Deploro el juego de acusaciones, que tan a menudo se utiliza para
desviar la atención del verdadero problema. Me opongo a las falsas
posiciones binarias creadas deliberadamente para dividirnos y
gobernarnos y, sin embargo, en este artículo me refiero a los
oligarcas multimillonarios (y a su clase dirigente) como “la clase
parasitaria”. Por favor, tengan paciencia conmigo, intentaré
explicar esta aparente hipocresía.
Una búsqueda en
Internet del término “oligarquía” intentará convencerlo una y
otra vez de que la oligarquía se relaciona específicamente con
Rusia, lo cual es una completa tontería.
Un
oligarca es alguien que ha acumulado una inmensa riqueza y la ha
convertido en autoridad política y social. Eso es lo
que ha sido siempre un oligarca, desde que la humanidad empezó a
llamarlos “oligarcas”. Rusia es una oligarquía, pero, como lo
revelan casi todas las teorías políticas y los miles de años de
filosofía política, ciencia e historia, también lo son todos los
demás estados nacionales.
La pregunta es ¿cómo
se llega a ser oligarca? Se sugiere que algunos alcanzan el estatus
de oligarca debido a su astucia para los
negocios. Mucha gente es astuta en los negocios, pero
eso por sí solo no es suficiente para ascender a la oligarquía.
Para ser oligarca hay que ser aceptado por los demás oligarcas. Si
los oligarcas se oponen a uno, es probable que su negocio se vea
aplastado o al menos severamente restringido y se le impedirá el
acceso a la autoridad política o a la influencia social.
Algunos son
oligarcas hereditarios, otros se vuelven fabulosamente ricos en
virtud de operar monopolios, otros se benefician del nepotismo y
otros aprovechan sus conexiones en la red. Pero todos los oligarcas
logran y luego mantienen su poder e influencia mediante la
explotación. Ya sea esclavitud asalariada (o simplemente
esclavitud), espionaje industrial, guerra legal, guerra, otras formas
de violencia, apalancamiento de deuda, opresión económica,
apropiación de tierras, robo o simplemente engaño, la oligarquía
es una pandilla de barones ladrones.
La filantropía no
tiene nada de malo en sí misma, pero los
oligarcas la utilizan para manipular la sociedad a su favor, crear
nuevos mercados para sí mismos y aumentar su autoridad política y/o
social. En resumen, el oligarca se distingue de los
ricos comunes y corrientes no sólo por la magnitud de su riqueza,
sino, sobre todo por la manera egoísta y sin escrúpulos con que
adquiere y abusa de la autoridad que le otorga su inmensa riqueza.
Nosotros, el pueblo,
somos la fuente tanto de la riqueza de los oligarcas como de la
autoridad política que atesoran. Si bien podemos obtener algún
beneficio de las actividades de la oligarquía (como empleo o
inversión en infraestructura, etc.), esta relación es mucho más
beneficiosa para el oligarca que para nosotros. De lo contrario la
oligarquía no se molestaría.
La
definición de parásito es: organismo que vive sobre o
dentro de otro y obtiene su alimento de él.
La
definición de clase social
es: grupo de personas dentro de una sociedad que poseen el mismo
estatus socioeconómico.
El único
equivalente socioeconómico de un oligarca es otro oligarca. El
efecto colectivo de la oligarquía sobre la sociedad es parasitario.
La oligarquía es la
clase parasitaria.
Introducción a
la teoría de la élite
El término que
comúnmente se nos da para referirnos a los oligarcas es “la
élite”. El hecho de que usemos comúnmente este lenguaje para
describir a la clase parasitaria es un claro
ejemplo de ingeniería social. A menos que nos
liberemos de las cadenas lingüísticas que atan nuestros
pensamientos y controlan cómo hablamos sobre la oligarquía,
seguiremos siendo gobernados por ellos, nos guste o no.
El concepto de
“élite” proviene en gran medida de la “teoría de las
élites”, una rama de la ciencia política que surgió a
fines del siglo XIX y principios del XX. La teoría de las
élites intenta explicar por qué la sociedad está dividida
entre la gran masa del pueblo y una minoría gobernante que siempre
detenta el poder.
La teoría de
las élites supuestamente proporciona una justificación
científica para explicar por qué, sin importar dónde o cuándo
miremos, una pequeña camarilla controla casi todos los recursos y
posee un poder financiero, económico y político abrumador, que
luego utiliza para gobernar. A lo largo de la historia, esta dinámica
de poder perjudicial ha sido reconocida en ocasiones por la gente
(que generalmente se opuso a ella una vez que se dio cuenta de ella),
pero más frecuentemente no. En gran medida la aceptamos como si
fuera una especie de aspecto inherente a la sociedad.
En términos
generales, la teoría de las élites ha reeditado ideas
que tienen miles de años de antigüedad. Como campo académico la
teoría de las élites aún no ha aportado nada nuevo.
Revela que todas las formas de gobierno son esencialmente
oligarquías, pero la mayoría de los historiadores políticos ya lo
sabían. Lo único que hace la “teoría de las élites”
es reforzar muchos de los disparates que se espera que aceptemos.
En la teoría
de las élites, la palabra “élite” es un término
polisémico que puede significar “aristocracia” en el sentido
clásico. Proviene del francés “aristocracie”, que significa
“gobierno de los mejores ciudadanos” y del griego “
aristokratia”, que significa “gobierno de los mejores”.
Para evitar elogiar
demasiado a los oligarcas, otros teóricos de la élite también
utilizan el término “élite” para referirse a una “clase
dirigente”, sin el sentido de “aristocracia”. La etimología de
la palabra “élite” es del francés “élite”, que significa
“seleccionar, escoger”, derivado del latín eligere, que
significa “elegir”.
La teoría de la
élite percibe a la “élite” como los mejores entre nosotros, que
lideran por mérito o como la clase gobernante o “clase política”
que a veces elegimos. La interpretación de la clase política se
deriva del trabajo de Gaetano Mosca (1858 – 1941), quien
señaló que los oligarcas a menudo obtenían el poder mediante
la coerción y la violencia, pero estaban
particularmente bien organizados y, por lo tanto, con el control de
casi todos los recursos, gobernaban.
De cualquier manera
hay una sugerencia de que los oligarcas se benefician de algún tipo
de meritocracia. El uso de “meritocracia” se remonta a Platón
(c. 424/423 – 348/347 a. C.) y ahora se usa para denotar, según el
Oxford English Dictionary, “una clase gobernante o
influyente de personas educadas o capaces” o “gobierno o posesión
del poder por personas seleccionadas según el mérito”. El
oligarca es el mejor entre nosotros o un miembro poderoso de una
camarilla bien organizada. O eso dicen los teóricos de la élite y
las publicaciones que sirven a los oligarcas.
En la actualidad la
palabra “meritocracia” fue popularizada por el sociólogo Michael
Dunlop Young (1915-2002). La utilizó como una parodia irónica,
advirtiendo a la gente que seleccionar “líderes” en función de
su estatus social y calificaciones educativas formales era una forma
segura de terminar con un gobierno completamente malo. El hecho de
que “meritocracia” haya llegado a significar algo “bueno” lo
decepcionó hasta el día de su muerte.
El problema con la
aceptación común de la palabra “élite”, basada en la “teoría
de la élite”, es que sugiere una inevitabilidad. Como si las cosas
fueran así, como si un grupo de oligarcas (llámense nobleza negra,
partes interesadas, banqueros o como sea) nos dirigiera
inevitablemente. Es como siempre ha sido, así que acostúmbrense.
¡Resistirse es inútil!
A Vilfredo Pareto
Pareto (1848-1923) se le atribuye haber acuñado el término “la
élite”. Él propuso su teoría de la “circulación de la élite”,
que postulaba que el conflicto entre “élites” a menudo hace que
un grupo sustituya a otro en la cima de la estructura social
jerárquica. El otro aspecto de la “circulación” era que los
individuos entran y salen de los círculos de la élite.
Pareto señaló que
las élites eran seres humanos capaces de hacer el bien pero también
de cometer grandes males, aunque sostenía que gobernaban como
resultado de sus habilidades distinguidas y virtudes excepcionales.
Wikipedia, que es
útil para nombres, fechas e historias oficiales pero poco más,
afirma que el filósofo estadounidense C. Wright Mills
(1916-1962), que escribió sobre la “élite del poder”, es la
persona adecuada a la que acudir si se desea entender todo lo que hay
que saber sobre la élite. Al tratarse de Wikipedia, esa opinión,
presentada como una especie de hecho, es errónea.
Mills sostuvo que
las “élites del poder” surgen por sí solas. Son una
consecuencia inevitable de la sociedad burocrática y tecnológica
moderna, que necesariamente coloca la autoridad en manos de quienes
dirigen sus instituciones. Si la élite, con su control de los
recursos, no dirigiera esas instituciones, Mills afirmó que no
funcionarían.
Mills rechazó el
concepto de “clase política” de Mosca. En cambio, “la élite”
difundió, como sugirió Pareto, y surgió de las
organizaciones corporativas que dominaban la economía estadounidense
para convertirse en los “ricos corporativos”.
Mills propuso un
modelo “tripartito” de la sociedad estadounidense, dividido en
líneas generales entre la “élite del
poder”, los “líderes
de opinión” y el público. Esto resultó un tanto
chocante para los estadounidenses de la década de 1950, que
consideraban a Estados Unidos como una “meritocracia igualitaria”.
Mills afirmó que el
gobierno, los líderes locales y los grupos de interés formaban los
“líderes de opinión”
y que el público estaba formado por proles impotentes
e ignorantes que, sin saberlo, dependían por completo de la élite
en el poder para su supervivencia económica. El público imaginaba
erróneamente que los líderes de opinión tomaban las decisiones,
mientras que, como demostró Mills, la
“élite del
poder” dominaba las
instituciones de la economía (corporaciones), el ejército y el
gobierno. La clase parasitaria compartía una
perspectiva común y eran los verdaderos tomadores de decisiones.
Pero, en opinión de
Mills, no había ninguna “conspiración” que descubrir. La élite
del poder controlaba los recursos, la economía y las vidas de la
gente común. Al igual que Pareto, reconoció que podían tomar
decisiones tanto beneficiosas como desastrosas, pero que ésta era
simplemente una función necesaria e inevitable de una sociedad
jerárquica, según dijo.
En resumen, la
postura de Mills sobre la “teoría de la élite” estaba en
consonancia con su trayectoria general. Siempre es favorable a
quienes les gusta que se los considere “la élite”, incluso
cuando los critica. Alguien tiene que estar a cargo y, según casi
todos los teóricos de la élite, es “la élite”.
Robert Michels
(1876–1936) dijo que las exigencias técnicas de la sociedad hacían
que el liderazgo oligarca fuera indispensable para la supervivencia
de una organización. Al igual que Mills, Mosca y Pareto, etc.,
Michels creía que los oligarcas consiguieron su estatus porque
poseían conocimientos, habilidades y riqueza superiores. Michels
añadió que esto les permitía no sólo controlar sus propias redes
de complicidad, sino también a los grupos disidentes.
Mientras que Mosca
consideraba que las habilidades organizativas de la élite eran una
herramienta que les permitía formar la “clase política”,
Michels identificó las mismas habilidades como clave para
transformar la estructura política en una oligarquía. En esencia,
sostenía, los partidos políticos estaban gobernados por oligarcas
que tenían todo el poder y determinaban todas las políticas. Esto
dejaba a los miembros y a los activistas de base del partido en una
situación desesperada, imaginando erróneamente que tenían algún
tipo de influencia sobre la dirección del partido.
Nada nuevo
La ampliamente
consistente “teoría de la élite” (que sostiene que una sociedad
se gestiona mejor si es gestionada por un pequeño subconjunto de sus
miembros constituyentes y que de alguna manera esta supuesta
inevitabilidad es evidencia de meritocracia) se remonta a los
“Guardianes” de la “República”
de Platón.
Platón creía que
había tres aspectos en la naturaleza del hombre: apetito, espíritu
y razón.
Estos elementos del
“alma” o “psique” están en constante cambio dentro de todos
nosotros y son dominantes o subordinados. Por lo tanto, pensaba
Platón, la sociedad humana estaba dividida en una estructura
“tripartita”: los artesanos
(productores), los auxiliares
(militares) y los guardianes
(gobernantes).
Así ordenados,
todos podemos callarnos, trabajar hasta caer rendidos, morir en
guerras o, en el caso de los gobernantes (Guardianes), ordenar a la
gente que trabaje hasta caer rendidos y muera en guerras. Miles de
años después de la muerte de Platón, el principal teórico de la
élite, C. Wright Mills, propondría más o menos la misma teoría.
Platón, que era un
aristócrata de una familia de gobernantes (guardianes)
extremadamente rica y poderosa, pensaba que los guardianes
(gobernantes) eran tan especiales (dotados de sabiduría, intelecto y
virtud moral) que necesitaban recibir la mejor educación, inmensas
ventajas y mucho tiempo para convertirse en gobernantes filósofos,
tal como Platón y sus compañeros.
Si bien los teóricos
de las élites del siglo XIX y principios del XX se centraban
predominantemente en oligarquías gobernantes confinadas en estados
nacionales, hoy vivimos en un mundo globalizado (al parecer) y la
gobernanza global está muy presente. La oligarquía se ha
internacionalizado. En verdad, siempre lo fue.
David Rothkopf,
miembro del Consejo de Relaciones
Exteriores (por lo que no hay ningún conflicto de
intereses), escribió un libro entero sobre la clase parasitaria
global (los oligarcas), pero los llamó, como era de esperar, “la
superclase”. Su opinión estaba muy en consonancia con la
“teoría de la élite”.
La “superclase”
puede mover miles de millones y dar forma a los mercados globales, es
dueña de la industria del lobby y la patrona de carreras políticas
en todo el mundo, con facilidad para “influir” y controlar las
políticas gubernamentales e intergubernamentales. Pero, una vez más,
la llamada “superclase” es el producto ineludible de la
meritocracia, afirmó Rothkopf.
Según Rothkopf,
estas personas sumamente motivadas y con conocimientos, cuyo
número no supera los 6.000 o 7.000, poseen un poder
global real. Aunque a menudo actúan en conjunto, son “líderes
globales” porque resulta que lo son. No hay necesidad de pensar
conspirativamente, dijo. Parece que nunca la hay.
Si la teoría de
Platón tuviera algún mérito, se podría esperar que
aproximadamente un tercio de la población estuviera formada por
gobernantes. Sin embargo, a pesar de que la teoría de las
élites no ha añadido nada a las ideas de Platón, según
David Rothkopf, solo alrededor del 0,000000875% de nosotros
terminamos siendo “guardianes” filósofos.
Se nos dice que esto
es simplemente la consecuencia inevitable de la meritocracia. No
existe tal cosa como la conspiración.
=
Entendiendo a la
clase parasitaria
Si realmente
queremos entender a la clase parasitaria, podemos empezar
retrocediendo unos dos mil quinientos años, hasta el filósofo y
erudito griego Aristóteles (c. 384-322 a. C.).
Aristóteles,
discípulo de Platón, describió las formas “verdaderas” de
gobierno como la “monarquía” (el gobierno de uno solo), la
“aristocracia” (el gobierno de unos pocos) y la “política”
(el gobierno de muchos). Cada una de ellas podía gobernar
eficazmente en pos del “interés común”, afirmó, pero también
afirmó que cada una podía ser “pervertida” por el “interés
privado”.
Una monarquía podía
pervertirse y convertirse en una “tiranía” (que Aristóteles
consideraba la peor forma posible de gobierno), una aristocracia
podía degenerar en una “oligarquía” (oligarchia) y el sistema
político podía corromperse lo suficiente como para degenerar en una
“democracia”.
Aristóteles sugirió
que el gobierno solía estar pervertido por el “interés privado”,
por lo que lo más probable era que fuera una oligarquía o una
democracia.
La distribución de
la riqueza, y más importante aún, el poder político que ésta
podía comprar, era clave para el concepto de Aristóteles de
oligarquías y democracias:
La verdadera
diferencia entre democracia y oligarquía es la pobreza y la riqueza.
Allí donde los hombres gobiernan en virtud de su riqueza, sean pocos
o muchos, hay una oligarquía, y allí donde gobiernan los pobres,
hay una democracia.
Añadió: La
oligarquía es cuando los hombres propietarios tienen el gobierno en
sus manos; la democracia es lo opuesto, cuando los indigentes, y no
los hombres propietarios, son los gobernantes.
La aparente noción
de “democracia” de Aristóteles (recopilada, por cierto, a partir
de los restos de su trabajo sobre la Constitución ateniense)
no era democracia en absoluto. Era algo más cercano a la “democracia
representativa”, que se parece más al gobierno de la turba.
Incluso sin la
influencia de los “oligarcas”, el gobierno de las turbas es
precisamente lo que obtenemos de nuestros delirios modernos sobre la
“democracia”. Cuando un grupo suficientemente grande de nosotros
“elige” a nuestra pandilla favorita, ellos hacen la ley.
Supuestamente lo hacen en nombre de la multitud gobernante. Luego
imponen “la voluntad del pueblo” con
amenazas de violencia contra cualquiera que no la cumpla.
Gobierno de las
turbas
Para comprender qué
es la verdadera “democracia”, a diferencia de la interpretación
errónea aristotélica, que es lo que imaginamos que es, debemos
remontarnos más de 150 años antes de Aristóteles, al reformista
político griego Clístenes (c. 570–508 a. C.), quien
estableció una genuina “demokratia”.
La democracia
(demokratia), a diferencia de la “democracia representativa”,
significa un gobierno con
juicio con jurado, en el que jurados elegidos al azar entre el pueblo
son a la vez la legislatura suprema y el árbitro final de la
justicia, al aplicar la ley natural. La demokratia es
genuinamente el gobierno del “pueblo”, no de políticos, jueces u
“oligarcas”.
Me estoy desviando
del tema, pero el punto es que, si bien Aristóteles hizo muchas
observaciones reveladoras sobre los sistemas políticos, estaba
criticando un tipo de “democracia” similar a la que tenemos que
soportar hoy, no la “verdadera” demokratia.
Si avanzamos un
siglo más o menos desde Aristóteles hasta el historiador griego
Polibio (c. 200-118 a. C.), que luchó con las contradicciones
que se encuentran en la “Política” de Aristóteles, obtenemos
una visión muy sombría del ejercicio del poder. Polibio afirmó que
el poder otorgado por la riqueza corrompe
todos los sistemas políticos. De manera similar a la
teoría de la circulación de las élite
de Vilfredo Pareto, esto conduce a la revolución de las
estructuras políticas.
Las
monarquías se convierten en tiranías que gobiernan
por la fuerza y no por la razón. Esto
lleva a las aristocracias a tomar el poder, que luego se corrompen
y se vuelven injustas. Así surgen las
democracias, pero también ellas son pervertidas por la riqueza y se
convierten en “democracias extremas” dirigidas por demagogos.
En última instancia se crea un nuevo tipo de monarquía: el Tercer
Reich, por ejemplo.
La historia
política, la teoría de las élites y la ciencia
política revelan que los oligarcas nos gobiernan. No “elegimos”
a ninguno de ellos, nunca lo hemos hecho y la
idea de que alguno de nosotros haya vivido alguna vez en una
democracia real es una ficción.
Hace más de 2.500
años se planteó la pregunta: ¿debería el poder de un grupo
privilegiado de personas superar con creces su tamaño como
porcentaje de la población? La respuesta más o menos inmediata, de
Platón y otros, fue un rotundo “sí”. Desde entonces, según la
academia “convencional” y un grupo de comentaristas especialmente
seleccionados, con excepción de los marxistas y los anarquistas, la
pregunta nunca ha vuelto a plantearse.
El marxismo y, en
particular, el anarquismo son tabú y eso tiene su razón de ser. Lo
que nos queda ha dejado de ser una simple afirmación normativa para
pasar a ser argumentos empíricos. Todas esas reflexiones teóricas
se basan en la presunción fundamental de que las estructuras
jerárquicas son una necesidad ineludible de la sociedad humana y que
éstas deben conducir “inevitablemente” a oligarquías.
Nada de esto es un
hecho irrebatible. Todo es simplemente una opinión que, casualmente,
sirve a los intereses de los oligarcas
que han financiado el mundo académico durante milenios.
Etienne de La
Boétie (1530–1563) señaló que el
poder político no es producto de la meritocracia,
sino que suele ser el resultado de algún tipo de conquista, ya sea a
manos de una potencia extranjera, un golpe interno o mediante el uso
de “medidas políticas de emergencia” en respuesta a alguna
crisis percibida. Se recurre constantemente a la fuerza, que
invariablemente da como resultado la centralización del poder en un
grupo selecto o un “líder”.
Aceptamos este
despotismo, no porque no nos guste la idea de la libertad, sino
porque nos hemos acostumbrado a ser gobernados y esperamos serlo.
En la vida solo hay
dos certezas, ¿no? ¡La muerte y los impuestos!
Pero una de ellas no
es en absoluto cierta. Simplemente creemos
que es así porque quienes
siempre nos han cobrado impuestos nos han enseñado a creerlo.
La Boétie señaló que ellos han
manipulado nuestro consentimiento.
Esta obediencia
permite a nuestros gobernantes utilizar con mayor facilidad la
retórica para convencernos de que aceptemos todo tipo de parodias.
Etienne de La Boétie observó: Los gobernantes [...] nunca
emprenden una política injusta, incluso una de cierta importancia,
sin precederla de algún bonito discurso sobre el
bienestar público y el bien común.
El economista
francés Claude-Frédéric Bastiat (1801-1850) se preguntó si
el orden social sugerido era en realidad algún tipo de orden,
preguntando: “¿No es cierto que lo más notable en la sociedad es
la ausencia de todo orden?”.
Antes
de la pseudopandemia, las corporaciones
farmacéuticas de los oligarcas,
promovidas por los gobiernos como nuestras salvadoras en
la llamada crisis que las
organizaciones de los oligarcas y las instituciones académicas
declararon, fueron todas
declaradas culpables de
fraude médico, científico y financiero.
Esas sentencias no
tuvieron ningún impacto sobre ellas.
Cuando recibieron instrucciones del gobierno y de los medios
de comunicación propiedad de los oligarcas,
la gente hizo cola para que les inyectaran las pociones
experimentales de los oligarcas,
elaboradas por algunas de
las organizaciones más poco fiables del planeta.
El sistema monetario
y financiero internacional está supervisado por un banco (Banco
de Pagos Internacionales, Bank
for International Settlements, BIS) que,
según se sabe, blanqueó el oro nazi robado a los judíos durante el
Holocausto. Los criminales
de guerra, que mintieron
para engañar tanto al público como a las legislaturas, con el fin
de apoyar guerras ilegales
,que mataron a millones de
personas, suelen pronunciar
discursos bien recibidos
en eventos de gala y son a menudo agasajados
por los medios de comunicación de los oligarcas
mientras continúan brindándonos sus “consejos”.
Los
oligarcas, que dirigen este sistema global, inician guerras, prestan
el dinero (que
han conseguido de la nada)
a las naciones combatientes y luego se lanzan sobre las consecuencias
(con
sus corporaciones bancarias y sus “planes de reestructuración de
la deuda”)
para acaparar todos los activos restantes por unos céntimos. Después
obligan a los mismos países a gastar el dinero que les prestaron en
contratos de reconstrucción ridículamente caros, permitiendo así
que sus corporaciones de ingeniería se beneficien de la
reconstrucción de la nación que destruyeron con sus corporaciones
armamentísticas.
¿Qué clase de
orden es ése? ¿Dónde está el supuesto imperio de la ley?
¿Oligarquía
inevitable?
Aristóteles
consideraba que una norma jurídica era una “virtud”. Para que
tuviera valor, pensaba que debía ser moral, capaz de administrar
justicia equitativa a todos. También debía ser flexible y capaz de
adaptarse a circunstancias cambiantes: Hay
dos partes del buen gobierno: una es la obediencia real de los
ciudadanos a las leyes, la otra parte es la bondad de las leyes que
obedecen.
Al igual que
Aristóteles, Bastiat reconoció que la ley significa más que
palabras escritas en trozos de papel. Sin embargo, cuestionó la
suposición de que, sin la ley de gobierno, la humanidad comenzaría
a violarse, saquearse y matarse entre sí sin control: La
resistencia a tales actos se manifestaría de hecho incluso si
faltaran leyes específicas contra ellos [...] esta resistencia es
una ley general de la humanidad [...] Hay una gran distancia entre un
orden social fundado en las leyes generales de la humanidad y un
orden artificial, inventado, que no tenga en cuenta esas leyes o las
niegue o las desprecie; un orden, en una palabra, como el que algunas
de nuestras escuelas de pensamiento modernas pretenden imponernos.
Estas “leyes
generales de la humanidad” forman la base de nuestras interacciones
sociales. Se trata de la Ley Natural que todos obedecemos de manera
innata, independientemente de las leyes adicionales “inventadas”,
escritas por los gobiernos en nombre de los oligarcas.
Lysander Spooner
(1808 – 1887) explicó por qué la Ley Natural es todo lo que
necesitamos para vivir en paz: A lo largo de
todos los tiempos, hasta donde nos informa la historia, dondequiera
que la humanidad ha intentado vivir en paz con los demás, tanto los
instintos naturales como la sabiduría colectiva de la raza humana
han reconocido y prescrito, como condición indispensable, la
obediencia a esta única obligación universal: a saber, que
cada uno debe vivir siendo
honesto con los demás.
La antigua máxima resume el deber legal de un hombre hacia sus
semejantes en esto simplemente: “Ser
honesto, no dañar a nadie
y
dar a cada uno lo que le corresponde”.
Toda esta máxima se expresa realmente en una sola palabra: vivir
honestamente, ya que vivir honestamente es no dañar a nadie y dar a
cada uno lo que le corresponde.
Basta con observar
los acontecimientos mundiales para comprender que el gobierno de los
oligarcas no genera ni paz ni justicia. Es un “orden social”
inútil que, si es que existe, nadie necesita. Es un supuesto “orden”
del que sólo se benefician los oligarcas.
También podemos
estudiar los principios de la Ley Natural para darnos cuenta de que
las leyes escritas del gobierno, que forman el llamado “sistema
legal”, no se ocupan de la justicia moral. Simplemente protegen los
intereses de los oligarcas y se utilizan para subyugarnos (guerra
legal). Pero ya tenemos la Ley Natural y no necesitamos esas
“reglas”.
Sabemos también que
lo que llamamos “democracia” no es demokratia. Es perfectamente
posible que creemos un “orden social” en el que impere la ley
natural, administrada por nosotros, recurriendo al juicio por jurado
cuando sea necesario.
¿Dónde está
entonces la supuesta necesidad de que gobiernen los oligarcas? Los
teóricos de la élite sostienen que las organizaciones a gran escala
no funcionarán a menos que los oligarcas no les proporcionen los
recursos que necesitan. Esto es un completo disparate.
El filósofo escocés
de la ley natural Adam Smith (1723-1790) explicó en “ La
riqueza de las naciones” cómo el deseo humano de servir a
su propio interés, frente a la competencia de los demás, condujo a
una estructura económica que no necesitaba que se le impusiera
ningún orden. La naturaleza humana era
la “mano invisible” que creaba el orden espontáneo
en los mercados libres.
Adam Ferguson
(1723-1816), filósofo de la Ilustración escocesa y compañero de
Smith, señaló que el orden espontáneo era “el resultado de la
acción humana, pero no del diseño humano”. Más tarde, el
economista Friedrich Hayek (F. A. Hayak, 1899-1992), basándose
en la idea del orden espontáneo, exploró la posibilidad de que la
fijación de precios en un mercado libre competitivo sea un medio de
comunicación.
El precio “señalaba”
tanto al productor como al consumidor los cambios en los costos
subyacentes de los materiales y la producción. Sin que los oligarcas
interfirieran en el proceso, esto permitió que los seres humanos
cooperaran y produjeran los sistemas altamente complejos que
conocemos hoy, sin ningún control por parte de una oligarquía
superflua.
El orden espontáneo
es una realidad, como lo ejemplifica el maravilloso ensayo de 1958 “I
Pencil” de Leonard E. Read (1898–1983), que más
tarde elogió el economista Milton Friedman (1912–2006).
=
En “I Pencil”,
Read analizó cómo se fabrica el humilde lápiz. El proceso de
fabricación requiere una vasta red global. Sin embargo, en ninguna
parte de esta extensa cadena de suministro internacional se obliga a
nadie a hacer nada.
Desde la perspectiva
en primera persona del lápiz, Read escribió: Ni el trabajador
del yacimiento petrolífero, ni el químico, ni el que extrae grafito
o arcilla, ni el que maneja o fabrica los barcos, trenes o camiones,
ni el que maneja la máquina que hace el moleteado de mi trozo de
metal, ni el presidente de la compañía realizan su singular tarea
porque me quieren [...] Su motivación es otra… no soy
yo. Tal vez sea algo así: cada uno de esos millones de
personas ve que puede así intercambiar su minúsculo
conocimiento por los bienes y servicios que necesita o quiere. [...]
Hay un hecho aún más asombroso: la ausencia de una mente maestra,
de alguien que dicte o dirija por la fuerza estas innumerables
acciones que me traen al ser. No se puede encontrar ni rastro de una
persona así. En cambio, encontramos a la Mano Invisible en acción.
Así es como
funciona la mayor parte de nuestra “economía global”. A quienes,
como los teóricos de la élite y los oligarcas, dicen que el orden
espontáneo es imposible, les podemos decir con seguridad: sabemos
que funciona porque lo utilizamos todos los días. Así es como
funcionan ya la mayoría de las interacciones humanas.
¿Qué es, entonces,
esa ridícula idea de que necesitamos un grupo de barones
ladrones violentos que acaparen todos los recursos para poder
controlar cuándo y dónde se nos permite usarlos? ¿En
qué planeta es “inevitable” que una pequeña camarilla de
gobernantes totalmente autoproclamados tenga que comandar no sólo la
economía del planeta y su sistema monetario, sino también sus redes
de distribución y procesos políticos?
Imaginemos la
explosión de la innovación tecnológica si la investigación y el
desarrollo no estuvieran controlados por los oligarcas. Pensemos en
los avances genuinos en medicina y atención sanitaria si los
oligarcas no fueran dueños de todo el sector y no lo manejaran para
sus propios fines. Pensemos en las soluciones que encontraríamos a
los numerosos problemas que enfrentamos si los académicos,
científicos, ingenieros, filósofos, arquitectos, profesores,
constructores, periodistas y todos los demás en la sociedad tuvieran
libertad para explorar sus intereses, sus pasiones y sus talentos sin
tener que trabajar en pos de una agenda artificial creada para servir
a las ambiciones de la clase parasitaria.
A pesar de todo lo
que nos han hecho y siguen haciéndonos, no tenemos derecho a dañar
a los oligarcas. Allí donde se han cometido delitos, ellos deben
enfrentarse a la justicia, igual que el resto de nosotros. Pero esa
justicia debe ser mejor que cualquier justicia que pudiéramos
esperar de ellos. De lo contrario, ¿qué hemos logrado?
La mayor mentira que
hemos aceptado es que los oligarcas son especiales, que pertenecen a
la “élite”. No lo son, son simplemente seres humanos exactamente
iguales al resto de nosotros, con las mismas cualidades y defectos.
Aristóteles y
Polibio comprendieron que el problema es, y siempre ha sido, que la
gran riqueza empodera políticamente a las personas. Cuando las
personas inmensamente ricas actúan en su propio interés, ¿cuál es
su propósito? No puede ser simplemente acumular más riqueza. ¿Por
qué quieres más de algo que ya tienes en excesiva abundancia?
Los intereses
personales de los oligarcas se benefician al ampliar su poder. Esto
no es un argumento contra la riqueza, sino contra un sistema político
dirigido por aquellos cuyo objetivo principal es controlar y explotar
a todos los demás.
Colectivamente,
somos igualmente responsables de la opresión que sufrimos a manos de
los oligarcas. Les hemos permitido pasivamente gobernar tras
bambalinas sabiendo perfectamente que estaban allí.
No podemos eximirnos
de nuestra responsabilidad por lo que han hecho. Tampoco podemos
eludir la responsabilidad de poner fin al sistema pernicioso de la
clase parasitaria, como tampoco podemos exculparnos de nuestro deber
de construir algo mejor.