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jueves, 28 de abril de 2016

Bertrand de Jouvenel: «Los intelectuales europeos y el capitalismo» VIII



VIII


La hostilidad hacia quien se enriquece, hacia el “homme d’argent”, es una actitud reciente de la intelectualidad laica. Cualquier historia de la literatura europea no puede menos de citar los nombres de numerosos personajes, hábiles para hacer dinero, que protegieron a intelectuales y a lo que parece se ganaron el afecto y el respeto de sus protegidos; así la valentía que demostraron los hombres de letras que defendieron a Fouquet (cuando este financiero y ministro de Hacienda de Luis XIV fue hecho prisionero) demuestra los profundos sentimientos que había inspirado. Los nombres de Helvetius y de Holbach deben aparecer necesariamente en cualquier historia del pensamiento antes de la Revolución francesa; estos dos “hommes d’argent” eran muy admirados en su ambiente. Mientras que el personaje más popular entre los intelectuales franceses en tiempos de la Revolución era el banquero Necker, en la revolución de 1830 otro banquero, Lafitte, es el personaje de primer plano. Pero a partir de entonces los caminos se separan: en adelante los intelectuales no aceptan ya la amistad de los capitalistas, los cuales, a su vez, dejan de ser posibles figuras inspiradoras como había sido Necker. Es bastante extraño que la pérdida de popularidad de quien se enriquece coincida con un aumento de su utilidad social. Los ricos a quienes tanto habían admirado los intelectuales franceses de los siglos XVII y XVIII eran en gran parte concesionarios de impuestos (publícanos). El fundamento económico de la concesión es sencillo: las sociedades concesionarias alquilaban el privilegio de exigir un determinado impuesto, pagando cierta cantidad de dinero al fisco y se preocupaban de que mucho más del montante oficial fuera a llenar sus arcas; la diferencia constituía su beneficio bruto; restando de éste el coste de la exacción se obtenía un pingüe beneficio. Esta manera de proceder merece ciertamente el nombre de “explotación” mucho más que cualquier forma moderna de obtener beneficio. Por lo demás estos beneficios sólo en raras ocasiones se empleaban en inversiones productivas para el país; los concesionarios de impuestos eran famosos por la pompa de sus consumos. Como su privilegio era lucrativo, se ganaban a las personas influyentes de la corte ayudándolas “en caso de dificultad” con gran generosidad. De esta manera el concesionario de impuestos reunía en sí todos los caracteres que suelen atribuirse al “mal capitalista”, sin ninguna de las cualidades que rescatan a este último; no producía nada, sus beneficios eran proporcionales al rigor de sus agentes y mantenía su privilegio con la corrupción. ¡Es realmente paradójico que este tipo de hombre que se enriquece fuera admirado por el intelectual de su tiempo y que cayera en la impopularidad cuando su forma principal de hacer dinero fue la producción de bienes para uso popular

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