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martes, 2 de febrero de 2016

Ludwig von Mises (1956) «La mentalidad anticapitalista» IV - OBJECIONES DE CARACTER NO ECONOMICO AL CAPITALISMO (IV-3 Injusticia).



Son muchos los críticos del capitalismo, tal vez los más apasionados, quienes lo condenan por su intima injusticia.

Cavilar en torno a cómo deberían de ser las cosas cuando son de otro modo, por imperativo de inflexibles leyes universales, a nada conduce. Tales lucubraciones resultan Inofensivas mientras no pasen de meras ensoñaciones. En cambio quienes quieren hacerlas realidad solo consiguen perjudicar el bienestar de los demás.

Se parte siempre de un error grave pero muy extendido: el de que la naturaleza concedió a cada uno ciertos derechos inalienables, por el solo hecho de haber nacido. Por lo visto la naturaleza es generosa. Hay abundancia de todo y para todos. Asisten al individuo pues imprescriptibles acciones contra la sociedad y el resto de los mortales cuando tratan estos de cercenarle la parte que tiene reservada en ese universal condominio para su personal disfrute. Las normas del Derecho Natural, de la justicia, se alzarán siempre contra quien pretenda apropiarse de lo que en verdad corresponde a otro. Gentes malvadas, apoyadas por la mecánica del mercado, se apropian de gran parte de lo que es de los pobres. De ahí que haya tanta indigencia. Compete a la Iglesia y al Estado empecer tan inicuas expoliaciones, velando por el interés general.

La tesis es falsa y errónea de cabo a rabo. La naturaleza nada tiene de generosa, sino que es avara en extremo. Escatima cuantos bienes precisa el hombre para sobrevivir. Vivimos cercados por seres malignos, tanto animales como vegetales, dispuestos siempre a dañarnos. Las fuerzas naturales se desatan en nuestro perjuicio. Hemos de reconquistar a diario la mera pervivencia. El parcial bienestar, que merced a denodada lucha consigue el hombre, es fruto principalmente de la inteligencia, ese arma sublime que recibiéramos en el último instante cual regalo de Pandora. Fueron los mortales quienes, en estrecha cooperación con sus semejantes, bajo el signo de la división del trabajo, crearon cuanto los utopistas estiman gracioso don de una supuestamente gentil naturaleza.

Carece pues de sentido, cuando se habla de distribuir esa tan onerosamente engendrada riqueza, apelar a mandamientos divinos ignotos o inventadas normas de desconocido Derecho Natural. No se trata de repartir “res derelicta”, donado caudal, acervo carente de dueño. Lo que en realidad se discute es cual sistema incrementa en mayor grado y mantiene la producción, para así conseguir el máximo bienestar, la más plena satisfacción posible de todos.

El Consejo Mundial de las Iglesias, organización ecuménica de las confesiones protestantes, declaraba en 1948; “La justicia exige que los habitantes de Asia y África disfruten en mayor grado de los beneficios derivados del maquinismo”. Tal afirmación sólo tendría sentido suponiendo que la Providencia habría asignado a la humanidad entera número preciso de maquinas y útiles, conjunto que debería ser equitativamente repartido entre todos los pobladores del planeta. Pero el demagogo huye del tema, el único que de verdad interesa, como del propio diablo, repitiendo incansable su ciego, sordo y tullido argumento: que los malvados países capitalistas se alzan siempre con una porción mayor de la que en justicia les corresponde en la rebatiña del reparto, restringiendo la cuota que efectivamente llega a las manos de los desgraciados asiáticos y africanos. ¡Qué indignidad!
Contrariamente a lo supuesto la verdad es que ese capitalismo del “laissez faire”, que para condenarlo “por razones de moral” tergiversa el documento del Consejo Mundial, fue el instrumento que enriqueció a los países occidentales mediante la creación de capital, invertido posteriormente en maquinas y herramientas. Si por las razones que fueren asiáticos y africanos no permitieron la aparición de un capitalismo autóctono, allá ellos. Ese es su problema. Occidente no tiene la culpa de nada. Ya hizo bastante procurando durante repetidas décadas alumbrar la vía correcta. Las medidas estatales allí imperantes impiden además la entrada de capitales extranjeros, que permitirían suplir el nacional inexistente, haciéndoles posible, entonces, a aquellas gentes disfrutar “en mayor grado de los beneficios derivados del maquinismo”. Cientos de millones de seres, por falta de capital, siguen apegados a métodos primitivos de producción; han de renunciar, consecuentemente, al provecho que el empleo de mejores herramientas y más modernas técnicas les reportaría. Para el alivio de tales males solo una vía tienen franca: la implantación, sin reservas, del “laissez faire” capitalista. Lo que estos pueblos precisan es iniciativa privada y acumulación de nuevos capitales, o sea, ahorradores y empresarios. Carece de sentido culpar a las naciones de Occidente, en general, y al capitalismo, en concreto, de la miseria que los pueblos atrasados, con su propio actuar, ellos mismos se infligen. De nada les servirán invocaciones vanas a la “justicia”. Lo que deben hacer, si desean zafarse de la pobreza que les atenaza, es sustituir sistemas económicos perniciosos por el único sano y eficiente: el del laissez faire.

El nivel de vida del hombre medio occidental no se consiguió a base de ilusorias disquisiciones en torno a cierta justicia etérea y no concretada. Por el contrario se alcanzó gracias al actuar de “explotadores” e “individualistas sin entrañas”. La pobreza de los países atrasados se debe a que sus métodos de expoliación, su discriminatorio régimen fiscal y su control cambiario impiden la inversión de capital extranjero, mientras la política económica interna dificulta la formación del propio.

A cuantos condenan el capitalismo desde un punto de vista moral, reputándolo sistema injusto, les ciega su incapacidad para comprender qué sea el capital, cómo surge y se mantiene, y cuáles los beneficios que procura su empleo en el proceso de la producción.

El ahorro constituye la única fuente de capital. Si se consume la totalidad de los bienes producidos, no se forma capital. En cambio, si el consumo es menor que la producción y las mercancías sobrantes se invierten en procesos productivos acertados, aparecen bienes supletorios que no habrían aparecido de faltar aquel capital que fuere invertido en nuevos útiles. Porque el capital encarna en instrumentos específicos, en productos intermedios entre los factores de producción originarios (el trabajo y las riquezas naturales) que van pasando por sucesivas etapas, hasta llegar al producto de primer orden que se consume.

Los bienes de capital se gastan. Van pulverizándose en el proceso mismo de producción. Por eso, si la totalidad de los bienes producidos son consumidos, si no se separa de la producción la parte precisa para reemplazar los factores desgastados, hay consumo de capital. La ulterior producción dispondrá de menores medios, lo que reducirá la productividad unitaria del trabajo y de los recursos naturales disponibles. Para impedir eso que cabría denominar “desahorro” o “desinversión”, es preciso dedicar una parte del esfuerzo productivo a la conservación del capital existente, reemplazando aquellos bienes de capital, que fueron como absorbidos en cada etapa productiva en la mercancía fabricada.

De ahí que el capital no pueda considerarse don gratuito de Dios o de la naturaleza. Es fruto que engendra la restricción previsora del consumo. Nace y progresa gracias al ahorro y para mantenerlo hay que evitar toda “desinversión”.

El capital no incrementa de por sí la productividad de los factores naturales ni la del trabajo. Tan solo cuando el ahorro se invierte de modo inteligente, es decir, rentablemente, incrementa la productividad. En otro caso el capital se malgasta, disipa y desaparece.

La acumulación de nuevos capitales, la conservación del existente y su correcta utilización exigen actuaciones humanas. Por un lado, para incrementar la productividad, se precisa de personas que ahorren, es decir, capitalistas, cuya recompensa es el interés, y de otro, gentes que sepan emplear el capital disponible para la mejor satisfacción de las necesidades de los consumidores, o sea empresarios, cuya recompensa, si aciertan a producir riqueza social, constituye la ganancia o beneficio.

Pero ni el capital (ni los bienes de capital) ni la actuación de empresarios y ahorradores bastan para elevar el nivel de vida de las masas, si estas no se comportan específicamente en cuanto al control de la natalidad. De ser cierta la falaz “ley de hierro” salarial, si el trabajador dedicara íntegramente sus ingresos a comer y reproducirse, todo aumento de la producción quedaría absorbido por los nuevos seres así aparecidos. Sin embargo el hombre no procede como los roedores o los microbios ante mayores disponibilidades pecuniarias. Los ingresos superiores se dedican a atender satisfacciones que, por la fuerza de las cosas, había sido preciso descuidar anteriormente.
La acumulación de capital en Occidente supera el aumento de la población. Cuanto mayor es la cuota de capital per capita invertido más crece el valor marginal del factor trabajo comparativamente al valor marginal de los factores materiales de producción. Los salarios tienden a subir. El porcentaje de la producción que va al asalariado aumenta con respecto al porcentaje de la misma que perciben los capitalistas (interés) y los propietarios de aquellos factores que englobamos en economía en el concepto tierra (renta).

La productividad del trabajo constituye expresión carente de sentido si no partimos de la idea de la productividad marginal de la labor de que se trate, es decir, si no ponderamos cuanto supondría la supresión de un trabajador en la producción de referencia. En cambio partiendo de tal base, todo cobra sentido de pronto, pudiendo entonces evaluarse la correspondiente contribución laboral en mercancías o en su equivalente dinerario. No admitimos pues esa idea, generalmente aceptada, que cuando advierte un alza de la producción estima haber habido incremento uniforme de la productividad del trabajo, lo que justificaría elevación salarial generalizada. Tal ideario se basa en la ilusión de creer que cabe precisar la respectiva trascendencia de cada uno de los factores complementarios de producción para la obtención de la mercancía fabricada. Es como pretender averiguar, cuando cortamos con unas tijeras una hoja de papel, cual haya sido la contribución respectiva de las tijeras (y aún de cada una de sus hojas) y del individuo que las maneja al resultado obtenido. Para la construcción de un automóvil se precisa maquinas y herramientas, materias primas, trabajo manual y ante todo los planos elaborados por los técnicos. Nadie es pues capaz de señalar la cuota material que corresponde a cada uno de los aludidos factores de producción empleados en el coche terminado.

Para mayor claridad dejemos de lado por el momento la serie de errores en que se suele incurrir al tratar estos temas. Preguntémonos simplemente ¿cuál de los dos factores de producción, el capital o el trabajo, incrementa la productividad? Planteadas así las cosas, la disyuntiva, la respuesta resulta obvia: el capital. La producción de los Estados Unidos es hoy superior (por individuo empleado) a la de épocas anteriores y mayor a la de otros países (por ejemplo China) simplemente porque el obrero americano cuenta actualmente con más y mejores herramientas. Si los bienes de capital invertidos por trabajador no fueran superiores a los de hace trescientos años en los Estados Unidos o en China al presente, la producción americana no sería superior ni a la de entonces ni, posiblemente, a la de la China actual. Para incrementar la producción, sin aumentar la cuantía del esfuerzo laboral, lo que se requiere es la rentable inversión de capitales adicionales que sólo puede generar el ahorro. El aumento general de la producción, sin necesidad de trabajar más, se debe a la existencia de capitalistas (ahorradores) y de gentes que invierten acertadamente la producción dejada de consumir (empresarios).

Si no fuera así ¿por qué las doctrinas en boga rehúyen el tema? ¿Por qué ya forzados se limitan sus partidarios a negar la evidencia sin más explicaciones? Sin embargo la propia política sindical patentiza que los capitostes gremiales advierten la certeza de una teoría que en público motejan de simpleza burguesa. Si no ¿por qué procuran restringir la entrada en el país de nuevos trabajadores y aún el acceso al propio sector laboral?

La circunstancia de que los salarios se incrementen, incluso en las actividades en las que la “productividad” se mantiene invariable a lo largo de los siglos, resalta que los aumentos salariales no se deben a la “productividad” de cada trabajador, sino a la productividad marginal del factor trabajo. En este sentido cabe citar el caso del barbero quien prácticamente afeita y corta el pelo hoy en día de la misma manera que sus colegas lo hacían hace doscientos años, el del mayordomo, que atiende al primer ministro británico como sus antecesores servían a Pitt o a Palmerston y el de aquellos trabajos campesinos en los que se emplean los mismo útiles de hace siglos. Sin embargo los correspondientes salarios son muy superiores a los que otrora se percibía por la misma labor, a causa de haber aumentado la productividad marginal del trabajo, siendo esta última la circunstancia que determina la cuantía de aquellos, según decíamos. La contratación de un mayordomo detrae su capacidad de otra labor y consecuentemente quien la utiliza ha de pagar, por el aludido servicio, una cantidad equivalente al incremento de producción a que daría lugar el emplearlo en aquella otra supuesta explotación. Desde luego el mayordomo percibe emolumentos superiores, pero ello no porque ahora despliegue mayores méritos personales. Antes al contrario el alza deriva de que los capitales invertidos han progresado con mayor celeridad que el número de brazos disponibles.

Las doctrinas pseudoeconómicas que menosprecian la función del ahorro y de la acumulación de capital carecen de toda base. Una sociedad capitalista es siempre más rica y prospera, comparativamente a otra de distinta índole, ya que su organización aboga por el incremento de capital per capita y por la inversión más acertada del disponible. En la primera el nivel de vida de los trabajadores es superior única y exclusivamente por la razón indicada, correspondiendo a los trabajadores un porcentaje cada día mayor de la renta nacional. Ni el apasionado Marx, ni Keynes el manoso, ni ninguno de sus menos conocidos seguidores descubrieron jamás falla ni punto débil alguno en esa autoevidente verdad según la cual sólo hay un medio para elevar permanentemente los salarios de la totalidad de la clase trabajadora, a saber: acelerar el incremento de capital en relación con el aumento de la población. Quienquiera estime “injusta” tal realidad que le eche la culpa a la naturaleza, no a sus semejantes.

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