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sábado, 6 de febrero de 2016

Ludwig von Mises (1956) «La mentalidad anticapitalista» IV - OBJECIONES DE CARACTER NO ECONOMICO AL CAPITALISMO (IV-5 La libertad y la civilización occidental).



Están en lo cierto quienes impugnan el concepto jurídico y político de la libertad, criticando las instituciones que la amparan en la práctica, cuando afirman que no basta el impedir la arbitrariedad gubernamental para garantizar la libertad. Pero al insistir en verdad tan evidente están como intentando forzar una puerta abierta, pues ningún liberal afirmo jamás que con impedir la arbitrariedad gubernamental quedaba garantizada una libertad total. La economía de mercado concede al individuo la libertad máxima compatible con el orden social. Las constituciones políticas y las declaraciones de derechos humanos per sé no engendran libertad. Sirven tan sólo para proteger la libertad, que el sistema económico basado en la competencia otorga al individuo, contra los abusos de la Administración.
Bajo un régimen de economía de mercado todo el mundo puede perseguir aquellos objetivos que más le atraigan de acuerdo con la división social del trabajo, ya lo hemos dicho muchas veces. Le cabe elegir cómo desea servir a sus conciudadanos. En cambio tal derecho se desvanece bajo una economía planificada. La autoridad determina la ocupación de cada uno. Puede discrecionalmente premiar y castigar. El particular depende enteramente del capricho de quien se halla en el poder. Precisamente con el capitalismo sucede lo contrario. Todos y cualquiera pueden enfrentarse con aquellos que ocupan las mejores posiciones, si bien el interesado habrá de cuidar al publico de modo mejor o más barato a como los otros lo estén haciendo. La falta de dinero no es nunca óbice, pues los capitalistas se hallan siempre buscando quien sepa invertir de manera más provechosa. Única y exclusivamente depende de los consumidores, quienes compran sólo lo que prefieren en cada momento, el triunfar o sucumbir en las actividades mercantiles. Por lo mismo que el consumidor no queda a merced de los productores, el asalariado tampoco puede ser explotado por el patrono. En efecto, el empresario que deja de contratar los trabajadores más idóneos, que no paga lo suficiente para atraérselos separándolos de otros cometidos, quiebra quedando aislado. Desde luego el patrono, cuando facilita trabajo al obrero, no lo hace por favorecerle. Le contrata porque lo necesita para su empresa, al igual que precisa materias primas y equipo industrial. Por su parte el trabajador tampoco le está haciendo particular favor a quien le contrata. Si labora es porque, todas las circunstancias concurrentes consideradas, cree que tal ocupación es la que a él, operario, más le conviene.
La economía de mercado constituye proceso continuo de selección social. Determina la posición y los ingresos de cada uno. Grandes fortunas se reducen y esfuman, mientras gentes nacidas en la pobreza escalan puestos preeminentes. Si ninguna posición se privilegia, si el Estado no ampara a los entes ya consagrados frente al embate de los nuevos empresarios, quienes ayer adquirieron riquezas se ven forzados a reconquistarlas diariamente en constante competencia con todo el resto de la población.
Bajo el régimen libre de división del trabajo la posición de cada uno depende del aprecio que el público comprador, del que el interesado forma parte, otorga a lo ofertado. Al comprar o abstenerse de comprar cada uno se integra en aquel supremo organismo que asigna a todos, y también al sujeto, categoría social específica. Nadie deja de participar en ese proceso por cuya virtud unos tienen ingresos superiores y otros menores. Cualquiera puede aportar aquellos servicios que los demás ciudadanos recompensan con mayores ganancias. La libertad bajo el capitalismo significa no depender de la discrecionalidad ajena en mayor grado que los demás dependen de la propia. No cabe grado de libertad superior cuando la producción se realiza bajo el signo de la división del trabajo, resultando impensable una autarquía individual absoluta.
El colectivismo ha de acabar por fuerza aboliendo siempre toda libertad, convirtiendo a las gentes en esclavos de quienes detentan el poder, independientemente de que como sistema económico el marxismo resulta inviable por no poder recurrir al cálculo económico. De ahí que jamás quepa contemplar el socialismo, según algunos quisieran, como posible alternativa, como peculiar pero pensable sistema de organización social, pues por su impracticabilidad en aislamiento, sólo sirve para desintegrar la cooperación humana, provocando indefectiblemente pobreza y caos.
Al tratar de la libertad dejamos conscientemente de lado el problema económico básico que separa capitalismo y socialismo. Nos limitamos a resaltar que para el hombre occidental, a diferencia del asiático, resulta consustancial vivir sin trabas pues él mismo, su idiosincrasia toda, se fraguó bajo la egida de la libertad. China, Japón, India y los países mahometanos no eran pueblos barbaros antes de contactar con Occidente. Siglos y aún milenios antes que nosotros alcanzaron altos niveles de perfección en las artes industriales, la arquitectura, la literatura y la filosofía. Desarrollaron escuelas y sistemas de enseñanza. Organizaron poderosos imperios. Pero careciendo de sapiencia bastante para afrontar los problemas económicos que se les iban acumulando, su primigenio ímpetu se fue anquilosándo para devenir culturas aletargadas en modorra histórica secular. Se desvaneció la genialidad intelectual y artística. Pintores y escultores, escritores y oradores, reproducían servilmente las formas tradicionales. Teólogos, filósofos y juristas se limitaban a la exégesis rutinaria de las obras del pasado. Los gloriosos monumentos se desmoronaban en tristes ruinas. Todo yacía descoyuntado. Las gentes contemplaban sin vigor ni energía, apáticamente, la decadencia progresiva y empobrecimiento general. Nada cabía hacer.
Las antiguas obras filosóficas y poéticas de Oriente soportan el parangón con los mejores trabajos occidentales. Pero desde hace muchos siglos Oriente no ha producido ningún libro de importancia. Apenas reluce con tenue fulgor algún nombre, entre tantos millones de seres, en la noche oscura de los últimos quinientos años. Oriente dejó de contribuir tiempo ha al esfuerzo intelectual de la humanidad, dando la espalda a los problemas y controversias que agitaban a los pueblos occidentales. Europa permanentemente convulsa, Oriente sumido siempre en el estancamiento y la indolente indiferencia.
Hoy podemos diagnosticar el mal. Oriente careció de lo principal. Renunció a la idea de la libertad frente al Estado. Nunca se rebeló contra el tirano ni intentó asegurar los derechos del individuo frente al gobernante. La arbitrariedad del déspota era sagrada, no podía ser objeto de juicio ni condena. Fue imposible por eso montar un mecanismo legal que protegiera la propiedad individual, la riqueza privada del ciudadano, contra la confiscación, contra la injusta apropiación de la misma por el amo de turno. Ofuscados con la idea de que la riqueza de los ricos era causa de la pobreza de los pobres, acogían las masas con entusiasmo la expoliación gubernamental del comerciante enriquecido. Se hacía imposible toda seria acumulación de capital. Las turbas mendicantes, azuzando a sus propios gerifaltes, estaban autocondenándose a la pobreza, la enfermedad y la muerte sin darse cuenta, haciendo prohibitivas a sí mismas las ventajas derivadas de la rentable inversión de capitales. No había “burguesía” y consiguientemente no surgía esa amplia demanda que estimula a escritores, artistas e inventores. El hombre común solo veía un camino de prosperidad: el servicio del príncipe. En la sociedad occidental las gentes competían entre sí por conseguir los mejores premios. La oriental en cambio constituía conglomerado apático de seres dependientes todos del favor del soberano. La enérgica juventud occidental consideraba al mundo como un campo de acción donde había que conquistar la fama, la eminencia, los honores y la riqueza. Con su ambición lo domeñaba todo. Las lánguidas mocedades orientales solo sabían entregarse a los rutinarios cometidos tradicionales. Aquella noble confianza del hombre occidental en su propio esfuerzo ya la cantaba Sófocles. El coro de Antígona exalta al hombre y su creadora capacidad y la misma filosofía rezuma la maravillosa Novena Sinfonía de Beethoven, fe absoluta en la propia capacidad de reacción ante la adversidad. Nada de esto escucharon jamás los orientales.
¿Es posible que los herederos de quienes crearon la civilización del hombre blanco renuncien a su libertad conseguida tan caramente, convirtiéndose en vasallos de la omnipotencia gubernamental por propia voluntad? ¿Van a limitar sus aspiraciones a vegetar bajo un sistema que les convierte en insignificantes piezas de gigantesca maquinaria que sólo puede manejar el planificador todopoderoso? ¿Será posible que la mentalidad que caracteriza a las civilizaciones fosilizadas barra y aparte aquellas altas ambiciones por cuyo triunfo ofrendaron su vida millones de seres?
Ruere in servitium —sumieronse en el servilismo— observaba Tácito con tristeza refiriéndose a los romanos de la época de Tiberio.

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