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jueves, 3 de marzo de 2016

Friedrich August von Hayek “Los Intelectuales y el Socialismo” (1949) I


The Intellectuals and Socialism

Los intelectuales y el socialismo

En todos los países democráticos, y en los Estados Unidos más que en otras partes, prevalece la firme creencia de que la influencia de los intelectuales en la política es insignificante. Esto es verdad sin duda si nos referimos al poder de los intelectuales para influir, con sus peculiares opiniones, sobre las decisiones del momento, en la medida en que pudieran modificar el voto popular en cuestiones sobre las que difieren de la visión actual de las masas. Sin embargo, de alguna manera, tomados en consideración períodos de cierta duración, probablemente nunca han ejercido una influencia tan grande como la que ejercen hoy en esos países. Este poder lo ejercen porque dan forma a la opinión pública. A la luz de la historia reciente es un tanto curioso que este decisivo poder de los distribuidores profesionales de ideas de segunda mano no sea reconocido más ampliamente. El desarrollo político del mundo occidental durante los últimos cien años proporciona la más clara demostración. El socialismo nunca y en ninguna parte ha sido un movimiento de la clase obrera. De ninguna manera es el socialismo una solución obvia para los obvios males que los intereses de esa clase necesariamente exigirían. Por el contrario, es una construcción de teóricos que se deriva de ciertas tendencias del pensamiento abstracto con las que, durante largo tiempo, sólo los intelectuales estaban familiarizados, construcción que requirió grandes esfuerzos por parte de los intelectuales antes de que la clase obrera pudiera ser persuadida para que la adoptara como su programa. En todos los países que se han movido hacia el socialismo, la fase del desarrollo en la que el socialismo se convierte en una influencia determinante en la política ha sido precedida, durante muchos años, por un período durante el cual los ideales socialistas gobernaron tan sólo el pensamiento de los intelectuales más activos. En Alemania se llegó a esta etapa al final del siglo XIX; en Inglaterra y Francia en la época de la Primera Guerra Mundial. Para el observador informal parecería como si Estados Unidos hubiera llegado a esta fase después de la Segunda Guerra Mundial y que el atractivo de un sistema de planificación y dirigismo económicos es ahora tan fuerte, entre los intelectuales de América, como lo fue desde antes entre sus colegas alemanes o ingleses. La experiencia sugiere que, una vez alcanzada esta fase, no es más que cuestión de tiempo que el punto de vista sustentado en este momento por los intelectuales se convierta en la fuerza rectora de la política. Por lo tanto el carácter del proceso por el que las opiniones de los intelectuales influyen en las políticas del mañana tiene un interés mucho más que académico. Ya sea que simplemente deseen prever el curso de los acontecimientos, ya sea que traten de influirlos, es un factor de mucho mayor importancia de lo que generalmente se entiende. Lo que a un observador contemporáneo le aparece como una lucha de intereses contradictorios, con frecuencia se ha decidido de hecho largo tiempo antes, en un conflicto de ideas limitadas a círculos restringidos. Sin embargo, paradójicamente, en general los partidos de izquierda han hecho más para difundir la creencia de que fue la fuerza numérica, tras los intereses materiales opuestos, la que decidió los problemas políticos, siendo así que, en la práctica, estos mismos partidos han actuado habitual y exitosamente como si entendiesen el carácter decisivo del posicionamiento de los intelectuales. Ya sea siguiendo un plan o impulsados por la fuerza de las circunstancias, siempre han dirigido su esfuerzo principal hacia la obtención del apoyo de esta “élite", mientras que los grupos más conservadores han actuado habitualmente, aunque sin éxito, siguiendo el punto de vista más ingenuo de la democracia de masas y, por lo general, han intentado en vano contactar directamente con el votante individual y persuadirlo.

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