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sábado, 23 de enero de 2016

Ludwig von Mises (1956) «La mentalidad anticapitalista» III - LA LITERATURA BAJO EL CAPITALISMO (III-5 El fanatismo de la gente de pluma).



El observador superficial difícilmente advierte la hoy prevalente intolerancia del gobernante contra el disidente, ni menos aun cala las artimañas y maquinaciones empleadas para ahogar la voz del contrario. Lo que él ve es que se discute mucho y que, al parecer, nadie está de acuerdo en nada.

Pero la verdad es otra. Precisamente ese ardor con que comunistas, socialistas e intervencionistas, integrados en diversas sectas y escuelas, se combaten entre sí oculta el que, pese a tanto perorar, hay una serie de dogmas fundamentales en torno a los cuales todos ellos coinciden enteramente. Se margina a los escasos pensadores independientes, que pretenden combatir tales idearios, dificultándoseles el contacto con las gentes. La impresionante maquina de propaganda y proselitismo “izquierdista” ha triunfado plenamente, haciendo intocables ciertos temas. La intolerante ortodoxia de quienes gustan de considerarse “heterodoxos” se ha impuesto por doquier.

Mezcolanza confusa de doctrinas diversas e incompatibles entre sí es lo que ampara este “heterodoxo” dogmatismo. Un eclecticismo de la peor especie, colección caótica de conjeturas derivadas de doctrinas falaces y conceptos erróneos cuya improcedencia quedó demostrada tiempo ha. Fragmentos inconexos de socialistas (“utópicos” y “científicos”), fabianos ingleses, institucionalistas americanos, sindicalistas franceses, historicistas alemanes y tecnócratas de todo pelaje.

Se reincide en los errores de Godwin, Carlyle, Ruskin, Bismarck, Sorel, Veblen y legión de autores menos conocidos.

Hay un dogma axial en torno al cual coincide este coctel ideológico, a saber, que la pobreza es consecuencia de inicuas instituciones sociales que es preciso suprimir. La instauración de la propiedad y de la empresa privada fue el pecado original que privo a la humanidad de la dichosa vida del Edén. El capitalismo sólo benefició a explotadores sin entrañas y condenó a las honradas masas trabajadoras a pobreza y degradación progresiva. Pero existe el Estado (verdadero demiurgo) capaz él solo de doblegar al aprovechante avariento. La idea de “servicio” debe sustituir a la idea de “lucro”. Ni las intrigas ni las brutalidades de los “reyes de las finanzas” podrán detener la ya inaplazable revolución social. Deviene imperativa la planificación centralizada y entonces habrá abundancia y riqueza para todos. Quienes impulsan esta gran transformación son progresistas, pues batallan por un ideal generoso y que además conforma con las leyes inexorables de la evolución histórica. Quienes se oponen son reaccionarios, por cuanto pretenden detener en vano empeño el avance inexorable del progreso.

Los progresistas abogan por medidas que aliviaran de inmediato la suerte de las masas dolientes, a saber, la expansión del crédito y el aumento de la circulación fiduciaria, los salarios mínimos impuestos coactivamente por el Estado o los sindicatos (con la connivencia de aquel), la tasación de los precios y alquileres y múltiples otras medidas intervencionistas. Ante tanta palabrería vana, la ciencia económica se alza demostrando que por tales vías no es posible alcanzar los objetivos que sus propios patrocinadores desean conseguir, provocándose situaciones todavía más insatisfactorias que aquellas que se pretendía remediar. La expansión crediticia engendra las crisis y las depresiones reiteradas. La inflación hace subir vertiginosamente los precios. Los salarios superiores a los del mercado desatan paro que no se puede dominar. Las tasas máximas reducen la producción y las mínimas provocan la aparición de excedentes que no se pueden colocar. La realidad de tales asertos ha quedado evidenciada de modo irrefutable por la ciencia económica. Ningún falso economista izquierdista se ha atrevido a negar su certidumbre.

El cargo fundamental que los progresistas formulan contra el capitalismo consiste en asegurar que la periódica reaparición de crisis, depresiones y paro son fenómenos típicos y consustanciales al sistema. Los liberales opinan precisamente lo contrario: que las depresiones y el paro son consecuencia de las medidas intervencionistas que previamente adoptara el gobierno para mejorar las cosas y enriquecer a las masas. Ninguna de ambas posturas diametralmente opuestas debe aceptarse a fuer de dogma indisputable. Lo más lógico parece sería estudiar a fondo los temas en cuestión, deduciendo las conclusiones oportunas, para después, honesta y abiertamente, difundirlas. Sin embargo ese planteamiento no es del agrado de los progresistas, por constarles que sus idearios van a salir malparados de tal debate, heridos de muerte. Por eso procuran disimular el fondo de las cosas, evitar que la condenable herejía liberal inficione las aulas universitarias, los cenáculos intelectuales y el ágora pública en general. Quienquiera osa seguir la expuesta vía liberal soporta graves ataques y agravios. Se disuade al joven estudioso para que no lea “tantas estupideces”.

Para el dogmatico progresista existen dos grupos sociales antagónicos, que se disputan la “renta nacional”. Los terratenientes, empresarios y capitalistas (“la empresa”) que bajo un régimen de libertad se apropiaría de la parte del león, dejando para “el trabajo” (empleados, obreros y campesinos) tan solo pobres migajas bastantes únicamente para la mera supervivencia. Los trabajadores, lógicamente irritados por la codicia de los patronos, lo natural sería que apelaran a las propuestas más radicales del comunismo, con la consiguiente supresión de la propiedad privada. sin embargo la mayoría es paciente y moderada, por lo que rehúye un radicalismo excesivo. Rechaza el comunismo y de momento se aquieta, aun no percibiendo la totalidad de esas rentas “no ganadas” que en justicia le corresponden. Admite las soluciones intermedias, el dirigismo económico, el Estado-providencia, el socialismo. Acude a los intelectuales como árbitros, considerando que ellos, no siendo beligerantes, sabrán resistir a los extremistas de ambos grupos y, en definitiva, apoyaran a los moderados, mostrándose favorables para con la planificación, la socialdemocracia, la protección del obrero, poniendo coto final a la abusiva codicia del empresariado.

Parece innecesario reincidir en análisis detallado de los desaciertos y contradicciones que encierra tal modo de razonar. Bastará con destacar tres errores básicos.

Primero. El gran conflicto ideológico de nuestra época no gira en torno al modo de distribuir la “renta nacional”. En ningún caso se trata de una lucha entre dos clases, cada una de las cuales pretendería apropiarse el mayor porcentaje posible de montante específico a distribuir. Lo que de verdad ahora interesa es determinar cuál sea, desde un punto de vista social, el sistema económico mejor, es decir, dilucidar cuál de los dos órdenes (capitalismo o socialismo) da la máxima productividad al esfuerzo humano, elevando en definitiva el nivel medio de vida de las gentes más rápidamente, con mayor amplitud y superior calidad. Pero, en cuanto emprendemos tal vía nos damos de bruces con el problema de la imposibilidad del cálculo económico bajo el socialismo, sistema que jamás puede ordenar racionalmente la actividad económica, por razones intrínsecas y de definición. A los socialistas horroriza la mera insinuación del tema, por lo que procuran escamotearlo como sea, relegándolo al limbo del olvido. Que nadie lo mencione ni siquiera, postura con la que ponen bien de manifiesto la intolerancia de su dogmatismo. Es axiomático para ellos que el capitalismo constituye el peor de los males, encarnando en el socialismo, por el contrario, cuanto se considera beneficioso. Y esto hay que tenerlo por indiscutible. Sea anatema quienquiera propugne el análisis económico del socialismo. El sistema político occidental no permite todavía infligir castigos a la manera rusa. A quienes osan bogar contra corriente, de momento solo se les insulta, denigra y boicotea, insinuando ser su tan incomprensible proceder de perverso e inconfesable origen.

Segundo. No existe en lo económico diferencia apreciable entre socialismo y comunismo. La organización social es la misma en ambos casos: propiedad colectiva de los medios de producción frente a propiedad privada de los mismos. Socialismo y comunismo constituyen términos sinónimos. Los socialistas se fundamentan en un documento titulado Manifiesto comunista y el imperio comunista lleva por nombre “Unión de Republicas Socialistas Soviéticas”.

El antagonismo que se manifiesta a veces entre el comunismo ya establecido y los partidos socialistas extranjeros no afecta a los objetivos finales respectivos. Surge cuando la dictadura soviética pretende sojuzgar un nuevo país (al final lo que buscan es la conquista de América) o cuando se plantea el tema referente a si el asalto debe de ser de carácter violento o de índole democrática.

Los políticos economistas y las gentes que les respaldan cuando predican dirigismo y bienestar social (Welfare State) están propugnando sin darse cuenta las soluciones socialistas y comunistas. La planificación implica que los programas estatales deben privar sobre los particulares, prohibiéndose a empresarios y capitalistas la inversión de sus bienes en aquello que estimen más conveniente. Han de atenerse a las instrucciones del Sr. Ministro, lo que equivale a estatalizar la dirección económica.

Desde luego supone grave error el creer que las soluciones del socialismo, el dirigismo o el Estado providencia sean diferentes a las que el propugna comunismo, por “menos absolutas” o “menos radicales”. Desde luego no constituyen antídotos antimarxistas. La moderación del socialista estriba tan solo en que no está dispuesto a vender su patria a los agentes de Rusia, ni maquina la muerte de toda la burguesía no marxista como el comunista. Desde luego la cosa tiene trascendencia, pero en nada afecta a los objetivos finales que todos los aludidos movimientos persiguen.

Tercero. El capitalismo y el socialismo constituyen sistemas sociales diametralmente opuestos. El control privado de los medios de producción y el control público de los mismos son nociones contradictorias. Resulta impensable una economía mixta, es decir, intermedia entre capitalismo y socialismo. Quienes propugnan esas soluciones, que erróneamente califican de intermedias, no buscan un compromiso entre capitalismo y socialismo. Están pensando en una tercera formula de características peculiares que debe ser ponderada como ente específico por sus propias circunstancias. Es lo que los economistas denominan intervencionismo. Desde luego el sistema, contrariamente a lo que sus defensores piensan, no sirve para entremezclar unas gotas de capitalismo con otras tantas de socialismo. Se trata de organización social distinta, tanto del uno como del otro. El economista asegura, sin que por ello deba calificársele de intransigente o de extremista, que el intervencionismo no puede alcanzar los objetivos deseados. Es más, viene a empeorar la situación, incluso desde el punto de vista del intervencionista que implanta la injerencia. Decir eso no es caer en el fanatismo o la obcecación, es simplemente describir las inevitables consecuencias del intervencionismo.

Cuando Marx y Engels abogaban en el Manifiesto comunista por ciertas medidas intervencionistas, no pretendían buscar arbitraje salomónico entre socialismo y capitalismo. Recomendaban tales medidas (incidentalmente las mismas que constituyen la esencia del New Deal y del Fair Deal) por considerar constituían los primeros pasos hacia la plena instauración del comunismo. Reconocían abiertamente que, aun cuando eran ineficaces e indefendibles desde el verdadero punto de vista social, tenían un valor pues, a medida que se aplicaran, evidenciarían su propia insuficiencia, dando así pie a nuevos ataques contra el antiguo orden, lo que permitiría revolucionar definitivamente el sistema de producción.

La filosofía del progresismo milita pues en favor del socialismo y del comunismo.

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