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domingo, 7 de febrero de 2016

Luis Espinosa Goded entrevista a Antonio Escohotado (3. Los enemigos del comercio)



Luis Espinosa Goded (profesor de la Universidad San Francisco de Quito) entrevista a Antonio Escohotado para Libertario.es (http://www.libertario.es ) en agosto de 2015.

Luis Espinosa Goded: De “Los enemigos del comercio” ¿cómo surgió?

Antonio Escohotado: Empecé escribiendo cuando estuve un año en Tailandia, un año sabático. Comprendí que los pueblos eran ricos en función de su educación. Que tuvieran las riquezas naturales que tuvieran o el valor geoestratégico de su posición… Que eso no era nada. Que los pueblos educados o libres, si se prefiere llamar así, son ricos siempre y los otros, tengan lo que tengan, son pobres. El caso más manifiesto, por ejemplo, es Arabia Saudita… o Venezuela. O mejor… los dos pueblos que… yo estudié esto un poquito, hace quince años o así. La relación recursos/país. Entonces descubrí que los dos países más ricos del Planeta son Birmania y Argentina. ¡Qué casualidad! Birmania está en el  casi penúltimo o último y Argentina rápidamente se acerca a eso. Yo creo que los suburbios de Buenos Aires, actualmente, es el lugar del Planeta donde más gente se puede morir de hambre. Casos de estos de familias con muchos hijos, pero que la madre está esquizofrénica, el padre es alcohólico y tal… me estoy refiriendo a criaturas pequeñas, que ya tienen un estado alto de desnutrición y entonces con un par de errores más. Porque en el mundo moderno ya no se muere la gente de hambre como se morían en las hambrunas de Stalin… Todos estos victimistas llorones no saben lo que dicen. Punto. Pero entonces los dos países más ricos del mundo, Birmania y Argentina ¡qué paradoja! Entonces pensé hacer un pequeño opusculito diciendo ¡cuántas tonterías he pensado yo sobre esto! ¡Cuánto he sido yo partidario de soluciones que en realidad estorban y fastidian! Y pensé hacer un pequeño opúsculo, de pura coña, que se ha convertido en “Los enemigos del comercio”.

L. E. G.: ¿Y cuántas páginas…?

A. E.: Bueno, el primer tomo tiene seiscientas y pico, el segundo setecientas y pico y el tercero andará por ahí… pues dos mil páginas. Me salió un chiste largo, sí.

L. E. G.: La conclusión es contraria al marxismo. No son las condiciones económicas las que determinan el pensamiento sino la cultura la que determina la economía…

A. E.: Bueno, pero tengo tesis más directas. Por ejemplo, el principal factor de desarrollo es el derecho. Allí donde reina la legislación y no el derecho el país está subdesarrollado.

L. E. G.: Y la distinción entre legislación y derecho…

A. E.: La legislación depende del legislador, que puede ser un legislador colectivo o un legislador individual y está sometida a todas sus arbitrariedades. El derecho es muy sencillo y no tiene más que una regla, que la de que los pactos se cumplen. Y si no se cumplen, la parte que los ha cumplido tiene derecho a ser indemnizada. Prácticamente lo mismo es el principio que dice que la propiedad no se pierde ni se gana por violencia o fraude. En esas dos proposiciones está el derecho universal entero. Eso no tiene nada que ver con normas, por ejemplo, la de “pues vamos a exterminar al pueblo judíos” o “vamos a acabar con la clase media”. Esas son tipos de iniciativas puramente legislativas.

L. E. G.: Esto viene desde Roma… Estamos en el “derecho positivo” que es lo contrario al derecho.

A. E.: El derecho romano ahí está. Se nota muy bien la tensión interna. Lo que llamaría dialéctica. Porque, aparte de que varios juristas fueron asesinados… por ejemplo Ulpiano fue asesinado por la guardia pretoriana, por toda la cara… Los juristas, los jurisconsultos intentaron, a partir de estas dos premisas que hemos visto, hacer toda una serie de derivaciones, de inducciones podemos llamar, que se aplicasen a casos concretos, es decir, a todas las modalidades de contratos, a derechos de sucesiones, las herencias, al derecho administrativo, al derecho penal… y en algunos casos les salieron bien y en otros casos no tanto porque Roma fue evolucionando desde una pseudoaristocracia, en los comienzos, a una de las formas de tiranía y absolutismo más implacables que haya conocido la humanidad. Y los jurisconsultos no podían ser ajenos a esto, despegarse de este magma donde estaban metidos… Y te coges un Papiniano, que es el último, que es ya de tiempos de Justiniano, siglo V ó VI, y lo comparas con un Ulpiano o con un Paulo, que todos consideran que Pulo es el más fino… Yo lo digo, pero ya lo dice Schumpeter antes de mí, sí. Uno puede pasar un buen rato leyendo las sentencias del “Corpus iuris civilis”, pero la verdad es que hay que ser un poquito raro. La gente suele emplear su tiempo en otras cosas.

L. E. G.: ¿Qué es “Los enemigos del comercio”? ¿Una historia del pensamiento económico, una historia del comunismo, una historia…?

A. E.: Yo creo que es una historia muy contextualizada, donde se alternan planos generales con zooms de detalles de tipo fractal iterativos, alternando el valor de lo individual y el valor de lo general, de la tensión libertad-seguridad.

L. E. G.: Libertad-seguridad es la gran disyuntiva.

A. E.: Es la tensión primaria. Hay unos que venden seguridad y otros que insisten en que “déjeme usted con la libertad, que yo creo que es la mayor seguridad práctica que puedo tener”.

L. E. G.: La libertad que es incertidumbre…

A. E.: Apertura.

L. E. G.: Las masa han elegido históricamente seguridad por el miedo a la libertad, que ya decía Froom…

A. E.: Sí, pero el miedo a la libertad, tal y como lo plantea Erich Fromm, que es un marxista cerrado… Escuela de Fráncfort… Lo bueno es el título, la obra es ridícula, la obra es despreciable realmente, sí es una pena.

L. E. G.: El miedo a la libertad que es el miedo a sí mismo…

A. E.: El vértigo de lo abierto. Estás ante un gran espacio vacío y probablemente hay algo inconsciente y secreto que dice “lánzate y te saldrán alas y será maravilloso”, pero entonces un razonable sentido común dice ¡quieto! Y eso es el ataque de vértigo. El ataque de vértigo te impide, pero claro, por otra parte hay gentes que se abonan al ataque de vértigo y eso significa que ya no se mueven de donde están. Practican la idea fija, toda su vida es nada más que un reino de derechos adquiridos. En general no hay vitalidad, no hay energía, no hay realidad. La realidad les molesta. Ellos quieren que la realidad sea esto o aquello. No admiten que aquello está moviéndose, cambiando continuamente.

L. E. G.: La idea del cambio, que es una constante en “Los enemigos del comercio”…

A. E.: Πάντα ρε, todo cambia, todo fluye…

L. E. G.: Que por cierto Heráclito es un autor de su referencia, para lo poquito que se conoce…

A. E.: Es increíble. Un hombre que ha dejado ciento ochenta líneas y esas ciento ochenta las repite toda la humanidad sin parar, porque no hay ni una sola frase que no tenga un poderoso…

L. E. G.: Y frente a Heráclito ¿cuál es su antagonista?

A. E.: Parménides en aquella época, pero Parménides es muy interesante también, lo que pasa es que no tiene el fuego de Heráclito…

L. E. G.: Entre libertad y miedo usted ha tomado un partido claro…

A. E.: Es que perder el miedo al miedo es, en gran medida, conquistar la salud.

L. E. G.: La salud…

A. E.: La salud, sí. La salud depende de no vivir acongojado por el miedo, acojonado por el miedo. Hay temores infundados. Por ejemplo el que tenemos a las drogas, el que tenemos al sexo, el que tenemos al saber libre, a la curiosidad sin fronteras. Esos temores son infundados. En cambio hay otros temores muy fundados, por ejemplo a que de donde no hay no se saca, que es el principio económico fundamental que se pretende obviar diciendo “no, Dios proveerá”, el milagro del pan y los peces, la multiplicación del vino en las bodas de Canaán…

L. E. G.: La idea de que puede haber abundancia sin esfuerzo…

A. E.: Exacto. El estado, si no provee Dios proveerá el Estado y el déficit público, pues nada. Huida hacia delante ridícula.

L. E. G.:…

A. E.: Me ibas a preguntar cuántas décadas llevo sin ir al médico.

L. E. G.: Efectivamente ¿cuántas décadas llevas sin ir al médico?

A. E.: Cuatro. Pero tampoco me analizo, no me dejo tomar la tensión. No me interesa. Soy demasiado hipocondriaco para permitir que alguien sepa de mí más de lo que sé yo.

L. E. G.: Si medimos la salud por la capacidad de trabajo…

A. E.: El mero hecho de no haber tocado quirófano ni un hospital… Bueno yo no he tocado nunca un hospital.

L. E. G.: Pero tuvo una…

A. E.: Bueno, he tenido enfermedades terribles. Dos hepatitis, probablemente tengo hepatitis C hace treinta años, pero no le hago ni caso.

L. E. G.: La foto de sus treinta años con la hepatitis a mí me ha impresionado…

A. E.: No parece que soy yo. Parece un personaje del Greco. Es que me encuentro a los veinticuatro años que, según los análisis, va cada vez a peor, la transaminasa pirúvica y oxalacética iba cada vez peor y yo no me encuentro ni bien ni mal… Simplemente me han dicho que no puedo comer nada que tenga y al final, claro, voy perdiendo peso… Bajo… Yo tenía unos setenta y siete, ahora seguro que tengo menos, pero yo pesaba setenta. Llegué a pesar cuarenta y nueve. Eso significa los huesos. Y claro, decía, pero con las ganas que tengo yo de vivir y ¿cómo me voy a morir yo de una cosa que no duele, a los veinticuatro? ¡Qué absurdo es esto! Y estaba cavilando y cavilando. Hasta que tuve la suerte de conseguir una audiencia del médico de de Gaulle, que era el catedrático aquí, de patología clínica de la Complutense, José Casas. Dios le bendiga mil veces. Es el único hombre sabio que yo haya conocido, junto con Marañón, a quien también tuve el honor de conocer. Hizo una visita a Brasil cuando estaban mis padres allí… Y le recuerdo comiendo y tal… Y papá diciendo la clásica tontería: “Antonio sabe mucho más que yo y que su madre; pregúntale cualquier cosa, Gregorio, y verás como la sabe; es una enciclopedia”. Yo debía tener trece o doce… Y fígurate como esto ha funcionado como “feedback” para mí. Pero bueno, Pepe Casas me vio, y conseguí la audiencia fue de Dios y ayuda, porque si era el médico de Gaulle… Entré y me dijo: “joven, diría que tiene usted treinta y siete y ocho, pero que en realidad no es fiebre suya, es aprensión; por el historial que veo usted ha perdido mucho peso, usted lleva muchos meses en la cama; le están metiendo un litro de glucosa al día en vena; está usted preocupado… ¿sabe usted lo que le digo? Olvídese de nosotros; no vuelva a hacerse un análisis al menos en tres meses. Está usted haciéndose análisis semanales. Ahora mismo se baja y se come usted un bocata de jamón con mucho tocino. Empiece a tomar el zumo de naranja que le tienen prohibido y, en general, se olvida de todo, se pone a vivir”. Ese hombre salvó mi vida

L. E. G.: Con tantas ganas de vivir…

A. E.: Ya no tengo ningunas ganas de vivir, no te creas. Lo que sigo teniendo es mucha curiosidad, mucho amor por mi gente, pero ¡gracias a Dios!, ese impulso, ese instinto de supervivencia ya lo he vencido. Tengo mi botiquín en cuanto vengan mal dadas. Hasta luego. “Mors tempestiva” la llamaban los romanos. Hombre, otra cosa es que ahora puedo presumir de eso y, a lo mejor, cuando llegue el momento, no tengo el coraje. ¡Bueno! Pues seré una sabandija ¿qué le vamos a hacer?

L. E. G.: Es uno de esos debates absurdos de nuestro tiempo, el de la eutanasia, el de la salida a tiempo…

A. E.: Yo ahora creo que he vivido todo lo que tenía que vivir. He disfrutado mucho. Por ejemplo el sexo. Estaba tan reprimido que tenía que romperlo y lo rompí. Del saber no sabía nada y ahora sé un poco más. Todo ha ido bien, he conseguido el respeto de mis vecinos, que es lo máximo que se puede pedir. No el respeto de mis colegas ¿pero qué le vamos a hacer? Mis colegas son como son.

L. E. G.: En usted el exceso y la moderación…

A. E.: Bueno, yo lo llamo elegancia y se me ocurre que elegancia viene de “eligere”, de elegir, de seleccionar. La persona elegante selecciona, discrimina. Yo siempre he discriminado. He procurado no acostarme con una feonga o con una neurótica y he procurado no tomar fármacos de manera que me hiciesen displacer, en vez de darme gusto. Lo he procurado. Eso no quiere decir que lo haya conseguido.

L. E. G.: Usted vincula el pobrismo cristiano y el comunista…

A. E.: Santa pobreza. Es un ascetismo, es un odio, es lo de los pitagóricos, soma sema, cuerpo cárcel, y dices ¡pero si ya estamos metidos en la corporeidad, no vengas a tocar las pelotas! No entristezcas vanamente al público. Luego acaba el cristianismo y la religión positiva salvándolo, hablando del cielo, pero es que en Platón no hay cielo y en Pitágoras tampoco, con lo cual es muy severa la cosa.

L. E. G.: Platón es el culpable de esa distinción entre cuerpo y alma…

A. E.: Para mí es el hombre más profundo que haya existido. Es el pensador más profundo. Su concepto de idea es el que ha permitido que todos los demás pensemos. Pero el hecho de que estuviera surgiendo la democracia en Atenas y todo el desgarramiento en el mundo de las costumbres que esto suponía. La posibilidad de que la polis dependiera de seres viles… Que pudieran apoderarse de la polis “Podemos” ¿eh? Es lo equivalente… Pues le ponía de los nervios. Entonces se convirtió en el hombre más autoritario y dijo aquello tremendo, que es la regla de Stalin y de Hitler y de todos los demás: “que nadie viva un solo segundo sin, antes de hacer cualquier cosa, mirar hacia el jefe a pedir consejo”. Eso es brutal. Eso es cancelar la libertad en nombre de la seguridad general.

L. E. G.: Dijo antes que ha logrado el respeto de sus semejantes…

A. E.: Eso es todo lo que puedo pedir. El respeto de mis conciudadanos. Y todo lo que pido. Y por eso intento ser honrado y cabal.

L. E. G.: La mayor virtud burguesa…

A. E.: Un buen profesional. Ya ves la cantidad de tiempo que dedico a la gestación del concepto de profesión en el tomo dos. La profesión es un fin limitado que te hurta tener que exigir cosas sublimes, como ser un santo, ir al cielo, que se castiguen tus enemigos. No. La profesión es simplemente: “yo sé hacer una cosa lo bastante bien como para ser útil a terceros”.

L. E. G.: Y alguno podría decir que la filosofía es algo inútil…

A. E.: No hay nada más útil que el conocimiento. Y todo el mundo lo sabe. Lo que pasa es que hay algunos mangantes que se atreven a hacer sofismas sobre la materia.

L. E. G.: Lo del sofisma ya estaba entre los griegos.

A. E.: Por eso Aristóteles… Los argumentos sofísticos… Aristóteles, un genio, dijo «mira chicos, hacéis cosas ingeniosas, como por ejemplo: si digo que miento ¿miento o digo verdad?» Que dijo Epiménides. Que las dos cosas valen y ninguna. Y Aristóteles dijo “mirad, chicos, yo me he puesto a pensar esto con un poco más de detenimiento… en realidad todo lo que decimos tiene la forma de una proposición o juicio, es decir, a través de una cópula se vincula esto y lo otro; yo os digo que la cópula tiene que ser congruente, es decir, por cantidad y cualidad tiene que estar relacionada con aquello que vincula; si no será un argumento sofístico”. Con eso tenemos la navaja que corta a todos los mangantes del mundo. Y basta con aplicar eso de “tu término medio no es congruente”, y demostrar en cada caso como no es congruente y ya está, fuera, “out” de la película. Lo que pasa es que a muchísimas personas no les importa la formulación conceptual y siguen teniendo el mundo emotivo que les ha llevado a eso. Aristóteles lo mandaron de Marte como un sabio para que tuviera la humanidad… Se murió antes de cumplir los sesenta, probablemente de algo intestinal y quizá un cáncer. Era médico. Se diagnosticó. Las referencias que tenemos, Diógenes Laercio y tal, todo esto es una cosa muy vaporosa. No podemos estar nada seguros. Pero que ese hombre, que parió la ciencia entera y la lógica entera… Le pegas un martillazo a Zeus y sale Minerva. Pues así salió toda la ciencia de la cabeza de Aristóteles. Veinte años estuvo estudiando con Platón y no dijo nada, más que “por favor, aclárame esto y lo otro”. Le respetó y escribió el epitafio y dijo “aquí yace un hombre que demostró cómo ser bueno y sabio al mismo tiempo. ¡Qué bonito! Eso es lo que yo quiero, claro. Y luego, inmediatamente que se murió dijo: “está equivocado en todo; es un autoritario y su teoría de las ideas es genial, pero hay que convertirla en teoría del concepto, es decir, le falta el momento de lo concreto, el momento de lo particular; introduzcamos lo particular en la línea de pensamiento de Platón y tendremos la realidad”.

L. E. G.: “Los enemigos del comercio” es una investigación que lleva ya quince años…

A. E.: Ahora ronda los dieciséis. Este año lo termino.

L. E. G.: ¿Cómo nació?

A. E.: Nació como un opúsculo, que se lo presenté y lo quería publicar Anagrama, le parecía muy bien. Le parecía incisivo, hipercrítico, divertidísimo. Pero luego me di cuenta: no, no. Y en aquel momento lo retiré y dejé “Sesenta semanas en el trópico”, donde hay unas intuiciones.

L. E. G.: Y ahí descubre a los austriacos.

A. E.: Entonces es cuando empecé a estudiar a los austriacos. Me llevé una maleta llena de “escuela austriaca”: Böhm-Bawerk, Mises y Menger. De Menger sobre todo el “Investigaciones en el Método de las Ciencias Sociales”, frente a las ciencias de la naturaleza, que es decir a todos los científicos de tipo sociológico, economistas: “no temáis que vuestra ciencia sea menos precisa que la del físico o la del químico; la del físico y la del químico hablan de objetos simples; vosotros habláis de objetos hipercomplejos; tened confianza en vosotros mismos, tened honradez, daos cuenta que todo es resultado”.

L. E. G.: Todavía no hemos salido de la disputa del método y la disputa epistemológica es la disputa de fondo de la ciencia.

A. E.: Si te fijas eso está ya en el genio de la economía moderna, en el que crea la economía moderna, que es Hume. Porque es el que crea la economía como ciencia. Cuando intenta hacer una economía siguiendo el modelo newtoniano, es decir la física de masas con el principio de inercia; aunque él mismo, con conceptos como el de que “las oportunidades migran”, en el ensayito que es decisivo en la materia, él mismo se contradice. ¿Por qué? Porque el ideal newtoniano tenía una fuera tal que era lo único que se consideraba científico. También lo intenta Kant.

L. E. G.: Dice que el nacimiento de la economía es en Hume y no en Adam Smith, su íntimo amigo.

A. E.: El nacimiento de la economía moderna es Hume, que está vinculado a sus estudios históricos, a la “Historia de Inglaterra”. Sin estudiar los seis volúmenes de la “Historia de Inglaterra” es imposible llegar a las conclusiones sobre el comercio a las que llega.

L. E. G.: La economía es una ciencia del devenir, una ciencia histórica…

A. E.: Las oportunidades migran. Y sin embargo es de una amplitud y de una profundidad para entender la realidad que es tremenda. Entonces la gente puede decir ¿pero por qué? ¡No! ¡Que se queden aquí las oportunidades! Pero no se preocupe, porque hay ventajas comparativas. Si se van de aquí habrán dejado aquí algo que, convenientemente utilizado, le dará a usted una ventaja comparativa.

L. E. G.: ¿Hasta qué punto la vida personal de los autores que cita en “Los enemigos…” influye en la obra de cada uno?

A. E.: Son vírgenes. Smith es virgen. Newton es virgen. Hume seguro que no. Cuando está por morir, le faltan diez días para morirse, en la autobiografía aquella dice “me muero sin dolor, estoy muy contento, he hecho una obra considerable, he podido dedicarme al conocimiento, que es lo que quería y además, por añadidura, he tenido el amor gentil de algunas damas que, sin merecerlo, me han otorgado sus favores”. Cuando uno llega a ese nivel de liberación y de gentileza, de elegancia, pues claro ¿qué puedes decir? ¡Chapó!

L. E. G.: ¿usted cree que entendiendo la vida se entiende mejor la obra?

A. E.: Mi trabajo va orientado a dar al lector fundamentos de juicio para que él piense por sí mismo. En unos casos pienso que sí, que influye la vida de los pensadores o de los actores históricos en lo que han defendido. En otros casos pienso que no tanto. Pero lo que guía mis actos y el hecho de que finalmente deje esa línea en vez de las cien que he tachado y quitado, es estimular al lector para que se forme su propio juicio.

L. E. G.: Llegamos a una obra de dos mil cien páginas y usted todavía no ha dicho una conclusión…

A. E.: Es que la conclusión sólo puede ser a posteriori. Es que necesito la experiencia para sacar conclusiones. Es que no sé nada antes de verlo.

L. E. G.: ¿Después de tanto trabajo está usted deseando decir esas conclusiones?

A. E.: Sí, pero necesito que los hechos las avalen y necesito terminar el relato de hechos.

L. E. G.: ¿Habrá un cuarto tomo que será las conclusiones de “Los enemigos…”?

A. E.: Puede ser. Eso sería una canallada par con mi editor, porque le obligaría a darme otro anticipo.

L. E. G.: Merece agradecer a la Editorial Espasa…

A. E.: Ana Rosa Semprún, la directora de Espasa, es una maravilla de persona. Ha confiado en mí. Es más, ha cedido mis derechos para Hispanoamérica, sabiendo que Espasa no podía distribuir ahí, ha dicho "nada, nada, que editen quienes sean, no vamos a impedir la difusión de tu pensamiento". ¡Cuánto se lo agradezco!

L. E. G.: ¿Qué es la historia? ¿Lo que fue o lo que intentamos creer que fue?

A. E.: La historia es el devenir real. La realidad concreta.

L. E. G.: Pero la interpretación que hacemos la transforma…

A. E.: No podemos cambiar los hechos históricos, por fortuna. Lo que podemos hacer es enmascararlos, soslayarlos… Pero por fortuna lo que se ha vivido, se ha vivido. Eso y no otra cosa.

L. E. G.: ¿Y por qué su relato de los que se ha vivido es tan distinto de los que se dice que se ha vivido?

A. E.: Porque entra en juego la idea fija. Entra en juego un señor que ya sabe, antes de ponerse a pensar o a escribir, qué es lo que ha pasado, que es muy diferente de mí. Yo estoy disfrutando del hallazgo porque vivo en la oscuridad y en la incertidumbre. Pero este señor no. Este señor tiene una actitud distinta. Freud le llamaría neurótico.

L. E. G.: Está iluminado…

A. E.: Es muy orgulloso y tiene complejo de inferioridad, sabiendo o no.

L. E. G.: Hay en la izquierda personas muy rescatables, como Eduard Bernstein, Francis Place… Otros son violentos… Rosa Luxemburg.

A. E.: Eduard Bernstein, Francis Place… Rosa Luxemburg personalmente no era violenta. Weber es el que dice "cuando estoy con Rosa de repente pienso que tengo los pies encharcados en sangre, porque hace unas soflamas tan incendiarias que la gente saldría de aquí a quemarlo todo". Pero ella era buena mujer y fue vil, asquerosa y brutalmente asesinada. Esta es una de las cosas que más impulso ha dado, y justificado, al comunismo alemán. El crimen de Rosa Luxemburg dio alas justificadamente al comunismo alemán.

L. E. G.: Pero ni Eduard Bernstein ni Francis Place son reivindicados por la izquierda actual. Esta izquierda parece reivindicar lo peor de sí misma…

A. E.: Es que está en decadencia. El propio concepto de izquierda y derecha está ya muy tocado. La izquierda, por eso mismo, está especialmente tocada. La representa el muchacho este de la coleta o el señor Maduro o la señora Kirchner. Siempre ha estado mal representada, pero a estos niveles actuales… Es tremendo, es como pasar del hospital al urinario.

L. E. G.: ¿Existe la derecha?

A. E.: Creo que no. Creo que toda la derecha se convirtió en centro desde la Segunda Guerra Mundial.

L. E. G.: Y la idea de institución…

A. E.: Es lo que decía Menger. ¿Cómo es posible que las cosas que nos importan y deciden que sigamos existiendo como especie y como naciones sean impersonales? Que nadie las haya planteado. Sean ellas solas las que se imponen y forman la realidad. ¿Cómo es posible que sea inconsciente el fundamento de las consciencia? Eso es el final del tocho de Menger sobre los “Principios de economía” y es genial. Dice Menger: “sólo me interesan las consecuencias no pretendidas de la acción, porque lo que pretende la acción es obvio, es lineal; pero que tantos fines hayan producido resultados divergentes para con el fin mismo… ahí está el objeto de la ciencia social”. Ese es el espíritu animador de “Los enemigos del comercio”.

L. E. G.: ¿Quiere dejar algo como última reflexión?


A. E.: Hay personas que quizá no han descubierto todavía la alegría de cambiar de idea. El íntimo orgullo que deriva de que tú estabas convencido de fu o fa y que, de repente, la experiencia (si es otra fuente no vale) te cambia. Y entonces dices ¡Dios mío! Y te pones a estudiar o a hacer a otro nivel. Es decir, la fuente del cambio, la vitalidad. Eso quería decir.

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