Páginas vistas en el último mes

domingo, 17 de enero de 2016

Ludwig von Mises (1956) «La mentalidad anticapitalista» III - LA LITERATURA BAJO EL CAPITALISMO (III-4 La libertad de prensa).



La libertad de prensa constituye señal típica de las naciones libres. El viejo liberalismo hizo de ella su caballo de batalla. Nadie consiguió oponer objeción solida al razonamiento de los dos libros clásicos, Areopagitica, de John Milton, 1644, y On Liberty, de John Stuart Mill, 1859. El poder editar sin tener que recurrir a licencia previa constituía, para todos, presupuesto básico de la libertad de expresión.

Pero solo allí donde hay propiedad privada de los medios de producción puede haber prensa libre. Si el papel, las imprentas, etc., son, como sucede en la comunidad socialista, propiedad del gobierno, la libre expresión se esfuma. Las autoridades deciden en exclusiva quiénes tienen derecho a escribir y qué se vaya a editar y difundir. La propia Rusia zarista, comparada con la Unión Soviética, nos parece ahora un país de prensa libre. Cuando los nazis realizaron sus famosas quemas de libros no hacían sino seguir las indicaciones de uno de los más celebrados autores socialistas: Cabet.

Comoquiera que todos los países avanzan hacia el socialismo poco a poco la libertad de prensa va degradándose en nuestro mundo. Publicar un libro o un artículo cuyo contenido moleste al gobernante o a los grupos mayoritarios influyentes entraña mayores riesgos cada vez. No se liquida aun al disidente como en la URSS, ni arden los manuscritos como otrora en las hogueras de la Inquisición. Los viejos sistemas de censura fueron superados. Los partidos “progresistas” son más “modernos”; simplemente boicotean a aquellos escritores, editores, libreros, impresores, anunciantes e, incluso, lectores que osan manifestar la más leve crítica de sus programas.

Todo el mundo es libre para abstenerse de leer lo que no le guste e incluso para recomendar a otros que hagan lo mismo. Pero muy distinto es recurrir a la amenaza y a la coacción, a las graves represalias contra gentes cuya única culpa es el haber favorecido publicaciones cuyo contenido no agradó a grupos siempre dispuestos a recurrir a la violencia. Un boicot sindical —o su mera amenaza— atemoriza el ánimo y subyuga la voluntad de los dueños de diarios y publicaciones en general, quienes vergonzantemente se someten al dictado de los capitostes laborales.

Los modernos líderes obreristas son mucho más susceptibles que los emperadores y reyes del pasado; se irritan con facilidad; no están para bromas; su cerril disposición acabó enmudeciendo, en este terreno, a la sátira teatral y cinematográfica.

En las salas del Ancien régime se representaban libremente obras (Beaumarchais) ridiculizando a la nobleza; lo mismo hacia Mozart en inmortal opera; Offenbach y Halevy, en La gran duquesa de Gerolstein, satirizaban el absolutismo, el militarismo y la vida de la corte del Segundo Imperio francés. Pero en general Napoleón III y los monarcas europeos se reían a gusto contemplando comedias que les ponían como chupa de domine. El censor de los teatros británicos de la época victoriana, el lord Chamberlain, no obstaculizó la representación de las revistas de Gilbert y Sullivan, que satirizaban las venerables instituciones amparadoras de la no escrita constitución inglesa; nobles lores llenaban los palcos mientras, en el escenario, el conde de Montararat decía que “la Cámara de los Lores nunca pretendió alcanzar alturas intelectuales”.

Nadie puede, actualmente, desde un escenario, meterse en serio con quienes detentan el poder. Los sindicatos, las mutualidades laborales, las empresas socializadas, los déficits y tantas otras lacras del Estado benefactor son temas tabú; cualquier irrespetuosa alusión a tales realidades resulta aviesa y condenable. Los sindicalistas y los funcionarios de los organismos socializantes son vacas sagradas. El teatro solo puede recurrir a aquellos tópicos manidos que han degradado la divertida opereta y las alegres comedias de Hollywood.

No hay comentarios: