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viernes, 25 de marzo de 2016

Friedrich August von Hayek “Los Intelectuales y el Socialismo” (1949) VI





La importancia que tiene el hecho de que el socialismo atraiga a los intelectuales gracias a su carácter especulativo quedará más clara si además contrastamos la posición del teórico socialista con la de su contraparte, que es un liberal en el antiguo sentido de la palabra. Esta comparación además nos permitirá extraer una lección que facilitará una apreciación adecuada de las fuerzas intelectuales que están socavando las bases de la sociedad libre. Paradójicamente, uno de los principales obstáculos que privan al pensador liberal de influencia popular está estrechamente relacionado con el hecho de que, desde que apareció, el socialismo tiene más oportunidades de influir directamente en las decisiones políticas a corto plazo y que, en consecuencia, no sólo no está incentivado para caer en la especulación a largo plazo, que es el punto fuerte de los socialistas, sino que en realidad es desalentado de ella, ya que cualquier esfuerzo de este tipo es probable que reduzca el bien inmediato que puede hacer. Cualquiera que sea el poder que el pensador liberal tenga para influir en las decisiones prácticas, se lo debe a su posición con respecto a los representantes del orden existente, y esa situación se pondría en peligro si se dedicara a la clase de especulación que podría atraer a los intelectuales y que, a través de ellos, podría influir en la evolución a largo plazo. Con el fin de contemporizar con los poderes existentes tiene que ser “práctico", “sensible" y “realista". Siempre y cuando el liberal se refiera a los problemas inmediatos, se lo recompensa con el éxito material, la influencia y la popularidad entre los que, al menos hasta cierto punto, comparten su perspectiva general. Pero estos hombres tienen poco interés las especulaciones sobre los principios generales que ayudarán a conformar el clima intelectual. En efecto, si el liberal se entrega seriamente a tales especulaciones a largo plazo, adquiere fácilmente la reputación de “poco seguro” o incluso de “socialista a medias”, porque es reacio a identificar el orden existente con el sistema libre a que aspira.3 Si, a pesar de esto, sus esfuerzos continúan en la dirección de la especulación general, descubre pronto que no es seguro acercarse demasiado a los que parecen compartir la mayoría de sus convicciones y pronto es conducido al aislamiento. De hecho hay pocas tareas más ingratas en la actualidad que aquella esencial tarea de desarrollar los fundamentos filosóficos sobre las cuales debe basarse el desarrollo de una sociedad libre. Puesto que el hombre que se compromete a ello debe aceptar gran parte del marco que configura el orden existente, aparecerá para muchos intelectuales de mentalidad más especulativa como meramente un tímido apologista de las cosas tal y como son y, al mismo tiempo, será desatendido por los hombres prácticos como un teórico impráctico. No será suficientemente radical para aquellos que sólo aceptan un mundo en el que “los pensamientos conviven fácilmente unos con otros” y demasiado radical para los que sólo ven lo “los duro que es el choque de las ideas unas con otras". Si se vale del apoyo que pueda obtener de los hombres de negocios, es casi seguro que se desacreditará a sí mismo ante aquellos de quienes depende para la difusión de sus ideas. Al mismo tiempo tendrá que ser muy cuidadoso para evitar parecer extravagante o exagerado. Mientras que nunca se ha dado el caso de un teórico socialista que se haya desacreditado ante sus pares ni siquiera con la más necia de las propuestas, el liberal clásico se condena a sí mismo con una sugerencia impracticable. Sin embargo para los intelectuales no será todavía suficientemente especulativo o aventurado y los cambios y mejoras en la estructura social que pueda ofrecer parecerán limitados en comparación con los que su imaginación menos contenida pudiera llegar a concebir. En una sociedad en la que las principales condiciones de la libertad ya se han conseguido y futuras mejoras conciernen a puntos comparativamente de detalle, el programa liberal ya no puede tener nada del glamour de una novedad. La valoración de las mejoras que ofrece requiere mayor conocimiento del funcionamiento de las actuales sociedades que el que posee el intelectual promedio. La discusión de estas mejoras tiene que hacerse a nivel más práctico que el de los programas revolucionarios, y esta discusión tiene poco atractivo para el intelectual y tiende a introducir elementos con los que se siente directamente incompatible. Los que están más familiarizados con el funcionamiento de la sociedad actual también suelen estar interesados en la preservación de rasgos particulares de la sociedad que pueden no ser defendibles desde puntos de vista más generales. A diferencia de la persona que busca un futuro orden totalmente nuevo y que, en consecuencia, busca la guía de teóricos, los hombres que creen en el orden existente suelen pensar que lo entienden mucho mejor que cualquier teórico y, en consecuencia, es probable que rechacen todo lo teórico o lo que no es familiar. La dificultad de encontrar un apoyo genuino y desinteresado a una política sistemática a favor de la libertad no es nueva. Un pasaje de la reseña de un reciente libro mío me ha recordado lo que Lord Acton escribió hace mucho tiempo: “en todos los tiempos han sido raros los sinceros amigos de la libertad y sus éxitos se han debido a minorías, que han prevalecido asociándose con gentes cuyos objetivos diferían del propio, y esta asociación, que siempre es peligrosa, ha sido a veces desastrosa, dando sólo nuevos motivos de oposición a los que se oponen a la libertad...” 4 Más recientemente, uno de los más destacados economistas norteamericanos vivos se ha quejado en una línea similar de que la principal tarea de los que creen en los principios básicos del sistema capitalista habrá de ser, con frecuencia, defender este sistema contra los capitalistas; en realidad los grandes economistas liberales, desde Adam Smith hasta el presente, siempre lo han sabido. El obstáculo más grave que separa a los hombres prácticos que tienen genuinamente en el corazón la causa de la libertad, de las fuerzas que en el ámbito de las ideas deciden el curso del desarrollo, es su profunda desconfianza con respecto a la especulación teórica y su tendencia a la ortodoxia, lo que, más que cualquier otra cosa, crea una casi infranqueable barrera entre ellos y los intelectuales que se dedican a la misma causa y cuya colaboración es indispensable si la causa de la libertad ha de prevalecer. Aunque esta tendencia es tal vez natural entre los hombres que defienden un sistema que se ha justificado a sí mismo en la práctica y para quienes su justificación intelectual parece irrelevante, es fatal para su supervivencia, ya que lo priva de la ayuda más necesaria. La ortodoxia de cualquier tipo, cualquier pretensión de que un sistema de ideas es definitivo y debe ser aceptado como un todo, es una postura que necesariamente se opone a todos los intelectuales, cualesquiera que sean sus opiniones sobre cuestiones particulares. Cualquier sistema que juzga a los hombres por la integridad de su conformidad a un conjunto fijo de opiniones, por su “solidez” o el grado en el que se puede confiar en que comparten los puntos de vista aprobados en todos los asuntos, se priva de una herramienta sin la cual ningún conjunto de ideas puede mantener su influencia en la sociedad moderna. La posibilidad criticar puntos de vista aceptados, explorar nuevos horizontes y experimentar con nuevas concepciones, ofrece el ambiente sin el cual el intelectual no puede respirar. La causa que no ofrece esas posibilidades no puede tener su apoyo y está, por lo tanto, condenada en cualquier sociedad que, como la nuestra, se apoya en sus servicios.

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