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martes, 26 de enero de 2016

Ludwig von Mises (1956) «La mentalidad anticapitalista» IV - OBJECIONES DE CARÁCTER NO ECONÓMICO AL CAPITALISMO (IV-2 Materialismo).



Hay también quienes censuran al capitalismo su burdo materialismo. Reconocen que mejora incesantemente el nivel de vida de las masas, pero las aparta de los cometidos verdaderamente nobles y elevados. Vigoriza los cuerpos. En cambio al alma y a la mente las condena a inanición. Bajo su egida decaen las artes. Pasaron los días de los grandes poetas, pintores, escultores y arquitectos. Lo que el capitalismo aporta en este terreno es bazofia.

La apreciación del arte resulta siempre de subjetiva condición. Unos admiran lo que horripila a otros. No cabe medir ni ponderar la valía de un poema o de una obra arquitectónica. Quienes se deleitan contemplando la catedral de Chartres o Las Meninas, de Velázquez pueden calificar de zafios a quienes no pasman tales maravillas. ¡Cuántos escolares se aburren soberanamente cuando tienen que aprender los estupendos versos de Hamlet!  Sólo aquellos dotados del sentido de lo bello son capaces de apreciar el valor del artista y disfrutar con su obra. Hay mucha hipocresía entre los que pretenden hacerse pasar por gente cultivada. Adoptan actitud de entendidos y fingen admiración por el arte y los artistas del ayer. No muestran análoga simpatía por el creador contemporáneo, que aspira a consagrarse. Aquella fingida adoración por los antiguos maestros les sirve para menospreciar y ridiculizar a los nuevos genios que rehúsan someterse a las modas del pasado, prefiriendo crear estilos propios.

John Ruskin fue uno de los que (junto con Carlyle, los Webbs, Bernard Shaw y otros) cavaron la fosa de la libertad, la civilización y la prosperidad británicas. Individuo depravado en su vida pública y privada, glorificó la guerra y el derramamiento de sangre. Denigraba obcecadamente, la ciencia económica, cuyas enseñanzas era incapaz de comprender. Fue fanático detractor del mercado y panegirista fogoso de los gremios medievales. Rindió homenaje al arte de centurias pasadas. En cambio a su gran coetáneo Whistler le hizo objeto de ataques tan soeces, viles e injuriosos, que fue condenado por calumnia. Contribuyó a difundir el manido prejuicio de que el capitalismo no sólo constituye sistema económico nocivo, sino que además destruye la belleza e implanta la fealdad, arrasa la grandeza e introduce la mezquindad, suprime el arte y encumbra la inmundicia.

Como decíamos la apreciación de lo artístico es de condición tan subjetiva que, en tal materia, nada cabe dejar zanjado apodícticamente, contrariamente a lo que sucede con los razonamientos lógicos o las cuestiones de hecho. No obstante nadie en su sano juicio se atrevería a menospreciar la grandeza del arte capitalista.

Precisamente prevaleció la música a lo largo de aquella época “tan metalizada y de tan mezquino materialismo”. Wagner y Verdi, Berlioz y Bizet, Brahms y Bruckner, Hugo Wolf y Mahler, Puccini y Ricardo Strauss ¡qué ilustre muchedumbre! ¡Qué época cuando grandes maestros como un Schumann o un Donizetti pasaban casi desapercibidos, tapada su excelencia por otros genios de rango aun superior!

Y ahí están las grandes novelas de Balzac, Flaubert, Maupassant, Jens Jacobsen, Proust y los poemas de Victor Hugo, Walt Whitman, Rilke, Yeats. ¡Qué mísero sería nuestro horizonte sin las obras de estos titanes y las de otros escritores no menos sublimes!

Tampoco olvidemos a los pintores y escultores franceses, que nos enseñaron nuevos modos de contemplar la naturaleza y gozar de la luz y del color.

Menos aun puso nadie nunca en duda que, a lo largo de la época capitalista, todas las ramas de la actividad científica progresaron como por ensalmo. Sin embargo los eternos descontentos rearguyen que en esencia ahora se trata de trabajos de “especialización”, echándose de menos la labor de “síntesis”. Resulta ello evidentemente insostenible en el campo de la matemática, la física y la biología… ¿Y qué decir de la obra filosófica de Croce, Bergson, Husserl y Whitehead?

Cada era infunde personalidad propia a sus realizaciones artísticas. No constituye arte la servil imitación de las grandes obras del pasado, sino más bien plagio. Sólo la originalidad valoriza la obra artística. Cada época tiene su propio estilo, estilo que la define como tal época.

Pero no ocultemos nada y digamos lo que es lícito en favor de los admiradores del ayer. Ciertamente las últimas generaciones no legaron a la posteridad monumentos tales como las pirámides, los templos griegos, las catedrales góticas, los palacios renacentistas o las obras del barroco. En los últimos cien años se han construido muchas iglesias y catedrales y, aun en mayor numero, palacios oficiales, escuelas y bibliotecas. Es verdad que tales edificaciones carecen de originalidad. Se limitan o a copiar viejos modelos o a entremezclar estilos diversos ya conocidos. Tan solo en el terreno de la vivienda y en el de las oficinas parece atisbarse cierto estilo unificador. Dicho lo anterior resultaría ridícula pedantería negarse a apreciar la peculiar grandeza de algunas perspectivas modernas, por ejemplo la silueta de Nueva York. Pero en fin, vamos a admitir que la arquitectura actual no ha alcanzado la excelencia de la antigua.

Las causas son diversas. Por lo que se refiere a los edificios religiosos, el apego de las iglesias a las formas tradicionales dificulta la innovación. El impulso que hacía levantar suntuosas mansiones se debilitó con la decadencia de las dinastías y estirpes nobiliarias. Diga lo que quiera la demagogia anticapitalista, la opulencia de empresarios y hombres de negocios es, comparativamente, tan inferior a la de los antiguos reyes y príncipes que no pueden aquellos permitirse semejantes lujos. Nadie tiene hoy medios suficientes para levantar un Versalles o un Escorial. El antiguo déspota podía, en abierto desafío a la opinión pública, encargar al artista más admirable la fábrica imperecedera que pasmaría luego a la multitud ignorante. Pero hoy en día, incluso los edificios públicos han de renunciar a toda original extravagancia. Ni comisiones ni ponencias osan apoyar al atrevido precursor. Prefieren atenerse a lo normal y consagrado. No quieren líos.

Las masas nunca supieron apreciar el arte contemporáneo. Sólo cenáculos minoritarios rendían merecido homenaje a quienes luego todos considerarían escritores y artistas geniales. La ausencia de sentido artístico en los más nada tiene que ver con el capitalismo. Lo que pasa es que el sistema enriquece de tal modo a las multitudes que las gentes, de pronto, se transforman en “consumidores” de por ejemplo literatura, pero generalmente de la mala. Entonces invaden el mercado novelas insustanciales destinadas a lectores de escasa preparación. Sin embargo bajo el capitalismo ello no es óbice para que quien quiera y sepa pueda, sin pedir permiso a nadie, escribir y publicar la obra monumental.

Los críticos derraman lágrimas de cocodrilo ante la supuesta decadencia de las artes decorativas. Comparan los antiguos muebles, conservados en museos y nobles mansiones, con el menaje económico masivamente fabricado por la gran industria, olvidando que aquellas piezas maestras se producían exclusivamente para los ricos. No había cofres con tallas doradas en las chozas miserables de la gente del pueblo. Quienes desprecian el mobiliario económico que utiliza el asalariado americano, que crucen el rio Grande y contemplen las casas de los peones mejicanos carentes de todo menaje. Cuando la industria moderna comenzó a proveer a las masas de los mil objetos necesarios para la elevación del nivel de vida, su principal preocupación consistió en producir del modo más barato posible, sin preocuparse del aspecto estético. Más tarde, a medida que el progreso del capitalismo incrementaba la riqueza de las clases obreras, poco a poco los fabricantes comenzaron a producir objetos cada vez más bellos y refinados. Dejando aparte prejuicios sensibleros, ningún observador imparcial negará que en los países capitalistas haya cada día mayor número de hogares cómodos y bonitos.

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