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martes, 29 de marzo de 2016

Bertrand de Jouvenel: «Los intelectuales europeos y el capitalismo» III



III

Señalar a los hombres la limitación de algunos objetos de sus deseos es tarea de los maestros espirituales y morales. La prohibición de la autoridad temporal de adquirir estos bienes empuja a cometer violaciones de la ley y a crear un conjunto de intereses criminales. Estos son ejemplos claros del efecto perjudicial que los instrumentos sociales pueden tener sobre el carácter del hombre. El mundo civilizado se ha asombrado de la existencia de una sociedad criminal poderosamente organizada tras la fachada de la vida americana; su rápido desarrollo se debió a la prohibición de los juegos de azar. Estos fenómenos nos advierten que se puede obtener un resultado contrario a las intenciones cuando se emplean instrumentos sociales para elevar el nivel moral del comportamiento humano. Es además bien sabido que todo intento de modificar las acciones humanas con medios distintos de una educación del espíritu del hombre suele ser vano y, en todo caso, no constituye un progreso moral. El capitalismo como instrumento social ofrece un cuadro poco grato al intelectual. ¿Por qué? Para usar su vocabulario, porque nos hallamos en presencia de egoístas en busca de exaltación personal. ¿De qué manera ocurre esto? Proporcionando a los consumidores lo que éstos desean o pueden ser inducidos a desear. Sorprende el hecho de que el mismo intelectual no se escandalice ante el funcionamiento de la democracia hedonista; también aquí hombres que piensan sólo en sí mismos realizan su propia exaltación mediante la promesa a otros hombres de cuanto éstos quieren o pueden ser inducidos a pedir. La diferencia parece consistir principalmente en que el capitalista cumple las promesas y el cumplimiento de las promesas políticas parece depender, en todo el mundo occidental, de los éxitos del capitalismo. Otro aspecto del capitalismo que lo hace desagradable a los intelectuales es la “degradación de los trabajadores a la condición de puros instrumentos. En palabras de Kant es siempre inmoral tratar a los hombres como medios y no como fines. Pero la experiencia nos enseña que éste no es un comportamiento insólito ni característico del capitalismo. Rousseau opina que esta conducta se halla implícita en una sociedad civilizada, en la que se multiplican los contactos ocasionales, basados en la utilidad más bien que en el afecto y que dicha conducta se va extendiendo cada vez más a medida que los contactos aumentan y los intereses se interfieren. El punto de vista de Marx es menos filosófico y se apoya más en la historia. Cuando el capitalista apareció, dice, encontró al alcance de la mano una población que había sido tratada como instrumento por anteriores explotadores, antes de que se adueñara de ella el burgués emprendedor, y la existencia de un proletariado que podía ser tratado de esta manera tenía su origen en la expropiación de los campesinos. He aquí el motivo que impulsó a los trabajadores, privados de sus instrumentos de producción, a trabajar para otros que disponían de ellos. Si esta teoría (que se inspira claramente en el cercado de las tierras) fuese cierta, el capitalismo habría encontrado sus mayores dificultades para imponer “salarios de esclavos” en los países en que era más fácil adquirir tierras, es decir, en los Estados Unidos.

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