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jueves, 14 de enero de 2016

Ludwig von Mises (1956) «La mentalidad anticapitalista» III - LA LITERATURA BAJO EL CAPITALISMO (III-3 Observaciones sobre las novelas policiacas).



Precisamente cuando, al parecer, el impulso anticapitalista cobraba una violencia ya irresistible, tomaba cuerpo un nuevo género literario: la novela policiaca. La misma generación británica cuyos votos llevaron al poder al laborismo de manera avasalladora se extasiaba con los escritos de, por ejemplo, Edgar Wallace. George D. H. Cole, gran teórico del socialismo británico, también cultiva la novela policiaca. Todo marxista consecuente debería considerar ésta (quizás junto con las películas de Hollywood, los comics y el strip-tease) la superestructura artística de la época del sindicalismo y la socialización.

Muchos historiadores, sociólogos y psicólogos han tratado de explicar la popularidad de tan extraño género. El más profundo de tales estudios es el del profesor W. O. Aydelotte, quien acertadamente destaca el interés psicológico, a efectos históricos, de dichas narraciones, que con rigor reflejan los sueños e imaginaciones de las gentes, lo cual permite disecar el alma de la masa. Destaca cómo se identifica el lector con el detective, tendiendo a hacer de éste una prolongación del propio ego.

El hombre frustrado, que no alcanzó la posición ambicionada, puede ser uno de tales lectores. Según ya antes decíamos, busca consuelo en la supuesta injusticia del régimen capitalista. Si fracasó fue a causa de su honradez y correcto proceder; en cambio quienes triunfaron consiguieron el éxito deshonestamente, recurriendo a malas artes que él, hombre puro y de conciencia, siempre repudió. ¡Si la gente supiera cuán desvergonzados son estos arrogantes advenedizos! Por desgracia sus crímenes quedan generalmente impunes; buenos padrinos les amparan; gozan de inmerecida reputación. Pero él sabrá desenmascararlos poniendo de manifiesto la íntima perversidad de tales seres.

El argumento típico de la novela policiaca es este: un individuo, al que todo el mundo considera respetable e incapaz de hacer daño jamás, sin embargo ha cometido abominable crimen. Nadie sospecha. Pero hay un sabueso inteligentísimo y difícil de engañar, quien por desgracia ha tenido que conocer de cerca a muchos hipócritas santurrones. Gracias a su sagacidad logra una vez más salir triunfante, pues sabe pacientemente acumular pruebas intachables, a cuyo amparo logra siempre llevar ante la justicia, convictos y confesos, a innúmeros bergantes, haciendo que al final, invariablemente, prevalezca la buena causa.

El desenmascaramiento del criminal que pretende hacerse pasar por ciudadano respetable constituye tópica estratagema de disimulada tendencia antiburguesa, que no dudaron en aprovechar literatos del más elevado rango, como por ejemplo Ibsen en Los pilares de la sociedad.

La novela policiaca empequeñece la tesis e introduce la figura banal del detective integérrimo que humilla a quien tantos admiraban. Hay en todo ello un tufillo de odio subconsciente hacia el “burgués” afortunado. Contrastan en cambio con el sagaz detective los inspectores de policía. Son torpes y engreídos en exceso para descifrar el enigma. Incluso se les supone predispuestos a veces, de modo inconsciente, en favor del culpable, cuya posición social les impresiona. Sin embargo el detective logra superar tantas dificultades como le crea la desidia de la policía. Su triunfo supone crítica tacita de la autoridad burguesa que designa a funcionarios tan obtusos.

Por eso agradan tanto tales papeles a ciertos fracasados (desde luego hay otros muchos lectores que en modo alguno pertenecen al tipo descrito). Noche y día sueñan aquellos en tomar venganza de sus competidores que triunfaron. Se deleitan imaginando al rival “esposado y conducido ante el juez”. Este género de novelas provoca a esos consumidores un morboso placer cuando se identifican con el detective, encarnando al rival que les superó en el acorralado delincuente.

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