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lunes, 7 de marzo de 2016

Friedrich August von Hayek “Los Intelectuales y el Socialismo” (1949) V


The Intellectuals and Socialism

Los intelectuales y el socialismo

Sin embargo esta no es toda la historia. Las fuerzas que influyen en la formación de los colectivos de intelectuales operan en la misma dirección y ayudan a explicar por qué muchos de los más capaces se inclinan por el socialismo. Por supuesto,  hay muchas diferencias de opinión entre los intelectuales, como en otros grupos de personas, pero parece cierto que, en general, los más activos, inteligentes y originales de los intelectuales son los que se inclinan hacia el socialismo, mientras que sus oponentes son a menudo de inferior valía. Esto es especialmente cierto durante la primera etapa de infiltración de las ideas socialistas.  Más tarde, aunque fuera de los círculos intelectuales pueda todavía ser un acto de valor profesar convicciones socialistas, entre los intelectuales la presión de la opinión suele ser tan fuerte a favor del socialismo, que se requiere más fortaleza e independencia de ánimo para que un hombre se atreva a oponerse a lo que sus colegas consideran puntos de vista modernos. Por ejemplo, nadie que esté familiarizado con la vida universitaria (y la mayoría de los profesores universitarios deberían ser clasificados como intelectuales, más que como expertos) puede permanecer ajeno al hecho de que los profesores más brillantes y exitosos están hoy más inclinados al socialismo, mientras que los que sostienen puntos de vista políticos más conservadores son con más frecuencia los mediocres. Por supuesto, esto es por sí mismo un factor importante que dirige a la generación más joven hacia el campo socialista. Desde luego los socialistas ven en esto una prueba de que las personas más inteligentes están llamadas hoy en convertirse en socialistas. Pero tal cosa está lejos de ser necesaria o incluso de ser la explicación más probable. Probablemente la razón principal de este estado de cosas es que, para el hombre excepcionalmente capaz, que acepta el orden actual de la sociedad, están abiertos muchos caminos, fuera de la intelectualidad, que conducen a la influencia y el poder, mientras que, para los descontentos e insatisfechos, la carrera intelectual es el camino más prometedor de ganar poder e influencia con los que contribuir a la consecución de sus ideales. Incluso más que eso: el hombre de inclinación más conservadora, con habilidades de primera clase, preferirá el trabajo intelectual (y el sacrificio que esta elección generalmente implica en el terreno material) sólo si disfruta con él genuinamente. En consecuencia el conservador llegará a ser con más frecuencia un académico verdaderamente experto, en lugar de un intelectual en el sentido estricto de la palabra, mientras que para los más radicales el trabajo intelectual es más a menudo un medio que un fin, un camino hacia exactamente ese tipo de gran influencia que ejercen los intelectuales no expertos. Probablemente lo cierto es que no se trata de que las personas más inteligentes sean con más frecuencia socialistas, sino que una proporción mucho mayor de las mejores mentes socialistas se dedican a las actividades intelectuales, que en la sociedad moderna les proporcionan una influencia decisiva en la opinión pública.2 La selección de los que integrarán las filas de las clases intelectuales está también estrechamente relacionada con el predominante interés que muestran por las ideas generales y abstractas. Las especulaciones acerca de la eventual reconstrucción de todo el orden social otorgan a los intelectuales una posición mucho más de su gusto que las consideraciones más prácticas, a corto plazo, de aquellos que aspiran a mejorar un poco el orden existente. Particularmente el pensamiento socialista debe, en gran parte, su atracción sobre los jóvenes a su carácter visionario. La auténtica satisfacción que proporciona el disfrute del pensamiento utópico es, en este sentido, una gran ventaja para los socialistas, de la que el liberalismo tradicional lamentablemente carece. Esta ventaja opera a favor del socialismo, no sólo porque la especulación acerca de las ideas generales proporciona la oportunidad de jugar con la imaginación a aquellos que no están agobiados por el conocimiento de las múltiples realidades de la vida contemporánea, sino también porque satisface la legítima pretensión de comprender las bases racionales de cualquier orden social y da margen para el ejercicio de ese impulso constructivo para el cual el liberalismo, después de haber alcanzado sus grandes victorias, dejó pocas salidas. El intelectual, por su carácter generalista, no está interesado en los detalles técnicos ni en las dificultades prácticas. Lo que lo reclama es las visiones generales, la amplia comprensión del orden social en su conjunto que promete un sistema planificado. El hecho de que las preferencias de los intelectuales fueran mejor satisfechas por las especulaciones socialistas resultó fatal para la influencia de la tradición liberal. Una vez que las demandas básicas de los programas liberales parecieron satisfechas, los pensadores liberales se volvieron hacia los problemas de detalle y tendieron a descuidar el desarrollo de la filosofía general del liberalismo que, en consecuencia, dejó de ser un asunto de actualidad, capaz de ofrecer un campo para la especulación general. Así, durante algo más de medio siglo, sólo los socialistas han ofrecido algo parecido a un programa explícito de desarrollo social, una imagen de la sociedad futura a la que dirigirse y un conjunto de principios generales para orientar decisiones sobre cuestiones particulares. A pesar de que, si no me equivoco, sus ideales sufren contradicciones inherentes y cualquier intento de ponerlos en práctica producirá algo totalmente diferente a lo esperado, ello no altera el hecho de que su programa para el cambio es el único que ha influido realmente en el desarrollo de instituciones sociales. Ello es así porque la suya se ha convertido en la única filosofía general explícita de política social sostenida por un gran grupo, el único sistema o teoría que plantea nuevos problemas y abre nuevos horizontes y ha logrado cautivar la imaginación de los intelectuales. Los desarrollos actuales de la sociedad han sido determinados no tanto por una batalla de ideales contrapuestos, como por el contraste entre el estado de cosas existente y el ideal de una posible sociedad futura que sólo los socialistas tenían antes de que alcanzara a las masas. Muy pocos de los otros programas que se ofrecieron probaron ser genuinas alternativas. La mayoría fueron meros compromisos o formas a medio camino entre los tipos más extremos del socialismo y el orden existente. Todo lo que se necesitó para que pareciera razonable casi cualquier propuesta socialista a estas “juiciosas” mentes, que estaban constitucionalmente convencidas de que la verdad siempre ha de estar en el punto medio entre dos extremos, fue que alguien defendiera una propuesta bastante más extrema. Así parecía existir sólo una dirección hacia la que nos podíamos mover y la única pregunta parecía ser cuán rápidamente y hasta qué punto debería continuar el movimiento.

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