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sábado, 5 de marzo de 2016

Friedrich August von Hayek “Los Intelectuales y el Socialismo” (1949) III


The Intellectuals and Socialism

Los intelectuales y el socialismo

No es de extrañar que los verdaderos eruditos y expertos y los hombres prácticos sientan a menudo desprecio por el intelectual, se muestren poco inclinados a reconocer su influencia y actúen resentidos cuando la descubren. Individualmente consideran a la mayoría de los intelectuales como personas que no entienden nada en particular especialmente bien y cuyos juicios, en asuntos que ellos mismos comprenden, muestran pocos signos de especial sabiduría. Sin embargo sería un error fatal subestimar su influencia por este motivo. A pesar de que su conocimiento puede ser a menudo superficial y su inteligencia limitada, eso no altera el hecho de que es su juicio el que determina fundamentalmente los puntos de vista sobre los que la sociedad actuará en un futuro no muy lejano. No es exagerado decir que, una vez que la parte más activa de los intelectuales se ha convertido a un conjunto de creencias, el proceso mediante el cual éstas se convierten en generalmente aceptadas es casi automático e irresistible. Estos intelectuales son los órganos que la sociedad moderna ha desarrollado para la difusión del conocimiento y sus ideas, convicciones y opiniones funcionan como el filtro a través del cual todas las nuevas concepciones y opiniones deben pasar antes de que puedan llegar a las masas. Corresponde a la naturaleza del trabajo del intelectual el usar su propio conocimiento y convicciones en el desempeño de su tarea diaria. Él ocupa su posición debido a que posee o ha tenido que lidiar día a día con el conocimiento que, en general, su empleador no posee y, por lo tanto, sus actividades pueden ser dirigidas por otros sólo en grado limitado. Y es porque los intelectuales son en su mayoría intelectualmente honestos, por lo que es inevitable que sigan sus propias convicciones cada vez que actúen discrecionalmente y que dejen la marca de esas convicciones en todo lo que pasa a través de sus manos. Aún cuando la dirección de las políticas esté en manos de hombres con diferentes puntos de vista, la ejecución de las políticas, en general, estará en manos de los intelectuales y, frecuentemente, es la decisión sobre los detalles la que determina el efecto neto. Encontramos esto ilustrado en casi todos los ámbitos de la sociedad contemporánea. Prensa de propiedad “capitalista", universidades presididas por órganos de gobierno “reaccionarios", emisoras de radiodifusión propiedad de gobiernos conservadores, han trabajado para influir a la opinión en dirección al socialismo, porque tal era la convicción de las personas que trabajaban allí. Esto ha sucedido muchas veces, no sólo a pesar de, sino tal vez incluso a causa de los intentos de la dirección de controlar la opinión e imponer los principios de la ortodoxia. El efecto de este filtrado de ideas a través de las convicciones de una clase, que está constitucionalmente inclinada a ciertos puntos de vista, no está en absoluto limitado a las masas. Generalmente los expertos, fuera de su campo especial, no son menos dependientes de esta clase y apenas resultan menos influenciados por sus opiniones. El resultado de esto es que hoy, en la mayor parte del mundo occidental, hasta los más decididos adversarios del socialismo reciben ideas de fuentes socialistas sobre una mayoría de temas acerca de los que no tienen información de primera mano. No siempre es obvia la conexión entre muchas de las preconcepciones más generales del pensamiento socialista y sus propuestas socialistas prácticas y, en consecuencia, muchos de los que se creen decididos opositores de ese sistema de pensamiento se convierten de hecho en difusores efectivos de sus ideas. ¿Quién no conoce al hombre práctico, que en su propio campo denuncia al socialismo como una “perniciosa podredumbre" pero que, cuando da un paso fuera de su campo, le brota el socialismo como a cualquier periodista de izquierdas? En ningún otro campo se hecho sentir la influencia predominante de los intelectuales socialistas con más fuerza, durante los últimos cien años, que en los contactos entre diferentes culturas nacionales. Iría mucho más allá de los límites de este artículo rastrear las causas y el significado del hecho, tan sumamente importante, de que en el mundo moderno los intelectuales proporcionan casi la única aproximación disponible a la comunidad internacional. Es esto lo que explica, principalmente, el extraordinario espectáculo de que el supuestamente “capitalista” Occidente haya estado, durante generaciones, prestando apoyo moral y material casi exclusivamente a aquellos movimientos ideológicos de los países orientales, cuyo objetivo era socavar la civilización occidental y que, al mismo tiempo, la información que el público occidental ha obtenido, acerca de los acontecimientos en Europa Central y Oriental, haya estado casi inevitablemente coloreada con un sesgo socialista. Muchas de las actividades “educativas” de las fuerzas estadounidenses de ocupación en Alemania han aportado recientemente claros ejemplos de esta tendencia. Así pues lo más importante es una adecuada comprensión de las razones por las que muchos intelectuales se inclinan hacia el socialismo. El primer punto que los no socialistas deben afrontar francamente es que no son ni intereses egoístas, ni malas intenciones, sino convicciones mayoritariamente honestas y buenas intenciones las que determinan los puntos de vista de los intelectuales. De hecho hay que reconocer que, en general, el típico intelectual de hoy en día es más probable que sea un socialista guiado por su buena voluntad e inteligencia y que, en el plano de la argumentación puramente intelectual, será generalmente capaz de afrontar un asunto mejor que la mayoría de sus oponentes dentro de la intelectualidad. Si seguimos pensando que está equivocado hay que reconocer que puede tratarse de un error genuino, que induce a personas bien intencionadas e inteligentes, que ocupan puestos clave en nuestra sociedad, a difundir puntos de vista que nos parecen una amenaza para nuestra civilización.1 Nada podría ser más importante que tratar de entender las fuentes de este error con el fin de poder contrarrestarlo. Sin embargo, aquellos que son generalmente considerados como los representantes del orden existente y que creen que comprenden los peligros del socialismo están las más de las veces muy lejos de esa comprensión. Tienden a considerar a los intelectuales socialistas tan sólo como un puñado de radicales perniciosos, sin comprender su influencia y, por su actitud hacia ellos, consiguen impulsar aún más su oposición al orden existente.


1 No fue por tanto (como ha sido sugerido un lector de “Camino de Servidumbre”, el profesor J. Schumpeter) "un exceso de cortesía", sino la profunda convicción de la importancia del problema lo que me condujo, en palabras del profesor Schumpeter, “no atribuir casi nunca a los contradictores cosa distinta de un error intelectual.”

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