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miércoles, 30 de marzo de 2016

Bertrand de Jouvenel: «Los intelectuales europeos y el capitalismo» IV



IV

No hay que excluir que la representación mental del capitalismo haya reflejado una dicotomía que los economistas clásicos consideraban necesaria en el plano lógico: la distinción entre consumidor y trabajador. El empresario era representado como sirviendo al consumidor y sirviéndose del trabajador. Semejante distinción puede hacerse también en el caso de Robinson Crusoe: se pueden representar sus recursos físicos (“el trabajador”) en el acto de ser explotados para satisfacer sus necesidades (“el consumidor”). Esta materialización de los dos aspectos del público podía sostenerse intelectualmente al comienzo de lo que llamamos época capitalista. En efecto, hasta entonces el público consumidor se distinguía netamente del público trabajador formado por los artesanos, dedicados principalmente a la producción de bienes de lujo para uso de los ricos, los cuales vivían de ingresos no ganados procedentes de los productos del campo. Pero precisamente en la época capitalista, los asalariados productores de bienes industriales y los compradores de tales bienes en el mercado se fueron identificando cada vez más. Podría hacerse una extraordinaria ilustración de la evolución social averiguando qué parte de los bienes de consumo producidos industrialmente ha ido a parar a los asalariados ocupados en su producción. Esta parte ha ido en constante aumento con el capitalismo, de suerte que la distinción se ha convertido cada vez más en un concepto teórico. Es innecesario observar que esta distinción es intelectualmente útil en toda economía en la que prevalece la división del trabajo. También el trabajador soviético es empleado para servir al consumidor soviético; la diferencia consiste en que es empleado más despiadadamente como trabajador y se le da menos como consumidor. Por gran parte de los intelectuales occidentales contemporáneos se construye y difunde una imagen deformada de nuestras instituciones económicas. Se trata de un hecho peligroso, pues tiende a apartar de tareas realizables y constructivas un sano estímulo a la reforma orientándolo hacia tareas irrealizables y destructivas. La parte que el historiador ha tenido en la deformación de la imagen ha sido ya examinada, especialmente en lo que concierne a la interpretación de la “revolución industrial”. No tengo mucho que añadir. Los historiadores, al describir las miserables condiciones sociales cuyas pruebas han encontrado ampliamente, han cumplido con lo que evidentemente era su deber; pero han sido sumamente incautos en la interpretación de los hechos. En primer lugar, han dado, al parecer, por demostrado que el repentino aumento de la conciencia social y de la indignación por la miseria sea indicio seguro de un aumento de la indigencia; no parece que hayan pensado mucho en la posibilidad de que este aumento de conciencia dependiera también de los nuevos medios de expresión (debido, en parte, a la concentración de los trabajadores, y, en parte, a una mayor libertad de palabra), de una creciente sensibilidad filantrópica (como lo demuestra la lucha por la reforma de las leyes penales) y de una nueva conciencia del poder del hombre para combatir las cosas, causada por la propia revolución industrial. En segundo lugar, no parece que distinguieran suficientemente entre los sufrimientos que acompañan a toda gran migración (y hubo una emigración hacia la ciudad) y los producidos por el sistema de fábrica. Finalmente, no parece que hayan atribuido suficiente importancia a la revolución demográfica. Si hubieran empleado el método comparativo, tal vez habrían descubierto que una fuerte afluencia hacia las ciudades, con sus secuelas de pobreza y miseria, se produjo también en países no afectados por la revolución industrial, donde aparecieron miles de mendigos en lugar de trabajadores mal pagados. En igualdad de presión demográfica, ¿habrían sido mejores las condiciones sin el desarrollo capitalista? La respuesta está implícita en las condiciones de los países superpoblados y subdesarrollados. Pero los errores metodológicos de este tipo son insuficientes frente a los errores de fondo.

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