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domingo, 11 de febrero de 2018

Stephen Spender "The god that failed" (“El fracaso de un ídolo” o “El Dios que fracasó”) I

Fui miembro del Partido Comunista Británico durante algunas semanas durante el invierno de 1936 a 1937. Mi afiliación finalizó a poco de iniciarse. Nunca me invitaron a unirme a la célula de Hammersmith, donde vivía entonces y no pagué ninguna cuota después de la primera. Poco antes de comenzar, publiqué Forward from Liberalism (Adelante desde el liberalismo, 1937), que fue elegido por el Left Book Club como el libro del mes. Argumenté en esta obra que había un defecto en la concepción liberal de la libertad del individuo. A veces los liberales hablaban y escribían como si creyeran en la libertad irrestricta del individuo para explotar a otros individuos; en otras ocasiones como la libertad de todos como iguales. Sostuve que en el siglo XIX, durante el período de expansión del comercio británico, los liberales podía conciliar el objetivo de la libre competencia entre los empleadores con el de la reforma para los trabajadores, sin que la contradicción de su postura resultara cada vez más evidente. Pero en la década de 1930, en un mundo de posguerra y depresión, desempleo y aranceles, en el que crecían los movimientos fascistas en Europa, los liberales no podrían defender la libertad sin restricciones para los empleadores y los trabajadores. Deberían basar su concepción de la libertad en la justicia social, restringiendo la explotación. Sugerí que los liberales deberían apoyar a los trabajadores, aceptar la necesidad de luchar contra el fascismo y, al mismo tiempo, defender la propia libertad individual, con lo cual me refería a la libertad de expresión y el habeas corpus. La tarea de los liberales era unir la libertad individual a los intereses opuestos al fascismo y, al mismo tiempo, encontrar los métodos que fueran necesarios para alcanzar el poder. En resumen, deberían poner la causa de la libertad del lado de la justicia social. Deberían unir la libertad individual del capitalista al interés de los trabajadores. Mi libro fue muy discutido. Entre los que me escribieron se encontraba Harry Pollitt (secretario general del Partido Comunista de Gran Bretaña). Me invitó a hacerle una visita, de manera que acudí a las lúgubres oficinas del Partido Comunista, cerca de Charing Cross Road. El señor Pollitt mostró una actitud cálida, tranquilizadora y franca. Era pequeño, de tez rubicunda y ojos marrones bajo cejas levantadas y tupidas que me recordaron a George Robey. Estrechó mi mano y dijo de inmediato: “me interesa su libro. Lo que me llamó la atención fue la diferencia entre su enfoque del comunismo y el mío. El suyo es puramente intelectual. Me volví comunista porque presencié en mi propia casa los crímenes del capitalismo. Tuve que ver a mi madre salir a trabajar en un molino y morir debido a las condiciones de trabajo”. Dijo que otra diferencia entre nosotros era que yo no mostraba odio. Él creía que el odio al capitalismo era la fuerza motriz emocional del movimiento de la clase trabajadora. Objetó la crítica que hacía en mi libro a los juicios de Moscú contra Bujarin y otros. Dije que no estaba convencido de que los acusados fueran culpables de nada, excepto de oponerse a Stalin. Se opuso con vehemencia y parecía pensar que tenían suerte de haber tenido algún juicio. Luego añadió que, aunque podríamos estar en desacuerdo con los juicios de Moscú, sin embargo estábamos de acuerdo en las iniciativas que los comunistas habían iniciado en apoyo de la República española. Tenía una sugerencia que hacerme. Podíamos estar de acuerdo en mantener el desacuerdo, pero, sin embargo, debería unirme a los comunistas para apoyarlos en España. Podría escribir un artículo en el Daily Worker criticando a los comunistas al mismo tiempo que me unía al partido. Acepté esta oferta. Recibí un carnet del partido y apareció mi artículo. El artículo enfureció a los comunistas de Escocia y el norte de Inglaterra y mi afiliación al partido fue rápidamente olvidada. Aunque Pollitt había estado en lo cierto al observar que mis razones para convertirme en comunista no eran las de un obrero, sin embargo toda una cadena de acontecimientos me había llevado a intentar un compromiso con el Partido. Estas circunstancias se remontan a mi infancia. Lo que más me impresionó en los Evangelios fue que todos los hombres son iguales ante los ojos de Dios y que la riqueza de unos pocos es una injusticia para muchos. Mi sentido de la igualdad de los hombres se basaba no tanto en la conciencia de las masas como en la soledad. Recuerdo haber estado despierto por la noche pensando en la condición humana, en la que todos los que viven llegan a este mundo sin haberlo buscado y donde cada cual está encerrado en sí mismo, es un extraño para el resto de la humanidad, necesita amor y enfrenta su propia muerte. Dado que nacer es ser un Robinson Crusoe arrojado por poderes elementales sobre una isla, cuán injusto parece que todos los hombres no fueran libres de compartir lo que la naturaleza ofrece; que hubiera hombres y mujeres a quienes no se les permite explorar el mundo en el que nacen, sino que a lo largo de sus vidas están encerrados en oscuros tugurios como en tumbas vivientes. Me pareció, como todavía me lo parece, que la condición única de cada persona en esta vida merece unas consideraciones que no justifican la clase y el privilegio.

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