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lunes, 28 de marzo de 2016

Bertrand de Jouvenel: «Los intelectuales europeos y el capitalismo» II



I I

Los hombres expresan juicios de valor, algunos de los cuales son éticos y se refieren al “bonum honestum”; estos juicios no se refieren nunca a fuerzas o entidades que se sepa carecen de inteligencia. Un niño o un salvaje llevados a ver un horno siderúrgico pueden asustarse del ruido y llamarlo “malo”. Pero abandonarán esta idea apenas comprendan que el horno no tiene alma. Nadie que tenga en la materia conocimientos fundados pensará que el horno es malo sólo porque es intensamente rojo, emite a veces torrentes de lava incandescente y se nutre de chatarra y carbón, que es negro. Se trata sencillamente de un ingenio, bueno en cuanto instrumento, ya que permite producir instrumentos y máquinas que sirven a los fines del hombre. Ninguna persona razonable echará la culpa al horno por la maldad de ciertos fines para los que las máquinas son usadas por los hombres (como una guerra de agresión) y todos comprenden que la máquina es un buen servidor y que sólo los hombres son responsables del mal uso que de ellas se hace; al escolar que se obstine en una concepción animista el maestro le demostrará que se trata de una superstición y, sin embargo, el mismo maestro considera acaso el “capitalismo” de la misma manera que el alumno supersticioso e ignorante considera el horno y ve en él el monstruo malvado autor de daños y perjuicios y no instrumento, útil lo mismo que el horno, para la producción de bienes instrumentales. Es indiscutible que las consideraciones morales tienen su importancia cuando se valoran los aparatos sociales, al contrario de lo que ocurre respecto de los ingenios mecánicos. Todo sucede porque en los aparatos sociales intervienen factores morales, por lo que dichos aparatos se prestan a un doble criterio de valoración: la eficacia y la moralidad. Una discusión general sobre la compatibilidad de estos criterios nos llevaría al campo de la metafísica, pero nosotros trataremos de permanecer en un plano menos elevado. Puesto que el atributo de bueno y de malo (desde un punto de vista moral) se refiere sólo a las conciencias, un instrumento puede ser malo sólo indirectamente. Es claramente digno de ser condenado el instrumento que hace peores a los hombres; tal es el criterio en que se basó Platón para definir como “mala” la política de Pericles. Algunos entre los más grandes pensadores de la humanidad han sostenido que el hombre se hace peor desarrollando sus necesidades y se hace mejor reprimiéndolas; los estoicos subrayaron que nos hacemos esclavos de nuestros deseos, los cínicos añadieron que toda renuncia a un deseo representa la conquista de un grado de libertad, los primeros padres de la Iglesia enseñaron que el interés por los bienes materiales nos pone bajo el dominio del “príncipe de este mundo” y, en una época más cercana a nosotros, Rousseau reelaboró este tema con fascinadora elocuencia. Si se adopta este punto de vista, son realmente “malos” aquellos instrumentos que tratan, de cualquier manera, de ampliar la esfera de nuestras necesidades, satisfaciéndolas una tras otra, haciendo entrever la esperanza de poder satisfacer cualquier nueva necesidad. Según este criterio, aquel instrumento social que es el capitalismo es “malo”, pero por la misma razón lo son también los aparatos mecánicos de la industria. Sin embargo esta opinión no la admiten los contemporáneos, los cuales más bien desean ardientemente que sus necesidades puedan ser satisfechas cada vez mejor. Por esta razón, parece que las invectivas contra el “dinero” carecen de sentido: si los hombres desean “bienes”, no pueden menos de desear el dinero, que es el denominador común de estos bienes, la puerta que da entrada a los mismos y el “poder del dinero” no es otra cosa que la materialización del poder de estos bienes sobre los deseos humanos.

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