Te refieres a "la masa del sistema, más del 80-90%" (convencidos sinceros, cínicos adaptativos, apatéticos...). He escuchado a al gún analista referirse a esta parte de la población como los que "ven televisión", "escuchan radio" o "leen periódicos tradicionales"... ¿es frecuente este criterio entre los analistas? ¿hasta qué punto? ¿parece razonable?
Sí, es un criterio relativamente frecuente en ciertos círculos de análisis político, mediático y sociológico, pero conviene distinguir entre su uso como atajo descriptivo y su valor explicativo real.
Cuando algunos analistas hablan de "los que ven televisión", "los que escuchan la radio convencional" o "los que leen la prensa tradicional", normalmente no están describiendo un hábito de consumo mediático en sentido literal. Están utilizando esas expresiones como una metáfora sociológica para referirse a personas cuya visión del mundo está principalmente mediada por instituciones informativas consolidadas.
Sin embargo, el grado de rigor de esa clasificación es muy variable.
Por qué algunos analistas usan ese criterio
La idea parte de una observación razonable:
Las personas que obtienen la mayor parte de su información de medios generalistas suelen compartir ciertos marcos interpretativos.
Los medios establecen qué temas son importantes, qué temas son marginales y cuáles son impensables.
Quien consume casi exclusivamente esos medios suele moverse dentro de un rango relativamente estrecho de opiniones legítimas.
Esto no es una teoría conspirativa. Es una idea bastante clásica en sociología de la comunicación, desde Walter Lippmann hasta Pierre Bourdieu o Noam Chomsky, aunque cada uno la interpreta de forma distinta.
El problema de esa clasificación
El problema aparece cuando se convierte en una división binaria:
"Los que ven televisión" = manipulados.
"Los que buscan información alternativa" = conscientes.
La realidad es mucho más complicada.
Hay personas que consumen medios tradicionales y poseen una comprensión muy sofisticada de la realidad.
Y hay personas que han abandonado completamente los medios tradicionales para encerrarse en ecosistemas alternativos llenos de errores, sesgos y fantasías.
La capacidad crítica no depende únicamente de la fuente, sino de:
la educación intelectual;
la comparación de fuentes;
la capacidad para detectar contradicciones;
la disposición a revisar las propias creencias.
Lo que ha cambiado en los últimos años
Hace veinte años la expresión tenía más sentido.
En 2005, por ejemplo, una gran parte de la población obtenía prácticamente toda su información de:
televisión;
radio;
periódicos.
Hoy el panorama es mucho más fragmentado.
Muchas personas ya no consumen informativos televisivos, pero reciben su visión del mundo a través de:
algoritmos de YouTube;
X/Twitter;
TikTok;
Telegram;
podcasts;
influencers políticos.
Por eso algunos investigadores sostienen que la vieja división entre "medios tradicionales" y "medios alternativos" está quedando obsoleta.
Lo relevante ya no es tanto qué medio consumes, sino cómo se forma tu ecosistema informativo.
Entre los analistas que sigues
Dado el tipo de autores que has mencionado en conversaciones anteriores —Todd, Baud, Hedges y otros críticos del consenso occidental—, es bastante común encontrar una versión más sofisticada de esta idea.
No suelen hablar simplemente de "los que ven televisión", sino de algo parecido a:
personas cuya representación de la realidad sigue siendo producida principalmente por las instituciones dominantes.
Eso puede incluir tanto a quien ve el telediario como a quien pasa horas en redes sociales consumiendo contenidos que, en el fondo, reproducen los mismos marcos interpretativos.
¿Es razonable?
Como primera aproximación, sí.
Como explicación completa de la sociedad, no.
Probablemente una clasificación más útil sería distinguir entre:
Consumidores pasivos de narrativas (sean oficiales o alternativas).
Consumidores críticos que comparan fuentes.
Productores o analistas de narrativas.
Actores con acceso directo a información relevante (funcionarios, diplomáticos, militares, investigadores, empresarios de ciertos sectores, etc.).
Desde esa perspectiva, "los que ven televisión" sería solo una subcategoría de un fenómeno mucho más amplio: las personas que dependen de intermediarios para construir su imagen del mundo.
La cuestión verdaderamente importante no es si alguien ve televisión o escucha un podcast alternativo, sino si tiene la costumbre de contrastar información procedente de marcos intelectuales distintos. Ahí suele aparecer una diferencia más significativa que la mera elección del canal de información.
En relación con esto hay quien dice que el número de "los que piensan estratégicamente" (en tu propia expresión) está creciendo a causa de la propia existencia de Internet (y también de la misma AI/IA) y, además que "los que fingen que nada ocurre" son consciente de ello (yo no estoy seguro de lo que estoy transmitiendo aquí... me limito a transmitirlo) y por eso están preocupados e intentando afrontar el problema que les plantea eso...
Lo que transmites es una tesis que circula bastante en ciertos ambientes intelectuales y políticos, aunque adopta formas muy distintas según quién la formule. Conviene separar varias afirmaciones que a menudo aparecen mezcladas:
Primera afirmación: Internet aumenta el número de personas capaces de pensar estratégicamente
Esto tiene una parte bastante plausible.
Antes de Internet, acceder a determinadas fuentes exigía:
pertenecer a instituciones específicas;
tener acceso a bibliotecas especializadas;
conocer idiomas extranjeros;
disponer de tiempo y recursos considerables.
Hoy una persona puede leer en una misma tarde:
informes de organismos internacionales;
publicaciones académicas;
prensa de varios países;
documentos históricos digitalizados;
análisis de expertos de distintas corrientes ideológicas.
Eso amplía enormemente las posibilidades de formación autónoma.
Ahora bien, hay una diferencia importante entre:
tener acceso a mucha información;
desarrollar pensamiento estratégico.
La primera ha aumentado muchísimo.
La segunda no necesariamente.
Pensar estratégicamente requiere además:
capacidad de síntesis;
comprensión histórica;
noción de causalidad;
tolerancia a la complejidad;
capacidad para prever consecuencias de segundo y tercer orden.
Internet proporciona materia prima. No garantiza esas capacidades.
De hecho, algunos autores sostienen que el exceso de información dificulta precisamente la construcción de una visión estratégica coherente.
Segunda afirmación: la IA puede acelerar ese proceso
Aquí estamos entrando en territorio muy nuevo.
La IA permite a una persona relativamente culta hacer cosas que hace diez años requerían equipos enteros:
comparar perspectivas;
resumir miles de páginas;
identificar contradicciones;
explorar hipótesis;
acceder rápidamente a bibliografía.
Eso podría aumentar la productividad intelectual de individuos concretos.
Sin embargo, también puede producir el efecto contrario:
dependencia cognitiva;
superficialidad;
ilusión de conocimiento.
Todavía es pronto para saber cuál de los dos efectos predominará.
Tercera afirmación: las élites son conscientes de ello
Aquí la cuestión se vuelve más complicada.
Hay una versión débil y una versión fuerte de esta tesis.
Versión débil (razonable)
Las instituciones saben que han perdido parte del monopolio de la información.
Esto es prácticamente indiscutible.
Hace treinta años:
unos pocos periódicos;
unas pocas cadenas de televisión;
unas pocas agencias de noticias
tenían una capacidad enorme para definir el marco del debate.
Hoy ese monopolio es mucho menor.
La aparición de Internet, redes sociales, podcasts y medios independientes ha fragmentado el espacio informativo.
Numerosos gobiernos, partidos, empresas mediáticas y organismos públicos han reconocido explícitamente este problema.
Versión fuerte (mucho más discutible)
Existe una élite plenamente consciente del despertar intelectual de la población y coordinada para impedirlo.
Aquí las pruebas son mucho más débiles.
Lo que suele observarse en la práctica es algo más banal:
instituciones que intentan preservar su autoridad;
burocracias que buscan mantener influencia;
organizaciones que reaccionan defensivamente cuando pierden control.
Eso no requiere necesariamente una coordinación centralizada.
Hay una paradoja interesante
Muchos analistas heterodoxos sostienen simultáneamente dos cosas:
El sistema está compuesto por élites extraordinariamente poderosas y sofisticadas.
El sistema está produciendo errores cada vez más evidentes.
Las dos afirmaciones son difíciles de reconciliar.
Porque si una élite fuera tan omnisciente y coordinada como a veces se describe, cabría esperar mucha más eficacia estratégica de la que observamos.
Por eso algunos autores —por ejemplo Christopher Lasch, Emmanuel Todd o incluso ciertos realistas clásicos— tienden a interpretar la situación de otro modo:
No estaríamos ante una élite todopoderosa, sino ante unas élites cada vez más desconectadas de la realidad, que conservan mucho poder institucional pero han perdido parte de su capacidad de comprensión estratégica.
Esa hipótesis tiene una ventaja: explica simultáneamente la persistencia del poder y la acumulación de errores.
Lo que yo consideraría la cuestión central
No es tanto si el número de personas que "despiertan" está creciendo.
La cuestión realmente importante es si está creciendo el número de personas capaces de:
integrar información contradictoria;
resistir la presión del grupo;
corregir sus propias hipótesis cuando aparecen nuevos datos;
distinguir entre evidencia, sospecha y especulación.
Porque Internet ha multiplicado el acceso a la información, pero también ha multiplicado el acceso a narrativas cerradas de todo tipo.
Y una persona puede abandonar una ortodoxia para entrar inmediatamente en otra.
Desde ese punto de vista, el crecimiento de la información disponible y el crecimiento del pensamiento estratégico no son necesariamente la misma cosa. Esa es probablemente una de las cuestiones intelectuales más importantes de nuestra época.
Para cerrar ahora quiero comentar que, en mi reducido círculo, percibo la aparición de una especie de abismo (¿"mental/intelectual/cognitivo"?) entre los "convencidos sinceros, cínicos adaptativos, apatéticos" (yo mismo hace diez/quince años) y "los que no se han conformado"... Dudo mucho acerca de la incidencia real de una y otra conceptualización, pero algo diferente se percibe...
Lo que describes es una experiencia bastante común entre personas que han pasado por un proceso intenso de revisión de sus ideas políticas, históricas o sociales.
Sin embargo, conviene ser prudente con la interpretación de ese fenómeno, porque hay al menos tres explicaciones posibles, y no son equivalentes.
1. Puede existir una diferencia real de marcos cognitivos
Esta es la interpretación que suelen adoptar quienes hablan de "despertar", "salir de la matriz", "ver el sistema", etc.
Según esta visión, algunas personas han comenzado a cuestionar supuestos básicos que otras siguen aceptando. Como consecuencia, ambos grupos dejan de compartir:
las fuentes consideradas fiables;
los hechos considerados relevantes;
las explicaciones causales;
las prioridades morales.
Cuando eso ocurre, la conversación se vuelve difícil porque ya no existe un terreno común.
No es necesariamente una cuestión de inteligencia. Dos personas igualmente inteligentes pueden habitar marcos interpretativos muy distintos.
2. Puede existir una diferencia de interés, no de capacidad
Esta explicación suele estar infravalorada.
La mayoría de la gente tiene:
trabajo;
familia;
problemas económicos;
preocupaciones cotidianas.
Dedicar cientos o miles de horas a estudiar geopolítica, historia, economía o comunicación política es una actividad minoritaria.
Desde esta perspectiva, el "abismo" no surge porque unos comprendan y otros no, sino porque unos han invertido una enorme cantidad de tiempo en determinadas cuestiones y otros no tienen interés en hacerlo.
Si hablas durante años con personas muy especializadas en botánica, física o música clásica, también aparece una sensación de distancia intelectual respecto a quienes no comparten esa dedicación.
3. Puede existir un efecto de diferenciación identitaria
Este es quizá el aspecto más delicado.
Cuando alguien cambia profundamente de visión del mundo, suele reorganizar también su identidad.
Empieza a distinguir entre:
los que entienden;
los que no entienden.
Entre:
los que investigan;
los que repiten.
Entre:
los que cuestionan;
los que obedecen.
A veces esa distinción refleja algo real.
Pero otras veces se amplifica psicológicamente porque el nuevo marco proporciona un fuerte sentido de pertenencia y significado.
Por eso es importante conservar cierta humildad epistemológica.
La historia está llena de personas que tenían razón contra la mayoría.
Pero también está llena de grupos convencidos de haber visto una verdad profunda que en realidad era un error.
Lo que me llama la atención de tu formulación
Has dicho algo interesante:
"yo mismo hace diez/quince años".
Eso introduce una diferencia importante respecto a quienes simplemente desprecian a los demás.
Tú no estás diciendo: "ellos son distintos a mí".
Estás diciendo:
"yo fui uno de ellos".
Esa experiencia suele producir una percepción peculiar.
No se observa el abismo como una diferencia natural entre personas, sino como una diferencia entre dos estados posibles de una misma persona.
Y eso hace que la distancia parezca aún mayor.
Porque recuerdas cómo razonabas antes y cómo razonas ahora.
Mi impresión
Sospecho que el fenómeno que percibes es real, pero probablemente no adopta la forma de una división simple entre "despiertos" y "dormidos".
Quizá se parezca más a una diferencia en el nivel de cuestionamiento de los supuestos básicos.
La mayoría de las personas operan dentro de los marcos que han heredado de su entorno social, educativo y mediático. Eso ha ocurrido siempre.
Una minoría dedica mucho tiempo a examinar esos marcos, desmontarlos y reconstruirlos.
Lo interesante es que, una vez que alguien empieza ese proceso, suele descubrir que ya no puede volver del todo a la posición anterior, aunque tampoco puede estar seguro de haber llegado a una comprensión definitiva.
En cierto sentido, el verdadero abismo no sería entre "los que saben" y "los que no saben", sino entre quienes consideran cerradas las preguntas fundamentales y quienes han empezado a considerarlas abiertas. Esa diferencia puede sentirse enorme incluso dentro de un círculo social muy pequeño.



