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jueves, 4 de febrero de 2016

Ludwig von Mises (1956) «La mentalidad anticapitalista» IV - OBJECIONES DE CARACTER NO ECONOMICO AL CAPITALISMO (IV-4 La libertad, 'prejuicio burgués’).



La civilización occidental se fraguó en ininterrumpida lucha por la libertad.

El hombre ha podido triunfar en su tenaz esfuerzo por sobrevivir y mejorar gracias a haberse organizado socialmente bajo el signo de la división del trabajo. Sin embargo tal sociedad no puede subsistir sin la adopción de medidas coactivas que impidan que perjudiquen a la comunidad quienes se rebelan en armas contra el orden social establecido. Para mantener una pacifica cooperación entre las gentes es preciso contar siempre con la posibilidad de suprimir, mediante el uso de la fuerza, a cuantos perturban la tranquilidad ciudadana. La vida societaria requiere un mecanismo conminatorio y coactivo, es decir, el Estado y el gobierno. Pero surge entonces otro problema, el de impedir que quienes detentan el poder abusen de sus prerrogativas convirtiendo en virtuales esclavos a los demás. La lucha por la libertad exige la fiscalización de quienes tienen a su cargo la paz pública. Hay que imponer trabas legales a las autoridades y a sus agentes. La libertad individual, en su aspecto político, significa seguridad contra la actuación arbitraria de quienes dirigen el aparato represivo estatal. El concepto de libertad ha sido siempre una idea genuinamente occidental. Orientales y occidentales se desemejan fundamentalmente en que aquellos jamás buscaron ni amaron de verdad la libertad individual. Es gloria imperecedera de la antigua Grecia el haber sido la primera agrupación humana que advirtiera la trascendencia social de instituciones garantizadoras de la libertad. Recientes investigaciones parecen indicar que la filosofía griega había tenido ya precedentes orientales. Pero el concepto moderno de libertad nace en las antiguas ciudades helénicas. Su filosofía fue adoptada por Roma, quien la transmitió a Europa, pasando posteriormente a América. Las sociedades occidentales más fecundas se cimentaron siempre en criterios de libertad, idearios que luego informarían la filosofía del laissez faire, a la cual debe la humanidad esos progresos sin precedentes, típicos de la era del capitalismo.

Las modernas instituciones, tanto de tipo político como jurídico, están concebidas para salvaguardar la libertad individual contra el abuso de poder. El gobierno representativo, el Estado de derecho, la independencia del poder judicial, el habeas corpus, la posibilidad de recurrir jurisdiccionalmente contra la Administración, la libertad de palabra y de prensa, la separación de la Iglesia y el Estado y otras muchas instituciones similares tienen todas ellas idéntico objetivo: limitar la discrecionalidad de los poderes públicos y proteger al ciudadano ante la arbitrariedad gubernativa. La era del capitalismo acabó con los últimos vestigios de servidumbres y esclavitudes, puso fin a la crueldad punitiva, reduciendo las sanciones penales a aquel mínimo ineludible para refrenar al delincuente, suprimió la tortura y otros modos violentos de tratar a sospechosos e incluso a criminales, abolió los privilegios, proclamando la igualdad de todos ante la ley, convirtió a los hombres en ciudadanos libres, que ya no tenían por qué temblar ante el tirano y sus secuaces.

El progreso material que inundó Occidente fue fruto de este modo nuevo de pensar. La aparición de la gran industria moderna, gracias a la cual, por hallarse enteramente al servicio de la clientela consumidora, todos viven mejor, exigía la desaparición de patentes reales y privilegios discrecionales, permitiéndose a cualquiera desplazar a sus ocupantes de los puestos más codiciados, con lo que se impulsaba el ascenso de los más capaces, de los más capaces desde el punto de vista de los consumidores, evidentemente. Nadie pone en duda que, pese al continuo incremento de la población, todo Occidente goza de un nivel de vida que resultaba impensable hace muy pocas generaciones.

Pese a ello no han faltado entre nosotros quienes abogaran por la tiranía, o sea, por el gobierno arbitrario de un autócrata o de una reducida minoría que somete a su voluntad al resto de la población. Es cierto que a partir del siglo de las luces tales impulsos se iban haciendo cada vez menos perceptibles. Triunfaba la filosofía liberal. Durante la primera parte del siglo XIX el avance impetuoso de sus principios parecía irresistible. Los más eminentes pensadores se hallaban convencidos de que la evolución histórica tendía al establecimiento de la libertad por doquier y ni las intrigas ni las violencias de los partidarios del orden servil podían ya detener tal impulso.

Cuando se habla de la filosofía liberal suele pasarse por alto la trascendencia que tuvo en su génesis el estudio de la literatura clásica por parte de la élite occidental. Desde luego no faltaron entre los griegos escritores como Platón, quienes propugnaban la omnipotencia estatal. No obstante ello, el ideario helénico se caracterizó por ensalzamiento constante de la libertad, pese a que modernamente podríamos calificar de oligarquías a las ciudades-estados de la antigua Grecia, pues aquella libertad que los estadistas, los filósofos y los historiadores griegos reputaban como el bien más preciado constituía privilegio reservado a una minoría, denegándose a metecos y esclavos. Gobernaban unas castas hereditarias. Pese a tal realidad, no eran mendaces aquellos cantos a la libertad. Tan sinceros como los pronunciamientos de los esclavistas que firmaron la Declaración de Independencia americana dos mil años más tarde, inspirándose en la aludida filosofía helénica movimientos tales como los de los Monarchomachs, de los Whigs, de Althusius, de Grocio, de John Locke, o sea, el ideario que informó las modernas constituciones y las declaraciones de los derechos del hombre. Los estudios clásicos, elemento esencial de toda educación superior europea, mantuvieron vivo el espíritu de libertad en la Inglaterra de los Estuardos, en la Francia borbónica y en la Italia sojuzgada por multitud de príncipes. El propio Bismarck, el mayor enemigo después de Metternich de la libertad en el siglo pasado, atestigua que incluso en la Prusia de Federico Guillermo III, el gimnasium, o sea la educación basada en la obra literaria griega y romana, era un bastión de republicanismo. Los apasionados esfuerzos por eliminar los estudios clásicos de los planes de enseñanza superior, minando la propia esencia de esta, auspiciaron el resurgir de la ideología servil.

Hace un siglo pocos conseguían prever el enorme impulso que las ideas antiliberales adquirirían en breve plazo. El ideal de libertad parecía tan firmemente enraizado que nadie pensaba pudiera ser eclipsado jamás. Desde luego pretender combatir abiertamente la libertad, abogando con franqueza por la vuelta a la servidumbre y el vasallaje, hubiera sido ridículamente vano a la sazón. Por eso el antiliberalismo, para apoderarse de las mentes, se presentaba como una especie de superliberalismo, que reforzaría y ampliaría el ideario de la libertad. El socialismo, el comunismo, los distintos planes económicos consiguieron, así disfrazados de tal guisa, colarse por la puerta falsa.

Entonces, al igual que hoy, socialistas, comunistas y planificadores no buscaban sino la abolición de la libertad individual y la implantación de la omnipotencia estatal. La inmensa mayoría de los intelectuales cree y creyó siempre que al luchar por el socialismo se pugnaba por la libertad. Empezaron calificándose de izquierdistas, de demócratas. Hoy en día dicen que son liberales.

Nos hemos referido anteriormente a la motivación psicológica que perturba el razonamiento de estos intelectuales y de las masas que les siguen. Decíamos antes que el sujeto advierte, tal vez de modo subconsciente, que fue su propia insuficiencia lo que le impidió alcanzar las altas metas por él ambicionadas. Les consta la limitación de su capacidad intelectual y la insuficiencia de su capacidad de trabajo. Pero él procura ocultar la verdad, a sí mismo y a sus semejantes, buscando víctima propiciatoria conveniente. Se consuela pensando que el fracaso no se debió a su personal incapacidad, sino a la injusta condición de la organización económica y social prevalente. Bajo el capitalismo sólo pocos pueden realizarse plenamente. “La libertad, bajo el laissez faire únicamente la alcanza quien tropieza con oportunidad milagrosa o dispone de dinero suficiente para comprarla”. Por tanto el Estado debe intervenir imponiendo “justicia social”. Piden la intervención estatal para que les retribuya a ellos, no con arreglo a su personal mediocridad, sino “según sus necesidades”.

Las gentes de juicio poco claro, de corta inteligencia, son fácilmente víctimas de la ilusión de creer que la libertad podrá sobrevivir bajo un régimen socialista. Mientras tal pensamiento se limitaba a vanas charlas de café la cosa no tenía importancia. Pero ahora ya no se puede fantasear. La experiencia soviética ha patentizado cuales son las condiciones de vida en la comunidad socialista. Muy a su pesar los modernos partidarios del socialismo se ven obligados por tales hechos a deformar las circunstancias históricas y a falsear el significado de los vocablos, para poder seguir haciendo creer a las gentes que socialismo y libertad son compatibles.

El difunto profesor Laski, destacado laborista que llego a presidente del partido y aseguraba no ser comunista, haciendo incluso gala de anticomunismo, decía que “en la Rusia soviética, un comunista se siente plenamente libre; no se sentiría indudablemente igual de hallarse en la Italia fascista”. El ruso no conoce otra libertad que la de obedecer las órdenes del superior. Tan pronto como se desvía lo más mínimo de la línea del partido puede darlo todo por perdido; uno más de los “liquidados”. Desde luego no eran anticomunistas aquellos políticos, funcionarios, escritores, músicos y científicos víctimas de las celebres “purgas”. Creían fanáticamente en el marxismo. Habían sido destacados miembros del partido y desempeñaron altos cargos, recibiendo premios y medallas de la suprema autoridad en reconocimiento a su lealtad al credo soviético. El único delito en que incurrieron consistió en no haber sabido adaptar a tiempo sus pensamientos y actividades, sus escritos y composiciones, al último cambio de las ideas y gustos de Stalin. Es difícil creer que estas gentes “se sintieran plenamente libres”, salvo que se dé a la palabra libertad un significado distinto al que todo el mundo le asigna.

Ciertamente en la Italia fascista escaseaba la libertad. Al adoptarse el modelo soviético del “partido único” quedo amordazada la voz del disidente. No obstante cabe apreciar notable diferencia entre la aplicación de un mismo principio por los bolcheviques y por los fascistas. Bajo el régimen mussoliniano vivió el profesor Antonio Graziadei, antiguo diputado comunista, quien hasta la muerte permaneció leal ideario marxista. A su jubilación recibió del gobierno la pensión que le correspondía como catedrático y pudo suscribir y publicar libros de pura ortodoxia comunista en las editoriales italianas más prestigiosas. Ciertamente en este caso la opresión fascista no fue tan señalada como la que abatió a aquellos camaradas rusos, quienes en opinión de Laski “gozaban de plena libertad”.

Complacía al profesor Laski repetir la perogrullada de que en la práctica libertad significa “libertad dentro de la ley”. Y añadía que el objeto de la ley es “garantizar aquella forma de vida que prefieren quienes controlan el gobierno”. Y tiene razón. Ciertamente para eso están las leyes del orden liberal. En efecto se procura mediante la norma legal proteger el sistema contra quienes intentan encender la guerra civil o derribar al gobierno establecido apelando a la violencia. Por el contrario incurre el profesor en grave error cuando agrega que bajo el capitalismo “la libertad se conculca y desaparece en cuanto los pobres pretenden alterar de modo radical los derechos de propiedad de los ricos”.

Tomemos el caso de Karl Marx, el gran ídolo de Laski y sus seguidores. Cuando en 1848 y 1849 organizó y dirigió la revolución, primero en Prusia y después en otros Estados alemanes, por su condición legal de extranjero fue desterrado con su mujer e hijos y una criada, trasladándose primero a Paris y después a Londres. Más adelante, cuando volvió la paz y se amnistió a los instigadores de la fracasada revolución, regresó una y otra vez a Alemania. No era ya proscrito exiliado. Él sin embargo decidió libremente establecer su hogar en Londres. Nadie le molestó cuando (1846) fundó la Asociación Internacional de Trabajadores, cuyo declarado objeto era preparar la gran revolución mundial. Nadie detuvo sus pasos cuando se desplazaba por Europa gestionando en favor de dicha agrupación. No tropezó con dificultades para escribir y publicar libros y artículos que, por emplear la propia dicción del profesor Laski, “pretendían alterar de modo radical los derechos de propiedad de los ricos”. Y murió tranquilamente en su casa de Londres, 41, Maitland Park Road, el 14 de marzo de 1883.

O tomemos el caso del propio partido laborista ingles. Sus esfuerzos por “alterar de modo radical los derechos de propiedad de los ricos” no fueron obstaculizados con medida alguna contraria a la libertad, como bien constaba al profesor Laski.

El rebelde Marx pudo vivir, escribir y abogar por la revolución con plena tranquilidad en la Inglaterra victoriana, del mismo modo que el partido laborista practicó toda clase de actividades políticas sin traba alguna en la época post victoriana. Por su lado la Rusia soviética no tolera la más mínima oposición. He ahí la diferencia entre libertad y esclavitud.

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