Páginas vistas en el último mes

domingo, 10 de abril de 2016

Bertrand de Jouvenel: «Los intelectuales europeos y el capitalismo» VI



La sociología y la historia social son disciplinas que hoy están muy en auge y debemos buscar en ellas una ayuda. Sus cultivadores, por desgracia, han dedicado poca o ninguna atención a los problemas referentes al intelectual. ¿Cuál es y cuál ha sido su puesto en la sociedad? ¿A qué tensiones da lugar? ¿Cuáles son los rasgos característicos de la actividad intelectual y qué complejos tiende ésta a crear? ¿Cómo han evolucionado las actitudes del intelectual hacia la sociedad y cuáles son los factores de esta evolución? Todos estos y muchos otros problemas deberían atraer a los estudiosos de las ciencias sociales; su importancia ha sido señalada por los mayores pensadores (Pareto, Sorel, Michels, Schumpeter y, primero entre todos, J. J. Rousseau), pero la “infantería de la ciencia”, por decirlo así, no los ha seguido y ha dejado sin explorar este vasto y fructífero campo de estudio. Por ello debemos contentamos con los escasos datos que poseemos y rogamos se nos disculpe la inexperiencia y la confusión en nuestro intento de investigación, realizada sin los medios adecuados. La historia de los intelectuales occidentales a lo largo de los diez últimos siglos se puede dividir fácilmente en tres partes. En el primer período, la “intelligentsia” fue levítica: los únicos intelectuales fueron los llamados y ordenados al servicio de Dios; ellos eran guardianes e intérpretes del verbo divino. En el segundo período asistimos a la aparición de la intelectualidad laica, siendo sus primeros representantes los consejeros reales; el desarrollo de la profesión legal proporcionó durante mucho tiempo el mayor número de intelectuales laicos; otra fuente fue la de los juglares de corte, que poco a poco fueron ampliando sus intereses pero fue una fuente numéricamente muy poco importante. Esta intelectualidad laica aumentó lentamente en número pero rápidamente en influencia y condujo una agresiva batalla contra los intelectuales eclesiásticos, que fueron poco a poco sustituidos en las funciones principales de la clase intelectual. En un tercer período, que coincide con la revolución industrial, nos hallamos ante una extraordinaria proliferación de los intelectuales laicos, favorecida por la generalización de la educación laica y por el hecho de que la prensa (y más tarde la radio) se convirtió en una gran industria (efecto también de la revolución industrial). Esta “intelectualidad” laica es desde este momento con mucho la más influyente y constituye el objeto de nuestro estudio. Los intelectuales occidentales, en grandísima mayoría, muestran y proclaman su hostilidad hacia las instituciones que denominan globalmente capitalismo. Cuando se les pregunta sobre los motivos de esta hostilidad, dan razones afectivas, como el interés por el trabajador”, la antipatía hacia el capitalista”, y razones morales como “la crueldad y la injusticia del sistema”. Esta actitud revela una singular semejanza superficial con la actitud de la intelectualidad clerical de la Edad Media (y un estridente contraste, según veremos, con la de la intelectualidad laica hasta el siglo XVIII). El centro de la atención y de la actividad de la Iglesia medieval lo constituían los desgraciados: ella era la protectora de los pobres y se ocupaba de todas las funciones que ahora han pasado al “Estado providencia”: alimentar a los indigentes, curar a los enfermos, educar al pueblo. Todos estos servicios eran gratuitos, sostenidos por la riqueza que la Iglesia sacaba de las tasas eclesiásticas y de las cuantiosas donaciones, enérgicamente solicitadas. La Iglesia no sólo ponía siempre la condición de los pobres ante los ojos de los ricos, sino que reprendía continuamente a éstos, actitud que no debe considerarse como un mero intento de ablandar el corazón de los ricos por su bien moral y en beneficio material de los pobres. No sólo se exhortaba a los ricos a que dieran, sino también a que se abstuvieran de perseguir la riqueza. Consecuencia, perfectamente lógica, del ideal de la imitación de Cristo. El afán de bienes terrenos no estrictamente necesarios se consideraba decididamente “malo”: “Teniendo con qué alimentarnos y con qué cubrirnos, estemos con eso contentos. Los que quieren enriquecerse caen en tentaciones, en lazos y en muchas codicias locas y perniciosas, que hunden a los hombres en la perdición y en la ruina, porque la raíz de lodos los males es la avaricia” (I Tim. 6, 8-10). Es claro que una fe que ponía a los hombres en guardia contra los bienes terrenos (“No améis al mundo ni lo que hay en el mundo”, I Carta de San Juan. 2. 15) no podía menos de considerar a los más entusiastas y afortunados buscadores de tales bienes como una vanguardia que arrastraba a sus propios seguidores a la destrucción espiritual. Los modernos, por otra parte, tienen una visión mucho más positiva de los bienes de este mundo: el aumento de la riqueza les parece una cosa excelente, y la misma lógica les debería llevar a considerar a aquellos mismos hombres como una vanguardia que conduce a quienes la siguen a aumentar las riquezas materiales. En la situación material de la Edad Media esta concepción habría sido poco realista. Mientras la riqueza procedía de la tierra, en la cual no se realizaban mejoras y mientras los ricos no efectuaban inversiones productivas, en nada podía beneficiarse la multitud de la existencia de los ricos, si bien esta existencia hizo surgir las industrias artesanas a partir de las cuales se desarrollaron, mucho después, las industrias que producían para las masas; además su existencia sirvió al desarrollo de la cultura. Es tal vez digno de notarse que el uso moderno del beneficio, la expansión derivada de las ganancias retenidas, surgió y se erigió en sistema en los monasterios; los santos varones que los gobernaban no vieron nada malo en extender sus propiedades y en cultivar nuevas tierras, en construir edificios mejores, en emplear cada vez un número mayor de personas. Ellos fueron el primer ejemplo del tipo de capitalista ascético y no consumidor. Berdiaef ha observado con razón que el ascetismo cristiano tuvo una parte fundamental en el desarrollo del capitalismo; es una de las condiciones para que haya reinversión. Me complace observar que los intelectuales modernos consideran favorablemente la acumulación de riqueza por parte de organismos que llevan el sello del Estado (empresas nacionalizadas), que no dejan de tener cierta semejanza con las empresas monásticas. Sin embargo, no reconocen el mismo fenómeno cuando falta el sello estatal.

No hay comentarios: