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miércoles, 13 de abril de 2016

Bertrand de Jouvenel: «Los intelectuales europeos y el capitalismo» VII



VII

El intelectual se considera un aliado natural del trabajador. Esta alianza se concibe, por lo menos en Europa, como una alianza de armas. En la mente del intelectual está arraigada la imagen del hombre de pelo largo y del hombre de mono azul, en pie en las barricadas, uno junto al otro. Parece que esta imagen tiene su origen en la revolución francesa de 1830 y que encontró el fervor general en la de 1848. La imagen se proyectó entonces hacia atrás en la historia. Se dio por demostrada la alianza permanente entre la minoría de los pensadores y la masa de los trabajadores y la poesía romántica expresó y difundió esta concepción. Pero el historiador no encuentra vestigio alguno de esta alianza en el caso de la intelectualidad laica. Sin duda el clero estaba entregado a curar y confortar a los pobres y a los infelices; más aún, sus filas se nutrían continuamente con personas procedentes de las clases más bajas; de ahí que la intelectualidad eclesiástica fuera el camino por el que los pobres de talento podían llegar a dominar a príncipes y reyes. Pero la intelectualidad laica, alejándose en su desarrollo de su origen clerical, parece que se desentendió de las preocupaciones de la Iglesia. Las muestras de su interés por lo que en el siglo XIX se llamó la “cuestión social” son, hasta este siglo, muy escasas. Existe, en cambio, una amplia documentación de la lucha de los intelectuales laicos contra las instituciones de beneficencia de la época administradas por la Iglesia. En la Edad Media la Iglesia había amasado una inmensa riqueza con las donaciones de los fieles y las fundaciones para fines benéficos. Desde el Renacimiento hasta el siglo XVIII estas riquezas fueron restituidas a la propiedad privada mediante extensas confiscaciones y en este movimiento los intelectuales desempeñaron una función de primer plano. Puesto que estaban al servicio del poder temporal, empezaron a observar que los bienes eclesiásticos eran los que más difícilmente estaban sometidos a impuestos y, poco a poco, llegaron a pensar que la propiedad sería más productiva en manos de los particulares y, por consiguiente, que la empresa privada era la que mejor servía a las cajas del tesoro del príncipe; finalmente resultó evidente que el príncipe perdía sus rentas y el súbdito sus oportunidades a causa de la acumulación de riqueza en manos perpetuas (véase el informe de D’Aguesseau sobre las fundaciones perpetuas). Los intelectuales laicos tenían en poca consideración las necesidades sociales a que hacían frente las instituciones que ellos trataban de destruir: se tenía que haber hecho una redada de mendigos y mandarlos a los trabajos forzados; he ahí el gran remedio, en abierto contraste con la actitud medieval. Es oportuno comparar la actitud de los intelectuales laicos y la de los más violentos opositores de los servicios sociales en nuestros días, sólo que aquéllos fueron mucho más lejos, adoptando una actitud que acaso reaparezca en nuestra época, dentro de algunas generaciones, en caso de que los servicios sociales absorban gran parte de la riqueza nacional de una economía pobre. En abierta contradicción con los monjes, que tenían que vivir en pobreza junto con los trabajadores, los intelectuales laicos fueron al principio compañeros y servidores de los poderosos. Se les puede llamar amigos del hombre común en el sentido de que combatieron las distinciones debidas al nacimiento y vieron con favor la subida de los plebeyos, especialmente de los comerciantes. Existía un natural vínculo de simpatía entre el comerciante y el funcionario, ya que la importancia de ambos iba en aumento, pero ambos eran tratados aún como socialmente inferiores. Existía una semejanza natural en el sentido de que ambos eran calculadores, ponderadores “racionales”. Existía, en fin, una natural alianza entre los intereses de los príncipes y de los comerciantes. La fuerza del príncipe dependía de la riqueza del país y ésta dependía de la iniciativa individual; estas relaciones las percibieron y expresaron, ya a comienzos del siglo XIV, los consejeros laicos de Felipe el Hermoso de Francia. Los letrados al servicio de los príncipes tendían a liberar la propiedad de las trabas medievales para estimular una economía en expansión, en beneficio de las finanzas públicas. Todos estos términos son aquí anacrónicos, pero no expresan mal la política de entonces.

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