperismo aumenta con mayor rapidez que la población y la riqueza”. Los autores que describen así el sistema capitalista son considerados en las universidades como los mayores filósofos y bienhechores de la humanidad y sus enseñanzas reverentemente las escuchan millones de personas en cuyos hogares, aparte de otras comodidades, se disfruta de aparatos de radio y televisión.

La peor explotación —aseguran aquellos universitarios, los líderes obreristas y los políticos— es la que provoca la gran industria capitalista. No ven que la característica fundamental de esas grandes empresas es la producción en masa para satisfacer necesidades de las masas. No advierten que, bajo el sistema capitalista, son los propios obreros quienes consumen directa o indirectamente la enorme producción de las tan temidas multinacionales.

En los primeros días del capitalismo solía mediar un lapso temporal prolongado antes de que las masas pudieran disfrutar de las innovaciones y mejoras. Certeramente apuntaba Gabriel Tarde, hace unos sesenta años, que cualquier innovación industrial constituía primero un capricho de la minoría y solo más tarde se convertía en necesidad generalizada; lo que comenzaba siendo mera extravagancia se transformaba luego en bien de uso común. Esto sucedió todavía con el automóvil. Pero la producción en gran escala ha reducido y casi eliminado el aludido retraso temporal. Los nuevos productos, para reportar beneficios, han de fabricarse en gigantescas series, lo que obliga a ponerlos en manos de las masas tan pronto como resultan disponibles. Así por ejemplo, en los EE UU, no se registró ningún lapso apreciable en el disfrute por las muchedumbres de la televisión, las medias de nylon o la alimentación infantil enlatada. La gran industria desata igualitaria tendencia en los hábitos de consumo y de diversiones. Bajo la economía de mercado la riqueza ajena no empobrece a nadie; las grandes fortunas jamás provocan miseria; antes al contrario, la riqueza de los pocos deriva de la satisfacción procurada a los muchos. Como tantas veces se ha dicho los empresarios, los capitalistas y los técnicos prosperan, bajo la égida del mercado, en tanto en cuanto consiguen aplacar las apetencias de los consumidores de la mejor manera posible.

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