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domingo, 3 de enero de 2016

Ludwig von Mises (1956) «La mentalidad anticapitalista» II - LA FILOSOFIA SOCIAL DEL HOMBRE CORRIENTE (II-2 El frente anticapitalista)



Desde que se inició el movimiento socialista y se quiso dar nueva vida al ideario intervencionista propio de las épocas pre-capitalistas, ambas tendencias fueron objeto de la más viva repulsa por parte de los expertos en materia económica. En cambio las ideas revolucionarias y reformadoras resultaron acogidas entusiásticamente por la inmensa mayoría de los ignorantes, a impulso de las dos pasiones más poderosas: la envidia y el odio.

La filosofía que preparó el terreno para la implantación del liberalismo, patrocinador de la libertad económica plasmada en la economía de mercado (capitalismo) y su corolario político, el gobierno representativo, no pretendía aniquilar las tres potestades tradicionales: la monarquía, la aristocracia y la iglesia. Los liberales europeos se proponían sustituir la monarquía absoluta por la parlamentaria, pero sin propugnar el gobierno republicano. Aspiraban a abolir los privilegios de la nobleza, pero no a despojarla de sus posesiones ni de sus títulos y grandezas. Ansiaban implantar la libertad de conciencia suprimiendo las persecuciones de disidentes y herejes y otorgar a todas las creencias completa libertad para la consecución de sus objetivos espirituales. Fue gracias a ello por lo que los tres grandes poderes del ancien regime pudieron pervivir. Cabía esperar que monarcas, aristócratas y eclesiásticos, tan tradicionalistas, se hubieran opuesto enérgicamente al ataque desencadenado por el socialismo contra los principios básicos de la civilización occidental, máxime cuando los marxistas proclamaban abiertamente que su totalitarismo colectivista no toleraría la supervivencia de cuanto consideraban los últimos restos de la tiranía, el privilegio y la superstición.

Pero incluso a tales privilegiados les cegó la envidia y el resentimiento y disimuladamente procuraron respaldar las nuevas doctrinas, relegando al olvido, por un lado, que el socialismo pensaba confiscarles todos sus bienes y, por otro, que no es posible el libre ejercicio de la religión bajo un régimen totalitario. Los Hohenzollern implantaron en Alemania lo que un observador americano calificó de socialismo monárquico. La autocracia de los Romanoff se sirvió del sindicalismo para luchar contra las aspiraciones burguesas de implantar el gobierno representativo. Los aristócratas, virtual mente en todos los países europeos, acabaron colaborando con los enemigos del capitalismo. Teólogos eminentes  pretendieron por doquier desacreditar el liberalismo económico, con lo que indirectamente apoyaban al socialismo y al intervencionismo. Algunos de los más conspicuos jefes del protestantismo actual —Barth y Brunner en Suiza; Niebuhr y Tillich en Estados Unidos y el difunto arzobispo de Canterbury, William Temple, en Inglaterra— condenaron abiertamente el capitalismo e incluso achacaron los excesos del bolchevismo a supuestos fracasos del mercado.

Es posible que sir William Harcourt se equivocara hace sesenta años al proclamar entonces: “todos somos socialistas.” Pero actualmente gobernantes y políticos, profesores y escritores, ateos militantes y teólogos cristianos, todos coinciden salvo raras excepciones en condenar la economía de mercado, alabando, por contra, la supuesta superioridad de la omnipotencia estatal. Las nuevas generaciones se educan en un ambiente preñado de socialismo.

Resulta curioso analizar por qué la gente apoya a los partidos socializantes. Se presupone que “natural y necesariamente” las personas de economía más débil habrían de respaldar los programas de izquierdas —dirigismo, socialismo, comunismo— mientras que tan solo a los ricos interesaría la pervivencia de la economía de mercado. Este modo de pensar acepta como incuestionables las dos tesis básicas del socialismo: que el sistema capitalista perjudica a la masa en beneficio tan solo de los explotadores y que el socialismo mejorará el nivel de vida del hombre corriente.

Las gentes, sin embargo, no apoyan al socialismo porque sepan que ha de mejorar su condición, ni rechazan el capitalismo porque sepan que les perjudica. Se convierten al socialismo porque quieren creer que con él progresarán y odian al capitalismo porque quieren creer que les daña; en verdad la envidia y la ignorancia ciegan a los más. Se niegan tercamente a estudiar economía y prescinden de la razonada impugnación que los especialistas hacen del sistema socialista; estiman que, tratándose de una ciencia abstracta, la economía carece de sentido. Pretenden fiarse solo de la experiencia; pero, sin embargo, se resisten a aceptar un hecho experimental tan innegable cual es la incomparable superioridad del nivel de vida en la América capitalista comparado con el del paraíso soviético.

Al abordar el tema de los países económicamente atrasados se suele incurrir en idénticos errores. Estos pueblos es lógico simpaticen con el comunismo, precisamente por hallarse sumidos en la miseria. Nadie duda que las naciones pobres desean acabar con sus penurias; pero, siendo ello así, lo que deberían hacer es adoptar el sistema que mejor conduce a tal objetivo: el capitalismo. Desorientados por falaces ideas anticapitalistas, los habitantes de tales países miran sin embargo con buenos ojos al comunismo. Resulta en verdad paradójico que los gobernantes de los pueblos orientales, pese a envidiar la prosperidad occidental, rechacen el sistema que enriqueció a Occidente, cayendo bajo el hechizo del comunismo soviético, causante de la pobreza de los rusos y de todos sus satélites.

Todavía mayor extrañeza causa al observador neutral el que los americanos, quienes en mayor grado se benefician de los frutos de la gran industria capitalista, exalten el sistema soviético y consideren “muy natural” que las naciones pobres de Asia y África prefieran el comunismo al capitalismo.

Cabe discutir si es o no conveniente que todo el mundo estudie economía en serio. Ahora bien, existe un hecho cierto: quien habla o escribe acerca del capitalismo y del socialismo, sin conocer a fondo las verdades descubiertas por la ciencia económica, es un irresponsable charlatán.

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