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miércoles, 14 de febrero de 2018

Stephen Spender "The god that failed" (“El fracaso de un ídolo” o “El Dios que fracasó”) III

Probablemente en el pasado habría sido un clérigo rural que habría encontrado la inspiración poética en las paradojas de la ortodoxia, simbolizadas por flores escondidas entre los setos de un camino inglés. Una tarde, Chalmers y yo salimos a caminar por Berlín. No pasó mucho tiempo antes de que discutiéramos sobre el comunismo. Chalmers tenía un punto de vista sencillo y claro. El desempleo, la guerra y casi todos los males de nuestro tiempo, incluidos los celos sexuales y los problemas de los escritores, se debían al sistema capitalista. La cura consistía en abolir el capitalismo y establecer el comunismo. En la sociedad cada uno debe unirse a los trabajadores con conciencia de clase, dentro de uno mismo cada cual debe "tomar una decisión". Chalmers estuvo de acuerdo en que había personas en la sociedad capitalista a las que no les gustaban el desempleo y ni guerra. Incluso personas que serían capaces de renunciar sinceramente a sus propios intereses en un esfuerzo por eliminar los males del mundo. Pero mientras aceptaran el contexto de la sociedad burguesa sus esfuerzos serían vanos. El capitalismo significaba inevitablemente lucha entre clases y naciones. Trabajar en contra del sentido del capitalismo en tanto que se lo aceptaba como sistema era, a lo sumo, obtener una pequeña porción de autoestima para uno mismo en medio de un torrente arrasador. La única acción que se podía tomar "en el sentido de la historia" era cambiar la dirección del torrente por completo. Hacer esto era una tarea descomunal y al hacerlo no se debía tener nada en cuenta, ni los medios que se usaban ni el destino de los individuos; tan sólo la eficacia. La historia no se preocupaba por aquellos que no estaban de su lado. La "historia" de Chalmers era, por supuesto, la revolución obrera, la dictadura del proletariado y el establecimiento del comunismo, que aboliría todos los males del presente y finalmente establecería un mundo libre. Chalmers creía sinceramente en ese mundo y deseaba decididamente la felicidad de la humanidad, pero era indiferente a las injusticias y crueldades que la ''historia'' producía en su camino. Creo que no es injusto decir que esto determinaba incluso su irónica sensibilidad literaria. Había tomado una decisión sobre un curso de la acción revolucionaria y, una vez hecho esto, veía los resultados concretos de esa acción como si fuera desde la distancia. Su mente estaba tan fija en el futuro que lo que sucediera en el presente era, creo, una cuestión completamente indiferente para él, como el destino de las personas que perecieron en el terremoto de Lisboa hace doscientos años. Él vivía en el futuro y para él el presente pertenecía a un sombrío pasado prerrevolucionario. Lo que Chalmers exigía de sí mismo y de cualquiera que se pusiera "del lado de la historia" era que debía identificar todos sus pensamientos y acciones con los procesos que producirían una sociedad sin clases. Se representaba absolutamente el presente como un proceso determinado por el futuro. Me sentí muy inseguro de mí mismo ante Chalmers cuando confesé mi desagrado por la violencia, el apego a mi libertad de expresión y, sin embargo, mi anhelo de cambios revolucionarios que produjeran una sociedad internacional socialmente justa, sin destruir la libertad del individuo. Se quitó la pipa de la boca y dijo con cordialidad: "Gandhi". Yo había hablado de la Liga de las Naciones. Chalmers explicó cómo el idealismo del tipo encarnado en la Liga no podría hacer nada para evitar la guerra. La Liga era una sociedad de potencias imperialistas decididas a utilizarla como herramienta para proteger, si no extender, su propio poder. Las naciones que formaban la Liga eran ellas mismas instrumentos de los intereses de los armamentistas. La Liga era realmente una alianza dirigida contra Rusia. "Bajo el sistema actual hablar de desarme no tiene sentido". Parte de nuestra discusión fue acerca de la novela. Chalmers, como muchos escritores comunistas, descubrió que ser comunista mutilaba su capacidad literaria, dejándole sólo una teoría de la revolución. Era uno de esos burgueses, imaginados en el "Manifiesto Comunista", que habían "pasado" al bando del proletariado. Políticamente era una posición sostenible (la mayoría de los líderes revolucionarios rusos eran burgueses), pero para el artista creativo era difícil. Su sensibilidad, que había recibido desde la infancia, era burguesa. Apenas podía esperar adquirir, por medio de la propia voluntad política, una mentalidad de clase trabajadora. Incluso si lo hiciera se enfrentaría con la dificultad de que, en realidad, la clase trabajadora es, en general y con excepción de unos pocos trabajadores con conciencia de clase, más burguesa que la burguesía "hasta después de la Revolución". A los trabajadores no les importa la "novela proletaria". Escribir una novela revolucionaria atacando al capitalismo también presenta un problema artístico; los activistas políticos, pensando solo en la necesidad política, están más preocupados por la propaganda política que por el arte basado en la experiencia y la observación, el cual, inevitablemente, incluirá tanto hechos revolucionarios como desalentadores. Chalmers admitió estas dificultades libremente.

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