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viernes, 8 de enero de 2016

Ludwig von Mises (1956) «La mentalidad anticapitalista» III - LA LITERATURA BAJO EL CAPITALISMO (III-1 El mercado de los productos literarios).

http://www.libertadyresponsabilidad.org/wp-content/uploads/2012/11/la-mentalidad-anticapitalista-von-mises.pdf


Bajo el capitalismo todos y cada uno podemos emprender aquellas iniciativas, aquellos proyectos, que nos consideramos capaces de desarrollar. La sociedad feudal o estamental, en cambio, impone a sus miembros invariables actividades rutinarias y no tolera que nadie se desvíe de lo tradicional. El capitalismo estimula la innovación; cualquier perfeccionamiento de los sistemas de producción lleva aparejado el lucro consiguiente; quienes se aferran perezosamente a métodos periclitados sufren pérdidas patrimoniales; aquel que estima hacer algo mejor que los demás no tropieza con cortapisa alguna para poner de manifiesto tal particular habilidad.

Esa libertad, sin embargo, tiene sus limitaciones. Como fruto que es de la democracia del mercado, se halla condicionada por el aprecio que a los soberanos consumidores les merezca la actuación correspondiente. El mercado prescinde de si una obra es per se “buena” o “mala”; reconoce valor exclusivamente a aquello que un número suficiente de clientes estima interesante. Si el publico comprador es torpe y no aprecia debidamente el interés que cierto producto encierra, por excelente que sea, de nada servirán ni las fatigas ni el tiempo ni los gastos incurridos en su obtención.

La esencia del capitalismo radica —una y otra vez lo hemos dicho— en ser un sistema de producción en masa para la satisfacción de las necesidades de la masa. Vierte sobre el hombre común un cuerno de abundancia. Eleva el nivel medio de vida a alturas que épocas anteriores no podían ni imaginar, habiendo puesto al alcance de millones de personas comodidades que hace poco eran asequibles solo a reducidas élites.

Ejemplo notable lo ofrece el mercado de los libros; la literatura —utilizando el término en su sentido más amplio—constituye hoy una mercancía solicitada por millones de seres. La gente lee periódicos, revistas y libros, escucha las emisiones radiofónicas y abarrota teatros y cines. Los autores, productores y actores que satisfacen los deseos del público obtienen ingresos considerables. Dentro del sistema social basado en la división del trabajo, aparece un nuevo grupo compuesto por los literatos, es decir, gentes que se ganan la vida escribiendo. Estos autores venden sus obras en el mercado por los mismos cauces que otros especialistas colocan las suyas respectivas. Quedan integrados pues, a titulo de escritores, en la cooperación social del mercado.

El escribir, antes del capitalismo, constituía arte poco o nada remunerativo. Herreros y zapateros podían vivir de su oficio; en cambio los literatos no. El manejo de la pluma era un arte liberal, posiblemente un pasatiempo, pero nunca profesión específica; noble quehacer de la gente rica, de reyes, aristócratas y gobernantes, patricios y caballeros que podían vivir sin trabajar; a ratos perdidos escribían obispos y frailes, universitarios y militares. El hombre sin dinero, que sentía el irresistible impulso de emborronar páginas, había de asegurarse antes fuente de ingresos supletoria. Spinoza pulía lentes; los dos Mills, padre e hijo, trabajaban a diario en la Compañía de Indias londinense. Pero la mayor parte de los escritores pobres vivían de la generosidad de opulentos protectores de las artes y las ciencias. Reyes y príncipes rivalizaban en prestar apoyo a poetas y escritores. Las cortes eran el refugio de la literatura.

El sistema, aunque parezca mentira, permitía a aquellos autores expresar sus ideas con casi entera libertad. Los mecenas no imponían ideas específicas en materias filosóficas, estéticas o éticas a quienes protegían, ni siquiera las propias; y ampararon frecuentemente con valor y empeño a esos dependientes suyos contra la ira de las autoridades eclesiásticas. Es más, el artista desterrado de una corte podía fácilmente acogerse a cualquiera otra comitiva rival.


La visión de filósofos, historiadores y poetas, pululando entre cortesanos, soldados y meretrices, dependiendo exclusivamente de los favores del déspota, hiere sin embargo nuestra sensibilidad moderna. Por eso la aparición de un mercado propio para la producción literaria fue saludada con entusiasmo por los viejos liberales; se estaba liberando a los pensadores de las cadenas de la servidumbre; en adelante iban a prevalecer los idearios mejores, los de las gentes de mayor preparación y cultura. ¡Qué futuro más maravilloso! Amanecía una nueva edad de oro.

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