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domingo, 6 de marzo de 2016

Friedrich August von Hayek “Los Intelectuales y el Socialismo” (1949) IV


The Intellectuals and Socialism

Los intelectuales y el socialismo

Si queremos entender este sesgo peculiar de una gran parte de los intelectuales debemos tener claro dos puntos. El primero es que, por lo general, juzgan todos los asuntos particulares exclusivamente a la luz de ciertas ideas generales; el segundo que los errores característicos de cualquier época se derivan con frecuencia de algunas genuinas nuevas verdades que han sido descubiertas, de tal forma que tales errores son las aplicaciones engañosas de generalizaciones novedosas que han demostrado su valor en otros campos. La conclusión a la que tendremos que llegar, si somos capaces de llevar a cabo una evaluación completa de los hechos, será que la refutación efectiva de dichos errores característicos exige frecuentemente un mayor progreso intelectual y, a menudo, avanzar en puntos que son muy abstractos y pueden parecer muy alejados de las cuestiones prácticas. El rasgo más característico del intelectual es, tal vez, que juzga las nuevas ideas no tanto por sus méritos específicos, como por la facilidad con que se ajustan a sus concepciones generales, a la imagen de lo que él considera un mundo moderno o avanzado. Es a través de la influencia sobre los intelectuales y sobre la elección que ellos hacen de opiniones acerca de cuestiones particulares, que el poder de las ideas buenas y malas crece de forma proporcional a su generalidad, abstracción e incluso vaguedad. Como saben poco sobre temas particulares, sus nuevos criterios deben ser coherentes con sus otros puntos de vista y útiles para combinarse de modo que proporcionen una imagen coherente del mundo. Sin embargo la selección que haga, entre la multitud de nuevas ideas que se presentan en cada momento, crea el clima de la opinión característico, la cosmovisión dominante de un período, que será favorable a la recepción de algunas opiniones y desfavorable a las demás y que hará que el intelectual esté dispuesto a aceptar una conclusión y a rechazar otra sin una verdadera comprensión de los asuntos. En efecto, en algunos aspectos el intelectual está más cerca del filósofo que de cualquier especialista y el filósofo es una especie de príncipe entre los intelectuales. La influencia del filósofo es del mismo tipo que la de los intelectuales, en general, y, a largo plazo, aún más potente, a pesar de que esa influencia esté más alejada de los asuntos prácticos y de que, en consecuencia, actúe más lentamente y sea más difícil de rastrear que la de los otros intelectuales. El filósofo realiza el mismo esfuerzo en pos de una síntesis (aunque la persigue más metódicamente); enjuicia los puntos de vista particulares intentando hacerlos encajar en un sistema general de ideas y no atendiendo a sus méritos específicos; lleva a cabo el mismo esfuerzo para lograr una visión coherente del mundo y es en función de ese objetivo que acepta o rechaza las ideas. Probablemente por esta razón el filósofo tiene mayor influencia sobre los intelectuales que cualquier otro erudito o científico y, más que ningún otro, determina la forma en que los intelectuales ejercen su función de censura. La influencia popular del especialista científico comienza a rivalizar con la del filósofo sólo cuando deja de ser un especialista y comienza a filosofar sobre el progreso de su objeto de estudio y, por lo general, sólo después de haber sido adoptado por los intelectuales, por razones que poco tienen que ver con su eminencia científica. El “clima de opinión” de cualquier período es, esencialmente, un conjunto de ideas preconcebidas de carácter muy general, a través del cual el intelectual juzga la importancia de los nuevos hechos y opiniones. Principalmente estos prejuicios son aplicaciones de los que le parecen los aspectos más significativos de los logros científicos; son una transferencia a otros campos de lo que más le impresionó en el trabajo de los especialistas. Se podría dar una larga lista de tales modas y reclamos mentales, que en el curso de dos o tres generaciones han dominado el pensamiento de los intelectuales. Ya se trate de la “aproximación histórica" o de la teoría de la evolución, del determinismo del siglo XIX y o de la creencia en la influencia predominante del medio ambiente frente a la herencia, de la teoría de la relatividad o de la creencia en el poder del inconsciente, cada una de estas concepciones generales se ha convertido en la piedra de toque mediante la cual se han evaluado las innovaciones en los diferentes campos. Pareciera como si la influencia de las ideas fuera tanto más amplia cuanto menos específicas o precisas (o menos entendidas) fueran las mismas ideas. A veces no es más que una vaga impresión, raramente expresada con palabras, la que que ejerce la influencia más profunda. De esta manera han afectado profundamente el desarrollo político creencias tales como que el control deliberado y consciente de la organización es, también en lo social, superior siempre a los resultados de los procesos espontáneos, no dirigidos por una mente humana, o que cualquier orden a partir de un plan establecido de antemano ha de ser mejor que otro producido por el equilibrio de fuerzas opuestas. Sólo en apariencia es diferente el papel de los intelectuales en el desarrollo de lo que se refiere propiamente a las ideas sociales. Aquí sus peculiares inclinaciones se manifiestan a sí mismas fabricando consignas abstractas, racionalizando y llevando al extremo ciertas ambiciones que surgen de la relación normal entre los hombres. Como la democracia es buena, cuanto más lejos se pueda llevar el principio democrático, mejor les parece a ellos. Por supuesto, la más poderosa de las ideas generales, que han dado forma al desarrollo político en los últimos tiempos, es la idea de la igualdad material. Característicamente se trata, no de una de las convicciones morales surgidas espontáneamente, inicialmente aplicadas en las relaciones entre los individuos particulares, sino de una construcción intelectual originalmente concebida en abstracto y de dudoso significado o aplicación en casos concretos. Sin embargo ha operado con fuerza como un principio de selección entre los cursos alternativos de política social, ejerciendo una presión constante en el sentido de una configuración de la organización social que nadie concibe con claridad. Que una medida particular tienda a aumentar la igualdad ha llegado a ser considerado como una recomendación tan fuerte que poco más se tomará en consideración. Dado que, para cada problema particular, es este el aspecto en el cual aquellos que han de guiar la opinión tienen una convicción definitiva, la igualdad ha determinado el cambio social incluso con más fuerza de lo que sus defensores deseaban. Sin embargo no sólo los ideales morales actúan de este modo. A veces las actitudes de los intelectuales hacia los problemas de orden social pueden ser la consecuencia de avances en el conocimiento puramente científico y en estos casos sus erróneos puntos de vista sobre cuestiones particulares pueden aparentar tener, de momento, todo el prestigio y el respaldo de los últimos logros científicos. Así no es de extrañar que lo que en sí mismo es un avance real del conocimiento, se convierta en ocasiones en la fuente de nuevos errores. Si no hubiera otras conclusiones falsas sacadas de nuevas generalizaciones, se convertirían en verdades definitivas que nunca necesitarían revisión. Aunque por lo general las consecuencias falsas una nueva generalización conviven con las ideas que eran sostenidas antes y, por tanto, no aparece un error nuevo, es muy probable que una nueva teoría, en la medida en que manifieste su valor por las nuevas conclusiones válidas a las que conduzca, de lugar a otras nuevas conclusiones que un posterior progreso demostrará que eran erróneas. Pero en tal caso una creencia falsa aparecerá con todo el prestigio de los últimos conocimientos científicos con los que la apoyen. Aunque en el campo particular en que se aplique esta idea toda la evidencia científica esté en su contra, no obstante, ante el tribunal de los intelectuales y a la luz de las ideas que rigen su forma de pensar, será seleccionada como la visión que está más de acuerdo con el espíritu de la época. Los especialistas que alcanzan prestigio público y gran influencia no serán, pues, aquellos que hayan obtenido reconocimiento por parte de sus colegas, sino que a menudo serán hombres a los que los otros expertos consideran manipuladores, aficionados o incluso fraudulentos, pero que sin embargo, a los ojos del público, se convierten en los exponentes más conocidos y considerados de su especialidad. En particular, hay pocas dudas de que la manera en que, durante los últimos cien años, el hombre ha aprendido a organizar las fuerzas de la naturaleza ha contribuido en gran manera a la aparición de la creencia en que un control similar de las fuerzas sociales traería mejoras comparables de las condiciones humanas. Que con la aplicación de técnicas de ingeniería, la dirección de todas las formas de actividad humana, de acuerdo con un plan único y coherente, debería llegar a ser tan socialmente exitosa como lo ha sido la dirección de otras innumerables tareas, es una conclusión demasiado atractiva como para seducir a la mayoría de los que están eufóricos con los logros de las ciencias naturales. En efecto, hay que reconocer que se requieren argumentos poderosos para contrarrestar la fuerte presunción en favor de tal conclusión y que estos argumentos aún no han sido adecuadamente formulados. No es suficiente señalar los defectos de las propuestas particulares que se hacen sobre la base de este tipo de razonamientos. El argumento no perderá su fuerza hasta que no haya sido concluyentemente demostrado por qué lo que ha mostrado ser tan eminentemente exitoso en producir avances en tantos campos, tiene límites en su utilidad y puede convertirse en positivamente dañino si se extiende más allá de esos límites. Se trata de una tarea que todavía no se ha llevado a cabo satisfactoriamente y que tendrá que lograrse antes de que ese argumento particular a favor del socialismo pueda ser eliminado. Por supuesto, este es sólo uno de tantos asuntos en que es más necesario el avance intelectual, si es que las ideas nocivas del presente han de ser refutadas; en este caso y en otros el camino que vamos a seguir será decidido, en última instancia, por el estudio de cuestiones muy abstractas. No es suficiente que el hombre de negocios esté seguro, desde su profundo conocimiento de un campo en particular, de que las teorías del socialismo, que se derivan de ideas más generales, son impracticables. Puede estar perfectamente en lo correcto y, sin embargo, su resistencia será vencida y todas las consecuencias lamentables que prevé ocurrirán si su criterio no cuenta con el apoyo de una refutación efectiva de las “meres idées”. En tanto que el intelectual lleve la mejor parte en la discusión general, las objeciones más valiosas en asuntos específicos serán dejadas de lado.

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