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viernes, 4 de marzo de 2016

Friedrich August von Hayek “Los Intelectuales y el Socialismo” (1949) II


The Intellectuals and Socialism

Los intelectuales y el socialismo

El término “intelectuales", sin embargo, no transmite una imagen fiel de la gran clase a la que nos referimos, y el hecho de que no tenemos ningún nombre mejor con el que nombrar a los que hemos llamado distribuidores de segunda mano de las ideas no es la menor de las razones por las que su poder no se entiende. Incluso las personas que usan la palabra “intelectual” sobre todo como un insulto se sienten inclinadas a sostener que muchos, sin duda, realizan esa función característica. Ésta ocupación no es ni la del pensador original ni la del erudito o experto en un campo del pensamiento. El típico intelectual no precisa ser ninguna de las dos cosas: ni necesita poseer un conocimiento especial de cualquier cosa en particular, ni necesita ser siquiera particularmente inteligente para llevar a cabo su papel como intermediario en la difusión de ideas. Lo que lo califica para su trabajo es la amplia gama de temas sobre los que fácilmente puede hablar y escribir, y una posición o unos hábitos a través de los cuales adquiere las nuevas ideas antes que aquellos a quienes él se dirige. Hasta que uno comienza a enumerar todas las profesiones y actividades que pertenecen a esta clase es difícil darse cuenta de lo numerosa que es, de cómo el alcance de sus actividades está en constante aumento en la sociedad moderna y de lo dependientes de ellas en que todos nos hemos convertido. La clase no consiste sólo en los periodistas, maestros, sacerdotes, profesores, publicistas, comentaristas de radio, escritores de ficción, dibujantes y artistas, todos los cuales pueden ser maestros en la técnica de transmitir ideas, pero son generalmente aficionados por lo que se refiere a lo que transmiten. También incluye a muchos profesionales y técnicos, como científicos y médicos, que a través de su relación habitual con la palabra impresa se convierten en portadores de nuevas ideas fuera de sus propios campos y que, debido a su conocimiento experto de sus propias materias, son escuchados con respeto por la mayoría de los demás. El hombre común de hoy en día se entera de pocos acontecimientos o ideas como no sea por medio de esta clase y, fuera de nuestras áreas especiales de trabajo, casi todos somos hombres comunes, que dependemos para nuestra información e instrucción de aquellos cuyo trabajo consiste en mantenernos al corriente de la actualidad. Son los intelectuales, en este sentido, los que deciden qué puntos de vista y opiniones nos llegarán, qué hechos son lo suficientemente importantes como para que estemos enterados y en qué forma y desde qué ángulo se van a presentar. Si alguna vez aprendemos algo de los resultados del trabajo del experto y del pensador original, ello dependerá principalmente de las decisiones de los intelectuales. Tal vez la persona común no es plenamente consciente de hasta qué punto, incluso la reputación popular de los científicos y académicos es creada por las personas de esta clase y su prestigio se ve inevitablemente afectado por sus puntos de vista sobre temas que poco tienen que ver con los méritos de sus logros reales. Y es especialmente significativo para nuestro problema que probablemente todo académico puede nombrar a varios hombres que han alcanzado una inmerecida reputación de grandes científicos por el mero hecho de poseer lo que los intelectuales consideran puntos de vista políticos “progresistas”, y yo todavía no he encontrado un solo caso de pseudoreputación científica que haya sido otorgada a un estudioso de tendencias más conservadoras. Esta creación de la reputación por los intelectuales es particularmente importante en aquellos campos en los que los resultados del estudio de tales expertos no son utilizados por otros expertos, sino que dependen de la decisión política de la población en general. De hecho es difícil encontrar mejor ilustración de esto que la actitud de economistas profesionales que ha conducido al crecimiento de doctrinas como el socialismo o el proteccionismo. Probablemente no ha habido en ningún momento una mayoría de economistas, reconocidos como tales por sus pares, que sean favorables al socialismo (o, para el caso, al proteccionismo). Con toda probabilidad es igualmente cierto que ningún otro grupo similar de académicos contiene tan alta proporción de sus miembros decididamente opuestos al socialismo (o al proteccionismo). Esto es tanto más significativo si se piensa que probablemente, en tiempos recientes, lo que indujo a muchos a elegir la economía como profesión fue un temprano interés por las doctrinas de reforma socialista. Sin embargo no es el punto de vista predominante entre los expertos, sino el punto de vista de una minoría y en ella muchos de los que la integran de competencia bastante dudosa en su profesión; pero ese punto de vista es adoptado y difundido por los intelectuales. La influencia omnipresente de los intelectuales en la sociedad contemporánea está siendo reforzada por la creciente importancia de la “organización". Es una creencia común, pero probablemente errónea, que el aumento de la “organización” incrementa la influencia del experto o especialista. Esto puede ser cierto para los administradores y organizadores expertos, si existen tales personas, pero difícilmente lo es para el experto en un campo determinado del conocimiento. Por el contrario, la que se incrementa es la influencia de las personas cuyo conocimiento general se supone que los califica para apreciar el testimonio del especialista y para juzgar a los expertos de diferentes campos. El punto que es importante para nosotros, sin embargo, es que el estudioso que se convierte en presidente de Universidad, el científico que se hace cargo de un Instituto o Fundación, el erudito que se convierte en editor o en promotor activo de una Organización que sirve a una causa en particular, todos, rápidamente, dejan de ser sabios o expertos y se convierten en intelectuales, que se mueven únicamente impulsados por ciertas ideas generales que están de moda. El número de esas instituciones que engendran intelectuales y aumentan su número y poder crece cada día. Casi todos los “expertos” en la mera técnica de conseguir conocimiento experto son, con respecto a las otras la materia de las que se ocupan, intelectuales y no expertos. En el sentido en que estamos usando el término los intelectuales son, de hecho, un fenómeno muy reciente en la historia. Aunque nadie lamenta de que la educación haya dejado de ser privilegio de las clases propietarias, el hecho de que las clases propietarias ya no sean las mejor educadas y el hecho de que gran número de personas deban su posición exclusivamente a su educación genera y no posean la experiencia del funcionamiento del sistema económico que la administración de la propiedad ofrece, son importantes para comprender el papel que juega el intelectual. El profesor Schumpeter, que ha dedicado un esclarecedor capítulo de su libro “Capitalismo, Socialismo y Democracia” a algunos aspectos de nuestro problema, no se equivocaba al hacer hincapié en que la ausencia de responsabilidad directa en asuntos prácticos y la consiguiente ausencia de conocimiento de primera mano es lo que distingue al típico intelectual de otras personas que también detentan el poder de la palabra hablada y escrita. Sin embargo nos llevaría demasiado lejos examinar más extensamente aquí el desarrollo de esta clase y la curiosa idea, propuesta recientemente por uno de sus teóricos, de que es la única clase cuyos puntos de vista no están decididamente influenciados por sus propios intereses económicos. Uno de los puntos importantes que tendrían que ser examinados en este debate sería en qué medida el crecimiento de esta clase ha sido artificialmente estimulado por la ley de derechos de autor.

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