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domingo, 24 de enero de 2016

Ludwig von Mises (1956) «La mentalidad anticapitalista» III - LA LITERATURA BAJO EL CAPITALISMO (III-6. El teatro y las novelas de tesis “social”).



El público, seducido por las ideas marxistas, pide novelas y comedias socialistas (“sociales”). Los escritores, que generalmente comparten la misma ideología, se aprestan a servir la solicitada mercancía. Suelen comenzar con descripción detallada de cuadro social desolado. El capitalismo es desde luego “malorum causa”, que hunde en la pobreza y la miseria a las desgraciadas clases explotadas, enfermas, ignorantes, obligadas a vivir en hediondos lodazales, mientras los ricos estúpidos y corruptos disfrutan de lujos y comodidades sustraídas a los obreros. Lo malo y ridículo es siempre burgués, lo bueno y sublime, invariablemente, proletario.

Tales autores son de dos tipos. Hay unos que nunca conocieron la pobreza. Nacidos de familias urbanas acomodadas, de agricultores con medios o de técnicos bien pagados, se educaron en ambientes burgueses y desconocen los círculos sociales en que sitúan a sus personajes. Tienen que documentarse  acerca de esos bajos fondos que quieren describir antes de ponerse a redactar. Sin embargo abordan sus estudios llenos de prejuicios. Saben ya de antemano lo que van a descubrir. Les consta “ab initio” que la vida de los asalariados es inimaginable, desolada y triste. Cierran los ojos a cuanto no desean ver, destacando tan solo aquellas circunstancias que conforman con el esquema preconcebido. Los socialistas les enseñaron que el orden capitalista inflige sufrimientos sin cuento a las masas y que empobrece en mayor grado a las clases trabajadoras cuanto más progresa. Escriben pues con tesis, procurando difundir los dogmas marxistas.

Lo malo de estos autores no es el que se inclinen a reflejar solo la miseria y la desdicha. El artista debe poder trabajar libremente sobre el tema que más le interese. Lo pernicioso del caso estriba en la errónea y tendenciosa interpretación que dan a la realidad social. Son incapaces son de advertir que los lamentables fenómenos en cuya contemplación se regodean jamás pueden achacarse al capitalismo. Por el contrario constituyen o irritantes restos del ayer pre-capitalista o efectos provocados precisamente por las medidas intervencionistas, hoy tan en boga, que perturban el normal funcionamiento del mercado. No se percatan de que el capitalismo es el sistema más apto para suprimir la miseria, al montar la producción en gran escala, de acuerdo con los dictados de las masas consumidoras. Fijan la atención únicamente en el asalariado, en su condición de obrero, sin darse cuenta de que este es al propio tiempo el principal beneficiario de los productos que él mismo fabrica, bien sea en forma de artículos de consumo o materias primas, que luego se transformaran en bienes consumibles.

Tales publicaciones deforman gravemente la verdad cuando dan a entender que los males descritos son lógica consecuencia de la “mecánica” capitalista. La simple compulsa del número de artículos en serie fabricados y vendidos evidencia palmariamente que el asalariado medio dista mucho de conocer la miseria autentica. Emilio Zola fue la figura más destacada en este tipo de literatura “social”. Abrió la ruta que multitud de imitadores, desde luego menormente dotados que él, seguirían luego. Para Zola el arte se hallaba ligado íntimamente a la ciencia. Los descubrimientos científicos debían constituir su base y, en el terreno de las ciencias sociales, el gran avance había sido el marxista, proclamando que el capitalismo constituía el peor de los males y que la venida del socialismo no solo era inevitable, sino, además, altamente deseable. Se ha dicho que sus novelas fueron una curiosa “colección de homilías socialistas”. Sin embargo el propio Zola, con lodos sus prejuicios y todo su entusiasmo socializante, sería pronto rebasado por discípulos aventajados. Creen sus lectores que estos escritores “proletarios” reflejan la genuina realidad social. Pero la verdad es que no se limitan a reflejar circunstancias fácticas. Antes al contrario interpretan los hechos a la luz de las enseñanzas de Marx, de Thorstein Veblen, de los Webb. Dicha interpretación constituye la base del libelo, porque en realidad no estamos ante obras literarias, sino ante mera propaganda socialista. Los dogmas en que se apoyan los argumentos manejados resultan para sus expositores verdades inconcusas y el lector, por su parte, comulga con idénticas ideas. De ahí que frecuentemente el autor ni siquiera mencione las doctrinas en que se apoya. Sólo alude a ellas alguna vez indirectamente.

Pero no sutilicemos, no es necesario. En cuanto queda demostrada la inadmisibilidad de la teoría socialista y la improcedencia de los falsos argumentos económicos en que busca amparo la misma, toda la tesis de los repetidos escritos se viene abajo cual castillo de naipes. Son obras que pretenden aplicar a la realidad social las doctrinas anticapitalistas. En cuanto estas se desfondan, quedan aquellas carentes de base.

El segundo grupo de novelistas “proletarios” al que aludíamos antes se halla integrado por quienes nacieron en el propio ambiente que describen. Se han apartado ya del mundo obrero, ingresando en las filas de los profesionales y, a diferencia de los autores proletarios de origen “burgués”, no han de dedicarse a investigaciones específicas para conocer la vida de los asalariados. Su propia experiencia resulta bastante a estos efectos.

Pero precisamente dicha personal experiencia ilustra al sujeto acerca de realidades que vienen a contradecir los dogmas básicos del credo socialista. Advierte el interesado en efecto la inexistencia de barreras que impidan a los hijos inteligentes y laboriosos de padres modestos escalar posiciones mejores. El propio currículum del autor lo atestigua. Sabe bien por qué él triunfó, mientras la mayoría de sus hermanos y camaradas no lo consiguió. Topó reiteradamente con otros jóvenes en su ascensión, quienes también ansiaban aprender y progresar. Algunos alcanzaban las metas ambicionadas, otros fracasaban. Al integrarse en la sociedad burguesa e percata que no es truhanería lo que proporciona mayores ingresos a unos que al resto. Perviviría aun en el círculo donde naciera si fuera tan torpe como para dejar de ver que son muchos los hombres de negocios y los profesionales, quienes a su propia semejanza deben considerarse “self-made men”, los cuales igual que él también partieron de la pobreza. Comprende que son otras circunstancias, distintas de las imaginadas por el resentimiento socialista, las que provocan la desigualdad crematística capitalista.

Cuando tales literatos escriben lo que, como decíamos, no son más que homilías filosocialistas, faltan a la verdad. La insinceridad de sus novelas y obras teatrales las hace despreciables, resultando incluso inferiores a los libros de sus colegas de origen “burgués”, quienes creen al menos en lo que escriben.

Pero no se conforman los escritores socialistas con la simple descripción de las víctimas del capitalismo. Les interesa igualmente reflejar la vida y milagros de los beneficiarios del sistema, los empresarios, esforzándose en exhibir las formas arteras que emplearon para enriquecerse. Dado que ellos (gracias a Dios sean dadas) no dominan tan turbios negocios, en autorizados libros de historia buscan información. Les Ilustran los especialistas acerca de cómo los “gánsteres financieros” y los “voraces tiburones” hicieron sus millones: “Comenzó su carrera como turbio traficante de ganado. Compraba a los campesinos las reses vivas. Las conducía al mercado, donde las vendía al peso a los carniceros. Sin embargo poco antes se cuidaba de darles sal en abundancia para que bebieran mucha agua. Un galón de agua pesa unas ocho libras. Que ingiera la vaca tres o cuatro galones y veréis que bonito precio conseguís”.

Es así como se describen, en miles de novelas y obras teatrales, las torpes maquinaciones del personaje más vil de la trama, el hombre de negocios. Los repugnantes capitalistas se hicieron ricos vendiendo acero agrietado y alimentos putrefactos, zapatos con suelas de papel y piezas de algodón que hacían pasar por tejidos de seda.

Sobornaban a gobernadores y congresistas, jueces y policías. Estafaban a clientes y operarios. Son lamentables realidades, inocultables ya.

No se dan cuenta tales escritores de que con sus relatos están calificando implícitamente de perfectos idiotas a millones de americanos, quienes evidentemente con la mayor candidez se dejan timar por el primer bribón que se les acerca, como en el caso de las vacas infladas, en las que ningún carnicero lograba advertir el engaño. Son ganas de tomarle el pelo al lector, pasarse de la raya, el decir en letra de molde que todos los comerciantes e industriales yanquis son inocentes palomas fáciles de embaucar por el garlito más anodino. Fabulas, mentiras como las restantes “verdades” del socialismo científico.

Para el escritor “izquierdista” el hombre de negocios es un bárbaro, un jugador, un borracho. De día en el hipódromo, de noche en el cabaret, para acabar durmiendo con la querida. “No bastándoles a los burgueses las esposas e hijas de sus obreros, sin mencionar las prostitutas de profesión, les compláce seducirse mutuamente las respectivas esposas”, clamaban Marx y Engels desde lo alto del Sinaí socialista. Y a no dudar es así como la literatura, los libretos y guiones americanos más en boga, describen usualmente al empresario estadounidense”.

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