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domingo, 20 de mayo de 2018

Winston Churchill, “Cómo se fraguó la tormenta”, 1947, escribiendo acerca de 1929 (Hoy como ayer).


Un optimismo extraordinario sostenía una orgía de especulaciones. Se escribían libros tendentes a probar que las crisis económicas correspondían a una fase que la mejor organización de los negocios y la ciencia habían dominado al fin. “Parece que hemos terminado ya con los ciclos económicos que hasta ahora hemos conocido”, dijo el presidente de la Bolsa de Nueva York en septiembre. Pero en octubre un repentino y violento huracán asoló Wall Street. Ni siquiera la intervención de los más poderosos medios pudo detener la oleada de ventas dictadas por el pánico. Un grupo de bancos importantes constituyó un fondo de mil millones de dólares para estabilizar el mercado. Fue inútil. Toda la riqueza acumulada en títulos y valores adquiridos en los años anteriores se desvaneció. La prosperidad de millones de hogares americanos se había desarrollado sobre una gigantesca armazón inflacionista y crediticia que ahora resultaba falsa. Aparte de la especulación general mediante compras de valores, estimuladas por los bancos con los préstamos que fácilmente concedían, se había montado un vasto sistema de venta a plazos de casas, muebles, automóviles e innumerables clases de objetos útiles o superfluos. Todo esto se desplomó a la vez. Las grandes fábricas cayeron en un estado de confusión y parálisis. Mientras poco antes constituía un problema el aparcamiento de los automóviles en que miles de obreros comenzaban a cudir a sus trabajo, a la sazón el descenso de salarios y la extensión del desempleo afligían a toda la comunidad, hasta entonces dedicada a la activa creación de toda clase de artículos deseables para el uso de millones de seres… Veinte mil bancos locales suspendieron pagos. Los medios de intercambio de mercancías y servicios de hombre a hombre se derrumbaron verticalmente y el desastre de Wall Street repercutió por igual en los hogares pobres y en los ricos… Las consecuencias de aquella desarticulación de la vida económica tuvieron repercusiones mundiales. El descenso de producción y el aumento del paro causó una contracción general del comercio. Se impusieron restricciones arancelarias para proteger los mercados interiores. La crisis general motivó agudas dificultades monetarias y paralizó el crédito interno. Esta ruina y la calamidad del desempleo cundieron por todo el globo. Y de esta manera...





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