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domingo, 27 de marzo de 2016

Bertrand de Jouvenel: «Los intelectuales europeos y el capitalismo» I



I
Observamos con grave preocupación la actitud de los intelectuales occidentales respecto a la sociedad en que viven. El hombre posee imágenes mentales, representaciones a escala progresiva del Universo, de los objetos y de las fuerzas presentes en él, de sí mismo y de su relación con estos objetos y estas fuerzas. Estas imágenes se pueden comparar, poco más o menos, a los antiguos mapas adornados con pequeñas figuras. Obrar racionalmente significa, en cierto sentido, orientarse con la ayuda de los mapas, aun cuando sean inexactos, de que cada uno puede disponer. La amplitud, la riqueza de detalles y la precisión de estos mapas o representaciones dependen enteramente de la comunicación entre los individuos. La educación consiste en la transmisión de cierto número de estas imágenes y en el fomento de la natural facultad de producirlas. En cualquier grupo social elegido al azar se puede observar que no todos los miembros son igualmente activos en la comunicación; en toda sociedad organizada conocida, una parte de los miembros está especializada en el tratamiento de la misma. Su importancia para la sociedad es inmensa: la acción “racional”, individual o colectiva, ha de realizarse sobre la base “conocida” de las imágenes de la realidad que han sido difundidas. Estas imágenes pueden ser engañosas, y entonces la acción “racional” que se basa en “mapas” mal trazados es absurda a la luz de un conocimiento mejor y puede resultar perjudicial; el estudio de las sociedades primitivas nos proporciona numerosos ejemplos. Desde el punto de vista subjetivo es racional combatir contra los molinos de viento, si se está plenamente convencido de que son gigantes malvados que tienen prisioneras a encantadoras princesas. Pero es más exacto considerarlos como aparatos, no muy eficaces, para aprovechar —con el fin de moler cereales— una forma de energía que aparece de manera muy irregular. Puede suceder que no tengamos simpatía por el molinero, que puede ser una mala persona; pero es pura fantasía poética, en el mejor de los casos, ver en él a un personaje que causa perjuicios a los campos desplegando sus malvadas alas. No faltan entre los intelectuales occidentales alucinaciones de este tipo, derivadas del injerto de un fuerte sentimiento sobre un débil tronco de conocimiento positivo. El conocimiento positivo es un modo de entender las cosas que nos rodean, que nos permite seguir el mejor camino hacia nuestra meta. Así, una cierta comprensión de las fuerzas que operan el ambiente en que nos movemos nos ha permitido hacerles actuar para nuestros fines y es un hecho demostrado por la experiencia que se puede cambiar la disposición de los hombres (es decir de la sociedad), lo mismo que la disposición de las cosas (es decir de la naturaleza). Como en el ejemplo anterior, ello exige conocimiento: al ignorante los mecanismos sociales le parecen inútilmente complicados, lo mismo que le parece enormemente complicada una máquina. En realidad, como sabemos, toda estructura orgánica es mucho más compleja que una estructura inorgánica, pero los hombres son mucho más reacios a admitir su propia ignorancia en cuestiones sociales que cuando se trata de fenómenos físicos: “de re mea agitur”. Añádase que en el campo de la sociedad humana el criterio de juicio es doble.

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